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20 septiembre 2019

Agostino - Alberto Moravia


Edición: Altamarea, 2019 (trad. Raquel Olcoz)
Páginas: 120
ISBN: 788494957079
Precio: 16,90 €
Leído en la edición en catalán de Edicions de 1984, trad. Alba Dedeu, 2018.

Los clásicos nunca dejan de hablar de nosotros, de alumbrar alguna verdad que, no importa cuántas veces se haya contado, vuelve a sonar con fuerza en las palabras de los maestros. Y, qué duda cabe, Alberto Moravia (Roma, 1907 – 1990), un referente del neorrealismo italiano, es uno de ellos. Esta novela breve, Agostino (1945), se inscribe en la tradición de la literatura iniciática de Primer amor (1860), la célebre nouvelle de Iván Turguénev, un género en el que también merece la pena citar El bello verano (1949), de su coetáneo Cesare Pavese. Como en muchos relatos de aprendizaje, la historia se desarrolla durante los meses estivales, que marcan la transición del niño al mundo de los adultos. El protagonista, Agostino, veranea con su madre en un pueblo de la costa; huérfano de padre, ha compartido una tierna intimidad con su progenitora desde que tiene memoria. Sin embargo, la situación está a punto de cambiar: en la playa, su madre conoce a un joven que la invita a salir a navegar con él. En ocasiones los acompaña Agostino; pero él, consciente de que ese no es su sitio, pronto evitará por voluntad propia unirse a sus excursiones. Al tiempo que se aleja de ella, el muchacho conoce a un grupo de adolescentes, un poco mayores que él, con los que traba amistad.
La novela narra de forma brillante la entrada en la pubertad de Agostino, esa edad entre dos mundos, cuando deja de ser el niño mimado de mamá, pero todavía no es un chico espabilado como los otros. La iniciación del personaje se desarrolla en dos esferas: por un lado, el distanciamiento de la madre en particular y del espacio doméstico en general; por el otro, la apertura a ese nuevo horizonte que encarnan para él los chavales. Con respecto a lo primero, las escenas iniciales del libro representan una suerte de imagen de postal: la complicidad entre madre e hijo en la playa, una belleza serena, la calidez del amor maternofilial, la lozanía de sus cuerpos, una pequeña familia burguesa. El niño percibe el atractivo de su madre, aún joven, y se respira un erotismo tenue en sus veladas. Cuando el desconocido irrumpe en sus vidas, los acontecimientos se precipitan. Al descubrimiento, doloroso, de que su madre no es solo su madre, sino una mujer independiente, con sus inclinaciones, sus amigos, su goce de vivir, se suma su propio despertar carnal. El autor plasma ese momento en el que la conciencia del cuerpo, de la sensualidad de la madre, deviene incómoda para el muchacho. La insinuación de su desnudez, el hecho de compartir habitación, deja de ser inocente y adquiere tintes indecorosos. La cercanía física con ella le produce de pronto un rechazo insoportable; Agostino siente la necesidad de tomar distancia, buscar su propio espacio, proyectar su deseo incipiente en alguien con quien no comparta lazos de sangre. Esto lo empuja a la pandilla.
El segundo frente lo conforman los adolescentes, que, a diferencia de él, son de extracción humilde: chavales embrutecidos, malhablados, bandarras. En un principio, la candidez de Agostino lo vuelve el blanco de las burlas; con todo, él se obsesiona con hacerse su amigo, con pertenecer a la pandilla. Este es el otro motivo de su coming-of-age: la importancia del grupo de pares, el ansia por «formar parte de algo» que tan bien plasmó Carson McCullers en Frankie y la boda (1946). La relación con ellos no está exenta de contradicciones: Agostino sufre por la violencia, física y verbal, que ejercen sobre él, y no comulga con sus prácticas ilegales; aun así, se siente atraído por la nueva perspectiva que suponen. En su empeño por integrarse, hace lo posible por asemejarse a ellos: de modificar su estilo de vestir a aceptar el apodo («Pisa», por su ciudad de nacimiento) que le ponen; sustituye los modales exquisitos que le inculcó su madre por un embrutecimiento progresivo. Le da igual que esto lo aparte de la sociedad civilizada que hasta ahora constituía su lugar; la influencia de los chicos en él lo lleva a preferir la sordidez. Lo que antes le resultaba indiferente –la ropa elegida por la madre, la conciencia de los privilegios de su clase social, su propia ingenuidad– se le aparece como algo vital. Entre los jóvenes, además, hay un chico negro; Agostino, que no había conocido a ninguno, entabla un trato distinto con él, por cuanto comparten una condición de marginalidad.
Alberto Moravia
Alberto Moravia ya tenía una trayectoria sólida cuando escribió este libro, y se nota en la elegancia de su estilo, un ejemplo de pulcritud, precisión y sutileza, que en pocas páginas concentra una gama rica de imágenes y estados de ánimo. El texto respira los humores del verano, la candidez del niño, la intuición del erotismo, la perversión. En cada episodio recrea magistralmente una escena perturbadora, con una contención emocional al alcance de muy pocos novelistas. El cierre, sublime, es como una bofetada sin manos. Está escrita en tercera persona, desde el punto de vista de Agostino: una narración brillante de las muchas rupturas en su pérdida de la inocencia. Por encima de todo, explora esa tensión por el pulso recién descubierto, que le genera prisas por crecer al tiempo que le hace aprender a golpes. Porque esa es la verdadera tragedia juvenil: la espera por convertirse en adulto (y la conciencia de que no volverá a tener la alegría de la infancia, y de que esos veranos felices se acabaron, y de que el mundo real va más allá de su burbuja, y de que los adultos se nutren de un instinto sucio, y de que la vida, en fin, es un territorio más hostil de lo que imaginaba). Todo eso en poco más de cien páginas. Una nouvelle extraordinaria.
(Si alguien quiere leer más historias de aprendizaje enmarcadas en verano, que no se pierda Agua salada, de Charles Simmons; Tú, mío y Los peces no cierran los ojos, de Erri De Luca, El deshielo, de Lize Spit; y El verano muere joven, de Mirko Sabatino, entre otros).

09 agosto 2019

Adelfa, arco iris - Erri De Luca


Edición: Akal, 2001 (trad. César Palma Hunt)
Páginas: 112
ISBN: 9788446013594
Precio: 4,95 €

Adelfa, arco iris (1992), uno de los primeros títulos de Erri De Luca (Nápoles, 1950), fue publicado por Akal en su desaparecida colección literaria, que no tuvo la fortuna que debería a pesar de contar con una cuidada selección de escritores (Ingeborg Bachmann, Linda Lê o Gaetan Soucy, entre otros). También esta editorial publicó Aquí no, ahora no (1989), Tres caballos (1999) y Montedidio (2001), del mismo autor. Más adelante su obra ha aparecido en sellos como Siruela o, actualmente, Seix Barral. Me apetecía hacer esta mención, antes de entrar en materia, a modo de reconocimiento al trabajo de Akal, que, junto con El Aleph (que le publicó el precioso Tú, mío), apostó por él cuando aún era un gran desconocido para los lectores españoles (todavía lo sigue siendo para muchos, de hecho).
Adelfa, arco iris se puede considerar una de sus novelas más singulares o atípicas: tiene un fondo autobiográfico, como siempre que se trate de Erri De Luca, pero, a diferencia de títulos emblemáticos como Tú, mío (1998) o El día antes de la felicidad (2009), no recrea su niñez en la sórdida posguerra napolitana, sino que reproduce el relato de tres amigos de mediana edad que han elegido caminos distintos y, en cierto modo, hacen balance, reflexionan, comparten sus pesares, sus remordimientos. El narrador, un trasunto del autor, no es, por lo tanto, el protagonista; tan solo se refiere a sí mismo para evocar su adolescencia, la época en que conoció a esos colegas, retazos intercalados con la narración de los reencuentros. Él se recuerda como un joven un tanto independiente, ni líder ni marginado, libre. Su perfil contrasta con los de sus amigos, que, al menos en principio, tenían proyectos de vida más ambiciosos.
Los monólogos se presentan uno detrás de otro; no hay una «trama» que hilvane los tres ni una construcción «novelesca»; son hombres hablando, confesándose a su confidente. En primer lugar, un excombatiente de un grupo de extrema izquierda, de los que se sublevaron en la Italia de los años de plomo. Como persona que ha matado por convicciones ideológicas, su discurso está teñido de arrepentimiento: con el tiempo se da cuenta de su gran error, de que dar muerte al enemigo no sirve de nada. Aquel muchacho intrépido se ha convertido en un hombre apesadumbrado, carcomido por la culpa, consciente de que la redención para él resulta imposible. Este capítulo es el más largo, y, seguramente, el más impactante.
Los otros dos se alejan de la violencia del primero, aunque también tienen sus lamentos. El segundo amigo, un sacerdote que se marchó a África, desgrana el descubrimiento de su vocación de misionero, la necesidad de abandonar su tierra natal, de moverse para seguir adelante. Explica cómo funcionan las cosas en los países en vías de desarrollo y cómo, a veces, se encontró con proposiciones poco honrosas en su misión; no todo es tan limpio como parece. Cierra el libro la historia (breve) de un buen amigo del narrador: de jovencito, era muy diferente a él, llamaba la atención, se sentía cómodo con las chicas. Desde fuera, los dos han tenido trayectorias encomiables; sin embargo, ninguno se siente satisfecho. Todos tienen sus aprendizajes, sus epifanías, su cosmovisión particular de lo que ha sido la vida.
Erri De Luca
En general, Adelfa, arco iris es un texto sobre tres personajes que, en su madurez, echan la vista atrás e indagan en su pasado con más inseguridad que convicción. Tres vidas de coetáneos del autor-narrador, tres caminos, tres voces. Pesimismo, dolor, desconfianza, arrepentimiento. La lucidez de Erri De Luca reviste sus palabras de reflexiones poéticas sobre grandes preocupaciones del ser humano (el amor, la muerte, la amistad, la búsqueda, el paso del tiempo, la soledad). Como «novela», no es la mejor del autor; las tiene más redondas, mejor construidas. Como obra literaria, sin encuadrarla en el género novelesco, posee el lirismo y la hondura a que nos tiene acostumbrados. Siempre merece la pena leer a Erri De Luca, y aquí muestra una faceta en la que no se ha prodigado tanto.

07 junio 2019

El sueño de una cosa - Pier Paolo Pasolini


Edición: Mardulce, 2019 (trad. Guillermo Piro)
Páginas: 215
ISBN: 9788494686573
Precio: 12,00 €

Narrador, poeta, ensayista, director de cine, dramaturgo. Pier Paolo Pasolini (Bolonia, 1922 – Ostia, 1975) está considerado, con justicia, uno de los referentes de la intelectualidad italiana del siglo XX. Y, quizá precisamente por la amplitud de su obra, aún quedan textos suyos por descubrir con la debida atención, como El sueño de una cosa, la primera novela que escribió, en 1950, aunque no vio la luz hasta 1962, cuando ya contaba con varios libros publicados. Se trata de una ópera prima que esboza los temas en los que profundizó a lo largo de su carrera, como la clase obrera, la juventud, la amistad entre hombres o las penurias de la posguerra. Tiene, además, la cualidad de la inmediatez: sitúa la acción entre 1948 y 1949, en una Italia campesina castigada por la Segunda Guerra Mundial. Desde el principio, por lo tanto, Pasolini manifestó su compromiso político a través de la expresión artística; una voluntad de conjugar la narración con el análisis social que alcanzaría su cima en títulos como Chavales del arroyo (1955).
«Todos tenían muchos pensamientos en el corazón y poco dinero en los bolsillos» (p. 25). El sueño de una cosa sigue las andanzas de Nini, Milio y Eligio, tres chicos de la provincia de Udine que intentan abrirse camino en un país devastado por la contienda. La novela empieza con una fiesta popular, donde los muchachos se conocen. La celebración parece simbolizar las esperanzas de esta generación que todavía no ha cumplido los veinte años: la guerra ha quedado atrás, son jóvenes y rebosan energía; tal vez la vida les depare grandes éxitos. Sin embargo, Italia se encuentra sumida en graves problemas económicos, los hombres no encuentran empleo y los chicos deciden marcharse al extranjero en busca de oportunidades. Dos de ellos viajan a Yugoslavia, donde sufren el hambre, la miseria absoluta. El tercero se decanta por Suiza, donde vive su singular periplo y, además, un desamor. Desengañados, los tres regresan a casa. No hay trabajo ni en las fábricas ni en el campo, pero la gente comienza a organizarse para presionar a los propietarios. En medio del desasosiego, no faltan las ganas de vivir de la juventud: las mujeres, la camaradería, la diversión, las idas y venidas; esas pequeñas alegrías que, por fortuna, no se pierden del todo ni en estas circunstancias.
El libro puede leerse, para empezar, como una novela de aprendizaje: la pérdida de inocencia de unos muchachos desalentados por las condiciones socioeconómicas, el paso de la ilusión inicial a la desesperación y el dolor, primero en su experiencia en el extranjero, luego en su propia tierra. Les esperan suertes distintas a los tres personajes, pero ninguno escapa del malestar, de la renuncia en sus múltiples encarnaciones («Pero esos eran los días de la esperanza: la guerra ya parecía lejana y para la juventud comenzaba la vida», p. 35). Puede leerse, en segundo lugar, como una crónica de los estragos de la posguerra entre la clase trabajadora, en ese entorno rural áspero, violento, arraigado a sus costumbres, que recuerda a la literatura de los sureños norteamericanos. Es, en este sentido, una novela cargada de crítica social, que pretende promover la conciencia obrera, la lucha por los derechos del proletariado, difundir los abusos que padeció esta generación. El autor da voz a ese pueblo, con un estilo sencillo, coloquial, salpicado de dialecto, en una narración donde los personajes se reúnen para cantar tonadillas populares de la época. Capta ese «espíritu» neorrealista.
Pier Paolo Pasolini
Al leerlo es inevitable acordarse de su coetáneo Cesare Pavese, que asimismo cultivó una narrativa ligada al estrato social humilde, con las pandillas, la rusticidad del campo y las relaciones de amor, con unos personajes masculinos huraños que tratan de manera un tanto brusca a las mujeres. Si Pavese sobresale como narrador, Pasolini tiene más marcada la perspectiva antropológica, la mirada analítica, aunque la historia (basada en hechos reales) se disfrace de ficción. Esta dimensión social, con todo, no está reñida con la sensibilidad en el tratamiento de las relaciones entre los jóvenes, con la poesía de algunas imágenes, sobre todo en la recta final, catártica. Incluso en un ambiente tan árido, tiene cabida la emoción de un simple gesto, de una mirada, gracias a la fuerza evocadora de Pasolini. He aquí una ópera prima notable, que aún tiene mucho que decir a los lectores. Gracias a Mardulce por publicarla por primera vez en España.

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