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21 abril 2018

Con rabia - Lorenza Mazzetti


Edición: Periférica, 2017 (trad. Natalia Zarco)
Páginas: 288
ISBN: 9788416291571
Precio: 19,00 €

Con rabia (1963), la segunda novela de la escritora, pintora y cineasta italiana Lorenza Mazzetti (Roma, 1927), fue una de las pequeñas revelaciones de 2017 («pequeña» porque destacó dentro del margen de una editorial independiente, no porque se trate de una publicación menor). Al igual que su ópera prima, El cielo se cae (1962), basada en la infancia de la autora, marcada por el asesinato de su familia en manos de la policía nazi, Con rabia tiene un trasfondo autobiográfico, pero es mucho más que un testimonio; aquí hay una obra literaria fascinante, con una voz narrativa lograda y un planteamiento atrevido en materia de género, sexualidad y religión. La acción se sitúa en la Florencia de posguerra, y nos habla Penny, alter ego de Mazzetti, una joven que intenta encontrar su forma de estar en el mundo después de una niñez traumática Enterradas en vida, eso es lo que somos, en una casa llena de recuerdos», p. 256). No está sola: tiene una hermana gemela, Baby, a la que quiere con devoción, aunque a medida que crecen toman caminos distintos, algo que no le resulta fácil de asumir.
Por otra parte, no sé cómo explicar estas contradicciones: ¿cómo conciliar el deseo que tengo de matarlos a todos, uno tras otro, empezando por mi tutor, con ese otro deseo que siento de que me abrace todo el mundo? Soy, efectivamente, muy contradictoria. Un mar de contradicciones. Por ejemplo, ¿cómo explicar que lo que más me gustaría es ser un hombre, pero que jamás me casaría con una mujer? ¿Cómo explicar que amo de la misma forma a San Francisco y a Robespierre?
El pasado, con la pérdida temprana de sus padres y el genocidio nazi, le pesa más que a otras jóvenes de su edad, pero, a la vez, Penny no deja de ser una muchacha que, como todas, se inicia a la vida adulta con miedo, rebeldía y no pocas contradicciones. En su relato se entremezclan los vestigios del dolor de antaño con la emoción que suscita en ella el descubrimiento de su entorno, las ganas de vivir, de disfrutar del momento. De quejarse y patalear, también. Con una narración en tiempo presente, su voz es de las pocas que suenan a adolescente de verdad: fresca, vigorosa, descarada, sin tapujos y con mucho desparpajo. Rabiosa, sí. Un estilo intenso, fluido y directo, poético a ratos y con cursivas enfáticas, que capta esa irritación característica de la adolescencia. Es un cliché mencionar El guardián entre el centeno al hablar de una novela de aprendizaje; aun así, salvando las distancias culturales y de género, el tono irreverente de Penny recuerda al de Holden Caulfield.
Tengo la sensación de vivir en una sociedad bárbara donde ser mujer significa, simplemente, tener un montón de problemas con los ligueros. Teniendo en cuenta el frío que se pasa en invierno, no puedo entender por qué las mujeres han de llevar siempre falda. Los hombres van bien calentitos con sus pantalones y nosotras, las chicas, a morirnos de frío.
Este es, por lo tanto, un libro de formación sobre una chica avispada y enérgica, que se subleva ante las convenciones sociales (a diferencia de su hermana, más tranquila). Ella vuelca sus preocupaciones con una transparencia poco habitual. Sobresale, por ejemplo, su voluntad de no caer en el letargo después de los horrores del Holocausto, el deseo de mantenerse despierta, alerta, para no olvidar a los muertos, a su familia. En otros temas, como el despertar sexual o el catolicismo, su sinceridad pone en jaque los valores de la sociedad italiana, por cuanto expresa cómo la educación religiosa ha constreñido a las mujeres («Si no hubiera tenido una educación tan religiosa quizá no sufriría tanto», p. 53). Además, la narradora analiza a los hombres sin pudor, manifiesta su curiosidad por el sexo y denuncia los tabús al respecto («¿Quién se desnuda antes? ¿El marido? ¿La mujer? La primera noche de casados me la imagino como un momento aterrador», p. 41). Pocas autoras de la generación de Mazzetti han planteado esas dudas de una forma tan abierta, con tanta naturalidad.
¡Dios, Dios, Dios, ayúdame! Quiero ser santa. Es decir, no exactamente santa, porque no creo en los santos, pero quiero ser lo máximo mejor posible de mí misma, no sé bien qué es lo que quiero, pero no quiero nada de mí que no me guste.
Lo mismo ocurre con el pensamiento. La narradora verbaliza su desencanto con el catolicismo, reconoce haber dejado de creer. En cierto modo, esta es una novela sobre el «después del Holocausto y de Dios»: con lo que ha vivido, las creencias inculcadas en su infancia pierden fundamento, por lo que debe buscar unas alternativas por su cuenta. En otras palabras: construir su identidad adulta Desde que perdí a Dios no he hecho otra cosa que buscar una nueva verdad», p. 95). Penny, inquieta, se introduce en el ambiente intelectual, donde encuentra un nuevo sentido a su existencia, gracias a la literatura y la filosofía, que le proporcionan recursos para interpelar la sociedad. Shakespeare, Kafka…, pero, sobre todo, lee a franceses como Proust, Baudelaire, Camus, Sartre o Stendhal; le parece una literatura más comprometida con su tiempo que la italiana. Resulta muy interesante cómo plasma el hecho de «aprender a pensar» de manera crítica; no se limita a hablar de sus relaciones afectivas, sino que aborda con acierto el despertar de la conciencia.
Los hombres desnudan a las mujeres con la mirada, pero yo no he aprendido todavía a desnudar a los hombres sólo con mirarlos. Porque, por lo que intuyo, además del mundo de los hombres y las mujeres vestidos, existe otro mundo, el de los hombres y las mujeres desnudos: un denso bosque en el que la humanidad se encuentra desnuda, para reaparecer después, vestida y arreglada, por las calles y plazas
Lorenza Mazzetti
Penny se convierte en una mujer joven inteligente, perspicaz e inconformista, que no olvida ni perdona porque todavía carece de la templanza del adulto. Quizá, ante todo, Con rabia sea una novela sobre la imposibilidad de creer en el futuro, de confiar en el futuro cuando se ha sufrido tanto y tan pronto. No obstante, lejos de caer en el nihilismo adormecido, la narración rebosa carácter, brío, picardía Todo lo que no se aprende en clase se aprende en los lavabos de la escuela», p. 81); uno se lo pasa bien leyéndola. Por sus contenidos, se puede relacionar con escritoras como Natalia Ginzburg y Elena Ferrante (miradas descarnadas al universo femenino), solo que tiene un tono más corrosivo. Lorenza Mazzetti enriquece el corpus de novelas de iniciación con un libro en el que la protagonista y su peripecia son uno, y se funden en esa voz implacable y feroz que arrastra al lector por sus páginas. Un gran hallazgo.

Citas en cursiva de las páginas 10-11, 23, 102 y 113.


19 octubre 2015

Las deudas del cuerpo - Elena Ferrante



Edición: Lumen, 2014 (trad. Celia Filipetto Isicato)
Páginas: 480
ISBN: 9788426401489
Precio: 24,90 € (e-book: 9,99 €)
Advertencia: Las deudas del cuerpo es la tercera parte de la tetralogía Dos amigas. Si no has leído los libros anteriores, La amiga estupenda y Un mal nombre, te aconsejo no seguir leyendo, puesto que en la reseña se hace referencia a temas importantes de estos. En cualquier caso, te animo encarecidamente a descubrirlos: son extraordinarios.
***
La amistad entre Lenù y Lila, las dos jóvenes napolitanas nacidas en los años cuarenta que protagonizan la saga Dos amigas, llega a una nueva fase en Las deudas del cuerpo. En La amiga estupenda, la primera parte, las conocimos de niñas, cuando destacaron en el estudio y empezaron a soñar con salir del entorno humilde y embrutecido del barrio. De jovencitas, en Un mal nombre, descubrieron el amor y cada una definió su camino, un camino que sigue su particular tira y afloja en la tercera entrega. Lenù, convertida en escritora, está a punto de casarse con Pietro Airota, con quien se irá a vivir a Florencia; mientras que Lila, ya madre, malvive de su trabajo en la fábrica de embutidos y comparte piso (e inquietudes) con Enzo Scanno. Se han intercambiado los roles una vez más: si al principio de Un mal nombre Lila encarnaba el éxito personal y social (o, mejor dicho, la apariencia de éxito), ahora Lenù —a estas alturas más Elena que Lenù, pues el apodo solo se usa en el dialecto del barrio— regresa triunfante de la universidad y en breve se emparentará con una familia influyente. Antes de instalarse en Florencia, no obstante, Lenù ayudará a Lila, una forma de devolverle la generosidad que esta mostró años atrás, cuando le facilitó los recursos para estudiar.

Elena Ferrante, la misteriosa escritora, heredera de Elsa Morante, que sigue sin desvelar su identidad, continúa la espléndida historia de estas dos mujeres con la honestidad abrumadora, el costumbrismo de alto nivel y la agilidad narrativa que han cautivado a miles de lectores en todo el mundo. La saga explora los entresijos, no solo de la amistad, sino de lo que significa hacerse mujer en la segunda mitad del siglo XX, en una época de transformaciones socioculturales profundas que cuestionan los valores de la sociedad donde han crecido con respecto a la feminidad, el amor, la maternidad y el sexo. Hablando de cambios, el primer tramo de Las deudas del cuerpo gira alrededor del Mayo del 68, un movimiento que entronca con las preguntas que Lila y Lenù se han hecho siempre y pone sobre la mesa el conflicto de lucha de clases —el otro gran tema de la tetralogía, que hasta ahora se había planteado de forma implícita—. Estas claves sociológicas se analizan, paso a paso, a continuación.
Lucha de clases
Con el matrimonio y la realización profesional, el rol de Elena cambia: la hija del conserje se convierte en una escritora casada con el hijo de un prestigioso profesor. Y, además, cumple su sueño de marcharse del barrio. Sin embargo, Ferrante nos recuerda de forma constante que para ascender de clase no basta con estudiar, casarse o tener dinero: Lenù a veces no encaja con su nueva familia (y, cuando encaja, es porque ella accede a los deseos de su suegra o, dicho de otro modo, se deja manipular para refinar su aspecto o sus hábitos); se avergüenza de sus padres y hermanos cuando les presenta a Pietro; y, por último, se da cuenta de que el matrimonio no garantiza la satisfacción. Lila, en cambio, lleva una vida precaria, pero mantiene viva (y activa) su inteligencia; no se resigna a pasarse los años en la fábrica («Tú querías escribir novelas, yo la novela la he hecho con personas de verdad, con sangre de verdad, en la realidad», pág. 356). Además, prepara el futuro de su hijo, al que le habla en italiano. Ferrante hace que nos preguntemos el significado de «ascender» de clase: ¿de verdad se asciende?, ¿qué aporta el ascenso?, ¿se deja atrás el pasado? Lenù está obsesionada con abandonar el barrio, el barrio dominado por los Solara, pero con el tiempo se da cuenta de que la vida no funciona como una escalera y el pasado no se borra:
Y me largué, vaya si me largué. Aunque para descubrir en las décadas siguientes que me había equivocado, que se trataba de una cadena con eslabones cada vez más grandes: el barrio remitía a la ciudad, la ciudad a Italia, Italia a Europa, Europa a todo el planeta. Hoy lo veo así: no es el barrio el que está enfermo, no es Nápoles, sino el planeta, es el universo, o los universos. La habilidad consiste en ocultar o en ocultarse el verdadero estado de las cosas. Pág. 25.
San Giovanni a Teduccio
Durante su infancia, Lenù y Lila formaban parte de la clase obrera. El tiempo las ha distanciado en este aspecto; y ahora, en plena actividad comunista (Pasquale) y con la dura represión fascista (Solara, Soccavo), se encuentran en posiciones distintas. Lila experimenta la convulsión desde dentro, como trabajadora consumida por las malas condiciones (y con el añadido de ser madre). Se da una paradoja: Lila conoció a Bruno Soccavo, el propietario, en un momento magnífico para ella —aquel verano en Ischia—, mientras que ahora ese apellido es la fuente de su angustia. Por su parte, Lenù, gracias a los contactos de su familia política, acude a las reuniones de la universidad, donde sus colegas (Mariarosa, Silvia, Nadia) filosofan sobre los derechos del proletariado. Estos revolucionarios de salón —jóvenes acomodados que nunca han pisado una fábrica— despiertan antipatía en Lila («Yo sé qué significa la vida acomodada llena de buenas intenciones, tú no te imaginas siquiera lo que es la verdadera miseria», pág. 134.), Con todo —y aquí reside el interés—, Ferrante no narra una lucha maniquea entre pobres de buen corazón y ricos sin escrúpulos, sino que pone de relieve las múltiples caras del conflicto, como el uso de la violencia por ambas partes o la hipocresía del activismo de universidad.
La soledad de las mujeres
Entrando en los conflictos personales, la escritura de Ferrante se caracteriza por su falta de tapujos: se prodiga al detallar todo aquello que atormenta a las chicas, incluidos los temas de los que una joven criada en ese ambiente no hablaba jamás. Esta transparencia le aporta una enorme veracidad, hace que el lector se crea lo narrado y se implique en ello. Más allá de contar una gran historia, una trama dinámica de amor y drama costumbrista, realiza un minucioso retrato de la situación de la mujer. En Las deudas del cuerpo, para empezar, se topa de bruces con la desprotección de la madre soltera o separada. Lila, que abandonó a su marido, trabaja en la fábrica sin ninguna facilidad para criar a su hijo (solo la ayuda desinteresada de una vecina) y sus opciones de prosperar pintan más negras que para Enzo, que continúa estudiando por la noche. Llama la atención ver a una mujer fuerte como Lila tan derrotada, aunque quizá este carácter indomable aumenta todavía más el rechazo de los demás (en contraposición a Lenù, que como «buena chica» se deja moldear).
Se introduce otro personaje que asimismo ilustra este desamparo: Silvia, una joven madre soltera, amiga de Mariarosa Airota, que va y viene de las reuniones de sus colegas con el bebé en brazos. Todos conocen la identidad del padre, que nunca se hizo cargo de su hijo. A diferencia de Lila, Silvia procede de una familia con recursos, pero el descalabro que supuso para ella el niño demuestra que la desprotección legal de las mujeres no solo afecta a la clase humilde. La toma de conciencia de este problema —la soledad con la que la mujer se enfrenta a la maternidad— hace que se hable de la píldora anticonceptiva, aún muy mal vista en la época, que prácticamente se debe conseguir de forma clandestina, gracias a la solidaridad femenina de algunas doctoras. Dar al mundo todos los niños que una pueda ya no es una opción para las mujeres que aspiran a realizarse profesionalmente.
—Un hombre, salvo los momentos locos en que lo amas y se mete dentro de ti, se mantiene siempre fuera. Por eso, después, cuando ya no lo amas, te irrita incluso el hecho de pensar que alguna vez lo quisiste. Yo le gusté a él, él me gustó a mí, punto. Me ocurre varias veces al día que alguien me guste. ¿A ti no? Dura un poco, luego se me pasa. Solo queda el niño, es una parte de ti; el padre, en cambio, era un extraño y vuelve a ser un extraño. Ni siquiera su nombre tiene ya el sonido de antes. Pág. 92.
Florencia
Sin embargo, no solo las solteras tienen problemas. En Un mal nombre, Lila sufrió las dificultades del matrimonio, que ahora afectan, de otra manera, a Lenù. En su caso, no se casa con un maltratador, pero sí con un hombre inseguro, que rehúye los contactos y teme que su mujer destaque más que él; otra forma de machismo latente que lleva a Lenù a sentirse muy sola y aislada, como la torpe ama de casa que nunca ha querido ser. Lenù se adapta a todo: renuncia a casarse por la Iglesia, abandona Nápoles, se queda en el hogar tras ser madre. Aunque, hay que decirlo, ella tampoco es del todo honesta con Pietro: se casa cuando aún piensa en Nino, y hay quien podría reprocharle que se mueve por el interés, como se movió Lila con Stefano. De nuevo, Lenù, la Lenù adulta, repite los pasos de su amiga. En cierto modo, la saga escenifica la decepción en el amor al descubrir que la realidad es bien distinta de las ensoñaciones juveniles. Y no solo eso: pone en entredicho que el matrimonio deba ser el estado definitivo de las cosas, que a partir de ahí se termine la posibilidad de conocer a otras personas. Lila se atrevió a romper ese orden.
Por otra parte, el matrimonio lleva a la maternidad, y resulta inevitable plantear las complicaciones de conciliar familia, profesión y vida social. La madre de Elena, en su situación, se habría contentado con dejarse mantener y llevar una «vida de señora»; pero Elena pertenece a otra generación, se ha formado y aspira a continuar su carrera. En este sentido, Ferrante hace hincapié en la falsedad de la creencia de que el nacimiento de los hijos es el mejor momento para una pareja, muestra cómo el bebé altera la rutina de forma explosiva y los sacrificios que deben hacer los padres, especialmente la madre. Llega al extremo de afirmar, en boca de la siempre brutalmente sincera Lila, que «La vida de otro, dijo, primero se te agarra al vientre y cuando al fin sale, te convierte en prisionera, te lleva de la traílla, ya no vuelves a ser dueña de ti misma» (pág. 261). Esta percepción va muy en consonancia con la de Chicas felizmente casadas (1964), de la irlandesa Edna O’Brien, que transcurre más o menos en el mismo periodo.
Los tabúes del cuerpo
Entre los temas a los que Ferrante da voz en este libro destaca, por su sinceridad rotunda y su cuestionamiento de los estereotipos, la experiencia femenina del sexo. La novela «sucia» de Lenù supone el pistoletazo de salida a una serie de confidencias de las jóvenes del barrio: todas saben, todas coinciden en ciertos puntos, pero no se atreven a hablar hasta que descubren que la otra también sabe y ya no se sienten extrañas. Ferrante pone en su boca temas como la falta de placer, los abusos, la inseguridad; pero también el deseo, el deseo de sexo por parte de la mujer, que no tiene por qué ser la parte pasiva («El sexo me había perseguido, me había invadido, sucio y atractivo, obsesivamente presente en los gestos, las charlas, los libros. Las paredes divisorias se estaban derrumbando, las cadenas de los buenos modales se estaban rompiendo», pág. 94). Al darles voz —una voz que describe los encuentros íntimos con realismo y una vívida profusión—, Ferrante no solo pone en entredicho las costumbres de la época —que todavía defendía que los novios debían llegar vírgenes al matrimonio—, sino que pone el dedo en la llega en nuestra sociedad «hipersexualizada» al plasmar una faceta desencantada del encuentro íntimo.
—A estas alturas ni sé qué acabé poniendo en mi libro —murmuré a la defensiva.
—Acabaste poniendo cosas sucias —dijo—, cosas que los hombres no quieren oír y que las mujeres saben pero tienen miedo de decir. ¿Y ahora qué haces, te escondes? Pág. 195.
Florencia
Dejando el sexo a un lado, la representación cultural del cuerpo femenino abarca otros aspectos. Desde su primer libro, Ferrante ha incidido en el cuerpo de la mujer, en cómo se siente cada una con respecto a este y cómo se perciben entre ellas. Durante un tiempo, Lila encarnó el ideal de las modelos altas y delgadas, y la belleza «salvaje» asociada a las morenas; un físico que, no obstante, no está exento de problemas, puesto que padece más por su salud que su amiga. Lenù, en cambio, tiene una belleza de donna angelicata que la acompleja durante buena parte de la saga, hasta que el acceso al dinero le permite «arreglarse» según la moda. Las dos, en determinados momentos, despiertan la admiración de los demás por su imagen, pero para ellas la satisfacción nunca es absoluta y sienten la presión de tener que ser bonitas y elegantes además de buenas madres, esposas y profesionales —una presión que pierde fuerza a medida que se hacen adultas y otras responsabilidades (hijos) ganan prioridad—; una presión que, a veces, las lleva a competir de forma inconsciente entre ellas.
Pero a veces —especialmente cuando me arreglaba no solo para hacer buen papel en general, sino para un hombre— me parecía que prepararme (esta era la palabra) tenía algo de ridículo. Todo ese trajín, todo ese tiempo dedicado a disfrazarme cuando podía estar haciendo otra cosa. Los colores que me quedan bien, los que no me quedan bien, los modelos que me adelgazan, los que me engordan, el corte que me favorece, el que no me sienta bien. Una larga y costosa preparación. Un convertirme en mesa dispuesta para el apetito sexual del macho, en vianda bien adobada para que se le haga la boca agua. Y después la inquietud de no estar a la altura, de no parecer guapa, de no haber conseguido ocultar con destreza la vulgaridad de la carne con sus humores, sus olores, sus deformidades. Pág. 417.
Encontrarse a una misma
El título original de esta novela, Storia di chi fugge e di chi resta, podría traducirse por Historia de lo(s) que huye(n) y lo(s) que queda(n). Además de la lectura evidente (Lenù huye y Lila se queda), se puede interpretar en clave simbólica por la influencia que el pasado —la infancia, la adolescencia— tiene en las etapas posteriores. Lenù se marcha, pero en sus pensamientos siguen presentes las experiencias anteriores. Entre ellas, las que compartió con Lila, que siempre dotó su vida de intensidad. Incluso a pesar del paso del tiempo, de la distancia, ese hilo intrincado que las une sigue ahí, y adquiere nuevas formas como consecuencia del contacto telefónico, que permite mentir y ocultar a discreción, pero también imaginar (y elucubrar) acerca de lo que hace la otra —un inciso: ¿cómo habría sido esta relación en la era de las redes sociales? ¿Se habrían sentido más próximas o las fotografías aún habrían aumentado más la falsa felicidad que se presuponen la una a la otra?—. Pero esta vez ocurre algo insólito: Lenù se da cuenta de que se ha pasado los años condicionada por Lila y adaptándose a lo que los demás (padres, profesores, familia política) esperan de ella. Su personalidad, su voluntad, se ha anulado; y está dispuesta a remediarlo. Aunque, quizá, este «remedio» también la lleve a repetir los pasos de Lila…
Desde pequeña me había construido un mecanismo autorrepresivo perfecto. Ni uno solo de mis deseos auténticos había conseguido imponerse jamás, siempre había encontrado la manera de encauzar todos mis afanes. Pero ya basta, me decía, que salte todo por los aires, yo la primera. Pág. 454-455.
Las deudas del cuerpo, una novela tan extraordinaria como sus predecesoras, La amiga estupenda y Un mal nombre, puede leerse como el relato de dos revoluciones paralelas, entre la macrohistoria y la microhistoria: la revolución de costumbres de finales de los años sesenta y la revolución personal de Lila y, sobre todo, Lenù. Se trata, además, del libro en el que las chicas han perdido por completo la inocencia, se enfrentan a la vida y descubren muchas cosas que no les habían contado. La autora lo cuenta como siempre, narrando una trama vigorosa y ágil que convive con una profunda introspección de la narradora, que observa a los demás y reflexiona a su vez. Lenù afirma, en la última página, que «Está en marcha algo grande que destruirá por completo el antiguo modo de vivir y yo formo parte de esta destrucción» (pág. 477). Ferrante cuenta como nadie esa transformación, que culminará con La niña perdida, la cuarta y última parte.

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