13 mayo 2018

El muchacho silvestre - Paolo Cognetti


Edición: Minúscula, 2017 (trad. Miguel Izquierdo)
Páginas: 176
ISBN: 9788494675454
Precio: 16,00 €
Más que a una cabaña en el bosque, la soledad se parecía a una sala de los espejos: allí donde mirara encontraba reflejada mi imagen, distorsionada, grotesca, multiplicada infinitas veces. Podía librarme de todo, salvo de ella.
El escritor Paolo Cognetti (Milán, 1978), reciente ganador del Premio Strega 2017 y el Prix Médicis Étranger 2017 con Las ocho montañas (2016), vive entre su ciudad natal y la montaña. Al igual que muchos autores arraigados a la naturaleza, su relación con el medio rural, que había comenzado en los veraneos de su infancia, se estrechó a raíz de una crisis: a los treinta años, después de alguna que otra decepción personal y profesional, perdido y sin proyectos de futuro sólidos, decidió abandonar la civilización urbana para instalarse en una baita, una especie de cabaña, a dos mil metros de altura, lejos de sus amigos y de los artilugios que facilitan la vida «moderna». Algo así como buscarse a sí mismo en los parajes de su niñez donde había disfrutado, aunque sin un ápice de nostalgia o de idealización de aquel tiempo. Este pequeño libro, El muchacho silvestre (2013), el primero del autor que se traduce al castellano, recoge sus recuerdos y reflexiones, a modo de un cuaderno de campo escrito a posteriori.
En su relato hay tres grandes pilares, además de la naturaleza misma: la soledad, las amistades y la literatura. En toda obra sobre una persona que se marcha a la montaña se plantea, de forma más o menos directa, más o menos sutil, una aproximación a la soledad, a su asimilación. En principio, a él le parecía un inconveniente, un reto, pero a medida que se aclimata (y en esto recuerda a libros sobre experiencias similares) se produce el efecto contrario: le incomoda que lleguen visitantes, que otros ocupen su territorio. Es un proceso interesante, aprender a vivir por sí mismo, sin depender de nadie, libre de ataduras; cuanto mayor se vuelve su autonomía, menos deseos siente de retroceder. Además de sus aventuras por la naturaleza, esas inmersiones que no siempre controla, mantiene la mente activa con la lectura de grandes naturalistas, como Thoreau, Rigoni Stern y Antonia Pozzi, entre otros. La narración está preñada de citas lúcidas y pertinentes, que enriquecen sus cavilaciones y permiten conocer no solo los hechos, sino el «alimento» intelectual con el que Cognetti emprende esta etapa.
No está del todo solo, sin embargo: entabla relación con los pastores y otros hombres de montaña que viven por la zona. Tipos fríos, ásperos, huraños, aislados por voluntad propia y por largos periodos (no son nuevos como él), con los que aun así surge un afecto contenido. «Como eremita no valía gran cosa: había acudido allá arriba para estar solo, y la verdad es que no hacía más que buscarme amigos. O quizá era justamente la soledad aquello que convertía cada encuentro en algo precioso» (p. 72), medita Cognetti, que por aquel entonces ya había publicado cuatro libros y se movía por el ambiente cultural. Resulta interesante leer cómo un chico de letras comparte espacio y conversación con personas que con frecuencia carecen de estudios y, en cualquier caso, llevan una existencia muy distinta a la de sus coetáneos. El retrato de esas amistades entre ermitaños hoscos (y el momento de la despedida) constituye una de las partes más hermosas, más humanas, del cuaderno.
Paolo Cognetti
A lo largo de la lectura resuena una palabra en la mente del lector: integridad. Ese valor de la gente de montaña, hecha a sí misma, curtida, terca, que el autor plasma a la perfección en las páginas, en su testimonio. También su tono huye de la superficialidad y va al grano: escribe con claridad, precisión y fluidez, sin florituras, un estilo sencillo acorde con el contenido (Cognetti comenta que se siente poco afín a la narrativa actual, que tiende a lo erudito, y en cambio disfruta con la literatura de la frontera, más próxima a la naturaleza, la vida). El muchacho silvestre es un texto reposado, sutil, que no elogia el medio ambiente per se ni esboza una oposición con la ciudad, sino que narra sobre todo un viaje interior, una búsqueda de sentido, de otra forma de estar en el mundo cuando el entorno urbano produce un profundo desapego. Un texto honesto y sin pretensiones, que aporta una mirada joven y contemporánea a la nature writing, digna de valorar en esta sociedad hiperconectada. Tiene semejanzas con Erri De Luca en el punto de vista y en la sensibilidad hacia estos temas, si bien De Luca es más poeta (incluso cuando escribe en prosa), mientras que Cognetti destaca como un narrador solvente.
Cita inicial en cursiva de la página 129.

8 comentarios :

  1. He leído hace aproximadamente un mes “Las ocho montañas “ y me ha gustado. Coincido bastante con tus apreciaciones respecto al libro que comentas Creo que me voy a animar a leerlo. Además es muy breve. Gracias!

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    1. Yo espero leer pronto "Las ocho montañas". Me gusta su forma de escribir.

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  2. Pues pensaba que no ibas a tentarme con este libro, pero al final sí. Me has ganado con el desapego, con la integridad, con la honestidad... Al final me has convencido.
    Besotes!!!

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  3. Desde hace unas semanas veo a este autor por todas partes, pero con su libro "Las ocho montañas", que por lo que he leído sobre él creo que puede gustarme. Y ahora tu comparación con Erri de Luca hace que todavía me apetezca más conocer como escribe este autor.
    Un abrazo

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    1. Tienen sus diferencias, pero los dos comparten esa relación estrecha con la montaña. De hecho, en este cuaderno menciona de pasada a Erri De Luca.

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  4. Recién concluida la lectura de las ocho montañas, todavía ando un poco loco con la novela. Hacía tiempo que no leía una novela tan llena de cosas, tan honda, emotiva, contenida y contundente. Una joya para los que qué amamos la montaña. Me acabo de comprar el muchacho silvestre motivado, además, por tu reseña. Me encanta tu sitio.

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    1. Muchas gracias, Martín. Precisamente "Las ocho montañas" será una de mis próximas lecturas. Estoy segura de que me va a encantar.

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