25 octubre 2017

La ciudad y la casa - Natalia Ginzburg



Edición: Lumen, 2017 (trad. Mercedes Corral; pról. Elena Medel)
Páginas: 280
ISBN: 9788426403780
Precio: 21,90 € (e-book: 12,99 €)
1
Me voy, me quedo, te escribo
Esa sigue siendo mi casa y lo será siempre. Uno puede vender o ceder las casas a otras personas, pero sigue conservándolas para siempre en su interior.
Giuseppe, periodista y diletante de mediana edad, eterno aspirante a escritor, se marcha de Roma para instalarse en Estados Unidos junto a su hermano, profesor universitario. No sabe lo que quiere. No sabe lo que busca. En algunos aspectos, sigue siendo un niño sin rumbo, pero aun así se mueve, porque quedarse quieto sería peor. Los que sí se quedan, en Italia, son sus allegados: Lucrezia, su ex, una mujer casada con quien sigue manteniendo una estrecha amistad; Alberico, su hijo, un joven que sin pretenderlo repite los patrones de su padre; Roberta, su hermana, la que no se mueve del hogar, la que está ahí para todos; Egisto, Albina, Serena… todos los amigos. El grupo se reúne en Las Margaritas, la casa de Lucrezia y su marido; este espacio, centro de encuentros, encarna la unión y la estabilidad en contraposición al viaje a la deriva de Giuseppe. Con su partida, inicia una correspondencia con los suyos; y estos, a su vez, entre ellos. En su ausencia, cambiarán mucho las cosas.
Natalia Ginzburg (Palermo, 1916 – Roma, 1991) se desenvuelve de forma magistral en el género de la novela epistolar. Lo demuestra en Querido Miguel (1973) y, de nuevo, en La ciudad y la casa (1984), reeditada este año por Lumen. En ambas, presenta a un elenco que intercambia misivas; es subrayable el hecho de no centrarse solo en una pareja y construir un microcosmos en el que tienen cabida diferentes tipos de relaciones y conflictos personales. Esto último, que tanto engrandece la lectura, dificulta no obstante la tarea de comentarla, porque se condensa tanto en estas páginas que las apreciaciones resultan, por fuerza, más incompletas que de costumbre. La destreza de Ginzburg con el género se relaciona, sin duda, con su estilo despojado de artificios, cercano a la expresión oral, una narración «hablada» eficaz para componer las cartas (informales, cómplices, frescas) que se envían unos amigos. La autora explota las posibilidades de la novela epistolar con unos textos pulcros en los que importa tanto lo que se dice como lo que se omite, así como el tono, los tics, las obsesiones y las pausas. Poco a poco, como quien no quiere la cosa (es difícil desmenuzar una obra de Ginzburg, la artillería está tan bien ensamblada que cuesta discernir cómo lo hace), la historia (o, mejor dicho, las historias) se entretejen con este intercambio de experiencias.

2
Esa familia llamada amistad
De nuestra larga unión ha quedado una gran amistad.
A diferencia de algunas de sus obras más celebradas, como Todos nuestros ayeres (1952), Ginzburg no vertebra la novela en torno a una familia, sino en un grupo de amigos, lo que se suele denominar la «familia elegida», lo que no implica que esta sea perfecta. El hecho de que conformen un grupo permite, además, que no solo se revele lo que cada uno dice de sí mismo, sino lo que piensan los terceros. Y esto es muy interesante: las miradas externas sobre Alberico resultan fundamentales para su padre Giuseppe, así como las opiniones sobre la situación de Lucrezia. Se puede decir que el libro se compone tanto de lo que sucede como de lo que perciben los demás, una mirada caleidoscópica que se asemeja a los intercambios de la vida real, a esa necesidad de comentar, de cotillear. La elección de un grupo de amigos, por otro lado, no excluye la presencia de tensiones familiares, que se abordan como aquello que arrastran los personajes, unos más que otros, y de lo que se desahogan fuera del núcleo doméstico. Es habitual, por ejemplo, que Giuseppe comparta la extrañeza que siente en casa de su hermano con sus amigos de Roma, o que piense en su hijo; o que Lucrezia analice las fisuras de su matrimonio con Piero y su pasado con Giuseppe; o que Albina, esa secundaria de oro, deje entrever su amargura por las cargas familiares.
Giuseppe no será la única pieza que se mueva. La cuadrilla de Italia sufrirá cambios con la entrada en escena de Ignazio Fegiz, al que suelen referirse citando nombre y apellido, lo que recalca su condición de «intruso», de recién llegado con quien aún carecen de confianza. Fegiz (y su compañera, la misteriosa Ippo) reemplaza de algún modo a Giuseppe, uno se va y otro entra, solo que, ya se sabe, cada persona(je) es como es… y algunos no se fían de él. Fegiz revolverá las relaciones de tal manera que aquella unión que representaba la casa de Las Margaritas, el punto de encuentro, perderá fuerza con el avance de los acontecimientos. Giuseppe estará al tanto de lo acontecido, siempre a través de las cartas; una perspectiva parcial, y por lo tanto subjetiva, con la que intenta hacerse una idea de la situación en Roma. Lo mismo les ocurre a los demás con las andanzas del propio Giuseppe: solo saben lo que cuenta él… y lo que leen entre líneas. Se produce una paradoja: Giuseppe se marchó en busca de un cambio; sin embargo, su antaño zona de confort se modifica más que nunca (y de forma trágica) en su ausencia. Como si no se pudiera escapar del dolor. Ni siquiera lo que creemos estable, seguro, lo es de veras («aquí todo se está rompiendo», p. 126).
En las relaciones sobresale la complicidad entre Giuseppe y Lucrezia, que supieron superar el tránsito de amantes a amigos. Grandes amigos: sus cartas son las más extensas, son en las que más se «vacían»; se conocen a la perfección, pero, además, la falta de compromiso les proporciona la libertad que no tienen con una pareja o un familiar. Pueden abrirse con el otro sin temor a ser juzgados. Ginzburg examina un asunto poco habitual: la amistad con un ex, hasta dónde puede llegar, hasta qué punto se palpa la atracción que sintieron. Esta pareja representa dos modos de entender la vida: él, un idealista, en constante búsqueda, perdido, los demás lo suelen comparar con un niño eterno («Después de cierta edad te das cuenta de que o te apoyas en tus propias piernas o no hay nada que hacer. Giuseppe hace mucho que pasó esa edad. Pero tiene esas piernas tan largas y delgadas que lo sostienen tan mal.», p. 94), mientras que Lucrezia está casada (una relación abierta, otro tema insólito) y es madre de familia numerosa. Se supone que ella encarna, como su casa, la firmeza, la sensatez, el orden; con todo, la situación dará un giro de ciento ochenta grados. En el fondo, toda la novela está impregnada de un aire de fragilidad: los adultos, por mucho que aparenten lo contrario, también son inseguros, también necesitan apoyo. Un amigo, un compañero.

3
Mujeres fuertes, libres, imperfectas
Últimamente disfruto de la soledad. No a todo el mundo le hace bien la soledad. A ti no te hace bien porque piensas cosas absurdas. A mí, en cambio, la soledad me gusta y me hace bien.
Elena Medel, que firma unos prólogos espléndidos (en estilo y contenido) para las reediciones de Ginzburg que ha publicado Lumen, hace una observación inteligente: La ciudad y la casa es la novela de la autora en la que las mujeres son más libres. Hay una evolución con respecto a títulos como El camino que va a la ciudad (1942), Y eso fue lo que pasó (1947), Todos nuestros ayeres (1952) o Las palabras de la noche (1961); y no es baladí que La ciudad y la casa (1984) corresponda a la madurez de Ginzburg y a una etapa de transformaciones sociales decisivas (entre los años setenta y ochenta). En sus primeras obras, era recurrente el retrato de la recién casada insatisfecha, de chicas para quien «la vida empieza cuando todavía somos demasiado jóvenes para comprenderla» (Y eso fue lo que pasó, p. 82); una dura crítica a la falta de preparación de las muchachas, que veían el matrimonio como única salida, y esta a su vez no les proporcionaba las emociones que esperaban. Sin embargo, esta otra novela ya no se encuadra en la posguerra, ni en un pueblo remoto del campo: tras la segunda ola del feminismo y la expansión de la píldora anticonceptiva, se abrieron puertas.
Estas mujeres no son necesariamente más felices, pero toman decisiones, vienen y van. Tienen voz; no están anuladas ni por el marido ni por la familia, o si acaso no lo están tanto. La muestra es Serena, paradigma (algo estereotipado) de la «nueva mujer»: cuarenta años, soltera, amantes cuando le apetece, actúa en el teatro (papeles con una orientación feminista, como la ninguneada esposa de Dante o la controvertida Yocasta) y dirige un Centro de la Mujer. Es una mujer segura de sí misma, emancipada y, para más inri, intelectual; habría sido imposible en Todos nuestros ayeres. No deja de ser una secundaria, pero pone de relieve un cambio de era en las oportunidades de las mujeres, y permite contraponer a las otras (más convencionales, al menos en materia conyugal) con ella. Albina, otra secundaria, se parece más a las primeras protagonistas de Ginzburg: más joven, atrapada en sus responsabilidades como hija mayor, dice tener «el enamoramiento fácil, pero la cama difícil» (p. 46). Para ella, el matrimonio sigue siendo la opción para salir del hogar paterno y mejorar su nivel de vida, lo que demuestra que no todas pueden o quieren ser como Serena. Su losa no es el lecho conyugal sino la niñez prolongada de quien no se ha independizado («la conozco desde que era pequeña, pero a mí eso no me gusta demasiado. Siento que tengo el futuro pegado a las suelas de los zapatos», p. 179). Con Albina se plantea una relación de ni contigo ni sin ti con un periodista: no están juntos, pero en los silencios de las cartas se entrevé la alianza que tuvieron. Él presume de sus conquistas mientras que ella se mantiene discreta con sus quehaceres. El lector tiene la sensación de que a ambos les habría ido mejor de otra manera, pero, ya se sabe, la vida no es ese final feliz que todos querríamos.
Por supuesto, Lucrezia, lo más parecido a una protagonista femenina, representa esa liberación pese a ser, en apariencia, lo opuesto a Serena. Para empezar, tiene un matrimonio abierto, su marido ha aceptado sus relaciones y el vínculo entre ambos no se ha roto. Esta relación bien llevada habría sido inconcebible en la posguerra. Es, por si fuera poco, una mujer directa, clara en sus cartas, como si la autora hubiera querido crear un personaje que es esposa y es madre pero, no obstante, no está «sometida» y lleva las riendas de la relación y de su vida. Hay muchas maneras de ser una mujer liberada, y Ginzburg plasma esa pluralidad de caracteres (en su libro A propósito de las mujeres se recoge un discurso en el que rechaza la representación de la mujer, en singular, como víctima o luchadora; en lugar de eso, se propone representar a las mujeres, en plural, reales y diversas,  diferentes entre ellas, y, claro está, imperfectas). Para hablar de mujeres libres, resulta clave referirse el rol de los hombres: «Tú no eres de los que hieren, sino de los que pasan con cuidado de no herir, de no pisotear, de no destruir nada. Eres como yo. Eres de los que perdonan siempre» (p. 140), le dice el marido de Lucrezia a Giuseppe. Los dos han estado con ella y, aun así, no se comportan según el estereotipo de varón dominante. En ellos hay otra apertura. Y en la nueva generación, encabezada por Alberico, lo mismo: más opciones, más libertad.

4
Hola, adiós, hasta siempre
Quizá te suenen extrañas las palabras «si vuelvo». Quizá te suene extraño el condicional. Pero a mí ahora todo me parece incierto, y no sé cómo orientarme en la maraña de mis pensamientos. Deseo volver a Italia y, al mismo tiempo, no lo deseo en absoluto. Deseo con toda mi alma volver a verte, Lucrezia, y al mismo tiempo no lo deseo en absoluto. Me da miedo volver a verte, tener que encontrarme frente a frente contigo. Hemos estado alejados demasiado tiempo y a ti y a mí nos han sucedido demasiadas cosas.
En Ginzburg, desde su debut con El camino que va a la ciudad, han destacado las nociones de casa y camino, a menudo por contraste entre campo y ciudad, pero no exclusivamente. En La ciudad y la casa, hay una ciudad, Roma, y una casa, Las Margaritas, aunque no ocupan el espacio fijo que cabría esperar. La novela empieza con un viaje, el de Giuseppe a Estados Unidos, con la consiguiente venta de su casa. No será el único movimiento de este tipo que se produzca. Eso, el movimiento, la movilidad, es una idea fundamental: nadie está arraigado en un punto firme, invariable (salvo Roberta, quizá, la particular Euriclea de esta historia), ni siquiera los que se creían más estables. Esa incertidumbre con respecto al futuro se ciñe en torno a Giuseppe, un personaje que improvisa sobre la marcha: «No me apetece salir solo, no siento curiosidad por mirar a mi alrededor, no me siento ni un visitante ocasional ni un habitante, sino alguien que no sabe qué ser y dirige a todas partes una mirada indecisa» (p. 79). Sus amigos confían en su regreso, pero él, como Ulises (al que no en vano se cita), se entretiene. Su hijo repite su comportamiento: inclinaciones artísticas, poco proclive a la estabilidad, metido en tensiones políticas, drogas. Nueva generación, «dispersión» heredada.
Natalia Ginzburg
En todo el libro resuena un debate acerca de la conveniencia de vender o no la vivienda. La vivienda no es solo un espacio físico, sino un compendio de aprendizaje y momentos compartidos, un capital simbólico. Unos opinan que no, jamás. Otros la venden sin darle tantas vueltas, y sin embargo la siguen sintiendo como suya aunque otros la ocupen. Se esboza el concepto de la casa como el equipaje vital de cada uno, un equipaje simbólico, compuesto por personas y experiencias, que se conserva en los desplazamientos. La novela está hecha de cartas: papeles sueltos, volátiles, que podrían perderse. No constituyen la experiencia en sí, sino un medio para contarla, para ampliar esa red de confesiones, de intimidad compartida. Para Ginzburg cuenta todo, lo permanente y lo errático. La casa es el léxico, no solo familiar, que inventen entre ellos, juntos y separados. ¿Qué son, en realidad, la casa y la ciudad? El hogar, Roma. Y, a la vez, tantos lugares como quieran. Lo estable y lo móvil. Lo que ellos decidan.
Y esta es una novela extraordinaria. En la ciudad, en la casa, y en cualquier parte.
Citas en cursiva de las páginas 211, 126, 97 y 272-273.

2 comentarios :

  1. Y sigo sin estrenarme con esta autora. A ver si de una vez me animo, que tus reseñas siempre me indican que estoy perdiéndome a una gran autora.
    Besotes!!!

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    1. ¡Ya estás tardando! Además, precisamente las dos novelas epistolares, "Querido Miguel" y esta, son de lo mejor (y muy amenas).

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