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17 mayo 2019

Vozdevieja - Elisa Victoria


Edición: Blackie Books, 2019
Páginas: 256
ISBN: 9788417552138
Precio: 19,00 €

Ella sabe que no he nacido para ser su hija y yo sé que ella no podía sentirse más lejos de estar preparada para ser madre cuando parió. Estamos aquí por casualidad, resistiendo las tentaciones como un favor de la una para la otra. Es muy duro. Mi casa es un escondrijo lleno de fugitivos.*

Vozdevieja (2019), la primera novela de Elisa Victoria (Sevilla, 1985), nos lleva a la España de los años noventa de la mano de Marina, una niña que crece en un barrio obrero del sur. La infancia tiene su vertiente apacible, pero también una suerte de lado «oscuro», unos tabús aparentes que la pequeña radiografía con una mirada fresca y espontánea. Este es el gran logro de la autora: la voz narrativa, el punto de vista de una muchacha curiosa, que llama a las cosas por su nombre y a la vez conserva la candidez de la edad para narrar la imperfección de la vida doméstica sin tapujos: habla de cómo acompaña a la abuela al baño, de la madre que duerme en bragas, de los juegos en los que las muñecas se restriegan, de las revistas para adultos que hojea a escondidas. Desmitifica la idea de una infancia «blanca» o decorosa, introduce lo impúdico en la cotidianeidad y aborda la curiosidad por el sexo, las mentiras de los niños o la violencia entre ellos. Marina tiene una cualidad: la picardía. Y Elisa Victoria aúna todo eso en una narración fluida, personal. El título está muy bien escogido, además.
La familia de Marina, como tantas, tiene sus disfuncionalidades: la niña pasa mucho tiempo con su abuela; la madre la tuvo cuando aún no estaba preparada; el padre se halla ausente; el novio de la madre lo reemplaza en cierta medida. En la perspectiva de Marina se entrevén la enfermedad y la muerte, integradas en el día a día; no vive al margen de los problemas de los adultos. Con todo, dista mucho de autocompadecerse o hurgar en los asuntos espinosos; el acierto del punto de vista reside en tratar estas cuestiones como una parte más de la rutina, las «normaliza» en lugar de centrarse tan solo en lo traumático, conviven con las historias más livianas del colegio o los amigos. La autora concentra las esferas que componen la infancia, de lo trivial a lo profundo, de lo anecdótico a lo permanente, por lo que adopta un tono un tanto tragicómico. Tiene también una dimensión social que trasciende la individualidad de Marina, ya que a través de ella retrata las costumbres de esa sociedad humilde y castiza. Para la promoción del libro, la editorial ha contado con el aval de Elvira Lindo; un acierto, ya que a ella se la relaciona asimismo (al menos, en sus primeras obras) con esta aproximación a la niñez desde un enfoque entre tierno y ocurrente, que logra la complicidad de los lectores gracias a su naturalidad y sentido del humor.
Lo mejor de Vozdevieja es el descubrimiento de una nueva voz, valga la redundancia, con un estilo cuidado y una sensibilidad singular hacia esa fuente inagotable de literatura que es la infancia. No es poco, desde luego. Entre sus puntos débiles, la sensación de no saber hacia dónde va, junto con la falta de tensión. Por «tensión» no se trata de narrar una «intriga», darle un «ritmo vertiginoso» o «giros argumentales», sino el simple hecho (y no obstante tan difícil) de mantener la cuerda tensada, sin dispersarse, aunque se narre algo tan íntimo como la pérdida de la inocencia de una niña o los altibajos familiares. Este libro tiene el hándicap de parecer más una «crónica de la infancia» que una «novela» como tal. Tiende a divagar, a recrearse más de lo necesario en las digresiones, a detenerse en la anécdota. Las páginas están escritas con primor, eso sí, pero en ocasiones resulta preferible depurar el estilo hasta que quede lo esencial para que la ficción funcione, es decir, para que subyugue al lector.
Elisa Victoria
En relación con esta crítica, algunos lectores han valorado de forma positiva que les suscite nostalgia por su niñez. Sin embargo, precisamente el exceso de referencias a la cultura popular de los años noventa, por simpáticas que resulten, lastra la narración. Hay que preguntarse si se aspira a escribir un texto testimonial o –esa palabra tan de moda– generacional (y, entonces sí, podría ser pertinente comentar la gracia que tiene Carmen Sevilla presentando el Telecupón, lo rico que está el Bollycao de la merienda o lo contenta que la abuela fue a votar a Felipe González), o bien se aspira a hacer literatura de mayor envergadura. En este último caso, las referencias tienen que integrarse en el relato, tienen que aportar, tener un sentido, y no ser un mero guiño a los lectores de su quinta. La literatura debe tener la capacidad de interpelar al lector con independencia de su edad, su origen o la época que le ha tocado vivir. El fondo debe prevalecer siempre sobre la anécdota, y en esto es donde Vozdevieja se tambalea. Aun así, no está nada mal como debut, y seguro que la autora tiene por delante una gran carrera.
*Cita de la página 42.

12 abril 2019

Rialto, 11 - Belén Rubiano


Edición: Libros del Asteroide, 2019
Páginas: 240
ISBN: 9788417007751
Precio: 17,95 € (e-book: 9,99 €)

En la última década se han publicado muchos libros sobre librerías: novelas, como las de Penelope Fitzgerald y Marian Izaguirre; memorias, como las de Petra Hartlieb y, ahora, Belén Rubiano. Esta sevillana nacida en 1970 regentó una pequeña librería en su ciudad, en la conocida como plaza del Rialto, hasta 2002. El hecho de que tuviera que cerrarla ya advierte que esta no es una historia con final feliz, ni un canto ingenuo al amor por la lectura y demás tonterías que se suelen decir. Tampoco se trata, no obstante, de una remembranza escrita desde el lamento. En Rialto, 11, su primer libro, la autora comparte sus recuerdos con gracia y desparpajo, que dan como resultado un texto rebosante de honradez, tan interesante por su valor testimonial como por (no menos importante) la persona que junta las letras.
Antes de montar su negocio, Belén trabajó en una librería. Por aquel entonces tenía veinte años, ya estaba casada y había dejado los estudios. La contrató una «señora de Burgos» déspota y muy suya, a quien tuvo que convencer porque de entrada solo empleaba a hombres licenciados. Ahí aprendió el oficio, vendiendo Los pilares de la tierra a mansalva, aguantando los arrebatos de la jefa y permitiéndose alguna que otra libertad a escondidas. Más adelante, después de ser madre, puso en marcha su propia librería junto a su marido; pero al cabo de un año, tras el divorcio, se encargó ella sola. Una librería más exquisita que la de la señora de Burgos, ubicada en un local que hacía esquina, minúsculo pero elegante, frecuentado por lectores que el tiempo convirtió en amigos y por algún que otro cliente extravagante.
La autora encuentra el equilibrio entre las anécdotas, o victorias cotidianas –la recomendación de Jane Austen a una trabajadora aficionada al género romántico, los lectores curiosos, la pizarra, su incursión en la radio y la prensa como prescriptora, las entrevistas por teléfono a escritoras como Marina Mayoral o Rosa Regàs, el evento con Enrique Vila-Matas–, y las reflexiones, con autocrítica pero sin autocompasión, sobre las decisiones poco acertadas, que analiza con perspectiva. Porque, y esto es fundamental, ella no culpa al mundo del cierre de la librería. No escribe desde la posición de una víctima, sino que se toma las cosas con filosofía. Podría argüir su situación de mujer empresaria y madre divorciada, podría quejarse por los abusos del mercado o por el desinterés general por la lectura, pero no lo hace. Al mal tiempo, buena cara. Integridad, tesón, inteligencia, humor; con estas palabras la definiría.
Belén estableció su tienda en una época en la que las librerías se dedicaban a vender libros y aún no se habían reciclado en una parte activa de la agenda cultural de la ciudad como en los últimos años. Además, Sevilla no concentraba un círculo literario como Madrid o Barcelona. El carácter «local» da mucho valor a estas memorias, ya que retrotrae a un ambiente extinguido, los años noventa, la sociedad anterior a las redes, con otras tendencias, otros novelistas en boga. Hasta el estilo está impregnado de ese sur castizo, con su gracejo, su personalísima forma de hilar las frases, que resulta refrescante en un momento en el que la narrativa española, seguramente por influencia de las traducciones, parece tender a unificarse, a perder su riqueza. Belén Rubiano sabe escribir y, si quiere, no será «solo» la autora de este libro.
Belén Rubiano
Dicen que lo poco gusta y lo mucho cansa. Tal vez esta obra llega cuando algunos lectores ya se han cansado (no sin razón) de leer sobre el tema. A ellos les diría que esta no es la típica celebración de las librerías, que no se deshace en elogios al oficio ni pretende subir el ego de quienes las visitan; almíbar, aquí, el justo. Encontrarán, en cambio, a una voz cómplice e irónica, que se ríe de sí misma con tanta cercanía que estas páginas suenan casi como una charla. Encontrarán, también, el aire de esa Sevilla noventera, lejana pero no tanto. Y muchos nombres de escritores españoles que han tomado caminos divergentes. Un tiempo para la memoria. Bien está.

11 abril 2018

La escala de los mapas - Belén Gopegui


Edición: Literatura Random House, 2018
Páginas: 208
ISBN: 9788439734109
Precio: 14,90 € (e-book: 3,99 € / bolsillo: 9,95 €)
Si pudieras oír el hilo de mi mente, la senda que como un camino se despliega, si yo te dijera esto y lo otro, lo contradictorio y lo indefinido, dos, tres, cien veces, entonces, hermosa dama, nada sucedería. Porque el hombre es un ser con dificultades para la comunicación, muere con su película de sensaciones detrás de la frente, y cómo va a incorporar su corta cinta, sobre su sino nada duradero, una película ajena. Le haría falta otra vida, un carrete nuevo, un largo soporte donde poner cada una de las cosas que el otro conoció, sus adornos, sus falsificaciones. Quererse no puede ser fundirse entonces; quererse no suele ser más que una desorganización organizada, Brezo, coincidencias.
Belén Gopegui (Madrid, 1963) se dio a conocer en 1993 con La escala de los mapas, una novela editada por Anagrama que le valió el reconocimiento de algunos grandes escritores y recibió varios premios. Con motivo del 25º aniversario de aquel debut, Literatura Random House, su editorial desde hace años, publica una edición especial en tapa dura, que incluye un nuevo epílogo de la autora. Leída en la actualidad, La escala de los mapas parece como mínimo una ópera prima ardua y nada complaciente: está concebida como la carta de amor de Sergio Prim, geógrafo, a Brezo Varela, una compañera que fue su amor platónico en su momento y con quien por primera vez tiene la oportunidad de ir más allá. Esto, que debería ser motivo de alegría, se torna, para él, en angustia. Porque cuando el sueño puede hacerse real surge el miedo. Y él, Sergio Prim, es un hombre introvertido, inseguro, con dificultades para comunicarse.
Lo que hace de La escala de los mapas una obra ambiciosa y singular no es (o no solo es) la historia de Sergio Prim y Brezo Varela, es decir, la historia de un amor imposible, de una búsqueda interior; tampoco son ellos como personajes lo sobresaliente, si bien el primero se revela como un narrador no confiable original y logrado. Lo que distingue a Gopegui está, por encima de todo, en su concepción del hecho literario, innovadora en el marco de la narrativa española de los años noventa, una tradición que siempre se ha mostrado más afín al realismo y el costumbrismo. Esta novela tiene una voluntad experimental, rompedora, arriesgada, con una estructura compleja y un estilo denso, concienzudo, digresivo, poético, alejado del tono castizo; es la novela de una autora intelectual que no hace concesiones. Su voz puede definirse como «racional», rica en vocabulario técnico, acorde con la profesión del narrador, que utiliza el léxico específico para esbozar metáforas sobre sus sentimientos: «Siempre me ha complacido estudiar los accidentes geográficos de las personas, sorprender la postura de sus manos en descuido, su perfil pensativo y rumoroso, o su bigote negro, su tragedia oscura» (p. 100). Este uso del lenguaje, esta inventiva, resulta novedoso incluso en este siglo XXI, cuando abundan más los novelistas de perfil erudito. Aunque en ocasiones su densidad pueda caer en una espesura excesiva, es loable que ya en su debut demostrara una personalidad literaria tan definida, tan potente.
Belén Gopegui
El narrador, con una primera persona traviesa, que a veces se mira desde fuera, haciendo giros desconcertantes, indaga de forma recurrente en la noción de «hueco», ese espacio simbólico al que escapar, por el que querría escurrirse. Esta es una novela sobre la huida, la incapacidad de afrontar una situación, incluso aunque esta le resultara, en principio, favorable a sus intereses. En este sentido, constituye un tratamiento poco frecuente del sentimiento amoroso: el monólogo de un personaje inquieto, perturbado, que, lejos de disfrutar, se encierra en sí mismo, da vueltas y vueltas en su cabeza, sin atreverse a vivir. Puede considerarse una novela sobre la vida interior (con todo lo que esta comprende: sueños, dudas, imaginaciones, temores, invenciones) más que de acciones; de ahí ese estilo ramificado por los entresijos de la mente del protagonista. Gopegui es sin duda una escritora exigente, «difícil». La escala de los mapas pide una lectura pausada, atenta; la extensión breve de los capítulos no implica aquí rapidez. Y, aun así, se termina con la sensación de no haber entendido del todo, de que hubo matices que se escaparon. No importa: esto también es literatura.
Cita inicial de la página 155.

27 marzo 2018

Pequeño país - Gaël Faye

Edición: Salamandra, 2018 (trad. José Manuel Fajardo)
Páginas: 224
ISBN: 9788498388350
Precio: 18,00 € (e-book: 11,99 €)

La primera novela del cantante y compositor Gaël Faye (Buyumbura, Burundi, 1982), Pequeño país (2016), que ha vendido más de 700.000 ejemplares en Francia y ha recibido el Premio Goncourt des Lycéens, toma como marco el universo de su infancia. Es habitual que un escritor novel se inspire en sus recuerdos para construir su ópera prima; lo que no resulta tan habitual (al menos, para un lector de Occidente) son las circunstancias en las que se desarrolló la niñez de este autor en concreto: en 1995 huyó a Francia junto a su familia como consecuencia de la guerra civil burundesa y el genocidio del estado vecino, Ruanda. El protagonista del libro, llamado Gaby, es, como Gaël Faye, hijo de padre francés y madre ruandesa, establecidos en la capital de ese «pequeño país», Burundi. Nos habla él en primera persona, con la perspectiva de un hombre adulto que mira hacia atrás porque esa infancia rota aún le duele. Decide viajar a su tierra natal, para ajustar cuentas con el pasado, y de este modo reconstruye los acontecimientos que precipitaron su huida y supusieron su pérdida de la inocencia.
Gaël Faye muestra cómo la «normalidad» en la vida de un niño de diez años se resquebraja sin que tenga tiempo de asumir lo que está ocurriendo. En un principio, Gaby lleva una existencia tranquila, junto a sus padres (más adelante divorciados), su hermana pequeña y su pandilla. Tanto él como sus amigos pertenecen a la población privilegiada de la ciudad: son mestizos, hijos de padre europeo y madre autóctona, o bien negros, hijos de un autóctono bien situado. Están occidentalizados, en general, aunque por parte de la familia materna les llegan los restos de un sistema de creencias mítico que se resiste a desaparecer por completo. El conflicto étnico entre tutsis y hutus, difícil de entender para el niño, parece lejano, correspondiente a los adultos que vivieron una guerra, no a un muchacho que va al colegio y presume de bicicleta; sin embargo, a medida que se acrecienta la tensión en Ruanda (y se extiende a Burundi), la violencia se instala, a su manera, en el día a día de los pequeños.
La incertidumbre tras el golpe de Estado, la preocupación por los familiares que residen en Ruanda, la radicalización de los jóvenes, el aumento de la rabia entre compañeros de colegio; estos indicios de una guerra inminente van invadiendo la cotidianeidad del protagonista, que observa la realidad con ojos de niño mimado que, sumergido en los libros (por aquel entonces se convierten en un refugio con el que evadirse, aunque la «evasión» no tiene, por fuerza, connotaciones positivas; significa asimismo encerrarse, retrasar el momento de afrontar unos hechos que lo aterrorizan), se resiste a aceptar que su infancia ha terminado de forma brusca, que la época de la ingenuidad se acabó para siempre, que ya no puede hacer oídos sordos a lo que está pasando fuera de su hogar. El personaje de Gaby no está concebido como un héroe juvenil que lidia con la adversidad, ni como un niño particularmente prodigioso; tan solo es un muchacho, un muchacho como tantos otros, que tiene miedo. Violencia y miedo: palabras clave de este libro. Nada mejor que una mirada infantil limpia para captar esos cambios sutiles.
El rico elenco que lo acompaña (de la familia a los amigos, pasando por los sirvientes) permite ir más allá de la individualidad de Gaby y esboza una radiografía de la sociedad burundesa en los años noventa, con sus tensiones étnicas, pero también de clase. Este es otro punto destacable: pese a formar parte del círculo acomodado, el narrador no limita la novela a su esfera, sino que presta atención a las desigualdades que sufren los hombres que trabajan en su hogar y los niños pobres. La pandilla de amigos le da mucho juego, por los distintos perfiles de sus integrantes y sus rivalidades con otras bandas; las travesuras de unos chiquillos proporcionan mucha información sobre las jerarquías. Por otro lado, la correspondencia con una niña francesa (uno de esos ejercicios de intercambio promovidos por las escuelas) pone en evidencia, una vez más, la ignorancia de los occidentales con respecto a los países africanos. En una ocasión, ella le pregunta si han recibido los alimentos que donaron; en el imaginario colectivo de Occidente, durante mucho tiempo se ha propagado la imagen de una África llena exclusivamente de niños pobres y desnutridos. En la práctica, Gaby no está tan lejos de los muchachos franceses de su edad: juega, lee, estudia, se enamora. Hasta que llega la guerra; en eso sí se encuentra lejos, muy lejos.

Gaël Faye
No es de extrañar que Pequeño país ganara el Goncourt des Lycéens, cuyo jurado está integrado por adolescentes de entre quince y dieciocho años (y que en otras ediciones ha premiado a autores como Delphine de Vigan, Mathias Énard o Philippe Claudel; en fin, nada de condescendencia): además de un punto de vista con el que se pueden identificar, plantea los temas (genocidio, conflicto étnico, tensión social) con claridad, de tal manera que incluso resulta «didáctico». ¿Cómo? Con la poderosa verdad literaria de una historia bien narrada. Sin alardes ni experimentos; un estilo sencillo, cálido y preciso, con suaves toques poéticos. Gaël Faye se revela como un excelente narrador, que, a través de la mirada de un niño (un niño que se adentra en el mundo de los adultos sin entenderlo todo, que escucha detrás de las puertas, que piensa como un niño pero se da de bruces con una guerra que va muy en serio y lo arrasa todo), evoca un periodo convulso de la Historia reciente. Quizá flaquea en las últimas páginas, acerca del retorno, que podría haber desarrollado más. En cualquier caso, solo se trata de una minucia que no desluce el conjunto: Gaël Faye ha escrito una novela preciosa.

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