13 agosto 2017

La anciana señora Webster - Caroline Blackwood



Edición: Alba, 2004 (trad. Celia Montolío)
Páginas: 160
ISBN: 9788484282143
Precio: 14,50 €

Ya lo dijo Tolstói: las familias infelices lo son cada una a su manera. Caroline Blackwood (1931-1996), descendiente de un importante linaje de la aristocracia anglo-irlandesa, reconstruye la historia de la suya en esta mal llamada novela, La anciana señora Webster (1977), finalista del Premio Booker. Blackwood, muy conocida en su época por sus libros y artículos, escribe lo que ahora se denomina autoficción, y con ello desmitifica el aire sereno e imperturbable de las familias adineradas. La obra está narrada en primera persona por su alter ego, una joven huérfana de padre que, después de una infancia infeliz y solitaria, indaga en su ascendencia paterna para conocer sus raíces y, quizá, reconciliarse con ellas. El libro se organiza en torno a cuatro episodios, uno por cada personaje (la bisabuela Webster, la abuela Dunmartin, la tía Lavinia y el padre), y tiene una estructura circular perfecta, ya que empieza y termina con la bisabuela, el pilar más estable de la estirpe. La narradora, por su parte, permanece en un segundo plano; adopta el rol de una oyente silenciosa, que se busca en los demás sin hablar de sí misma («Aún no has dejado del todo la fase de escuchar torpemente sin decir nada», p. 73). Más que una novela, constituye, pues, un estudio de caracteres.
En su adolescencia, la narradora pasa un verano en el caserón de la bisabuela Webster. La anciana señora es un personaje digno de la ficción gótica: una mujer solitaria, fría y de pocas palabras, que por respirar aire de mar entiende dar un paseo en coche y abrir la ventanilla. Apenas sale de casa, siempre sentada en una silla de respaldo recto, con la criada de toda la vida sometida a sus órdenes. También la bisnieta debe soportar sus rígidas costumbres. La bisabuela Webster es de esas personas que se aferran a lo que tienen sin permitir que nada cambie, aunque esto conlleve la decrepitud de la mansión y el alejamiento de los círculos sociales. «Tan bien se había aislado que se convirtió en un mero recuerdo rancio y opresivo» (p. 143), dice la protagonista. A través de sus ojos, la anciana resulta inquietante, imponente y grotesca, aunque, al final, la acaba entendiendo un poco.
La abuela Dunmartin, hija de la bisabuela, vive asimismo recluida en un caserón, si bien por motivos muy distintos: los trastornos mentales. Analizando los vínculos entre madre e hija, parece que esta mujer quiso escapar de la tiranía de su madre, quiso convertirse en alguien completamente distinto; pero cayó en la enfermedad, una enfermedad de las que siempre se han querido ocultar fuera del ámbito familiar, y por eso mismo tiene aún más mérito que la autora la aborde sin tapujos. En este caso, la narradora solo conoce a su abuela por lo que le han contado, como el episodio de intentar hacer daño a su hermano el día de su bautizo. Al parecer, la abuela Dunmartin ya presentaba síntomas de enajenación al poco tiempo de contraer matrimonio, cuando todavía era joven. Mientras la madre vive como si no ocurriera nada, con un orden imperturbable, la hija se consume en su desequilibrio.
La tía Lavinia, hermana del padre de la narradora, mantiene una relación más fluida con ella y por lo tanto esta puede trazar un retrato psicológico bastante completo. Lavinia, una mujer que disfrutó de los locos años veinte, tiene ideas más modernas que las generaciones previas y lleva una existencia más desenfadada. Ella encarna la ligereza bien entendida de las clases acomodadas: amistades, buen humor, cinismo. «Como lo único que se tomaba en serio era la diversión, apenas suscitaba rencores» (p. 54), reflexiona la sobrina. Sin embargo, también tiene un lado desconocido: ha intentado suicidarse («Parecía que veía la muerte de un modo semejante como veía la vida: un juego emocionante pero sin importancia», p. 57). Como consecuencia de su esmerada educación, sus modales no le permiten mostrarse mal ante los demás, por lo que su desesperación es una incógnita. Nadie sabe con exactitud qué esconde esta mujer de apariencia tan alegre y desenvuelta, un poco como ocurre con la bisabuela; tan solo la narradora, en sus conversaciones, consigue acercarse a ella.
Al final, la joven trata de conocer más a su padre, muerto durante la Segunda Guerra Mundial y de quien no conserva recuerdos («mi padre había desaparecido demasiado pronto y mi memoria era incapaz de crear algún mecanismo que pudiera conservarle con un nítido perfil. Incluso echarle de menos era inútil, pues era como echar de menos un país extranjero al que jamás se ha ido y al que jamás se irá», p. 144). Para ello, habla con un amigo, que le revela algo sorprendente: su padre sentía un gran afecto por la bisabuela Webster. Después de mucho cavilar, la narradora entiende que, teniendo en cuenta los desequilibrios de su madre, la señora Webster aportó a su padre una seguridad, un orden, que jamás tuvo con su progenitora. Adentrarse en un nuevo personaje, por lo tanto, lleva a revisitar a los anteriores; la relación entre ellos aporta detalles inadvertidos, que explican, en parte, su forma de ser.
Caroline Blackwood
La narradora, pese a no hablar de sí misma, se hace preguntas, se intenta conocer mejor a través de las mujeres de la familia, buscando oposiciones y afinidades. Sabemos que es una muchacha retraída, como le hace notar la tía Lavinia, un carácter que tampoco casa bien con lo que esperan los demás: «Cuando estás entre desconocidos, eres tan retraída que tu presencia resulta inquietante. Te limitas a quedarte ahí inmóvil, clavando los ojos en la gente con esa actitud tuya intensa y atormentada. En serio, intenta dejar de hacerlo, porque la gente se pone nerviosa. Se preguntan si será que te ocurre algo terrible. Se preguntan si estarás bien de la cabeza» (p. 77). Quizá, ante todo, este libro sea para la joven solitaria un intento de comprender, de explicarse, de trazar un hilo, de buscar su anclaje en la familia después de pasar una niñez desdichada. Lleva a cabo un ejercicio brillante de indagación psicológica a lo largo de cuatro generaciones, en el que se aleja del tono amable y detecta lo excéntrico, lo perverso, lo tóxico, las particularidades que hacen única su historia familiar. Porque esta no es una novela sobre familias felices.

5 comentarios :

  1. Me encantan las historias sobre sagas familiares, me la apunto! Saludos ^^

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  2. Después de leer esta reseña decidí darle una oportunidad y acabo de terminarlo. Me ha encantado, así que gracias por reseñarlo porque de otra manera no hubiera llegado nunca a mis manos. Me ha parecido tan único como peculiares sus personajes. Gracias, otra vez, por traer libros tan interesantes.

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    1. Oh, ¡qué bien! Muchas gracias por decírmelo. Cuando reseño estos libros tan poco conocidos siempre me pregunto si de verdad interesarán a alguien. Me alegra mucho que lo hayas disfrutado.

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  3. Hola!
    Siempre que miro el catálogo de Alba, este libro capta mi atención. Por esa portada tan intensa y tan verde, por la mansión que aparece, por ser irlandesa la autora..
    Y como en muchos casos, priorizas a otros libros, te dejas llevar por otras cosas, y libros como este se quedan un poco en el olvido. Me alegro de que hayas hecho esta reseña, porque, una vez más, me has convencido de leer un libro que me había puesto ojitos en su momento.
    Me gusta mucho esa forma en la que la autora parece habérselas ingeniado para describir cada personaje, aún con sus misterios y sus claroscuros. Me fascina la bisabuela (tan de novela gótica), pero también la abuela, con esos problemas mentales y ese peligro que parece representar. Definitivamente, la próxima vez que lo vea, haré caso a la portada verde y se vendrá conmigo.
    Muchas gracias!

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