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06 septiembre 2019

Los años rotos - Dacia Maraini


Edición: Altamarea, 2018 (trad. Raquel Olcoz)
Páginas: 248
ISBN: 9788494833557
Precio: 18,90 €

Tan cerca y tan lejos. La italiana Dacia Maraini (Fiesole, Florencia, 1936) es un ejemplo de escritora prolífica, con una carrera ampliamente reconocida, que, sin embargo, no ha calado (aún: seamos optimistas) en el público español. No ha sido por falta de interés: editoriales como Lumen, Seix Barral, Galaxia Gutenberg o Minúscula le han publicado libros a lo largo de las décadas. La última en intentar hacer un hueco a esta grande de las letras italianas es la pequeña Altamarea, que ha recuperado Los años rotos (1963), su segunda novela, con una nueva traducción, y ha apostado por su libro más reciente, Cuerpo feliz (2018). Dacia Maraini ha cultivado diversos géneros, siempre con un marcado carácter social, comprometida con la defensa de los más desfavorecidos y de las mujeres en concreto. Quizá la nueva ola feminista que se está viviendo en España renueve el interés por ella; además, en ocasiones los autores encuentran su sitio en sellos independientes que, a pesar de sus limitaciones en términos de promoción, pueden dedicarles más tiempo, acercarlos a los lectores que los disfrutarán de verdad. Ojalá este sea el caso y, al fin, deje de ser una desconocida en este país.
Los años rotos se inscribe en la (rica) tradición de novela iniciática con protagonista femenina, en la que figuran títulos con los que puede «emparentarse», como Nada (1944), de Carmen Laforet, Las chicas de campo (1960), de Edna O’Brien, Nuestras calles (1969), de Alessandra Lavagnino, y Con rabia (1963), de Lorenza Mazzetti. La narradora protagonista, Enrica, tiene diecisiete años y estudia mecanografía y taquigrafía en la Roma de principios de los sesenta. De origen humilde, aprende uno de los pocos oficios al alcance de las chicas de su extracción social. Su relato está despojado de sentimentalismo, y ya desde el primer capítulo impacta por su crudeza: una escena en la que Enrica va a casa de un amigo para acostarse con él. Nada anómalo, salvo por el hecho de que enseguida se nos descubre que él tiene novia, y por la brusquedad con que se dirige a la amante («Desnúdate», le espeta). Enrica, consciente de todo, obedece con un servilismo que, desde fuera, resulta humillante. En el encuentro no hay una agresión como tal, pero tampoco romanticismo; la intimidad está revestida de una frialdad hiriente. Enrica no se manifiesta, su narración es parca, contenida; aunque no cuesta adivinar que, si consiente este trato, se debe a que ella sí está enamorada del joven.
Luego, en casa, Enrica se enfrenta a otro panorama poco esperanzador: por un lado, un padre ensimismado en la construcción de jaulas, que, más que una afición, le supone una vía de escape, un pretexto para no hacerse responsable del hogar; por otro, la madre enfermiza, envejecida de forma prematura, gruesa, arisca, la mujer que carga con el peso de la familia. La relación entre madre e hija, un pilar del libro, se caracteriza, como en la obra de Elena Ferrante y Vivian Gornick, por esa tensión entre el apego y la aspereza: la madre quiere lo mejor para su hija, la presiona para que estudie; sin embargo, nunca tiene una palabra de cariño, su afectividad se ha secado por las adversidades y el sentido práctico de quienes tienen que trabajar duro para llenar el plato. En cuanto a Enrica, pese a la conciencia de que su madre sostiene el hogar, o precisamente por ello, experimenta un rechazo hacia ella, por cuanto encarna aquello en lo que no quiere convertirse: una esposa ajada, con el carácter avinagrado, tosca, que ha sufrido toda la vida por la ineptitud de su marido y por la pobreza.
Enrica vive en un estado de espera, de transición incierta hacia el mundo de los adultos. Está en una etapa de finales inminentes: el empeoramiento de salud de la madre, su formación, la relación con el chico prometido con otra, la amistad con un compañero de clase interesado en ella. La autora refleja cómo Enrica se ha acostumbrado a todas las «disfuncionalidades» que conforman su rutina, a saber, se ha habituado a la dureza de las relaciones humanas, a las carencias, al sexo sin sentimientos. Ella, como tantos adolescentes, huye de un hogar que le resulta hostil para lanzarse a los brazos de otras personas o entornos (el amante, la escuela, los amigos) que tampoco colman ese vacío; no obstante, se resigna a ello, como si en el fondo supiera que no puede aspirar a nada mejor. La apatía, el tedio, rezuman en su voz desengañada; una radiografía social de cómo las mujeres, y aún más las de clase baja, se veían encorsetadas por partida doble: en lo profesional, solo podían aspirar a empleos poco cualificados, que además de precarios resultan monótonos y fastidiosos, no se les impulsaba a creer en ellas; en lo privado, desde el momento en el que establecen su hogar se da por hecho que ellas se ocuparán de las tareas domésticas y los cuidados. No es un futuro por el que una muchacha pueda sentir ilusión, no cuando ha sido testigo del deterioro de su madre.
Con todo, a Enrica le esperan cambios. Todavía más: ella misma se mueve, cueste lo que cueste, en busca de esos cambios; por desalentadoras que resulten sus circunstancias, en el fondo se esboza un «mensaje» emancipador. Pertenece a una generación en la que se está gestando la idea de «nueva mujer», y en su camino encuentra diferentes perfiles en los que proyectarse, unos «modelos de mujer» que las revelan a todas como víctimas, si bien de distintas maneras. En primer lugar, la madre, trabajadora, responsable de la familia; con ella, se desmonta la institución de la familia patriarcal: tanto la madre primero como la hija después asumen las tareas, incluso con la ayuda de una vecina, hasta olvidarse de sí mismas, de sus necesidades individuales, mientras que el hombre se revela como un cabeza de familia inútil, egoísta, como un niño inmaduro que fracasó en su intento por convertirse en un adulto. En segundo lugar, la señora Bardengo, una mujer rica, independiente, pero desdichada a su vez por el mal de amores, la soledad, la decrepitud del cuerpo; una mujer que se refugia en el alcohol, vicio atípico entre ellas, que aumenta su fama de perturbada. Podemos mencionar asimismo a Gabriella, compañera de clase, enamorada de un chico que la ignora, por quien se arrastra; y las maestras Aiuti, con rencillas familiares por un matrimonio inconveniente.
Todas las mujeres de la novela comparten el hecho de anularse a sí mismas, de no valorarse, porque la sociedad no las prepara para desenvolverse solas en el mundo; porque las oprime, juzga, margina, según cuál sea su «pecado»; porque les inocula la culpa, la abnegación, el sacrificio. Enrica aprende primero de su madre, con el temor a correr su misma (mala) suerte: «Procuré no mirarla mientras se quitaba el corsé y buscaba la bata en el armario. Me hacía pensar que un día me volvería como ella, gorda, con las carnes flácidas y llena de arrugas» (p. 14) –un tema, a propósito, que también explora de manera excepcional Elena Ferrante–. Más adelante, al marcharse de casa, descubre en la señora Bardengo un nuevo referente, por contraposición a su progenitora (adinerada, autónoma, vanidosa); no obstante, también en ella termina por percibir aristas: «descubrí en la pared de enfrente mi imagen en el espejo. Sujetaba la botella en la mano e inclinaba la cabeza ligeramente hacia un lado. Eran los mismos gestos de la señora Bardengo. […] Quería irme cuanto antes de aquella casa» (p. 225). Esta es la historia de una muchacha que poco a poco define su identidad, asimilando y desbrozando entre todo lo que observa a su alrededor.
Hablando de los personajes femeninos, destaca su énfasis en la noción del cuerpo de cada edad: en Enrica, la lozanía de la juventud, la atracción entre sexos, el juego amoroso; en las adultas fértiles, el embarazo, el aborto, la maternidad, la transformación de su figura; al final, el cansancio, el envejecimiento, la enfermedad. El cuerpo se concibe como el espacio de representación de malestar social, o, mejor, de los múltiples abusos del sistema patriarcal. Todas, ricas y pobres, jóvenes y mayores, canalizan de un modo u otro esta presión: la muchacha que entrega su cuerpo al hombre en un intercambio desigual; la obrera que se consume por una retribución dineraria insuficiente; la madre que renuncia a su plenitud física para dar a luz y cuidar de cuantos hijos se tercien; la coqueta acomplejada por su pérdida de vigor por el paso del tiempo, el temor a no ser lo bastante atractiva a ojos del amante más joven que ella; la chica que hace frente a un aborto, sola, a escondidas, avergonzada; y, en general, una cultura religiosa que inculca el pudor con respecto al cuerpo, el tabú, y con ello deja a las mujeres sin herramientas (léase educación) para realizarse; de ahí que las niñas, en su camino por la vida, partan más indefensas que sus homólogos masculinos.
Es asimismo pertinente analizar los «modelos de hombre» que aparecen. Para empezar, el padre: un hombre ya maduro, embebido en una empresa infructuosa, sin haber cumplido sus metas ni en lo personal ni en lo profesional; una imagen de decrepitud, derrota, perturbación. No soporta la presión del hogar, por lo que, en lugar de intentar salir adelante, se autoanula, les da la espalda al mundo y a sus allegados. En segundo lugar, Cesare, el amor de Enrica: estudiante, pese a acercarse ya a los treinta; prometido, pero con amantes; despreocupado, perezoso, mira por sí mismo, controla las relaciones. El padre de Cesare, por otro lado, ronda por la casa como un ente turbio; acepta el comportamiento poco honroso de su hijo porque él mismo le ha dado ese ejemplo. Con respecto a Carlo, el compañero de clase de Enrica, se distancia del perfil de hombre dominante, en principio: un muchacho tranquilo, humilde como ella, que se preocupa con sinceridad; aun así, el no verse correspondido en sus sentimientos saca a la luz una cara «oscura», y el «buen chico» deviene pesado, incómodo, obsesivo y peligroso cuando es incapaz de asumir el no de ella. Por otra parte, está Giulio, el abogado, un tipo superficial, de los que creen que con dinero e influencias se puede todo; encarna, para Enrica, la tentación de la comodidad, las apariencias. Por último, Francesco, el criado de la señora Bardengo, un perfil machista, misógino, que se burla de ella por tener un amante más joven mientras él se acuesta con una sirvienta con quien se lleva unos cuantos años.
Los hombres de la novela no son más felices que las mujeres, pero tienen ciertos privilegios, lo que no significa que todos los sepan aprovechar, o que no padezcan otras desigualdades. En general, llevan la batuta en las relaciones afectivas y dan por sentadas ciertas situaciones (de tener la comida servida a poder ir a la universidad, pasando por la autoridad en la cama) que ellas ni se plantean. La relación de Enrica con ellos también experimenta una evolución: si con las mujeres hacía un espejo, con los hombres aprende a marcar las distancias, a imponer sus normas sutilmente pero con firmeza. Del padre de quien debe alejarse para hacer su vida a los amores que no le traen nada bueno; Enrica aprende a cerrar la puerta a lo que no le conviene, a deshacerse de más de una losa. Sin hacer ruido, sin estridencias, porque Enrica sigue siendo una chica tímida y discreta de principio a fin, pero con convicción. El estilo de la autora –depurado, crudo, preciso, con diálogos brillantes– se sustenta en las elisiones, que dan tanta información o más que lo narrado de manera explícita. La voz de Enrica suena tan veraz precisamente porque en la «vida real» no nos lo decimos todo; evasivas, silencios y medias verdades llenan la narración. Es muy meritorio alcanzar esta contención, aún más en una escritora que entonces no tenía ni treinta años.
Dacia Maraini
El título original de la novela, L’età del malessere, incluye el término «malestar», tan significativo; casi podría escribirse en plural, pues son muchos los «malestares» de la protagonista. La autora insiste en la jaula como metáfora, tanto por las que hace el padre como por una escena en el zoo muy vívida: representan al progenitor, encerrado en sí mismo, pero también a la propia Enrica, encerrada en su modesto mundo (casa, amante, escuela). En cuanto a la señora Bardengo, se describe su caserón como una vivienda lujosa, y sin embargo triste por dentro; una jaula de oro. Algunos de los «malestares» de Enrica son intrínsecos a su época; aun así, por mucho que se haya avanzado en las oportunidades profesionales para las mujeres y en el reparto de responsabilidades domésticas, en otros aspectos la obra sigue vigente: la asimetría en las relaciones afectivas, por ejemplo, los abusos, los malos tratos. Es más, ahora, con las redes sociales, el acoso ha tomado nuevas dimensiones. Los jóvenes que difunden fotos eróticas de sus compañeras pueden ser una versión del siglo XXI de los problemas que plantea Dacia Maraini en Los años rotos: las chicas de hoy, como Enrica, quizá incluso más que Enrica, sienten la presión de gustar, sienten el miedo, no se atreven a alzar la voz. Este libro breve de hace más de cincuenta años todavía da para muchas (y jugosas) reflexiones.

03 junio 2019

La hija - Anna Giurickovic


Edición: Salamandra, 2019 (trad. Irene Oliva Luque)
Páginas: 192
ISBN: 9788498389357
Precio: 17,00 € (e-book: 11,39 €)

Existe una tendencia, entre las escritoras jóvenes, a abordar la cuestión de la violencia en las relaciones afectivas, y de los abusos sexuales en particular; quién sabe si por influencia de las circunstancias sociales (movimiento #MeToo, feminismo), por pertenecer a una generación con más libertad para tratar el asunto, o una confluencia de todo. Están, en primer lugar, las latinoamericanas, como Samanta Schweblin, Fernanda Trías o María Fernanda Ampuero. También las españolas Luna Miguel y Edurne Portela, entre otras, y voces en otros idiomas, como la austríaca Katharina Winkler o la coreana Han Kang. Tampoco se deben pasar por alto las aproximaciones desde la no ficción; es el caso de la estadounidense Joanna Connors y Te encontraré. En busca del hombre que me violó (2016), un texto a caballo entre el testimonio y el reportaje periodístico sobre la experiencia de una violación. Sea desde una perspectiva u otra, con diferentes grados de intensidad literaria, se detecta un interés, una preocupación compartida por un problema estructural que ha sido silenciado durante mucho tiempo. El debut de la italiana Anna Giurickovic (Catania, 1989), La hija (2017), se suma a esta corriente.
Maria, hija de un diplomático italiano, pasa su infancia en Rabat. La familia, integrada en la sociedad, parece «feliz». De puertas adentro, el padre entra en la habitación de la niña para hacer lo que no debe. Más adelante, cuando Maria tiene trece años, madre e hija se instalan en Roma. El padre ha quedado atrás, pero no los problemas de la pequeña, que arrastra una serie de conductas explosivas tanto en el colegio como en el ámbito doméstico. La madre, Silvia, no consigue controlar los brotes de violencia de Maria, que rechaza cualquier tipo de autoridad; el traslado a Italia responde, en parte, a la necesidad de comenzar de cero, de buscar un nuevo punto de partida. También la propia Silvia, la narradora, trata de rehacer su vida personal: ha conocido a otro hombre. La novela gira alrededor del encuentro en el que lo presenta a su hija, una comida familiar que no sale como esperaba, ya que Maria, en una faceta desconocida para la madre, se dedica a coquetear con él durante toda la velada. El novio de Silvia, por su parte, le sigue al juego a la chica mientras la madre se hace la dormida.
Más que por su representación de los abusos en la niñez (tanto del padre como del flirteo consentido por parte de la pareja de la madre), el interés de La hija reside en su mirada hacia el trastorno (o los trastornos) que desarrolla la víctima: la ira, la inestabilidad, la hostilidad hacia sus seres queridos, las dificultades de adaptación, el comportamiento explosivo en general. Los episodios de violencia se producen, además, en el hogar; con el «enemigo» en casa, surge un obstáculo adicional: el silencio. El silencio de la hija que no desvela el secreto de su padre, pero también el silencio de la madre que no la entiende, que no sabe cómo ayudarla, que convive día tras día con la culpa por no haberla educado mejor. La autora acierta al poner el foco en la relación entre madre e hija después de una experiencia traumática propiciada por el hombre; no es un punto de vista manido y, de algún modo, amplía la perspectiva hacia las consecuencias de los abusos sexuales. Es subrayable también la aproximación al despertar sexual precoz de Maria: su actitud con el novio de Silvia suscita una reflexión acerca de cómo las jóvenes aprenden, por influencia de la cultura patriarcal, a hacerse valer ante la mirada masculina heterosexual en calidad de objeto erótico.
Anna Giurickovic
En última instancia, La hija intenta reivindicar la fraternidad entre madre e hija, el empoderamiento de ambas mujeres, que no necesitan a ningún varón para salir adelante. Es un tema bien encontrado, oportuno en el contexto actual. Con todo, en términos literarios, la novela no termina de funcionar: resulta torpe tanto en la ejecución como en el estilo, le falta precisión en el lenguaje, tensión narrativa. La voz de Silvia se acerca al infantilismo, la actitud de Maria al tópico. Roza la banalización del conflicto. Las descripciones de Rabat, por su parte, pretenden evocar un exotismo (de olores, comida, diferencia cultural) que parece metido con calzador; no aportan nada esencial a la historia. Le sobran también las referencias intelectuales (libros, música) en las conversaciones de Maria con el novio de su madre. El libro es breve, pero podría haberlo sido más, y habría resultado más incisivo. Aun así, se aprecia el esfuerzo de la autora en esta ópera prima por desenmascarar a las familias «felices» de hoy. La literatura que revisa asuntos incómodos nunca está de más.

01 febrero 2019

La vida en tiempo de paz - Francesco Pecoraro


Edición: Periférica, 2018 (trad. Paula Caballero y Carmen Torres)
Páginas: 704
ISBN: 9788416291670
Precio: 26,50 €
1
Escribir desde fuera
Nosotros, nativos de la paz, no nos damos cuenta de cómo la no guerra nos ha marcado y hecho diferentes de los que vivieron antes que nosotros
Así es la vida: muchos escritores, la mayoría, hacen carrera literaria. Debutan con veinte o treinta años y a partir de ahí mariposean por el «mundillo» hasta que el cuerpo aguante. Libros, talleres, prensa, edición, premios, presentaciones. Están dentro. Nada que objetar; de hecho, a menudo escriben más de una novela notable, y qué bien nos viene a los lectores que cada dos o tres años un autor al que tenemos en alta consideración publique nuevo libro. No obstante, esta dedicación total a la literatura y sus aledaños puede viciar la perspectiva desde la que se escribe, puede limitarla, puede restarle frescura cuando trata de explorar asuntos ajenos a su campo. Seguramente no somos conscientes de ello al leer, pero entonces llega un outsider como Francesco Pecoraro (Roma, 1945) y nos da una lección magistral de cuánto puede enriquecer una mirada «técnica» cuando se funde con las humanidades.
Pecoraro es arquitecto y urbanista, aunque, como su alter ego en la ficción, siempre tuvo la espina de las letras. Publicó su primer libro, una compilación de relatos, Dove credi di andare, por la que recibió el Premio Napoli, en 2007, a los sesenta y dos años. Más tarde, en 2013, vino la novela, el novelón: La vida en tiempo de paz, finalista del Premio Strega, una de esas obras totales, complejas, que abarcan una época. El protagonista, Ivo Brandani, ingeniero de profesión, nació con el final de la Segunda Guerra Mundial: ha vivido en «tiempo de paz» en su tierra, pero el tiempo de paz también tiene sus claroscuros. Al principio de la historia, está esperando un avión para regresar a su ciudad. Esta espera, que se prolonga toda la jornada, sirve de excusa para repasar su existencia desde el presente, como hombre ya maduro, hasta su niñez en la posguerra (va de adelante hacia atrás: el orden cronológico inverso). El autor explora la naturaleza de su generación; más que «narrar» la vida de un hombre, construye una novela de ideas, filosófica, crítica, que capta el «latir» de un periodo, una cosmovisión. Y, sí, se nota la mente científica que hay detrás en su tratamiento del sector empresarial, la producción, el urbanismo. Este libro sería distinto si estuviera protagonizado por un profesor o un periodista; al escribir desde fuera, y consciente de las controversias de su especialidad, adopta otra dimensión. Ni mejor ni peor: diferente, particular, suya.
2
Las tentaciones del humanista
«Se debe apuntar a lo alto, no en la dirección contraria», decía Padre. Aunque desde hace muchos años sabe que eso era una gilipollez: lo alto es tener más dinero, sí, pero no significa nada más. Lo alto a lo que había que apuntar era un estado de «nobleza interior», como decía Padre. 
En su juventud, Ivo Brandani comenzó una carrera de humanidades, que más tarde cambió por la ingeniería. Lleva el estilo de vida de la clase media: un cargo de responsabilidad en una empresa con proyección, un matrimonio estable con su novia de siempre, luego otra pareja, luego otro puesto reconocido. Sin hijos. Se puede decir que «progresa» en el sentido en el que se entiende el progreso en la segunda mitad del siglo XX: al ritmo del capitalismo, en el lado de los afortunados. No tendría que lamentarse, pero Brandani sigue llevando dentro a un humanista. Es un hombre bienintencionado, culto, sensible a las desigualdades, que no se ha resistido a las redes del sistema. Durante una época, mantiene una amistad con su jefe, que, a diferencia de él, procede de un entorno privilegiado, carece de intereses culturales y no se enfrenta a los mismos dilemas éticos. Brandani cae en una contradicción: entre la fascinación que le produce el director (ese alimento para el ego de que su todopoderoso superior lo elija a él como confidente, unido a la pretensión no verbalizada de llegar alto) y los valores de la justicia social que se le oponen. Su existencia está marcada por esta tensión entre estatus e integridad, entre la perspectiva racional y la humanística, entre el poder y el individuo. La dificultad de vivir de forma coherente con uno mismo, como lo expresaba Thoreau.
La novela comprende la vertiente profesional y la privada de Brandani. Entre los personajes que le acompañan, están su primera novia y luego esposa; su pareja en la madurez, una mujer más joven que él; el mencionado director que actúa como un espejo en el que el protagonista a veces quiere reflejarse y a veces siente repulsión; los pescadores griegos de sus veraneos en las islas; la chica con quien vivió su despertar sexual y los chavales con quienes tuvo las rivalidades juveniles; sus padres y hermanas. Con todo, lo «personal» no es la base del libro, no se trata de un novelón de inspiración decimonónica costumbrista. El pulso de la narración lo pone el pensamiento inherente a esas vivencias, la ideología. El autor no pretende construir unos personajes carismáticos, sino más bien unos arquetipos de una forma de estar en el mundo. Su punto de vista parte, por así decir, de la sospecha, la desconfianza hacia la realidad. La neutralidad no existe. Es la hora de cuestionarse ese way of life que le «vendieron» a su generación como el mejor posible, o el único.
3
Una corriente hacia la destrucción
… los vertederos son los tesoros de los arqueólogos del futuro, auténticos depósitos culturales, completos y cuidadosamente estratificados, todo lo que somos se halla en su interior… 
Los antepasados de Brandani estuvieron determinados por la guerra. Él no la ha conocido; aun así, su visión de la humanidad, de Occidente, dista mucho de ser optimista: ese «tiempo de paz» tiene sus conflictos, de otra naturaleza, pero nocivos en cualquier caso. Indaga en la imperfección de la sociedad europea, en concreto, entiende la vida como un continuo «tapar agujeros»: trabajan, él y los demás ingenieros, para reconstruir, arreglar, hacer apaños; una metáfora de la imposibilidad de alcanzar la plenitud. O, quizá, de la voluntad de no alcanzarla, porque el sistema necesita retroceder cada cierto tiempo para mantenerse, necesita promover lo perecedero para volver a generar ingresos. Esto se asocia a la suciedad, la basura, la contaminación, los artilugios que se rompen. No hay guerra, no, pero sí un empeoramiento de la calidad de vida, una deriva hacia la destrucción, el empobrecimiento en diferentes maneras. A propósito, esta tesis va en consonancia con lo que plantea Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956) en Un andar solitario entre la gente (2018): «nuestro legado será una montaña de basura». En la mentalidad ocurre algo parecido: quienes estuvieron en el frente tenían algo en lo que creer, una motivación épica (por mucho que después se desmoronara); la generación de Brandani, en cambio, se adormece en el ensimismamiento, el conformismo, el desapego.
El protagonista se muestra, por lo tanto, pesimista, escéptico con la noción de progreso que tanto le han inculcado en su educación. En cuanto a la influencia de Estados Unidos en esta dinámica, da lugar a una nueva contradicción en él: por un lado, la asimilación cultural resulta innegable e imparable, su generación no se explica sin el cine, la música y la literatura norteamericanas; ahora bien, esto es compatible con un rechazo instintivo de las tendencias políticas y económicas de dicho país, su supremacía de gran potencia mundial. A Brandani no le gusta lo que «América» representa, pero no puede mantenerse indiferente a su autoridad, a su producción. Otra vez el choque entre el idealismo y lo mundano. En este sentido, el libro de Pecoraro, que se equipara en ambición a ese subgénero llamado «gran novela americana», aporta además algo de lo que esta carece: el punto de vista del europeo medio en su relación con Estados Unidos, indispensable en este retrato de la generación que vivió la Guerra Fría, la guerra de Vietnam y el neoliberalismo.
4
La ciudad, el verano, el mar
Siempre he necesitado el Verano más como utopía que como estación. […] el Verano como utopía porque lo que para los demás son unas simples vacaciones, para mí son segmentos de una existencia alternativa, la única adecuada y verdadera, la única que vale la pena vivir
Pecoraro concibe el hecho literario desde el análisis, desde lo racional. El ámbito donde se permite una mayor emotividad se encuentra en la idea de verano, una suerte de ruptura del orden establecido. El protagonista se ha criado en Roma (en la novela, «Ciudad de Dios»), un lugar que se contrapone al mar, donde viaja un año tras otro para disfrutar de las vacaciones, sea como un adolescente tímido, sea como un adulto de vuelta de todo. Es otro rasgo propio de la clase media: el tradicional descanso veraniego. Para él, con todo, va más allá: el verano simboliza los cambios de ciclo, los ritos de paso, la renovación. Resulta significativo que, en una obra que abarca una vida entera, buena parte de las etapas narradas se desarrollen en estos meses (se contraponen los veranos de madurez con los de juventud). Hay muchas (y hermosas) descripciones del mar, los pescadores, beatus ille, un elogio del tiempo detenido que supone el verano. Estos pasajes tienen un aire de ensoñación que contrasta con la «técnica» predominante en la rutina. Son, también, periodos de sensualidad y transgresión.
La ciudad de Roma ocupa asimismo un papel fundamental, sobre todo hacia el final, cuando relata, por una parte, la infancia y adolescencia, y, por la otra, el último tramo del viaje de regreso en el presente (ambos hilos avanzan en paralelo). El hecho de denominarla «Ciudad de Dios» ya sugiere, no sin cierta ironía, la trascendencia de la capital en su vida. Núcleo, punto de partida y de retorno. Imagen de postal y contenedor de basura. Zona rica y barrio pobre. Belleza y devastación. La paradoja de que la ciudad eterna, el centro de la civilización antigua que vio nacer el pensamiento lógico, haya devenido una vorágine decadente, satélite de otra sociedad más poderosa. No falta, como era de esperar en un escritor arquitecto, una descripción espléndida del urbanismo, un recorrido por el arte, siguiendo los pasos de Bernini, Borromini y compañía. El espacio, ora la ciudad, ora el mar, tiene entidad en esta novela.
5
La vida cabe en una novela
Con todo, he descubierto algo sobre mí mismo: soy un no héroe, un no valiente, un no dominador, alguien que no cree en nada, que nunca ha creído en nada, ni siquiera cuando pensaba lo contrario… Soy alguien-que-se-conforma, alguien para el que no hay nada importante más allá de vivir en las mejores condiciones posibles…
Francesco Pecoraro

Pecoraro empezó a escribir tarde, pero con una entrega total y con la voluntad de estar a la altura, de respetar el oficio. Concentra su bagaje en una novela esplendorosa, imponente, arriesgada, erudita, densa, exigente; una obra importante, no solo dentro de la narrativa italiana, sino en el conjunto de la literatura del siglo XXI. Está escrita (muy bien escrita) con un estilo torrencial, ramificado, con las singularidades del autor, a saber, encadenamiento de ideas, puntos suspensivos, fluir de la conciencia, uso de mayúsculas para subrayar conceptos que trascienden su significado usual (Verano, Islas, Clase Media), esto último porque no importa tanto lo concreto como lo que suponen para esta generación, su significado objetivado. Excesiva, quizá, pero un exceso en el que bien vale la pena perderse, como se pierde el protagonista en su debacle personal, su lucha interna entre la realidad tal como es y tal como debería ser o querría que fuera. Hay muchos libros muy buenos; pocos, sin embargo, tienen esta envergadura y este enfoque, esta comprensión del pasado reciente y de su peso en el presente siglo. El legado de un hombre desencantado: eso es La vida en tiempo de paz. 
 Citas de las páginas 309, 185, 115-116, 156 y 309-310.

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