06 diciembre 2017

El arlequín sentado - Tania Panés



Edición: Torremozas, 2017
Páginas: 106
ISBN: 9788478397037
Precio: 13,00 €

… la única verdad es que ya no siento nada. No soy más que otro arlequín sentado. Hace tiempo que miro a un punto fijo en la pared.*
Hace tiempo, hablando sobre escritores emergentes, alguien me hizo notar que la narrativa, en el futuro próximo, adoptará una expresión más cercana a la poesía que a la novela. Dicho de otro modo: frente al esquema clásico de contar una historia y cuidar la construcción de los personajes, la nueva tendencia apostará por una mayor plasticidad en el lenguaje y una escritura más íntima, desde el «yo», por lo que se produce un repunte de la autoficción. Hay quien explica este fenómeno como consecuencia del individualismo de las últimas décadas; otros, por su parte, lo entienden como una respuesta al imperio de las grandes producciones audiovisuales, que han ocupado el lugar que antes tenía la novela y, como resultado, la literatura necesita reinventarse y buscar lo particular, lo subjetivo en la relación del individuo con su entorno. Una particularidad que no excluye sino que potencia (cuando está bien hecha) la identificación del lector.
He pensado en todo esto mientras leía El arlequín sentado (2017), el debut de Tania Panés (Madrid, 1989), un libro que, por su forma, me ha recordado a títulos como Yo misma, supongo (2016), de Natalia Carrero, o Este es un libro sobre amor (2014), de Paula Gicovate. Tienen en común el hecho de ser autoficciones con un planteamiento un tanto «creativo» (es decir, no consisten en el relato lineal de una experiencia), que se apoya en la introspección. Tania Panés es licenciada en Historia del Arte, ha trabajado en varios museos y desde hace unos años viaja alrededor del mundo con su máquina de escribir, haciendo actividades tan curiosas como improvisar poemas en la calle. Su formación se nota de alguna manera en estas páginas. En su trayectoria literaria destaca el Premio Ana María Matute de Narrativa de Mujeres 2017 por el relato «Donde nadie nos quiere».
La narradora de El arlequín sentado tiene veinticinco años y es una historiadora del arte que trabaja en el Museo del Prado. No en su vertiente artística, sino como dependienta de la tienda de souvenirs. El primer conflicto: tanto estudio, tanto conocimiento, para pasarse el día atendiendo a los clientes; el drama de los jóvenes españoles en el siglo XXI («Somos el resultado de lo que nuestros padres nunca quisieron para nosotras pero a lo que inconscientemente nos condujeron. Somos mujeres valientes que se quejan.», p. 83). Pero esta no es una novela sobre las consecuencias de la crisis (o no solo), aunque la situación de la protagonista manifieste una parte de esta realidad. El quid se encuentra en la mente de la narradora, que, haciendo un paralelismo, se equipara a una obra de Picasso, un arlequín sentado: ella, una chica sin nombre, invisible, detenida (en el espacio físico de la tienda, pero sobre todo en un espacio simbólico, un momento vital, esa etapa de indefinición posterior a los estudios universitarios en la que trata de concretar su rumbo en una sociedad que ha perdido las expectativas), que desde detrás de la caja observa a los demás. Y piensa en sí misma, recuerda. Una metáfora, la dependienta frustrada como un arlequín sentado, muy bien traída.
El libro se compone de pensamientos, emociones y vaguedades que rondan la cabeza de la joven en ese estado de indeterminación. Desde su interacción con los clientes a recuerdos de la infancia, pasando por una peculiar obsesión por las mujeres embarazadas y, por supuesto, alusiones a obras de arte (sin resultar pedante). Su identidad la conforman todos esos fragmentos, todos los detalles en los que se pierde. Esto, que expresado así puede sonar aburrido, funciona en la práctica por cómo lo organiza la autora: párrafos cortos y poéticos, a veces de una sola línea, como píldoras de chispa y lucidez (se le nota ese oficio de improvisar versos, domina la composición breve con cierto lirismo). Su estilo es reflexivo, concienzudo; la poesía de su voz no está reñida con una exploración crítica de su generación. En alguna frase roza la afectación, pero en conjunto está muy bien resuelto, y tiene una cualidad difícil de encontrar en los escritores jóvenes: la precisión.
Tania Panés
Es muy difícil hacer literatura de una situación en la que en apariencia no ocurre nada, y eso hace la autora: mostrar, a través de una voz personal, el desencanto de los jóvenes más perjudicados por la recesión económica, ese estado de incertidumbre, de alienación, de vacío, encarnado en una dependienta insatisfecha que busca la evasión recreándose en el pasado, en la imaginación, en el arte. Lo trivial y lo profundo; en la cadena de pensamientos cabe todo. Lo expresa con una prosa limpia, contenida, que controla los excesos, algo nada sencillo en una primera novela. El arlequín sentado me parece un muy buen debut, modesto en sus pretensiones, y sin embargo bien ejecutado. Tania Panés ha logrado escribir una pequeña obra muy hermosa sobre algo tan anodino como la mente inquieta de una chica resignada. Tiene estilo y, quizá lo más importante, una mirada propia.
*Cita inicial de la página 38.

2 comentarios :

  1. No sé si esta vez me animaría, sobre todo por la temática. Me suena demasiado ese desencanto, esa resignación. Y no es lo que busco ahora mismo en un libro.
    Besotes!!!

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    Respuestas
    1. Tampoco es un libro pesimista, de todas formas. Me ha gustado, la autora escribe muy bien.

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