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23 septiembre 2019

Enseñarle a hablar a una piedra - Annie Dillard


Edición: Errata naturae, 2019 (trad. Teresa Lanero)
Páginas: 240
ISBN: 9788417800222
Precio: 19,00 €

No soy una gran amante de la naturaleza. Me reconozco –con vergüenza– en la imagen de la estudiosa de salón: muchas lecturas, muchas buenas intenciones, pero nula práctica. Carezco de espíritu aventurero, del ímpetu del investigador in situ. Jamás tendría la valentía de irme a vivir a la montaña o de moverme por determinados parajes. Tampoco tengo el menor interés en ello; me bastan mis modestos placeres de urbanita. ¿Y por qué cuento todo esto, si a nadie le importa, si en una reseña la información puramente personal está de más? Porque, pese a no ser el perfil que uno identifica con ello, en los últimos años he disfrutado como lectora de la llamada nature writing. El mérito, por supuesto, es por completo de los autores: de clásicos como Henry David Thoreau o John Burroughs a contemporáneos como Doug Peacock, Terry Tempest Williams, Pete Fromm o Paolo Cognetti, sin olvidar a los escritores de narrativa con fuertes vínculos con la naturaleza, como Edward Abbey, Annie Proulx o Erri De Luca. Siempre he defendido que no importa el tema, sino el estilo, la voz. En otras palabras: del narrador depende convertir un asunto en interesante, despertar la curiosidad de su lector, contagiarle sus inquietudes. Los que he mencionado, entre otros, han conseguido que respire el aire de las montañas y me acerque a los animales aunque me halle encerrada en una habitación.
En mi descubrimiento de la nature writing sobresale el nombre de Annie Dillard (Pittsburgh, 1946), galardonada con el Premio Pulitzer de No Ficción en 1975 por Una temporada en Tinker Creek, su obra más importante. El título que ahora recupera Errata naturae, Enseñarle a hablar a una piedra (1982), es una recopilación de artículos, algunos publicados en revistas y otros inéditos; la clase de libro que suele considerarse un trabajo menor, si bien, como ella misma advierte en la introducción, conforman una parte esencial de su trayectoria. Algunos textos exploran una materia en profundidad; otros, más breves, se asemejan a una impresión. Comprende desde la observación de un eclipse total a un estudio de las míticas expediciones a los polos, pasando por las pesquisas de Charles Darwin en las islas Galápagos o un paseo cotidiano en una colina. De su hábitat natural al resto del mundo, porque, para cultivar este género, resulta fundamental moverse, tener alma de investigador. He aquí, por lo tanto, un compendio ecléctico, y, en parte por eso mismo, fascinante, sorprendente. No sabes de qué va a hablar en el siguiente ensayo, pero no importa, porque ella sabe hacerlo importante. Ahí está la clave: el estilo, entendido como mirada singular hacia lo que nos rodea.
Annie Dillard cultiva el ensayo en la manera que lo entendía Montaigne, a saber: lejos de las (a menudo aburridas) convenciones académicas, tomando como base la experiencia personal para, a partir de ahí, intentar construir un discurso. Por «experiencia personal» cabe entender asimismo su formación en humanidades, historia, ecología, biología; la aproximación de una mujer intelectual, que al mismo tiempo posee la adaptabilidad de una antropóloga de campo. Escribe sin ser experta en las cuestiones que aborda, pero con interés genuino; precisamente por no sentar cátedra, por hallarse a medio camino entre el especialista y el público ajeno a la disciplina, su estudio resulta persuasivo, ni encorsetado por el rigor académico ni trufado de lugares comunes. En ocasiones parte de una anécdota –la charla informal con un niño, la asistencia a la misa dominical–, que a continuación vehicula con el objeto de su análisis; una capacidad extraordinaria para conectar ideas, para observar con atención y desarrollar una pieza narrativa sólida, instructiva y, por qué no decirlo, conmovedora. Porque le pone «alma». O, por expresarlo de forma menos cursi, se implica. No es redactora (fría, formal, distante); sino escritora (artesana, subjetiva, original).
Annie Dillard
Sí, escritora, una escritora de verdad. Escriba sobre lo que escriba (y puede escribir sobre lo que le apetezca) capta lo sugestivo del asunto; su prosa tiene pulso, lirismo, veracidad. Es una suerte de escritura «reposada», con la inteligencia que nace no del destello, sino de la paciencia, los años de preparación. Tiene mejor estilo que muchos autores de ficción; me parece, no exagero, una de las escritoras más brillantes que he leído. Se desenvuelve tanto con las vivencias en primera persona –sus incursiones en entornos salvajes o el contacto otras culturas y religiones– como en la narración de lo que ha aprendido a través de la documentación; es, además, una erudita, aunque no presuma de ello. Posee la maleabilidad de ir de lo trivial a lo profundo, de lo efímero a lo permanente, de lo urbano a lo natural; tan pronto es la señora entrañable que habla con un chiquillo como una aventurera en un bosque perdido. Y siempre, siempre, es escritora. Incluso cuando no está escribiendo, porque pasear, mirar e impregnarse de sensaciones alimentan la mente del creador. Annie Dillard, desde luego, sabe sacarles partido.

02 agosto 2019

Indian Creek - Pete Fromm


Edición: Errata naturae, 2017 (trad. Carmen Torres García)
Páginas: 312
ISBN: 9788416544509
Precio: 19,50 €

Cuando Pete Fromm (Shorewood, Wisconsin, 1958) era un joven estudiante de Biología de la Vida Salvaje en la Universidad de Montana, apasionado por las historias de aventuras, tuvo la oportunidad de pasar de la teoría a la práctica y vivir en primera persona una experiencia límite en la naturaleza. Se trataba de un trabajo para el Servicio Forestal: vigilar unos huevos de salmón en los bosques de Indian Creek. Fácil, en principio, pero la tarea entrañaba un reto: pasar el invierno solo, lejos de la civilización, en una zona que quedaría totalmente aislada por la nieve. Tendría que cortar leña, abastecerse, orientarse por la montaña, resguardarse de los animales feroces y, sobre todo, acostumbrarse a la soledad y el silencio. En el aula le faltaba adrenalina; quería emoción, emular a esos hombres curtidos que protagonizaban sus novelas preferidas, de modo que aceptó el empleo sin titubear. La noche antes de emprender el viaje, se emborrachó con sus amigos; aquel tierno Pete Fromm se marchó con más ilusiones que certezas (recuerda un poco a Butcher’s Crossing, el espléndido western de John Williams).
En realidad, por mucho que hubiera leído sobre la naturaleza y sus entresijos, carecía de fogueo en la supervivencia. Sus ideas provenían de la ficción, de las ensoñaciones; no había puesto a prueba sus propias destrezas. Indian Creek (1993), un libro de memorias que se lee como una novela de aprendizaje, narra su periplo en la montaña, con el punto de vista de quien recuerda, en pasado, una vivencia que lo marcó. Desde el principio, se aleja del registro de las grandes hazañas de un héroe; no pretende darle forma de un relato de aventuras, sino reconstruir, con una honestidad abrumadora y mucho sentido del humor, un viaje iniciático en el que hubo más torpeza que épica. El narrador aprendió poco a poco a moverse por la zona, usar una sierra, preparar trampas, cazar. Lo que de entrada parecía sencillo no lo era tanto, los riesgos surgían por doquier; las actividades cotidianas del montañés encarnaban enormes dificultades para un novato. Y, sin embargo, lo consiguió. Hay un rasgo común en muchas obras de este tipo: en cuanto la persona se adapta a la soledad, le molesta la compañía de los visitantes. Han hecho de la montaña su hogar, y los excursionistas o los cazadores (los que solo están de paso, los que no viven la naturaleza como ellos) son como un ruido molesto.
Pete Fromm
Lo que hace de Indian Creek un libro divertido, conmovedor y memorable (no solo para la nature writing sino en general, su alcance va más allá de los asiduos al género; lo pueden disfrutar, y mucho, lectores habituales de narrativa) es, por un lado, la voz de Pete Fromm, generosa, capaz de reírse de sí mismo, de mostrar sus vulnerabilidades, y además contarlo con ritmo y una fluidez que ameniza la lectura. En segundo lugar, posee la habilidad de dotar de emoción el relato, identifica los momentos álgidos (el respeto por los animales, la cacería, el distanciamiento de la familia, la camaradería entre montañeses, el vínculo con su perra, la catarsis final) y los aborda con la intensidad justa. Tan pronto hace reír como provoca un nudo en el estómago; está lleno de humanidad, en el mejor sentido. Estas memorias trascienden el testimonio; constituyen una narración iluminadora, rebosante de verdad literaria. De vida. La mejor literatura suele ser la más cercana a la vida (y esto no tiene nada que ver con basarse en hechos reales o no), despojada de veleidades y artificios que dispersen la atención. Aquí hay un gran ejemplo de ello.

24 octubre 2018

Fuego en la montaña - Edward Abbey

Edición: Errata naturae, 2018 (trad. Alba Montes Sánchez)
Páginas: 272
ISBN: 9788416544783
Precio: 19,00 €

Entre las novedades de Errata naturae, no debería pasar desapercibido este título de Edward Abbey (Pennsylvania, 1927-Arizona, 1989), un mítico escritor y ambientalista, conocido por su apego a la naturaleza y a la cultura india, además de por sus críticas aceradas a los perjuicios del capitalismo en el medio ambiente. Publicó más de veinte libros entre ensayo y ficción, de los que ya se habían traducido al castellano cuatro: El vaquero indomable (1956; Berenice, 2013), El solitario del desierto (1968; Capitán Swing, 2016), La banda de la tenaza (1975; Berenice, 2012) y ¡Hayduke vive! (1989; Berenice, 2014). Con Fuego en la montaña (1962), su tercera novela, Errata naturae continúa su apuesta por la narrativa «salvaje», una colección de la que forman parte autores tan interesantes como Doug Peacock, Terry Tempest Williams o Annie Dillard.
La historia se sitúa en el contexto de la guerra fría. Billy, el narrador, recuerda el verano de sus doce años. Como de costumbre, abandona la ciudad para pasar las vacaciones junto a su abuelo en un rancho de Nuevo México, donde disfruta de excursiones a caballo y largos paseos por aquellas tierras indómitas. Sin embargo, ese verano no será como los demás: la Fuerza Aérea de Estados Unidos se dispone a expropiar los terrenos del abuelo para llevar a cabo pruebas nucleares en la zona. El anciano, un tipo terco y curtido, se cierra en banda: no piensa renunciar a su casa, su patriotismo no está por encima de su integridad. Pasan los días, los demás lugareños se marchan, resignados a las órdenes del Estado. Solo queda el abuelo de Billy, que no cede. Con el único apoyo de su nieto y un joven amigo, el hombre desafía a todas las autoridades que osan entrar en su hogar. A través de la mirada del niño, el lector descubre la odisea de un hombre indomable que pone en jaque los poderes de la gran potencia mundial. Sus armas: obstinación, resistencia… y un revólver escondido en su vehículo.
Fuego en la montaña es una de esas novelas que, con sencillez y sin pretensiones, con calidad pero sin renunciar al entretenimiento, al goce puro de leer, relatan una historia memorable. Conmovedora, incluso, y con un espíritu afín (por supuesto) a los principios ecologistas del autor: la peripecia del enfrentamiento entre el Gobierno y un ciudadano solitario, arraigado a sus propiedades, a las tierras que el Estado pretende domesticar a sus anchas. Entre la locura y la heroicidad, la gesta demuestra hasta qué punto la acción individual puede hacer tambalear las grandes esferas. Además, cuestiona los límites de la intervención militar en un momento en el que el mundo se despertaba con miedo ante el posible estallido de una nueva contienda. También plantea la otra cara del asunto: el Gobierno arrebata los terrenos a los propietarios, pero antes fueron esos propietarios, los colonos blancos, quienes impusieron su ley, con mucha más violencia, a los nativos indios. En contra del mito americano, pone de relieve las luchas de poder detrás del triunfo, unas luchas en las que cambiaban los actores, pero no el fondo.
Edward Abbey
Aun así, la actitud rebelde del viejo transmite un mensaje esperanzador, lo mismo que la relación (tan tierna) con su nieto. Más allá del hilo principal, Fuego en la montaña relata el coming-of-age de Billy, que, siguiendo el modelo de su abuelo, apunta maneras de chico aguerrido. Todos los personajes están muy bien caracterizados, desde el anciano testarudo incorregible a los policías de paso; se plasma ese carácter áspero de los hombres de montaña, ese vínculo de respeto y devoción por la naturaleza, con un desenlace catártico que no por previsible resulta menos emocionante. Al leerla, uno tiene la sensación de volver a un tiempo que ya pasó, como en las novelas de la frontera, en parte porque la aventura representa el final de un ciclo, de una forma de estar en el mundo. Edward Abbey cuenta la historia con honestidad, una historia que posee esa fuerza inspiradora de las pequeñas hazañas. Esto, unido al estilo distendido y a su sentido del humor, hace del libro una lectura sumamente agradable.

17 septiembre 2018

Las ocho montañas - Paolo Cognetti


Edición: Literatura Random House, 2018 (trad. César Palma)
Páginas: 240
ISBN: 9788439734123
Precio: 17,90 € (e-book: 8,99 €)
Lo que debía proteger, en mí, era la capacidad de estar solo. Había necesitado tiempo para acostumbrarme a la soledad, para encontrar un espacio donde poder acoplarme y sentirme bien; sin embargo, sentía que la relación con ese espacio seguía siendo difícil. Por eso volvía a casa como si reanudase la confianza con ella. Si el cielo no estaba cubierto, pronto apagaba la linterna. Solo necesitaba un cuarto de luna y las estrellas para intuir el sendero entre los alerces. Nada se movía a esa hora salvo mis pasos y el torrente, que seguía sonando y gorgoteando mientras el bosque dormía. En el silencio su voz era clara y podía distinguir los tonos de cada meandro, rápido, cascada, atenuados por la espesura de la vegetación y cada vez más nítidos en el pedregal.*
Cuenta un mito budista que existe un monte muy alto, el Sumeru. A su alrededor, ocho montañas y ocho mares conforman el mundo tal como lo conocemos. Hay quien intenta llegar a la cima del Sumeru, empecinado, y hay quien se dedica a recorrer las demás montañas, vagando sin rumbo. Se preguntan: al final de la vida, ¿quién aprendió más, el que alcanzó la cúspide del monte sagrado o el que deambuló por la periferia? Este mito inspiró Las ocho montañas (2016), Premio Strega y Prix Médicis Étranger, además de un éxito de ventas en varios países, que ha consolidado a Paolo Cognetti (Milán, 1978) como uno de los escritores europeos más interesantes del momento. Escribe con palabras sencillas, pero de significados profundos; un estilo templado, fluido y sutil, que penetra en el lector sin aspavientos. La amistad a lo largo del tiempo, la paternidad, la soledad y el exilio interior son algunos de los temas que explora en una historia que se desarrolla en un paraje casi extinguido, el de los pueblos rurales medio deshabitados. El propio Cognetti, como los personajes de su libro, vive desde hace años entre su ciudad natal y la montaña, experiencia que narra en El muchacho silvestre (2013).
En esta novela hay un hombre que permanece en una sola montaña, la más importante para él; y otro que, desarraigado, viaja a los montes lejanos sin establecerse en ningún sitio. Pero empecemos por el principio. En el principio, esos hombres son dos niños que pasan los veranos juntos: por un lado, Pietro, el narrador, un muchacho de ciudad que veranea en un pueblo de los Alpes; por el otro, Bruno, el habitante más joven de esa pequeña localidad, que nunca ha salido de allí. Encarnan microcosmos distintos, y no solo por el hábitat: Pietro crece en una familia de clase media, con unos padres atentos, mientras que en el entorno de Bruno reina el desorden, con un padre ausente y una madre taciturna, el chico se cría entre animales y naturaleza, abandona el colegio temprano sin que a nadie le importe. Pietro tiene una existencia ordenada, como la de muchos chavales de su quinta; Bruno, en cambio, es un niño montañés en una época (las últimas décadas del siglo XX) en la que esa forma de vida no resulta habitual en un menor. Desde el comienzo, desde esa infancia, hay algo en Bruno de cuasi extinguido, de chiquillo que vive como se vivía antes, un mundo ya sepultado.
Tanto Pietro como Bruno son dos grandes solitarios desde pequeños; la suya es una unión un tanto extraña, forzada por los padres del primero, que poco a poco fluye entre incursiones en la naturaleza y lecturas compartidas. Bruno le enseña la montaña a Pietro, y Pietro le descubre un poco de cultura a Bruno. La relación, no obstante, resulta desigual: el narrador desconoce en buena medida la situación del amigo –solo intuye, sospecha, a partir de murmullos y observaciones­­–, pero Bruno entra en su casa gracias a la predisposición de los padres de Pietro, que ayudan al joven montañés. En cierta etapa, conforme entran en la adolescencia, la relación de Pietro con su padre se enfría, al tiempo que este último estrecha su cercanía con el montañés. Bruno siente una profunda admiración por los padres de su amigo; representan todo aquello que él no tiene. Cognetti retrata con sutileza estas «descompensaciones» afectivas, siempre a través de la mirada de Pietro, un punto de vista parcial, como toda primera persona, que mantiene un halo de misterio en torno a Bruno, ese chico de las montañas, tan próximo a él y sin embargo tan impenetrable.
La obra tiene una estructura soberbia que permite conocer el alcance de esta amistad a lo largo de la vida: en la primera parte, la infancia, los veraneos en la montaña; en la segunda, entre el final de la niñez y la juventud, un punto de inflexión para Pietro, un regreso a la montaña después de muchos años de distancia; por último, en la tercera parte, son dos adultos que ajustan cuentas con el pasado. Bruno, siguiendo el camino esperado, se queda en la montaña, sin otra aspiración que continuar tal como está; un montañés huraño, apegado a sus costumbres, su rusticidad, su aislamiento. Pietro se convierte en un «inadaptado», incapaz de tener una relación formal ni de perseverar en un empleo estable a pesar de haberse criado en un ambiente propicio (a priori) para ello. Se dedica a viajar (el hombre de las ocho montañas) y de vez en cuando regresa a la primera montaña para encontrarse a sí mismo. Allí le espera Bruno; resulta singular, para Pietro, tener un amigo como Bruno, arraigado en su cabaña, ermitaño. También cuando son adultos se producen «intercambios» entre ellos, se influyen mutuamente. El autor sabe modular muy bien los giros de la historia.
En general, Las ocho montañas es una novela extraordinaria sobre la amistad entre dos hombres de carácter introvertido y esquivo, una relación hecha de silencios, de complicidades nunca explícitas. Esta representación de la amistad masculina contrasta con la jerarquía de las «pandillas» que suelen dibujarse en la ficción. Contrasta asimismo con los relatos de amistad femenina: se da la casualidad (o no, quién sabe) de que los dos fenómenos recientes de la narrativa italiana tienen como protagonistas a una pareja de amigos. Elena Ferrante y Paolo Cognetti conciben el hecho literario de forma distinta –de la parquedad y el sosiego de él al apasionamiento bien medido de ella, por resumirlo de manera superficial–, pero ambos narran, y muy bien, una amistad a lo largo de las décadas entre un personaje que permanece inmóvil (Bruno, Lila, los «condenados» por su origen) y otro, el narrador, que tiene la oportunidad de realizarse y se marcha, aunque no por ello se siente pleno (Pietro, Lenù). A propósito, una frase parece calcada de Dos amigas: «Tú eres el que va y viene, yo, el que se queda. Como siempre, ¿no?» (p. 161). El asunto da para un análisis comparativo de su tratamiento de la amistad masculina (callada, contenida, fría) y la femenina (un nudo tirante); este comentario, en cualquier caso, solo pretende sugerirlo de forma sucinta.
Paolo Cognetti
El otro tema relevante de Las ocho montañas es la paternidad. La importancia del rol del padre, así como la «herencia» simbólica; tanto Pietro como Bruno repiten el patrón de sus respectivos progenitores, del rechazo instintivo a la repetición involuntaria. Es, en este sentido, una historia redonda, circular, por cuanto entronca el pasado con el presente, la reconciliación íntima del narrador con su padre. Y aún se puede decir más: novela de aprendizaje, de hacerse adulto; novela de búsqueda de pertenencia, de pérdida; novela de fracasos personales, de rendición. De montaña, claro, aunque no traza un retrato amable de la naturaleza, por mucho que algunos pasajes sobre ese lugar resulten evocadores. Pone de relieve la violencia, el embrutecimiento, la soledad que perviven allí, con una mesura y un dominio del tempo brillantes. Una gran lectura, en definitiva, una poderosa exploración de las emociones masculinas en un entorno casi extinto, conmovedora sin estridencias.
Hay novelas en las que uno se quedaría a vivir, y esta es una de ellas.
*Cita inicial de la página 186.

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