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14 octubre 2019

Un coro de almas - Wanda Marasco


Edición: Tusquets, 2018 (trad. Carlos Gumpert)
Páginas: 256
ISBN: 9788490665381
Precio: 18,00 € (e-book: 11,39 €)

«No sé si esta es tu verdadera historia, pero estoy aprendiendo a construir una que se te asemeje» (p. 125). 
En su cuarta novela, Un coro de almas (2017), Wanda Marasco (Nápoles, 1953) se pone en la piel de una mujer de mediana edad que intenta reconstruir la vida de su madre tras la muerte de esta. La maternidad, desde el punto de vista de las hijas, suele entrañar un conflicto, una lucha, e incluso una suerte de misterio, por cuanto el retrato de la progenitora resulta siempre incompleto, adulterado por las llagas de la relación maternofilial. Libros de autoras de tan distinta procedencia como Angelika Schrobsdorff, Vivian Gornick, Elena Ferrante o Barbara Honigmann ponen de relieve el malestar de este afecto y sus no escasas contradicciones. Wanda Marasco, por su parte, adopta la perspectiva de una mujer, llamada Rosa, que después de despedir a su madre anciana quiere reconciliarse de algún modo con ella, rendirle homenaje, tratar de entender sus asperezas, indagar quién fue, no solo como su progenitora, sino en todas sus identidades: niña, pobre, napolitana, esposa, madre, viuda, enferma.
Rosa empieza a recordar mientras vela el cuerpo de su madre junto a la cuidadora rumana que la ha acompañado en su última etapa; una imagen característica del siglo XXI –los ancianos que mueren solos, los hijos que hacen su vida, las mujeres extranjeras encargadas de los cuidados– que contrasta con el Nápoles de posguerra al que retrotrae la narración. La madre, llamada Vincenzina Umbriello, era una muchacha de campo de familia numerosa, que, como tantas jóvenes de su generación, se marchó a la ciudad en busca de unas mejores condiciones. Allí, trabajando como sirvienta, conoció a Rafele, el hijo de un médico, que se convertiría en su marido. La primera parte se centra en el noviazgo, que, por supuesto, no era bien visto por los padres de él. Vincenzina sufre por partida doble: por un lado, la extracción humilde, que supone una diferencia social que la institución de la familia rechaza; por otro, el machismo recalcitrante instalado en la sociedad, que justifica las aventuras del hombre y su despreocupación, sin olvidar la poderosa cultura religiosa de los países del sur de Europa.
En la segunda, la aproximación al matrimonio de Vincenzina se mezcla con los recuerdos de infancia de la narradora: el distanciamiento entre la pareja y la familia paterna; el hombre insatisfecho, que renuncia a su sueño artístico para trabajar en una oficina; las penurias de la posguerra; la enfermedad del padre, con la consiguiente estancia de Rosa con una tía y después en un internado; el maestro Nunziata que guía a los niños por las calles; la amiga Annarella, que no tiene padre. Este es un retrato del Nápoles más empobrecido, violento, tosco, un retrato de la subsistencia que llevó a aquella chiquilla ingenua venida del campo a convertirse en una mujer, y en una madre, dura, arisca. Esta es una novela de estilo más que de trama; Wanda Marasco escribe con un lenguaje envolvente, que evoca aquel Nápoles sórdido, con sus ruidos, sus humores, con las vecinas chismosas (apodadas «las ogras»), los olores a comida barata, la usura, la omnipresencia de la imaginería católica; una voz entre poética y apegada al ambiente, salpicada de dialecto, de la brusquedad predominante en las relaciones entre hombres y mujeres, madres e hijos, maestros y alumnos, amigas.
Wanda Marasco
Un coro de almas resultó finalista del prestigioso Premio Strega en la edición que ganó Paolo Cognetti con Las ocho montañas (2016). Wanda Marasco, que permanecía inédita en castellano hasta la fecha, se suma a una generación de narradores napolitanos nacidos durante la posguerra que han enriquecido el corpus de obras sobre la ciudad, como Erri De Luca, Elena Ferrante o Domenico Starnone; miradas lúcidas a una ciudad sucia, arrebatada, que trasciende la dimensión local gracias a la veracidad de la literatura. Todos ellos son, a su vez, herederos de Matilde Serao, Anna Maria Ortese y tantos otros que han mantenido una relación controvertida con esta tierra. En fin: mujeres, maternidad, violencia, duelo, embrutecimiento; un libro con más sombras que certezas, más insinuaciones que absolutos; todo eso es Un coro de almas, una novela interesante de la narrativa italiana reciente.

07 octubre 2019

El hueco de las estrellas - Joe Wilkins


Edición: Errata naturae, 2019 (trad. Eduardo Moga)
Páginas: 344
ISBN: 9788417800314
Precio: 21,00 €

El hueco de las estrellas (2019), la primera novela de Joe Wilkins, sigue la tradición narrativa de la América rural, en la estela de escritores como Annie Proulx, Jim Harrison, Edward Abbey o Ron Rash. El autor se crió al norte de las Bull Mountains, Montana, una tierra embrutecida donde perviven las costumbres de antaño y la relación del ser humano con la naturaleza dista mucho de ser bucólica. Esta aridez se plasma en su obra, que se desarrolla en un pueblo de la zona durante el gobierno de Barack Obama. En el centro, Wendell Newman, un veinteañero que ha aprendido rápido lo que es la vida: sin familia, se ve obligado a encargarse del hijo de su prima, encarcelada por tráfico de drogas. Viven en una caravana y Wendell se las arregla como puede para compaginar los cuidados con su empleo como peón agrícola para uno de los propietarios de la localidad. Para complicarlo todo, el niño, Rowdy Burns, no habla desde que llegó, y no lo tendrá fácil para adaptarse a su nuevo colegio. En paralelo, Gillian Houlton, una profesora de mediana edad que imparte clases en un centro público, se desgañita para ayudar a los alumnos de entornos problemáticos o con dificultades de aprendizaje. Y, entre los hilos de ambos personajes, se intercalan fragmentos del diario de un tal Verl, un forajido que se esconde en las montañas: textos breves, con faltas de ortografía, complicados de entender.
Poco a poco, las tramas de Wendell, Gillian y Verl convergen, las piezas encajan. No solo en lo relativo al presente, con el anclaje del niño como preocupación principal, sino, y sobre todo, al pasado. Con un gran dominio de los tiempos narrativos, el autor engarza el background de los personajes con su situación actual, fundamental para comprender su evolución o, en algún caso, su declive. Por un lado, Wendell, un chico que no hace mucho estaba en el instituto, que pudo haber estudiado; pero no tuvo suerte: la muerte de su madre, la necesidad de ponerse a trabajar, y, cuando por fin parecía que empezaba a encarrilarse, le toca ocuparse del chiquillo. No se droga, no bebe, no se pelea; es un chaval responsable y educado. Sin embargo, la buena voluntad y la diligencia no le abren puertas, no le garantizan una mejor calidad de vida; no en Montana. Su jefe, que al contrario de los tópicos dista mucho de ser un tirano sin escrúpulos, trata de echarle un cable; una muestra del espíritu de comunidad que pervive en los pueblos pequeños a pesar de todo. En cuanto a Gillian, no todo se reduce a la profesional resolutiva que trabaja en el instituto: enviudó joven, un trauma que la acompaña siempre, y tiene una hija adolescente que estudia en un centro privado. Sí: a pesar de su defensa de la justicia social, Gillian sabe que la escuela pública no le dará tantas oportunidades a su hija; vive atrapada en esa contradicción entre el pensamiento progresista y la cruda realidad.
Al leer El hueco de las estrellas, se puede tener la impresión de estar ante un western de antaño, una de esas miradas a la América profunda de hace medio siglo. El hecho de situarse en la actualidad, no obstante, da una idea de los retos pendientes de los estados rurales: desarraigados, humildes, con un fuerte anclaje al pasado, no por falta de buena voluntad –ahí están los profesores comprometidos como Gillian y los muchachos diligentes como Wendell–, sino porque el determinismo social vence cualquier iniciativa de bienestar. Joe Wilkins analiza la dificultad del desclasamiento en la figura de Wendell, marcado desde su nacimiento por las decisiones de sus antepasados, que lleva el peso de su familia, que hace todo lo que puede (trabajo, casa, niño) y aun así no sale vencedor de su periplo personal. Encarna lo contrario a ese supuesto progresismo tan venerado en Estados Unidos. El mensaje de luchar duro para salir adelante no da resultados en un contexto en el que la dinámica de escasez (y de sus tensiones asociadas: violencia, adicciones, trastornos mentales, extremismo ideológico) está enraizada y se perpetúa de una generación a otra. Joe Wilkins escribe sobre la cara menos «moderna» de Estados Unidos; escribe sobre la población más oprimida, que en su hartazgo se vuelve vulnerable a los mensajes populistas radicales que han ganado terreno en la última década. No se les puede pedir que no incuben odio cuando todo a su alrededor es miseria, cuando viven en la convicción de que siempre pierden los mismos. Ellos.
Joe Wilkins
Joe Wilkins denuncia los problemas a los que se enfrenta la sociedad occidental contemporánea en forma de novela entretenida, de ritmo ágil, con múltiples puntos de vista que encajan a la perfección. Sin sermones; tan solo el arte de contar historias, y con personajes muy bien construidos: todos se enfrentan a algún tipo de contradicción interna, entre el querer y el poder, entre el esfuerzo individual y la presión colectiva. El joven que no puede llevar la existencia de un joven, la mujer que no puede implicarse tanto como le gustaría, los ecos del pasado que vuelven a escucharse, los peligros del fanatismo. Esta construcción en torno a varios personajes no solo no entorpece la narración, sino que pone de relieve diferentes maneras de estar en el mundo, contrapone sus experiencias de tal modo que el lector empatiza con ellos, comprende la posición de cada uno (y ninguna es sencilla). Por encima de las historias personales, el libro tiene esas connotaciones «míticas» clásicas, por la fatalidad que persigue a sus protagonistas como en los mitos griegos; tiene esa «trascendencia» más allá de lo particular. El autor, que previamente había escrito libros de memorias, cuentos y poesía, se revela en El hueco de las estrellas como un narrador extraordinario y perspicaz, hábil en la caracterización psicológica, en la detección de los puntos de conflicto, en la claridad del estilo. Todo fluye en esta novela dura, vigorosa, que retrata la brutalidad del campo sin paliativos. Ojalá sea el comienzo de una gran carrera.

06 septiembre 2019

Los años rotos - Dacia Maraini


Edición: Altamarea, 2018 (trad. Raquel Olcoz)
Páginas: 248
ISBN: 9788494833557
Precio: 18,90 €

Tan cerca y tan lejos. La italiana Dacia Maraini (Fiesole, Florencia, 1936) es un ejemplo de escritora prolífica, con una carrera ampliamente reconocida, que, sin embargo, no ha calado (aún: seamos optimistas) en el público español. No ha sido por falta de interés: editoriales como Lumen, Seix Barral, Galaxia Gutenberg o Minúscula le han publicado libros a lo largo de las décadas. La última en intentar hacer un hueco a esta grande de las letras italianas es la pequeña Altamarea, que ha recuperado Los años rotos (1963), su segunda novela, con una nueva traducción, y ha apostado por su libro más reciente, Cuerpo feliz (2018). Dacia Maraini ha cultivado diversos géneros, siempre con un marcado carácter social, comprometida con la defensa de los más desfavorecidos y de las mujeres en concreto. Quizá la nueva ola feminista que se está viviendo en España renueve el interés por ella; además, en ocasiones los autores encuentran su sitio en sellos independientes que, a pesar de sus limitaciones en términos de promoción, pueden dedicarles más tiempo, acercarlos a los lectores que los disfrutarán de verdad. Ojalá este sea el caso y, al fin, deje de ser una desconocida en este país.
Los años rotos se inscribe en la (rica) tradición de novela iniciática con protagonista femenina, en la que figuran títulos con los que puede «emparentarse», como Nada (1944), de Carmen Laforet, Las chicas de campo (1960), de Edna O’Brien, Nuestras calles (1969), de Alessandra Lavagnino, y Con rabia (1963), de Lorenza Mazzetti. La narradora protagonista, Enrica, tiene diecisiete años y estudia mecanografía y taquigrafía en la Roma de principios de los sesenta. De origen humilde, aprende uno de los pocos oficios al alcance de las chicas de su extracción social. Su relato está despojado de sentimentalismo, y ya desde el primer capítulo impacta por su crudeza: una escena en la que Enrica va a casa de un amigo para acostarse con él. Nada anómalo, salvo por el hecho de que enseguida se nos descubre que él tiene novia, y por la brusquedad con que se dirige a la amante («Desnúdate», le espeta). Enrica, consciente de todo, obedece con un servilismo que, desde fuera, resulta humillante. En el encuentro no hay una agresión como tal, pero tampoco romanticismo; la intimidad está revestida de una frialdad hiriente. Enrica no se manifiesta, su narración es parca, contenida; aunque no cuesta adivinar que, si consiente este trato, se debe a que ella sí está enamorada del joven.
Luego, en casa, Enrica se enfrenta a otro panorama poco esperanzador: por un lado, un padre ensimismado en la construcción de jaulas, que, más que una afición, le supone una vía de escape, un pretexto para no hacerse responsable del hogar; por otro, la madre enfermiza, envejecida de forma prematura, gruesa, arisca, la mujer que carga con el peso de la familia. La relación entre madre e hija, un pilar del libro, se caracteriza, como en la obra de Elena Ferrante y Vivian Gornick, por esa tensión entre el apego y la aspereza: la madre quiere lo mejor para su hija, la presiona para que estudie; sin embargo, nunca tiene una palabra de cariño, su afectividad se ha secado por las adversidades y el sentido práctico de quienes tienen que trabajar duro para llenar el plato. En cuanto a Enrica, pese a la conciencia de que su madre sostiene el hogar, o precisamente por ello, experimenta un rechazo hacia ella, por cuanto encarna aquello en lo que no quiere convertirse: una esposa ajada, con el carácter avinagrado, tosca, que ha sufrido toda la vida por la ineptitud de su marido y por la pobreza.
Enrica vive en un estado de espera, de transición incierta hacia el mundo de los adultos. Está en una etapa de finales inminentes: el empeoramiento de salud de la madre, su formación, la relación con el chico prometido con otra, la amistad con un compañero de clase interesado en ella. La autora refleja cómo Enrica se ha acostumbrado a todas las «disfuncionalidades» que conforman su rutina, a saber, se ha habituado a la dureza de las relaciones humanas, a las carencias, al sexo sin sentimientos. Ella, como tantos adolescentes, huye de un hogar que le resulta hostil para lanzarse a los brazos de otras personas o entornos (el amante, la escuela, los amigos) que tampoco colman ese vacío; no obstante, se resigna a ello, como si en el fondo supiera que no puede aspirar a nada mejor. La apatía, el tedio, rezuman en su voz desengañada; una radiografía social de cómo las mujeres, y aún más las de clase baja, se veían encorsetadas por partida doble: en lo profesional, solo podían aspirar a empleos poco cualificados, que además de precarios resultan monótonos y fastidiosos, no se les impulsaba a creer en ellas; en lo privado, desde el momento en el que establecen su hogar se da por hecho que ellas se ocuparán de las tareas domésticas y los cuidados. No es un futuro por el que una muchacha pueda sentir ilusión, no cuando ha sido testigo del deterioro de su madre.
Con todo, a Enrica le esperan cambios. Todavía más: ella misma se mueve, cueste lo que cueste, en busca de esos cambios; por desalentadoras que resulten sus circunstancias, en el fondo se esboza un «mensaje» emancipador. Pertenece a una generación en la que se está gestando la idea de «nueva mujer», y en su camino encuentra diferentes perfiles en los que proyectarse, unos «modelos de mujer» que las revelan a todas como víctimas, si bien de distintas maneras. En primer lugar, la madre, trabajadora, responsable de la familia; con ella, se desmonta la institución de la familia patriarcal: tanto la madre primero como la hija después asumen las tareas, incluso con la ayuda de una vecina, hasta olvidarse de sí mismas, de sus necesidades individuales, mientras que el hombre se revela como un cabeza de familia inútil, egoísta, como un niño inmaduro que fracasó en su intento por convertirse en un adulto. En segundo lugar, la señora Bardengo, una mujer rica, independiente, pero desdichada a su vez por el mal de amores, la soledad, la decrepitud del cuerpo; una mujer que se refugia en el alcohol, vicio atípico entre ellas, que aumenta su fama de perturbada. Podemos mencionar asimismo a Gabriella, compañera de clase, enamorada de un chico que la ignora, por quien se arrastra; y las maestras Aiuti, con rencillas familiares por un matrimonio inconveniente.
Todas las mujeres de la novela comparten el hecho de anularse a sí mismas, de no valorarse, porque la sociedad no las prepara para desenvolverse solas en el mundo; porque las oprime, juzga, margina, según cuál sea su «pecado»; porque les inocula la culpa, la abnegación, el sacrificio. Enrica aprende primero de su madre, con el temor a correr su misma (mala) suerte: «Procuré no mirarla mientras se quitaba el corsé y buscaba la bata en el armario. Me hacía pensar que un día me volvería como ella, gorda, con las carnes flácidas y llena de arrugas» (p. 14) –un tema, a propósito, que también explora de manera excepcional Elena Ferrante–. Más adelante, al marcharse de casa, descubre en la señora Bardengo un nuevo referente, por contraposición a su progenitora (adinerada, autónoma, vanidosa); no obstante, también en ella termina por percibir aristas: «descubrí en la pared de enfrente mi imagen en el espejo. Sujetaba la botella en la mano e inclinaba la cabeza ligeramente hacia un lado. Eran los mismos gestos de la señora Bardengo. […] Quería irme cuanto antes de aquella casa» (p. 225). Esta es la historia de una muchacha que poco a poco define su identidad, asimilando y desbrozando entre todo lo que observa a su alrededor.
Hablando de los personajes femeninos, destaca su énfasis en la noción del cuerpo de cada edad: en Enrica, la lozanía de la juventud, la atracción entre sexos, el juego amoroso; en las adultas fértiles, el embarazo, el aborto, la maternidad, la transformación de su figura; al final, el cansancio, el envejecimiento, la enfermedad. El cuerpo se concibe como el espacio de representación de malestar social, o, mejor, de los múltiples abusos del sistema patriarcal. Todas, ricas y pobres, jóvenes y mayores, canalizan de un modo u otro esta presión: la muchacha que entrega su cuerpo al hombre en un intercambio desigual; la obrera que se consume por una retribución dineraria insuficiente; la madre que renuncia a su plenitud física para dar a luz y cuidar de cuantos hijos se tercien; la coqueta acomplejada por su pérdida de vigor por el paso del tiempo, el temor a no ser lo bastante atractiva a ojos del amante más joven que ella; la chica que hace frente a un aborto, sola, a escondidas, avergonzada; y, en general, una cultura religiosa que inculca el pudor con respecto al cuerpo, el tabú, y con ello deja a las mujeres sin herramientas (léase educación) para realizarse; de ahí que las niñas, en su camino por la vida, partan más indefensas que sus homólogos masculinos.
Es asimismo pertinente analizar los «modelos de hombre» que aparecen. Para empezar, el padre: un hombre ya maduro, embebido en una empresa infructuosa, sin haber cumplido sus metas ni en lo personal ni en lo profesional; una imagen de decrepitud, derrota, perturbación. No soporta la presión del hogar, por lo que, en lugar de intentar salir adelante, se autoanula, les da la espalda al mundo y a sus allegados. En segundo lugar, Cesare, el amor de Enrica: estudiante, pese a acercarse ya a los treinta; prometido, pero con amantes; despreocupado, perezoso, mira por sí mismo, controla las relaciones. El padre de Cesare, por otro lado, ronda por la casa como un ente turbio; acepta el comportamiento poco honroso de su hijo porque él mismo le ha dado ese ejemplo. Con respecto a Carlo, el compañero de clase de Enrica, se distancia del perfil de hombre dominante, en principio: un muchacho tranquilo, humilde como ella, que se preocupa con sinceridad; aun así, el no verse correspondido en sus sentimientos saca a la luz una cara «oscura», y el «buen chico» deviene pesado, incómodo, obsesivo y peligroso cuando es incapaz de asumir el no de ella. Por otra parte, está Giulio, el abogado, un tipo superficial, de los que creen que con dinero e influencias se puede todo; encarna, para Enrica, la tentación de la comodidad, las apariencias. Por último, Francesco, el criado de la señora Bardengo, un perfil machista, misógino, que se burla de ella por tener un amante más joven mientras él se acuesta con una sirvienta con quien se lleva unos cuantos años.
Los hombres de la novela no son más felices que las mujeres, pero tienen ciertos privilegios, lo que no significa que todos los sepan aprovechar, o que no padezcan otras desigualdades. En general, llevan la batuta en las relaciones afectivas y dan por sentadas ciertas situaciones (de tener la comida servida a poder ir a la universidad, pasando por la autoridad en la cama) que ellas ni se plantean. La relación de Enrica con ellos también experimenta una evolución: si con las mujeres hacía un espejo, con los hombres aprende a marcar las distancias, a imponer sus normas sutilmente pero con firmeza. Del padre de quien debe alejarse para hacer su vida a los amores que no le traen nada bueno; Enrica aprende a cerrar la puerta a lo que no le conviene, a deshacerse de más de una losa. Sin hacer ruido, sin estridencias, porque Enrica sigue siendo una chica tímida y discreta de principio a fin, pero con convicción. El estilo de la autora –depurado, crudo, preciso, con diálogos brillantes– se sustenta en las elisiones, que dan tanta información o más que lo narrado de manera explícita. La voz de Enrica suena tan veraz precisamente porque en la «vida real» no nos lo decimos todo; evasivas, silencios y medias verdades llenan la narración. Es muy meritorio alcanzar esta contención, aún más en una escritora que entonces no tenía ni treinta años.
Dacia Maraini
El título original de la novela, L’età del malessere, incluye el término «malestar», tan significativo; casi podría escribirse en plural, pues son muchos los «malestares» de la protagonista. La autora insiste en la jaula como metáfora, tanto por las que hace el padre como por una escena en el zoo muy vívida: representan al progenitor, encerrado en sí mismo, pero también a la propia Enrica, encerrada en su modesto mundo (casa, amante, escuela). En cuanto a la señora Bardengo, se describe su caserón como una vivienda lujosa, y sin embargo triste por dentro; una jaula de oro. Algunos de los «malestares» de Enrica son intrínsecos a su época; aun así, por mucho que se haya avanzado en las oportunidades profesionales para las mujeres y en el reparto de responsabilidades domésticas, en otros aspectos la obra sigue vigente: la asimetría en las relaciones afectivas, por ejemplo, los abusos, los malos tratos. Es más, ahora, con las redes sociales, el acoso ha tomado nuevas dimensiones. Los jóvenes que difunden fotos eróticas de sus compañeras pueden ser una versión del siglo XXI de los problemas que plantea Dacia Maraini en Los años rotos: las chicas de hoy, como Enrica, quizá incluso más que Enrica, sienten la presión de gustar, sienten el miedo, no se atreven a alzar la voz. Este libro breve de hace más de cincuenta años todavía da para muchas (y jugosas) reflexiones.

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