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15 marzo 2019

Liberty Bar - Georges Simenon


Edición: Acantilado, 2019 (trad. Núria Petit)
Páginas: 144
ISBN: 9788417346355
Precio: 16,00 €

Liberty Bar (1932) forma parte de la extensa serie de novelas policíacas protagonizadas por el comisario Maigret del prolífico escritor belga Georges Simenon (Lieja, 1903 – Lausana, 1989). Esta vez, la acción se desarrolla entre Antibes y Cannes, en el paraje paradisíaco de la Costa Azul. Allí, el magnate australiano William Brown ha muerto apuñalado por la espalda. Nadie de la zona lo conocía mucho, apenas se sabe que vivía con dos mujeres, su amante y la madre de esta, en un viejo caserón. La policía avisa a Maigret para que se encargue del caso sin hacer ruido, para no alertar a los turistas.
Como suele ser habitual en el género negro, más que la resolución de la intriga, lo interesante está en la exploración del entorno del finado, esto es, los ambientes lúgubres del periodo de entreguerras, con los personajes turbios que pululan por ahí. El comisario Maigret lleva a cabo una investigación por los bajos fondos, un estilo de vida «decadente» que contrasta con la apariencia cálida y apacible de la Costa Azul. Por un lado, está la vieja mansión, con las dos mujeres que dependían de William Brown y ahora no tienen a quién aferrarse. Por el otro, el Liberty Bar, el local que este frecuentaba en sus escapadas, un sitio un tanto peculiar (y no diré por qué) donde lo esperaban otras dos damas, la propietaria y una joven prostituta. Los lazos que lo ataban a cada mujer se van descubriendo poco a poco. Basta adelantar que las cuatro, las de casa y las del bar, encarnan la sordidez, el instinto de supervivencia de quien muerde antes de que lo pisen.
Sin embargo, tal como el comisario va averiguando, el tal William Brown no siempre vivió así. Procedía de una familia adinerada, en el pasado llevó una existencia acomodada en Australia. En cierto modo, la novela plantea cómo un hombre como él –rico, educado, poderoso, libre– terminó frecuentando un lugar como el Liberty Bar, cómo se dejó seducir por las luces de la noche europea, el juego, el vicio, las mujeres con ropa hortera, los tipos oscuros, la «mala vida» en general. En cuanto al comisario, se muestra sencillo y amigable, un investigador discreto, ni un lumbrera ni un seductor. Está al servicio de la dimensión social de la novela.
Georges Simenon
Simenon se puede situar cerca de la tradición norteamericana de novela negra por su retrato de la degradación moral en ambientes lúgubres, de prácticas clandestinas; el puro reverso de la estampa turística de la ciudad. Aun así, no llega al suspense psicológico de un Raymond Chandler o una Patricia Highsmith, no da tanto «mal rollo», sino que mantiene una agradable pátina de ligereza en el relato. El autor convence en su evocación de aquellos años, en la caracterización de los personajes caídos en desgracia, la tensión narrativa y el desarrollo del misterio. Tiene un estilo ameno, con mucho diálogo, que en pocas pinceladas insinúa lo necesario. Así que bien, muy bien Maigret.

30 noviembre 2018

La memoria del aire - Caroline Lamarche


Edición: Tránsito, 2018 (trad. Raquel Vicedo)
Páginas: 108
ISBN: 9788494909511
Precio: 15,90 €

La escritora belga Caroline Lamarche (Liège, 1955) lleva a cabo en La memoria del aire (2014) lo que se conoce como «literatura del yo». En la creación literaria no todo se reduce a la narración de historias con conflicto y personajes; en ocasiones, se entiende como una exploración del abismo interior, de las heridas sin sanar, la escritura como herramienta para (re)construir ese punto de ruptura en la vida del protagonista, para explicar(se) y tratar de encajar, de dar un sentido a ese dolor. Los autores francófonos dominan especialmente este género: en la contracubierta se cita a Marguerite Duras; se podría añadir como referente a Annie Ernaux, una maestra de la autoficción, y, en el panorama español reciente, a la Marta Sanz de Clavícula (2017), entre otros. Quien busque una novela al uso, con su trama y su tensión narrativa, no la encontrará aquí; en cambio, quien desee ahondar en temas a menudo silenciados, saldrá satisfecho.
La memoria del aire se compone de retazos breves, un tanto deslavazados al principio, en los que la autora desgrana sus experiencias ligadas a lo que puede denominarse violencia institucional del amor romántico. Hay dos bloques: la primera parte, relativa al «hombre de antes», donde indaga en las sombras de aquella relación terminada, con la lucidez (y la necesaria frialdad) del análisis a posteriori; y la segunda parte, sobre un episodio traumático anterior, que a raíz de los conflictos de esta relación sentimental vuelve a tomar relevancia para ella. El estilo –elusivo, preciso, subyugante– evoca imágenes con mucha fuerza poética, como cuando se ve a sí misma como una muerta, la muerta en vida que ha sido durante años hasta el despertar que narra en estas páginas. Este monólogo tiene valor por dar voz a cuestiones que se suelen invisibilizar, por enriquecer así las reflexiones contemporáneas, por su mirada descarnada; pero también por cómo lo cuenta, haciendo lo que se espera de una escritora: literatura.
Hablando del contenido, para empezar, destaca su aproximación a la naturaleza de una relación tóxica, con sus formas de dominación, ataduras y dependencia. No obstante, todavía resulta más interesante cómo vehicula esas circunstancias con la educación que las mujeres de su generación –blancas de clase media occidentales– asimilaron desde la infancia. En otras palabras: la gestación del sentimiento de culpa femenino. Esas relaciones asimétricas se sostienen, en buena medida, porque tanto ellos como ellas han absorbido principios como los que analiza Lamarche: la justificación constante de los errores del hombre; la sumisión por la creencia (infundada) en la superioridad intelectual de él; la aceptación de que los supuestos «genios» o artistas no pueden evitar determinadas conductas degradantes para su compañera; los remordimientos por llevar un vestido rojo, con las connotaciones de este color. No se limita a denunciar la autoridad masculina, puesto que bucea en los cimientos que la han hecho posible, y que atañen a ambos géneros.
Caroline Lamarche
Es asimismo significativo cómo identifica el predominio de hombres en las altas esferas de los sistemas médico, jurídico y policial, con la consiguiente indefensión de las mujeres por la falta de perspectiva de género al afrontar ciertos procesos. La memoria del aire, en suma, es un libro breve, muy breve, pero concentrado, jugoso, y especialmente pertinente en el contexto actual, con el feminismo y el movimiento #MeToo en primera fila. A veces, escribir desde la contusión del amor, física pero sobre todo psicológica, merece la pena. Con esta obra, la recién nacida editorial Tránsito confirma su apuesta por textos de vocación intimista, con una mirada desconfiada hacia la realidad y un uso cuidado del lenguaje; voces muy personales, como esta o la de Fernanda Trías en La azotea.

18 febrero 2018

El deshielo - Lize Spit

Edición: Seix Barral, 2017 (trad. Catalina Ginard y Marta Arguilé)
Páginas: 528
ISBN: 9788432232916
Precio: 19,90 € (e-book: 12,99 €)

Deshelar: hacer que algo deje de estar helado. En sentido literal y, también, metafórico. En El deshielo (2016), el debut literario de la belga Lize Spit (1988), se dan ambos. Se derrite un bloque de hielo y una mujer regresa a su tierra más de diez años después de sufrir una experiencia traumática; nunca afrontó el pasado, que permanece congelado. El hielo se derrite despacio, muy despacio. Tampoco la llegada al pueblo es fácil. No siempre apetece ir a una fiesta: Eva, así se llama la protagonista, recibe una invitación para el homenaje al hermano mayor de uno de sus amigos de la infancia, que, de no haber muerto en su juventud, cumpliría treinta años. Sin confirmar su asistencia, Eva se pone al volante, rumbo a sus orígenes, a esa pequeña localidad rural de la región flamenca de Bélgica. Allí vivió con sus padres y hermanos. Allí compartió juegos con Pim y Laurens. Allí conoció a la atrayente Elisa. Y allí perdió la inocencia.
Eva, Pim y Laurens fueron los únicos niños nacidos en aquella aldea en 1988; una coincidencia que los unió dentro y fuera de la escuela. Es, además, el mismo año en que nació la autora; recrea el universo de su infancia, la Bélgica rural del cambio de milenio, con el ordenador como adquisición estelar en el hogar de muchas familias. No obstante, no hace autoficción, no centra la trama en un yo, por mucho que esté narrada en primera persona. Lize Spit construye una novela armada con meticulosidad y con muchas capas, que se estructura en tres tiempos, todos narrados por la protagonista: uno se corresponde al regreso, en la actualidad, que dura una jornada fragmentada por horas, siguiendo el lento discurrir de Eva por los lugares de su niñez, con la intriga de si entrará al fin en el recinto de la celebración; los otros dos hilos se refieren al pasado: en uno narra el episodio doloroso, en el verano de 2002, en riguroso orden cronológico y tiempo presente, con la sensación de inmediatez que implica, y el tercero actúa como complemento de este, capítulos en apariencia dispersos, sobre anécdotas que a la postre completan la información de la trama principal, esto es, ese verano de 2002.
Como en Frankie y la boda (1946), de Carson McCullers, el verano, el largo verano, es la época en que los adolescentes con ganas de crecer deprisa irrumpen en el mundo de los adultos con una torpeza que deviene trágica. Por aquel entonces, Eva, Pim y Laurens tienen catorce años; ni niños ni todavía jóvenes, una edad en la que la curiosidad por el sexo los empuja hacia un juego peligroso. Ese juego, cuya tensión va in crescendo con el paso de los días, mantiene el interés del lector en el sentido más primario (qué pasará, como en una novela de misterio), pero, además, anida conflictos propios de la pubertad, el coming-of-age, el duelo y la familia disfuncional. Porque los chicos tienen familias, y no están al margen de la historia: Pim perdió a su hermano mayor unos meses atrás; Eva ve cómo su madre vacía las botellas de alcohol al tiempo que empeora el trastorno de su hermana menor. La familia de Pim ha vivido una tragedia y en la de Eva se precipitarán los acontecimientos. En medio, Laurens, al que no le pasa nada... salvo la adolescencia.
Los protagonistas están muy bien caracterizados. Eva, el tipo de chica que, ya desde jovencita, tiende a ser el apoyo de los demás, empática y generosa, introvertida y firme. No sabe decir que no. La novela aborda el rol de la chica rodeada de amigos varones: al haber crecido entre muchachos, y en el campo, no ha tenido nunca amigas y carece de la «feminidad» de las jóvenes que comienzan a coquetear; ella misma se define como «basta». Pim, por su parte, hijo de granjero, es el líder de la pandilla, el macarra por excelencia. La muerte de su hermano inspira compasión en la gente; nadie sabe hasta qué punto lo volvió más rebelde. Por último, Laurens, hijo de los carniceros, rechoncho, dócil, estudioso y fácil de manipular, sobre todo por su colega Pim. La amistad entre ambos sexos, que en la niñez no genera inconvenientes, al entrar en la pubertad se convierte, no en un problema, pero sí en una diferencia. Ya no son tres niños jugando sin más, sino dos chicos y una chica en una edad en la que tienen curiosidad por el sexo, por el cuerpo. La particularidad de moverse entre chavales hace que Eva viva una adolescencia más embrutecida, entre distracciones típicamente masculinas de las que no se siente del todo partícipe, aunque se deja llevar por ellos.
Hay un cuarto personaje que se suma a la terna, la recién llegada Elisa, que como todos los forasteros de las (buenas) historias trae consigo una revolución. Tiene dos años más que el trío (que, a esas edades, se notan) y se convierte en lo más parecido a una amiga que ha tenido Eva. Le abre una puerta a todo lo que le faltaba con los chicos. Encarnan esa clase de amistad en la que una, Elisa, más curtida, pícara y espabilada, tira de la discreta Eva. Para Eva, Elisa es fascinación y recelo; le atrae su sensualidad, de la que ella carece, pero a la vez se palpa la desconfianza entre ambas, los celos entre mujeres, el ansia por controlar la situación. En cuanto a los chicos, se sienten atraídos por Elisa, claro. Atractiva y misteriosa, amante de los caballos, la chica nueva agita las aguas del pueblo. Solo Eva penetra en su feudo, conoce sus puntos débiles, su parte menos seductora, sus astucias. Cierto comentario sobre el caballo de Elisa resultará clave para la resolución.
Ante todo, El deshielo es una novela, una gran novela, sobre el despertar sexual, narrado en toda su crudeza, su brutalidad y su naturaleza despiadada; una pérdida de inocencia escabrosa, traumática y exenta de romanticismo. El peligro de determinados juegos. La imprudencia adolescente que resulta fatal. La morbosidad, la ausencia de límites. Invita a plantearse preguntas sobre la educación sexual, por la responsabilidad de esa curiosidad temprana y feroz. Es importante subrayar la claridad del lenguaje, su estilo limpio, descarnado, despojado de florituras, una voz que, por expresarlo de forma sencilla, llama a las cosas por su nombre, sin poetizar. Describe el cuerpo, femenino y masculino, sin erotismo; es natural, realista. Probablemente, la novela en la que más veces he leído la palabra «vagina», y, por si esto fuera poco, sin connotaciones eróticas. Hay que recalcar asimismo que narra con dureza el descubrimiento del sexo, no del amor. Sexualidad y sentimiento no van unidos en este libro, el quid del asunto no va de la decepción amorosa de la eterna enamorada. Lize Spit aporta una mirada fresca, impúdica y moderna al tratamiento del despertar sexual, hasta el punto de resultar incómoda por su sordidez, pero brillante en cualquier caso.
A pesar de que la acción principal se desarrolla entre el grupo de amigos, no se descuida la familia, un núcleo que se cae a pedazos, con las obsesiones de la hermana pequeña, el alcoholismo de la madre y la pasividad del padre. Eva y su hermano mayor tratan de aparentar normalidad de puertas afuera, aunque saben que lo que ocurre en su casa dista mucho de ser normal. Destaca el papel de la madre de Laurens, un apoyo inesperado. Esta trama tiene, aun con el dolor, ternura: el amor de hermana, el afecto sincero y auténtico en el dormitorio. La rudeza de la pandilla contrasta con la madurez mostrada en el hogar; Eva (y todos) representa diferentes roles en función de la compañía. El hilo actual (la Eva adulta de vuelta) retroalimenta la historia del pasado, sobre todo la parte familiar: deja caer pinceladas acerca de cómo siguió su vida después de la debacle que acrecientan el interés por seguir leyendo. La organización en dos tiempos permite contrastar lo que eran antes y lo que son como adultos.

Lize Spit
La ambición conlleva riesgos, pero El deshielo funciona, funciona a la perfección. Ninguna trama se cae, como sucede en ocasiones cuando se alternan varios tiempos. Todas las piezas encajan; todo, cada detalle, por trivial que parezca de entrada, encuentra su sentido. Nada de paja, nada al azar; esa narración minuciosa, paso a paso, está más que justificada. El deshielo no es solo un debut deslumbrante, sino una obra excepcional en la carrera de cualquier escritor, joven o maduro. Intriga dosificada con medidor, análisis psicológico, novedosa y áspera en el tratamiento de los temas, estilo sólido y eficiente. Tiene arquitectura, personajes y una voz sin complejos. Como curiosidad, Lize Spit comenzó a escribirla en un campamento para escritores; invertir en creación literaria da sus frutos. En Bélgica tuvo una excelente acogida por la crítica y el público (más de 170.000 ejemplares vendidos, reza la faja), y sin embargo aquí no se le ha prestado la atención suficiente. Pocas, muy pocas veces, un autor menor de treinta años se da a conocer con una novela de más de quinientas páginas y de esta envergadura literaria. Disfrutadla.

07 junio 2016

Un jardín en Brujas- Charles Bertin



Edición: Errata naturae, 2015 (trad. Vanesa García Cazorla)
Páginas: 152
ISBN: 9788415217947
Precio: 15,50 €

Un jardín en Brujas (1996), un breve memoir del escritor belga Charles Bertin (1919-2002), me acompañó durante dos noches. Utilizo este verbo, acompañar, porque, y aun a riesgo de sonar cursi, uno no lee este libro como un espectador que mira los hechos desde la distancia, ajeno a ellos, frío. Esta obra suscita complicidad: comparte una experiencia personal que nos empuja a buscar entre nuestros recuerdos, a recuperar esas instantáneas de la infancia que evoca con nostalgia. La narración comienza así: «Anoche sentí ganas de ir a saludar a mi abuela». La abuela del autor, Thérèse-Augustine, es la protagonista de este texto, en el que Bertin rememora los veranos en su casa con jardín de Brujas, en el periodo de entreguerras. Bertin lo escribió cuando él mismo ya era un hombre anciano de vuelta de todo, lo que le permite no solo evocar sus recuerdos infantiles, sino ponerse en el lugar de Thérèse-Augustine para comprenderla como persona y no solo verla como su abuela.
Abundan las novelas dedicadas a la figura de la madre (épicas de la maternidad, podrían llamarse), pero no tantas a las abuelas, que suelen aparecer como personajes secundarios en las historias familiares. Aquí, no obstante, solo importan la abuela y su nieto: los veranos compartidos por los dos, las confidencias, las risas, los paseos por la ciudad. Es un lugar común decir que los abuelos tratan a sus nietos con mucha devoción y cariño. En parte, Thérèse-Augustine se comporta de este modo: una abuela entregada, volcada en el cuidado del muchacho. Es viuda y tiene a los hijos lejos, por lo que se encuentra bastante sola y, durante las vacaciones, convierte al niño en el centro de sus atenciones. Se puede decir que viven el uno para el otro, conforman una relación intergeneracional en la que ambas partes se influyen: el pequeño Bertin descubre el mundo de los adultos a través de su abuela, y ella se acerca a la infancia que, por generación, no pudo vivir como hubiera querido. Y en esto reside su singularidad: la abuela no pudo proseguir con sus estudios por ser mujer. Tenía que dedicarse a la casa, a cuidar de la familia. Junto a su nieto, trata de quitarse esa espina.
Thérèse-Augustine se convierte en la compañera de juegos y aprendizaje de su nieto. No se limita a distraerlo, sino que estudian juntos, le descubre el arte y la literatura (esas lecturas de aventuras de la infancia, tan estimulantes: Jules Verne, Daniel Defoe…), y ella aprende a su vez, se divierte, sacia su curiosidad. Llaman la atención sus métodos de enseñanza, una verdadera lección de ingenio para que su nieto se lo pase bien y no los perciba como algo aburrido o fastidioso. A pesar de su indudable inteligencia, ella siempre se muestra modesta, niega su capacidad para hacer cualquier tipo de actividad mínimamente intelectual (como escribir), pero lo cierto es que se desenvuelve muy bien en ello. Thérèse-Augustine, en definitiva, es una mujer hecha a sí misma: encarna a esas personas que no pudieron estudiar ni moverse en ambientes cultos, pero que, lejos de resignarse, se han esforzado, por su cuenta y a su manera, para alimentar esa mente hambrienta de conocimiento. Además, lleva a cabo una «misión»: le narra a su nieto sus memorias, para que no olvide sus orígenes y valore las oportunidades que él sí tendrá. Una excelente forma de conectar pasado y futuro.
Charles Bertin
Un jardín en Brujas me parece un libro muy fácil de disfrutar. En gran medida, esto se debe a la fluidez de la lectura y a la simpatía que nos suscita el personaje, pero sería injusto apreciar solo su vertiente más emotiva. Sería injusto, porque Bertin demuestra una gran habilidad para hacer algo no tan común: mostrar a su abuela como mujer, y no solo como su abuela. Estas páginas tan hermosas también son un fino análisis de la personalidad de Thérèse-Augustine, de su vulnerabilidad, de sus frustraciones, de todo aquello que en teoría queda fuera de la mirada de un nieto, hasta que este nieto vuelve a pensar en ella cuando se ha hecho adulto. Hay una escena muy significativa: de niño, encontró unas novelitas eróticas escondidas en la casa. Dio por hecho que pertenecían a su abuelo, pero reconoce que años más tarde se planteó que tal vez las habían leído juntos, el abuelo y la abuela. La memoria, pues, se acompaña de la lucidez del presente para redescubrir a Thérèse-Augustine y compartir su testimonio con los lectores. Una obra intimista y tierna, sí, pero sin sentimentalismos, escrita con la prosa depurada y precisa de un narrador consumado, y con la verdad de la buena literatura.

20 marzo 2016

Un hombre sencillo - André Baillon



Edición: Errata naturae, 2016 (trad. Vanesa García Cazorla)
Páginas: 192
ISBN: 9788416544042
Precio: 16,50 €

Mediante mis actos, cuando no mediante mis palabras, predico:
—¡Seamos sencillos!
Es tremendo, señor, cómo se complica la vida cuando queremos que sea simple. (P. 31)

Pocas veces el adjetivo «singular» encaja tan bien en la biografía de un escritor como en la del belga André Baillon (Amberes, 1875 – Saint-Germain-en-Laye, 1932). Su vida estuvo marcada por la temprana pérdida de sus padres, circunstancia que lo llevó a estar bajo la tutela de una tía autoritaria. Fue un estudiante brillante, pero la intensidad con la que amó y vivió debilitó su salud mental. Se intentó suicidar varias veces y, aunque a partir de 1920 comenzó a publicar con éxito, su situación no mejoró y pasó temporadas en la zona de psiquiatría del Hospital de la Salpêtrière. Finalmente, se suicidó en 1932. Gran parte de su obra tiene un trasfondo autobiográfico, como Un hombre sencillo (1925), su primera novela traducida al castellano, que gira alrededor de un personaje ingresado en el mencionado hospital después de sufrir por un peculiar triángulo amoroso. Pero el calificativo «singular» no solo se aplica a su trayectoria vital: sus libros tienen un punto delirante que dificulta su clasificación, un sentido del humor absurdo y unos juegos de palabras que lo acercan a autores como Samuel Beckett.
La Salpêtrière, por Armand Gautier (1857).
Jean Martin, el hombre sencillo (así, al menos, lo cree él), se encuentra en la Salpêtrière, desde donde le cuenta al doctor, en forma de cinco confesiones, los motivos por los que está ingresado allí. Él es escritor, pero de un tiempo a esta parte no puede escribir, una causa de frustración («Para un escritor apenas si cuentan los libros ya consumados, los que cuentan son los que va a escribir.», p. 38). Tampoco consigue llevar una existencia tranquila con su esposa; cualquier gesto rutinario le resulta complicado, perturbador, enloquecedor. Llegó a su límite y ahora está en el hospital. Ahora bien, su caso no es tan, ejem, sencillo. La novela se vertebra sobre la multiplicidad de identidades del protagonista. Porque Jean Martin a veces es Jean y a veces Martin, a veces es (o eso cree) un hombre sencillo, común, y a veces se enreda en la telaraña de la locura, a veces ama a quien debe y a veces su impulso toma un rumbo prohibido. Tal como explica la traductora, Vanesa García Cazorla —que hace un trabajo extraordinario para captar los matices de la prosa y aclarar los dobles sentidos que emplea Baillon—, uno de los ejes fundamentales del libro es la duplicidad del narrador: «complejidad, dispersión y escisión real de su protagonista frente a la sencillez soñada» (p. 13). Hay que leerlo con atención para no dejarse confundir por él… o, precisamente, para involucrarse y participar de este juego de espejos.
Buena parte de los problemas de Jean Martin, según le confiesa este al médico, tienen su origen en el amor. En un principio tenía una esposa, Jeanne, y una amante, Claire —todo tiene una dimensión doble (o tripe), incluidos los perfiles de las mujeres—, pero al final se decantó por la segunda, que además tenía una hija, Michette («De lo complejo a lo sencillo, me uní a dos mujeres: una que debería haber sido mi esposa; la otra que lo seguía siendo sin serlo ya más. Ambas sufrieron. Y yo, por ellas.», p. 34). Esta Michette creció hasta convertirse en una jovencita arrebatadora, y aquí se complicó todo para el protagonista, que a estas alturas ya estaba atormentado por los ruidos, la paranoia y la incapacidad para concentrarse en una tarea, a pesar de haberse trasladado al campo para estar en un lugar más tranquilo que París. La narración se desdobla constantemente entre la cara del hombre sensato, que aspira a su vida sencilla con Claire y sus novelas, y la del hombre depravado que piensa en Michette y tiene extrañas alucinaciones. Por un lado, la vida, la serenidad, el orden; por el otro, la locura, que a su modo también es decrepitud y muerte. Más allá de la enajenación, la multiplicidad de identidades puede interpretarse como un reflejo de los papeles que cada persona adopta en su día a día (y los papeles que reprime, hasta que llega al extremo, se desborda y le pasa lo que a Jean Martin).
André Baillon
La gracia (nunca mejor dicho) de Baillon reside en su brillante estilo, un estilo conciso, ambiguo y repleto de juegos de palabras (todo un maestro de le mot juste). La decadencia del protagonista va acompañada de una lucidez asombrosa para la construcción literaria, en la que abundan el humor absurdo, los tics, las repeticiones obsesivas del narrador y ese constante desdoblamiento de personalidad. A pesar del sufrimiento que se palpa en el trasfondo de la voz de Jean Martin (y aún más que sufrimiento: la locura es lúgubre, tétrica, incontrolable), su tono resulta tremendamente vivo, divertido, agudo y vigoroso; un estilo «genial», en el sentido tradicional del término. Bajo un título anodino en apariencia, Un hombre sencillo se revela como una novela ingeniosa e incisiva, obra de un artesano de las palabras con capacidad para reírse de sí mismo. Un libro de todo menos «sencillo».

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