27 mayo 2018

Franny y Zooey - J. D. Salinger


Edición: Alianza, 2018 (trad. Carmen Criado)
Páginas: 176
ISBN: 9788491049432
Precio: 16,00 €

No hace falta escribir mil páginas para construir una gran novela. Ni narrar una historia que recorra toda la vida del protagonista. Tampoco es necesario que comprenda gestas sublimes, viajes exóticos o tragedias impactantes. Ni que esté contada con pompa. No, nada de eso importa. En realidad, basta con pulsar la tecla exacta para expresar de la mejor forma posible aquello que el autor quiere plantear. A veces, esa tecla no es más que una cafetería con dos personajes charlando. O un cuarto de baño en el que un hombre lee una carta. Un ratito, y ya está. Tan sencillo (que no simple) como eso. Concentrar el relato en una habitación cerrada, durante unas pocas horas, no está reñido con el alcance, con la hondura. No cuando el escritor se llama J. D. Salinger (Nueva York, 1919 – Nuevo Hampshire, 2010) y es un genio de la concepción literaria, del arte de expandir lo minúsculo en apariencia hasta convertirlo en una obra magistral que nos atañe a todos.
Ya ocurría en su debut, el memorable El guardián entre el centeno (1951), pero Franny y Zooey (1961), su tercera novela, todavía revela más si cabe esa capacidad para condensar mucho en poco. Consta de dos textos complementarios, centrados en los hermanos Glass, dos veinteañeros, los más jóvenes de la familia. Por un lado, Franny, una universitaria brillante en plena crisis existencial que, en su búsqueda de un nuevo sentido, se acerca a las religiones orientales. Por el otro, Zooey, actor, que tratará de ayudar a su hermana y para ello buceará (mientras se toma un baño) en las grietas del clan Glass. Porque Franny no es la primera en padecer esos problemas, como se irá viendo, aunque quizá aún esté a tiempo de que no le pasen tanta factura como a sus hermanos mayores. Todos los Glass comparten el hecho de haber sido niños precoces que triunfaron en un programa de radio infantil. El talento siguió de su parte, pero en un determinado momento su camino se torció, se volvieron personas desorientadas y abatidas, con una agilidad mental fuera de lo común, eso sí, como Holden Caulfield.
Salinger tiene la habilidad de indagar en los abismos de sus personajes de manera tan sutil que casi parece imperceptible (y siempre, siempre, con mucho sentido del humor). Franny sale a comer con un compañero de clase. Zooey lee una vieja carta de un hermano y luego habla con su madre acerca de Franny. Y ahí está: en los diálogos, en esos personajes que se expresan con voz propia, está todo, el pasado, el presente y el futuro, los logros y los extravíos, las pérdidas y las esperanzas, el lustre y el polvo. No hay que pasar por un trance particular (más allá del episodio de Franny) para remover los traumas enquistados en la familia; salen al conversar, al recordar, al enlazar ideas. Hay, además, un personaje «indirecto» muy importante: el narrador del segundo relato, un hermano que a ratos se difumina como en una tercera persona, pero que, sobre todo al principio, proporciona datos clave para entrar en el microcosmos de los Glass. Un punto de vista no confiable, agudo y juguetón; extraordinario (qué bien se le daba Salinger la primera persona, qué bien elegía su voz narrativa).
El conflicto gira alrededor de la identidad de esos muchachos neoyorquinos que, pese a pertenecer a la clase acomodada y haber tenido acceso a una educación privilegiada, o quizá como consecuencia de ello, se sienten insatisfechos (un poco como Holden Caulfield, aunque esta vez no se trata de la adolescencia, sino de su continuación, la juventud, una etapa en la que los conocimientos se afianzan y la independencia aumenta, pero aún quedan muchas dudas, muchas preguntas). Franny y sus hermanos se caracterizan por una inteligencia desbordante que les pasa factura; cabe cuestionar hasta qué punto los estímulos que recibieron en su infancia les afectaron, pero también otros asuntos controvertidos que han marcado a la familia y que salen a la luz en la novela, como la muerte de un hermano o la situación de la madre. La búsqueda de Franny se enraíza en «el mal de los Glass», por lo que resultan tan iluminadoras las observaciones del narrador del segundo texto y de Zooey. Todo va encajando, lo que parecía anecdótico resulta no serlo tanto. Y nos hace sonreír, que no es poco.
J. D. Salinger
En cualquier caso, por encima de la singularidad de los Glass (sobre los que siguió escribiendo en su último libro, Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción, 1963), lo que Salinger hace de manera espléndida es captar la angustia de los jóvenes cultivados, mentes llenas de conceptos, rápidas, eruditas, excelsas, al descubrir que esa preparación, ese vigor, no basta. No basta para, ¿cómo expresarlo?, vivir en armonía consigo mismos, hallar su modo de estar en el mundo. «Estoy harta de egos, del mío y del de todos los demás. Estoy harta de todos los que quieren llegar a ser alguien, hacer algo que les distinga de los demás, ser interesantes. Es repugnante, eso es lo que es» (p. 35), se lamenta Franny. El ego, el triunfo, la exigencia constante de mantenerse arriba, la dificultad para disfrutar de las «cosas hermosas de verdad» (p. 135). Temas que no caducan y que pocas veces se han planteado con esta incisión. No se puede pasar por alto el retiro del autor pocos años después: sus reflexiones y su interés por la cultura oriental se relacionan con el hastío que él mismo estaba experimentando antes de decidir abandonar la esfera pública. Lo que importa, de todas formas, es la obra (por mucho que haya quien se empeñe en rebuscar en la vida de quienes eligieron apartarse del ruido), y Franny y Zooey camina sola y con un paso tan firme como el primer día.

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