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04 octubre 2019

El placer - Guy de Maupassant


Edición: Periférica, 2019 (trad. Manuel Arranz)
Páginas: 80
ISBN: 9788416291892
Precio: 11,50 €

Este pequeño libro reúne los tres relatos en que se basa la película El placer (1952), de Max Ophüls; un tríptico de cuentos de excelente factura en los que el maestro Guy de Maupassant (Dieppe, 1850 – París, 1893) pone de relieve los contrastes de la sociedad. En todos ellos, los placeres mundanos –la noche, el erotismo, la prostitución, los amores clandestinos– se cruzan con la quietud aparente del día a día –la religión, la familia, el matrimonio–, lo que da forma a un juego narrativo en el que lo profano, el tabú, convive sin hacer ruido con la moral impuesta. Son, además, historias en las que merece la pena detenerse a analizar el rol de las mujeres, el «grado de opresión» (o de libertad) que padecen. El autor, fino observador de caracteres, explora la relación entre hombres y mujeres fuera de los convencionalismos del matrimonio tradicional. La perspectiva se fija en esas zonas de sombra donde las mujeres, en ocasiones, se hacen con el control de la situación, lo que los deja a ellos a su merced, dependientes, vulnerables de una manera no siempre visible para el espectador poco atento.

El primero, «La máscara» (1889), narra la peripecia de un hombre que, en un baile, esconde su rostro bajo una máscara. Todos los toman por un galán, pero, cuando el médico lo atiende, descubre que tras la careta se esconde el rostro marchito de un anciano. El quid de la historia, no obstante, no está en este secreto, sino en el relato posterior de su esposa. En su calidad de confidente, ella era la única conocedora del truco del marido, es decir, la única consciente de sus complejos, sus miedos (a renunciar a la pasión, a envejecer, a morir). En cierto modo, la mujer es una víctima, por cuanto se resignó a las traiciones del esposo, al afán de este por rodearse de amantes jóvenes; sin embargo, la entereza de ella al afrontar la decrepitud del hombre la revela como una presencia firme, lúcida, frente al patetismo del anciano que no asume su edad. Más que un relato sobre el sueño de la eterna juventud, Maupassant refuerza la figura de la esposa que, como tantas otras, sostiene el hogar, y al marido, mientras él se hunde. Es, también, una historia de opuestos: de la ligereza de la celebración en la escena inicial a la sencillez del espacio doméstico, del vigor del bailarín enmascarado al dolor del cuerpo ajado, de la superficialidad del ambiente festivo a la habitación lúgubre del enfermo.

«La casa Tellier» (1881), el relato más extenso, toma como centro un prostíbulo. Las mujeres que trabajan en él emprenden un viaje al pueblo de la propietaria para asistir a la primera comunión de la sobrina de esta. Conforman una imagen curiosa: un grupo de prostitutas, las invitadas estelares de una ceremonia religiosa, y con niños por el medio, en una localidad de provincias. De nuevo, el contraste: frente a la solemnidad de la Iglesia, las mujeres traen un jolgorio que aporta alegría a la comunidad; frente al rigor de la primera comunión, ellas ponen una nota de coquetería. No tienen ningún problema para adaptarse: son chicas resolutivas, se desenvuelven con facilidad entre los extraños. El camino de la ciudad al pueblo encarna la adopción de otra identidad: allí no son prostitutas recluidas en el burdel por la noche, sino asistentes a una fiesta, a plena luz, sin ocultarse. Como el enmascarado del cuento anterior, tienen una u otra identidad en función del espacio. Es subrayable asimismo la estructura circular de la narración, que sigue los pasos de unos parroquianos –hombres «respetables» de día, clientes del negocio del placer de noche– que esperan impacientes la apertura del local. Un relato lleno de humor, sutileza y vivacidad, que retrata con pocas pinceladas y un toque esperpéntico a cada personaje, en lo físico y lo psicológico (y no son pocos).
Guy de Maupassant
Por último, cierra el libro «La modelo» (1883), muy breve, sobre el trágico romance entre un pintor y una modelo, que recuerda a la magistral Ethan Frome (1911) de Edith Wharton. Para no entrar en detalles, basta con decir que la mujer, enamorada, comete un acto desesperado que los obliga a permanecer juntos. En este cuento, es un narrador externo quien narra su historia; la elección de los puntos de vista resulta clave en todos los relatos de Maupassant. En conjunto, El placer indaga en las relaciones de poder, en cómo se entreteje la sinuosa red (a menudo tóxica) que mantiene unidas a las parejas. Muy interesantes, también, los modelos de mujer que examina: la esposa del primer cuento, las trabajadoras del burdel, la niña en su primera comunión, la amante. Subvierte determinados lugares comunes, contrapone símbolos de inocencia y corrupción. Por encima de todo, narra unas historias magistrales, que mantienen la tensión y destilan ironía, con personajes que no precisan de largas descripciones para cobrar vida. Por mucho tiempo que haya pasado desde que el autor los escribió, y por añeja que nos resulte aquella Francia, estos cuentos siguen teniendo mucho que decir, como gran literatura que son.

16 septiembre 2019

El todo por el todo - Henri Calet


Edición: Errata naturae, 2019 (trad. Vanesa García Cazorla)
Páginas: 296
ISBN: 9788417800260
Precio: 19,50 €

Es bien conocido el gusto de Errata naturae por la literatura del flâneur, que tuvo su esplendor en el periodo de entreguerras, en metrópolis como París o Berlín. Después de recuperar a escritores como Franz Hessel, Siegfried Kracauer, Louis Aragon, Léon-Paul Fargue o Juhani Aho, este año ha incorporado a la colección a Henri Calet, seudónimo de Raymond-Théodore Barthelmess (París, 1904 – Vence, 1956), con El todo por el todo (1948), un libro publicado por primera vez por la prestigiosa Gallimard que se encuentra a caballo entre la memoria y la narrativa del paseante; o, en otras palabras, un intento de contar la vida a través de las calles de París en forma de retazos, sin una narración lineal; «vagabundeos por el pasado» (p. 285), como los llama él. El título es una declaración irónica de intenciones: no pretende abarcarlo todo, no pretende construir el relato cronológico convencional, sin dejarse nada, sino más bien evocar momentos, impresiones, recuerdos que regresan a su mente a medida que recorre la ciudad. Explicarse a uno mismo a través del lugar donde ha crecido, como un collage de fragmentos sueltos que poco a poco adquieren un significado conjunto. Lo hace, además, con ingenio, con esa habilidad para los juegos retóricos que anuncia desde el encabezamiento.

Pero, lo digo de nuevo, no me propongo en absoluto consignar aquí mi vida entera. Resulta fatigoso en extremo reconstruir más de cuarenta años paso a paso, me gustaría decir «a contrarreloj», pero ya no estoy seguro del sentido de esta locución deportiva. Corremos el riesgo, además, de pisotearnos un poco a nosotros mismos sin querer, de rehollar nuestro cuerpo, nuestro corazón y hacernos daño en vano.
No, lo único que quiero es relatar mis desplazamientos en el tiempo y en la ciudad, sin más. Mi madre, con su lengua de cartomántica llamaba a esto «evoluciones y actitudes».

Henri Calet, de origen humilde, era hijo de un anarquista y una mujer trabajadora. El padre, siempre inestable, encadenaba empleos temporales y se refugiaba algunas temporadas en el extranjero; no le pusieron su apellido para no perjudicarle por su mala estrella. La madre, la auténtica responsable de la crianza, desempeñaba ocupaciones no cualificadas, de fabricante de horquillas a limpiadora de un hotel. El progenitor, por otro lado, tenía sus amantes, no se escondía; en esta recreación de los albores del siglo XX reina un machismo recalcitrante instalado en la sociedad; nadie cuestiona el adulterio, nadie denuncia la abnegación de las mujeres; los sacrificios de la madre se asumen con normalidad. La primera parte está dedicada a la infancia del autor en este ambiente, que, a pesar de las estrecheces, tiene los mimos, los dulces, la excursión del domingo, las barracas de feria, el descubrimiento del cine y la lectura, los restos de la Exposición Universal de 1889: «Hasta una determinada época, nada termina nunca. Por más que tallemos, cortemos, la cosa vuelve a brotar cada primavera» (p. 141). El chiquillo se nutre de los esparcimientos mientras los adultos bregan por salir adelante.

Me he calado esta ciudad en la cabeza, la tengo perfectamente encasquetada, es de mi talla. La he reconocido palmo a palmo. Es una intimidad que ya no tiene un solo secreto. París encamisada, París en cueros vivos. Con ella me hago una gargantilla… Entre nosotros, de por vida y de por muerte (la vida, para ella; la muerte, para mí).

Luego llega la educación sentimental. Como se estilaba entonces, el joven se estrenó con prostitutas; rememora los primeros devaneos y los juegos sexuales en el París de los locos años veinte; un paseo lleno de erotismo y claroscuros, un despertar sucio en un mundo ya desaparecido. Vivió el amor más adelante, encontró a una mujer con la que establecerse, pero no tuvo suerte: su esposa murió de forma prematura; una herida que no puede sanar, si bien en estas páginas no se recrea en el dolor, procura no perder el tono jocoso del bohemio que no se toma en serio a sí mismo aun con la melancolía dominante en la narración. Hay asimismo un pasaje en memoria de una amiga que murió en un campo de concentración; no volvió a saber de ella, y esa cruda realidad de los deportados, ese esfumarse de un día para otro, lo marcó. Y, a propósito, aunque no se prodigue en detalles sobre el asunto, no puede ignorarse que Henri Calet creció entre dos contiendas: la Gran Guerra, que afectó sobre todo a la generación de sus padres, y la Segunda Guerra Mundial, la que lo hirió directamente a él en forma de compañeros que nunca regresaron, pérdidas enquistadas.

He malogrado casi todas las circunstancias ceremoniosas, las grandes fechas de la vida de un hombre. Pero sigo luciendo en el dedo aquella sortija de pacotilla que hoy está deformada, desgastada.

En la segunda parte, un episodio comienza con un «nosotros», una manera de expresar su adhesión al estilo de vida dominante: se ha casado, tiene un hogar, una estabilidad, ya no se preocupa solo de sí mismo. El «nosotros» se interpreta como una renuncia: «Vivo como los demás, con los demás. Ya no soy yo, soy los demás y sigo a los demás (como suele decirse: “sigo la corriente”)» (p. 154). Pese a las connotaciones pesimistas, no deja de ser una observación propia de la madurez, ese darse cuenta de que uno no es tan original, tan único como se pretendía; y que tomar conciencia de ello no es una tragedia, puesto que existimos según nuestras relaciones con los demás, con nuestros coetáneos. En este sentido, el libro puede leerse, más allá de los recuerdos del autor, como el retrato de una generación: los que fueron jóvenes durante el periodo de entreguerras, chavales educados con el cine, la cultura audiovisual, la recién incorporada noción de tiempo libre, las ferias, los números del circo (a los que dedica varias páginas). Esa generación comparte un imaginario de París que hoy evocamos como una fotografía en blanco y negro, romántica, nostálgica, enterrada.

Si, por mala pata, nos privaran del cine, nos quedaríamos muy afectados. Es nuestro postre, nuestra recompensa después del trabajo; es la parte hermosa de la existencia, como si ésta fuera reversible, una suerte de forro de seda. Nos volvemos sordos, mudos; nos divertimos desesperadamente a partir de las veinte horas cuarenta y cinco. Fuera, la Tierra puede detenerse. Dejamos de vivir a título personal. Nada más que hacer salvo mirar a los demás, ahora les toca a ellos sufrir un poco.

En la recta final, el autor cierra el círculo con un retorno a los pasajes de su infancia, esta vez con el punto de vista desencantado del hombre que vuelve al lugar donde fue niño para descubrir que poco queda de aquellos espacios, aquellas existencias que todavía perviven en su memoria («el pasado comienza a caer en migajas desde que ponemos la mano en él», p. 240). Henri Calet, que ya pasaba de los cuarenta y había sido testigo de los estragos de la guerra, se hallaba en un punto en el que, consciente de que tenía más pasado que futuro –su caso parece hasta premonitorio, porque falleció pocos años después–, medita sobre el paso del tiempo, la vida, la muerte. No era un anciano en términos biológicos, pero había vivido, había sufrido demasiado; estas últimas páginas denotan la fatiga, las cicatrices, la melancolía. Escribe como el hombre maduro que trata de reírse de sí mismo, aunque el relato trasluce nostalgia. Las transformaciones urbanas del París de su niñez (los cambios del nombre de algunas calles, las costumbres olvidadas, los inquilinos que se han mudado) representan un paralelismo con su trayectoria vital: se nace, se vive, se desarrolla, se muere. Tempus fugit.

Estoy tranquilo, ya no hago planes. Es sobre todo por esta razón por la que he vuelto a repasar cuanto he vivido. El pasado es una certeza, ha sucedido; en cambio, ¿a qué se parece el futuro?
No nos llevemos a engaño: esto (la vida) me gusta, me vuelve loco. Máxime cuando no tenemos otra: es única, una ocasión excepcional, hay que aprovecharla, como dicen los quincalleros. Todo acontece aquí. Sólo siento una cierta melancolía al verla perderse, minuto a minuto. Pronto terminará.
Henri Calet

En cierto modo, El todo por el todo puede leerse como un elogio de la imperfección, de lo corriente, de lo sencillo, en contraposición con los libros que retratan el París fastuoso de las clases privilegiadas. El autor-narrador es una especie de antihéroe: carece de «grandes éxitos» –compaginaba la escritura con empleos modestos–, no encaja en el perfil de un «triunfador». Es un hombre como tantos otros, que ha sufrido estrecheces sin llegar a pasar hambre, que ha vivido dos guerras mundiales, pero que, quizá por eso mismo, ha aprendido a disfrutar de los placeres pequeños, un paseo, una película, una comida. Como una tragicomedia, estas memorias van del desengaño al humor, de la conciencia de la finitud de la existencia (de las muchas muertes que uno conoce en vida) al goce de lo efímero. Él se toma esta realidad con filosofía, sin dramatizar. Narrador tranquilo, discreto; la voz de quien ya no espera nada ni parece haberlo esperado nunca, pero nos regala estos retales vívidos de su París.

Hasta las calles son despojadas de su carácter. Uno acaba extraviándose en su propio barrio como en sus recuerdos.

Citas en cursiva de las páginas 111, 133-134, 120, 162, 285-286 y 275.

02 septiembre 2019

Génie la loca - Inès Cagnati


Edición: Errata naturae, 2019 (trad. Vanesa García Cazorla)
Páginas: 192
ISBN: 9788417800215
Precio: 17,00 €

Cada pueblo tiene su loco particular. O su loca. Suele ser pobre, suele vagar solo. Algunos montan escándalos; otros caminan con la cabeza gacha, en un intento (frustrado) por pasar desapercibidos. No están, en realidad, tan perturbados como su mote indica, o al menos no lo estaban aún cuando les colgaron ese sambenito. Tienen una tara, que los demás utilizan para hacer escarnio. No es que los otros carezcan de taras; lo que ocurre es que la tara del loco, su diferencia, está a la vista, no se puede esconder. A su pesar. Y, aunque el loco se olvide de ella, todos los días de su vida alguien se ocupa de recordársela.
La protagonista de Génie la loca (1976, Prix des Deux Magots) no es una excepción. En su caso, la tara se llama hija bastarda, en una época y un lugar donde quedarse embarazada sin haber contraído matrimonio suponía un escándalo. Hubo un tiempo en el que la mujer, Génie, pertenecía a una familia notable de la zona; pero incluso ellos, sobre todo ellos, renegaron de ella. No está loca, sino sola, muy sola, apartada en la pequeña casa de la colina, junto a la niña, llamada Marie, que la sigue a todas partes. Malvive del trabajo de la tierra; los vecinos se aprovechan de su necesidad para encargarle las tareas más duras. Pasan los días, los meses, los años. Nada cambia, sigue siendo Génie la loca. Pero Marie crece.
Inès Cagnati (Monclar, 1937 – Orsay, 2007), autora francesa de padres italianos emigrados, trabajadores del campo, se inspira en la localidad rural donde creció para dar forma a esta novela breve, la segunda, y la más aclamada, de las tres que publicó. Inès Cagnati vivió un desclasamiento –estudió en la universidad y se dedicó a la enseñanza en un colegio de París–, experiencia que no le hizo olvidar las estrecheces de sus raíces campesinas, tal como pone de relieve en este libro. Ella es otra «autora olvidada» que Errata naturae incorpora con criterio a su catálogo, junto a Torborg Nedreaas, Kirsten Thorup, Edna O’Brien o Christine Lavant, con las que comparte la empatía hacia las víctimas, los marginados, las mujeres.
La novela, sin embargo, no se puede reducir al retrato de una mujer marginada. Es mucho más; para empezar, por el punto de vista: Marie, la hija de Génie, una chiquilla que descubre el día a día de su progenitora con la mirada inocente (recuerda a Del color de la leche, de Nell Leyshon, otra historia de opresión en un entorno rural). Marie no ha conocido épocas mejores, de modo que lo que ve constituye todo su mundo, la cabaña, el campo, el silencio, la soledad. Describe las flores, la vegetación; pero ante todo el carácter arisco de la gente, el deterioro por los esfuerzos. No se refiere a Génie como «mamá», sino que la llama «ella», un apelativo que marca la distancia, la frialdad de la relación maternofilial. En el pueblo, explica, se dirigen a su progenitora como «Génie la loca»; el uso del nombre o del apodo deviene un indicativo del grado de familiaridad o del recelo hacia la mujer.
Marie, a medida que crece –esa es otra lectura del libro: la iniciación de una muchacha criada en una aldea donde ni ella ni su madre son bien recibidas–, se encuentra atrapada entre dos caminos. Por un lado, la aspereza del campo, de la relación con Génie; madre e hija solas, sobreviviendo con lo justo, la niña que anhela un gesto de cariño, la madre rota por dentro. El amor maternal, en esta novela, se manifiesta en el sacrificio de la madre, que se mantiene desapegada de la hija (le insiste que no se pegue a sus faldas) como precaución, para no contagiarle esa tara que la ha convertido en un desecho social. Génie renuncia al cariño, a darlo y a recibirlo, por el bien de Marie. El amor no se halla, aquí, en una caricia ni en una palabra amable; se trata de algo más profundo, una abnegación silenciosa.
Génie, y por extensión su hija, viven condenadas al ostracismo por los vecinos, incluida su familia. Tan solo, de manera esporádica, el abuelo tiene algún detalle con la nieta. Por lo demás, el rechazo de la comunidad presenta matices: nadie quiere ser su amigo, pero, en ocasiones, el elogio espontáneo de las mujeres cuando Génie declina una proposición, deja entrever una (ligera) solidaridad femenina. Como si en el fondo los habitantes del pueblo supieran que Génie no se merece lo que le ocurre, pero temen tanto el efecto contagio que se ven obligados a guardar las distancias. En cuanto a Génie, resiste con estoicismo. No habla: desde que la marginaron, se encerró en sí misma; la voz, la ausencia de voz, representa su anulación como ciudadana, como mujer con derecho a relacionarse, a vivir. El aislamiento se concreta tanto en sentido físico como simbólico; cierra las vías de comunicación.
En este contexto de madre taciturna, pobreza y pueblo hostil, Marie desarrolla una forma de escape: la imaginación. Soñar despierta, aferrarse a la esperanza, a lo incierto, como motor para salir adelante; ahí se abre su otro camino. Por una parte, quiere tener animales de compañía, y su madre accede; el afecto que no encuentra en las personas se lo dan las bestias, vulnerables como ella. Por otra, entra en escena Pierre, un joven al que conoce en la estación y que desde entonces se convierte en una especie de faro que aporta una nueva luz a su futuro. Pero, cuidado, no es un príncipe salvador; entre otras cosas, porque Pierre se enfrenta a sus propios problemas. La vida no es sencilla para nadie.
Inès Cagnati
La narración sigue un desarrollo no lineal, con anticipaciones que añaden tensión (como lo relativo a Pierre o algunas desgracias), entremezcladas con la rutina campestre de madre e hija. El estilo, de un lirismo sobrio, preciso, utiliza la repetición para dar cadencia al relato, una musicalidad personal. La prosa de Inès Cagnati destila elegancia, gusto, y a la vez hace un ejercicio de contención magistral; pertenece a la estirpe de narradores que, para penetrar en el lector, reducen el texto a la mínima expresión, una suerte de frialdad esmerada solo al alcance de muy pocos. Génie la loca, bajo su apariencia discreta, se revela como un retrato excepcional del ostracismo, la decrepitud, el estigma, la soledad y la violencia en un ambiente embrutecido. Una pequeña obra maestra.

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