08 abril 2018

Infancia - Maksim Gorki


Edición: Automática, 2012 (trad. Enrique Moya Carrión)
Páginas: 304
ISBN: 9788415509004
Precio: 22,00 €

Maksim Gorki, seudónimo de Alekséi Maksímovich Péshkov (1868-1936), fue uno de los grandes novelistas rusos, exponente del realismo socialista y propuesto en cinco ocasiones al Premio Nobel de Literatura. Se le conoce sobre todo por títulos como Los bajos fondos (1902) o La madre (1907), que más tarde se convirtieron en referentes de la narrativa promovida por la Unión Soviética; pero en su vasta producción destaca asimismo su trilogía autobiográfica, escrita en su madurez, ya plenamente consolidado. Se compone de Infancia (1913-14), Por el mundo (1915-16) y Mis universidades (1923), los tres publicados por la editorial Automática con traducción de Enrique Moya Carrión. El primero, para muchos una obra maestra, recorre los escenarios de su niñez, en una aldea del Imperio ruso, un mundo que para cuando emprendió el proyecto de novelar sus memorias ya había quedado atrás. Resulta curioso que, en un momento crucial de la historia de su país, con la agitación previa a la Revolución rusa y la clase obrera cada vez más politizada, a Gorki le diera por acordarse de su infancia, una infancia dura en más de un sentido, de la que sin embargo escribe con cariño hacia quienes la poblaron. Estas son mis raíces y esto es lo que soy, parece decirnos.
En la infancia me imagino a mí mismo como una colmena en la que diferentes personas, personas sencillas, grises algunas, fueron depositando, al igual que hacen las abejas, la miel de sus conocimientos y concepciones de la vida, enriqueciendo generosamente mi alma cada uno con lo que podía. A menudo esta miel era sucia y amarga pero, pese a ello, todo conocimiento debe ser considerado como miel.
La muerte del padre: ese es el primer recuerdo del pequeño Alekséi, el narrador de esta historia. No solo supone una pérdida afectiva: también implica una pérdida del modelo en el que el niño se fija a lo largo de su desarrollo. A partir de aquí, tendrá que buscar otros espejos en los que mirarse, en los personajes más variopintos que se cruzan por su camino. La madre, tras quedarse viuda, deja al niño con los abuelos, un matrimonio empobrecido. La abuela, uno de los personajes más memorables del libro, es una mujer atenta y afable, que soporta el dolor en silencio (tiene la naturaleza curtida de las gentes del campo, está acostumbrada a contenerse, a ser el pilar que mantiene a la familia en pie) y le cuenta relatos del folclore ruso, la fascinante tradición oral transmitida de generación en generación. El abuelo, por su parte, vive resentido desde que perdió sus posesiones, no asimila su condición humilde y reacciona con agresividad hacia sus allegados, aunque aun así en ocasiones tiene gestos de ternura hacia el muchacho. La madre se ausenta durante años; cuando regresa, junto a otro hombre, dispuesta a empezar de nuevo, las cosas no son fáciles para Alekséi.
Mucho tiempo después comprendí que a las personas rusas, a causa de la miseria y la pobreza en que se desarrolla su vida, la desgracia les sirve de entretenimiento, la toman como un juego, igual que si fuesen niños, y rara vez se avergüenzan de ser infelices. 
En las infinitas jornadas de trabajo, una desgracia es una fiesta y un incendio, una distracción; sobre sus rostros vacuos un arañazo es un adorno…
El protagonista crece en un entorno rural marcado por la pobreza y la degradación. Es testigo desde temprana edad de la violencia en el hogar (del abuelo a la abuela y a sus hijos, de sus tíos entre ellos, de amos a siervos, etcétera). Él también recibe el azote en más de una ocasión. La reacción del niño ante los arrebatos del anciano evoluciona con el paso del tiempo, pasa de la resignación a no poder consentir más las agresiones a su abuela. El punto de vista de Alekséi, una mirada limpia que poco a poco pierde su inocencia, desnuda sin hacer ruido los tabús de la Rusia zarista, los secretos turbios de una familia, aquello que todos saben y todos callan, porque se han habituado a ello y hacen falta los ojos no contaminados de un niño para detectar la patología latente en la institución familiar y en la jerarquía social. Él mismo, como muchacho huérfano, adopta la identidad de un individuo marginado, y tal vez eso acentúa su empatía por los desarraigados, los pícaros, los que también están heridos por la vida.
Fue por aquel tiempo cuando, como si me hubiesen desollado el corazón, comenzó a desarrollarse en mí una solícita preocupación por el género humano, la cual habría de mostrarse especialmente sensible ante toda clase de vejación y dolor, propio y ajeno.
En relación con esto último, otro aspecto importante de Infancia son los personajes pintorescos que se cruzan con Alekséi y le influyen como lo haría un mentor (hay un fragmento precioso en el que el narrador se compara con una colmena y a los demás, con las abejas que le dejan su esencia, su fruto; una metáfora bellísima de cómo una persona construye su identidad como una esponja, absorbiendo las influencias ajenas, dispares y no siempre ejemplares, de quienes la rodean). El joven mozo que le ayuda a evitar palizas, sus peculiares tíos, algún hombre errabundo de dudosa reputación... Muchos no son bien recibidos por sus abuelos, pero de todos aprende algo. El propio Gorki, en su juventud, recorrió el país y se mezcló con todo tipo de gente, desempeñó muchos trabajos sin que se le cayeran los anillos. Esta obra, al tener la perspectiva de un autor maduro que recuerda su pasado, bebe de esa experiencia, ese conocimiento de la vida: que lo importante casi nunca se aprende en la escuela, sino en el contacto con la realidad, con lo mejor y lo peor del ser humano, sin prejuicios.
Al evocar estas enojosas abominaciones de la salvaje vida rusa, por momentos me pregunto: ¿de verdad vale la pena hablar de esto? Y, con renovado convencimiento, me respondo: vale la pena. Pues es la pura verdad y, por vil que sea, no ha llegado a desaparecer ni en nuestros días. Es una verdad de la que es necesario conocer sus raíces para lograr arrancarlas de nuestra memoria, del alma humana, de toda nuestra vida, pesada y vergonzosa. 
Y existe otra razón más positiva que me impele a presentar estas abominaciones. Aunque son asquerosas, aunque nos oprimen, aplastando a multitud de almas hermosas hasta asfixiarlas, el hombre ruso, no obstante, es aún lo suficientemente sano y joven de espíritu como para superarlas y, de hecho, las superará.
Maksim Gorki
Gorki no lamenta las carencias ni celebra su universo infantil con la nostalgia del adulto; se limita a aceptar su existencia tal como fue, sin quejarse, sin recrearse en la tortura, intentando vislumbrar (y lográndolo) atisbos de esperanza hasta en las circunstancias más dramáticas, pero sin edulcorarlos. Infancia, en suma, es una reconstrucción hermosa de la niñez. Hermosa porque, aun con las dificultades, o quizá gracias a ellas, el autor utiliza sus recuerdos para construir un libro inspirador, de aprendizaje, de un niño que descubre el mundo a hurtadillas, un niño que no lo entiende todo pero atiende sin perder detalle. Gorki lo hace bonito por su estilo sencillo, cercano a la oralidad, que mantiene la viveza de esa Rusia de antaño. A propósito, la novela también indaga en el comienzo de su vocación: su descubrimiento de la lectura y (no menos relevante) los relatos de la abuela, los poemas transmitidos boca a boca; todo son historias, todo es literatura. El sustrato de la oralidad resulta fundamental en la obra de Gorki, un escritor de estirpe realista que aquí deslumbra por su mirada lúcida y sus extraordinarias dotes para la narración.
Fragmentos en cursiva de las páginas 164, 217, 42 y 276.

07 abril 2018

Vértigo - Joanna Walsh


Edición: Periférica, 2018 (trad. Vanesa García Cazorla)
Páginas: 128
ISBN: 9788416291632
Precio: 15,00 €

La escritora y crítica británica Joanna Walsh se ha hecho un nombre entre los autores contemporáneos por la calidad de sus cuentos, y al leer Vértigo (2015), su primer libro publicado en castellano, resulta fácil entender por qué. Joanna Walsh es una estilista exigente, una artesana de las palabras y la forma, un poco a la manera de Clarice Lispector. No merece la pena detenerse a explicar «de qué van» sus relatos, porque, más que «narraciones», son «impresiones», algunas de ellas muy breves, como quien captura un instante con la cámara. Es el tipo de ficción que sería difícil adaptar al medio audiovisual, pues toda su fuerza está en el estilo, sus sutilezas, sus dualidades y sus juegos con el lenguaje, sus piruetas, sus píldoras de genialidad. No hay frase que no esconda un pequeño gran hallazgo; escribe desde una perspectiva «analítica» de la realidad, pero en su caso la inteligencia no está reñida con la creatividad y el arte. Y, aun trabajando mucho su material, no suena relamida ni artificiosa; sabe encontrar el punto justo para que el relato fluya, sin excesos. Mención, también, para la traductora, Vanesa García Cazorla: quienes la lean comprenderán la dificultad de su trabajo.
¿Cómo no se me ocurrió vestirme así? Siempre era demasiado joven. Ahora soy demasiado vieja.
[…]
Para otra gente, quizás, sigo teniendo un aspecto fresco: para esa gente que aún no ha visto este vestido, estos zapatos. Pero, para mí, para ti, ya no puedo representar el glamour de la primera mirada. Aparecer por primera vez es magnífico. («Fin de collection», pp. 11-12)
Los cuentos están narrados con mirada «femenina», y no (solo) porque los haya escrito una mujer y sus protagonistas sean mujeres: mujeres que se están separando de su marido, mujeres madres de niños pequeños, mujeres que tienen una hija adolescente, mujeres que compran ropa y se van de viaje y son conscientes de las transformaciones de su cuerpo. Aunque los relatos sean independientes entre sí, sus personajes podrían ser la misma persona, por la recurrencia de los temas y la inconfundible sensibilidad de la autora. La mirada «femenina» se debe a su especificidad, su atención por detalles en los que, por tradición y por cultura, una mujer repara de un modo particular, como el simbolismo de los colores de las prendas de vestir o una determinada percepción de la corporeidad. Por ejemplo, cuesta imaginar en boca (palabras) de un hombre oraciones como «Un amigo me aconsejó que me comprara un vestido rojo en París porque estoy dejando a mi marido» («Fin de collection», p. 9) o «Mi hija ha hecho su primer sacrificio por la moda. Se ha comprado una minifalda rosa con encajes que no le sienta bien y para la cual no existe ni momento ni ocasión oportunos. Cuando se la pone, deja de estar guapa. Cuando se la quita, ahí está, guapa de nuevo.» («Vértigo», p. 23).
Quizás en algún momento llegaste a pensar que podríamos haber inventado, para esta nueva generación, la novedad que se merecía. Pero estábamos agotadas.
Quizás en algún momento pensaras que podríamos haberlo hecho, pero éramos demasiado pobres. («Madres jóvenes», p. 41)
Algunos títulos evocan sensaciones de desasosiego, como «Claustrofobia», «Ahogo» o el propio «Vértigo». No es casualidad: Joanna Walsh capta esos momentos de ruptura, una ruptura íntima e imperceptible a ojos de los demás, que experimenta una mujer en situaciones cotidianas. No habla de tragedias ni de intrigas ni de trastornos mentales, sino de esos minutos de ansiedad, de angustia, en los que por un segundo parece estar al borde de perder el control, hasta que las cosas se ponen en orden. Y es difícil y poco habitual hacer narrativa de esto, de un estómago que se encoge y una respiración que se agita (ella nunca lo expresaría con estos tópicos). Otro rasgo característico son las alusiones a París y la cultura francesa (moda, literatura), que la autora conoce muy bien: «La belleza: lo costoso que es su mantenimiento, eso es lo que dijo Balzac, no la inversión inicial» («Fin de collection», p. 11). No es una escritora británica al uso, por lo tanto, aunque comparte con algunas de sus coetáneas (Ali Smith, Jeanette Winterson, Rachel Cusk) su originalidad formal, su precisión, su pulcritud y su delicadeza.
A pesar de todo, somos buena gente que a duras penas puede vivir en este mundo, que sigue adelante casi exclusivamente a nuestra costa. Lo mejor es seguir moviendo los brazos y las piernas, y observar las olas, que casi parecen moverse hacia adelante. De este modo, la desesperación rápidamente se muda en felicidad, y de vuelta a la desesperación una vez más. Y si llegas hasta la playa, vuelve a atravesarla como si todo fuera bien, ve hacia tu familia, a la que no le gustaría ver el abismo que acabas de atravesar a nado. («Ahogo», p. 123)
Joanna Walsh
Joanna Walsh es una de las autoras que mejor han captado la «experiencia femenina» en todas sus facetas y complejidad, en el sentido de que condensa grandes inquietudes vitales (como la inseguridad de una madre primeriza) con cuestiones en apariencia frívolas, pero que repercuten, y mucho, en la identidad de una mujer, como la ropa que elige en función de su estado de ánimo o los cambios en su cuerpo. No se limita a escribir sobre ello, sino que lo eleva a gran literatura, con una capacidad inventiva y una finura extraordinarias. Cada frase está llena de capas, siempre va más allá del significado evidente. Una observación como «Nos vemos de cuando en cuando para ver cuánto ha envejecido la otra: eso es la familia. Sigo tratando de ponerme a vuestra altura, pero vosotras mantenéis la distancia: así son los años.» («Claustrofobia», p. 69) contiene la tensión latente del encuentro familiar y el paso del tiempo. Su agudeza y su hondura son un descubrimiento. Aún es pronto para hablar de los libros del año, pero este lo será.


06 abril 2018

En un café - Mary Lavin


Edición: Errata naturae, 2018 (trad. Regina López Muñoz)
Páginas: 424
ISBN: 9788416544677
Precio: 22,00 €

Mary Lavin (East Walpole, Massachusetts, 1912-Dublín, 1996) fue una de las escritoras irlandesas más importantes del siglo XX y, como tantas, una gran olvidada. Cultivó la novela y el cuento, pero fue en este último género donde sobresalió especialmente. En un café, su primer libro publicado en España ­­­­­­–con una traducción excelente de Regina López Muñoz–, reúne algunos de los mejores: literatura costumbrista en su máximo esplendor, escenas cotidianas en las que, a la manera de una Alice Munro o una Edna O’Brien, condensa muchas grietas en poco espacio. El matrimonio, la maternidad, la familia, la emigración, el campo. Estampas de la Irlanda de mediados del siglo XX, con sus tabús (el suicidio, las enfermedades mentales, las relaciones entre clases sociales diferentes). Hay algún relato un tanto diferente, de ambiente más cosmopolita. Todos, en cualquier caso, constituyen piezas espléndidas, un gran despliegue narrativo, como pequeñas novelas. El estilo esmerado y sutil de Mary Lavin, con abundante diálogo y vocación intimista, se apoya en los silencios, la contención; no da nada masticado. Es la voz de una narradora consumada, que eleva los localismos de su tierra a una dimensión universal, que nos atañe a todos como solo la buena literatura consigue.
En general, Mary Lavin esboza las costumbres de la Irlanda rural, con énfasis en esos instantes en los que se atisba un rompimiento, una fractura minúscula por la que se cuelan las emociones reprimidas. «En medio de los campos», el primer relato, narra el encuentro entre una mujer que acaba de perder a su marido y un hombre que, como ella, enviudó años atrás, pero rehízo su vida con otra persona: «Muchas veces me he preguntado qué habría sido de mí si no llega a ser por ella. Hay hombres que, cuando se les cierra el camino de la luz, no saben qué hacer y se meten en el de la oscuridad. Y yo era esa clase de hombre» (p. 28). Unidos por la pérdida, conversan largo rato y él invade su espacio privado de forma inesperada. En «Las vigas», el accidente laboral de un obrero permite contraponer el mundo rural con la ciudad. Mientras las enfermeras celebran que el hombre, al estar herido, podrá volver al campo, al hogar, él mira por la ventana, compungido, porque añorará la vida urbana (el traslado del campo a la ciudad como progreso) incluso a pesar de lo ocurrido.
La relación entre madre e hija es un tema recurrente. En «Un parecido familiar», tres generaciones de mujeres de una familia pasean, y en esta rutina anodina se vislumbra la tensión. A la vez, se observa cómo los patrones de comportamiento se repiten de generación en generación; el apego y la repulsión maternofiliales trascienden cualquier época. En «Una taza de té», una madre orgullosa recibe en casa a su hija, que vuelve de la universidad. En un gesto tan básico como compartir una taza de té se respira la incomprensión entre ambas, que representan mundos distintos: la madre, una señora tradicional, desdichada en su matrimonio, de vuelta de todo, frente a la joven que encarna a la nueva mujer, emancipada y libre («E intentó sentir pena por su madre, allí sola por las noches, con toda la amargura de sus alocados sueños sin cumplir.», p. 133). En «El testamento», por otro lado, unos hermanos se reúnen tras la muerte de la madre. Se da una paradoja: la hija desheredada, que no llegó a tiempo de despedirse, es además la más pobre, la que simboliza la decadencia, y, también, la más parecida a su progenitora: el mismo carácter terco que tuvo la madre para desheredarla lo tiene la hija para rechazar la compasión de los demás. En relatos como este se pone de relieve el ojo clínico de Mary Lavin para captar la naturaleza de la gente humilde, arraigada al pueblo, curtida, desconfiada e íntegra hasta en las peores circunstancias.
Dos hermanas protagonizan «Un alma mansa», que aborda las relaciones de poder en una familia de propietarios con un amor prohibido de por medio. La narradora, dócil y tímida, carga con los remordimientos por una traición que cometió por la hermana, pérfida y manipuladora: «Ése fue siempre mi gran defecto, no plantarle cara a nadie, pero sólo aquel día comprendí que se trataba de un defecto. Antes lo tomaba por una virtud. Antes me sentía orgullosa de lo que consideraba mi naturaleza mansa. Antes pensaba que la gente me admiraba por ello, sobre todo cuando sabían que Agatha era tan severa», p. 149). También hay hermanas en «Guantes de gamuza», sobre una novicia que nunca había dudado de su vocación hasta que recibe la visita de su familia; en particular, de su hermana, a quien estuvo muy unida. La novicia toma conciencia de que el pasado no volverá, de que han tomado caminos distintos, definitivos; un relato sobre ese instante de indecisión cuando está a punto de dar un paso que marcará un antes y un después en su existencia. En «La escapadita», dos mayordomos (uno joven y gallardo, el otro maduro y amargado) salen de excursión a escondidas, pero no se divierten como esperaban. Este relato tiene unos giros brillantes, y destaca asimismo por los contrastes entre los hombres, muy buena caracterización psicológica.
La inmigración a Estados Unidos, y el regreso a Irlanda (un viaje de vuelta que hizo la autora a los diez años), ocupa asimismo un papel destacado. En «Limonada», uno de los mejores, una familia regresa a Irlanda. La hija, una niña, descubre en la «madre patria» una sociedad llena de prejuicios y supersticiones que margina al diferente. Desde su ingenuidad, su pureza, se rebela contra la ranciedad local de un modo que conduce a un desenlace cuando menos sorprendente; la travesura de unas muchachas se erige en símbolo de liberación. «El principito» es otro relato magnífico sobre la distancia (o las distancias) entre un joven que emigra y su hermana, que permanece en Irlanda. Pasan los años, luego las décadas, y ella deja de recibir noticias suyas. Intenta buscarlo, pero ¿se puede mantener el lazo después de tanto tiempo?, ¿el hermano sigue siendo la misma persona que conoció?, ¿cómo le habrá ido? La autora plasma en palabras la ambigüedad del deseo ferviente de encontrarlo y el temor a que, tal vez, el hallazgo no sea de su agrado; la distancia tiñe la relación de una incertidumbre atroz.
Lavin emplea a menudo la regresión, como en «El converso»: a partir de la muerte de una mujer, se retrocede al pasado para ahondar en los sentimientos de un hombre que mantuvo relaciones con ella y con la que al final se convirtió en su esposa. Matrimonio, paternidad, religión; cada texto concentra varios frentes. En «Tom», una mujer recuerda los «misterios» de sus padres antes de que se casaran: «Mucho antes de saber lo que era, yo sabía que entre mis padres no había pasión» (p. 91). La historia de la madre se mezcla con un hombre que murió en extrañas circunstancias, mientras que el padre, otro irlandés emigrado, en un viaje de retorno preguntó por su primera novia. Invita a reflexionar acerca de los que se van y los que se quedan, el inexorable paso del tiempo, las oportunidades perdidas, la miseria. Para terminar, en «Trastevere», que cierra la compilación y es el más cosmopolita, una novelista de paso por Nueva York se cruza con un hombre al que conoció en Roma. Él le explica que una chica, que también estuvo aquella ocasión en la capital italiana, acaba de suicidarse. A partir de esta noticia, la protagonista recuerda sus días en Roma, en un grupo de poetas.
Hacia el final hay varios relatos narrados por una escritora, trasunto de la autora. «Una historia con estructura» experimenta con la forma, aunque está impregnado de esa Irlanda católica añeja; no pierde su esencia, por lo tanto. Un hombre se dirige a una autora de cuentos, para aconsejarle cómo debería escribirlos, y le explica una historia para que la redacte (un relato desgarrador de amor, muerte, dudas y desconfianza). El cuento de Lavin consiste en eso mismo, el parloteo del hombre, un monólogo que fluye como un río (sin diálogo, a diferencia del resto de textos). Esta pieza rinde homenaje a la comunicación oral, la manera más primigenia de contar historias, y demuestra otra genialidad de Lavin, que aprovecha una anécdota para construir un muy buen relato. «El hijo de la viuda» también resulta curioso. De nuevo, una escritora frente a un juego narrativo: dos versiones de un accidente; un ejercicio de honestidad que demuestra que los hipotéticos finales «felices» no lo son tanto (y, pese a tratar un asunto delicado, tiene un humor grotesco): «Quizá muchas de nuestras acciones posean esa cualidad doble, esa posibilidad de alternativa, y sólo mediante una minuciosa observación y una sinceridad absoluta sigamos el camino que se nos destina, que, por muy trágico que sea, resulta mejor que la tragedia que nos buscamos nosotros solos» (p. 321).
Mary Lavin
El cuento que da título a la compilación, «En un café», hace un retrato excepcional de la soledad y el miedo a romperla (a salir de la zona de confort, diríamos ahora) una vez que uno se ha instalado en ella. Dos mujeres que han perdido a sus respectivos maridos se encuentran en un local de Dublín. Una es joven, atractiva, vital. La otra, más madura, apagada y gris. En el café coinciden con un artista extranjero («No se le había pasado por la cabeza que pudiera sentirse solo. ¿Cómo era posible que siempre pasara por alto lo más obvio?», p. 268). Lo que sucede entre ellos es una lección magistral de sutileza narrativa, del arte de narrar los silencios. Como los demás relatos, merece leerse con calma, no porque resulte denso, sino para apreciarlo en todo su esplendor, cada matiz, cada palabra exacta. Mary Lavin es una maestra del género breve. Estos cuentos están llenos de verdades amargas sobre nosotros mismos.


02 abril 2018

Hombres - Angelika Schrobsdorff


Edición: Periférica y Errata naturae, 2018 (trad. Joaquín de Aguilera)
Páginas: 576
ISBN: 9788416544646
Precio: 24,50 €

Tú no eres como otras mujeres… o sí
La escritora alemana Angelika Schrobsdorff (1927-2016) supo convertir su propia vida y la de sus allegados en un material literario de primera categoría. Lo demuestra en Tú no eres como otras madres (1992), su novela más importante, redescubierta con un gran éxito hace dos años, que narra la existencia intensa y turbulenta de su progenitora y es a la vez una crónica apasionante del Berlín de la primera mitad del siglo XX. En su debut, Hombres (1961), recuperada por el mismo tándem editorial, la protagonista es ella misma, Angelika, rebautizada como Eveline Clausen, si bien incorpora experiencias de otras mujeres. Este libro tiene una concepción magistral: la educación sentimental de una chica siguiendo el hilo de los hombres que formaron parte de su vida, capítulo a capítulo, desde el amor platónico de la pubertad hasta las personas que le dejaron una huella profunda. Cuando se publicó provocó un escándalo, y no es para menos: habla con una transparencia inusual de los deseos, los caprichos y las crueldades de una joven, de una forma que puede considerarse «políticamente incorrecta».
Al principio, su estructura de un hombre por capítulo parece una compilación de relatos independientes; no obstante, a medida que avanza y se aprecia la evolución de la protagonista, adquiere la entidad de una novela. Y qué novela: Eveline es un personaje extraordinario, con un recorrido vital dinámico (digna hija de la Else de Tú no eres como otras madres), y, al mismo tiempo, muy duro por las circunstancias históricas (el exilio, la posguerra) y familiares (la temprana muerte de su madre, entre otros sucesos). La obra comienza con una Eveline preadolescente que vive en Bulgaria junto a su madre; huyeron de Alemania por el origen judío de la progenitora. Las primeras aventuras de la muchacha se desarrollan allí, en esa tierra extranjera, entre las costumbres rústicas de la gente del campo y los encuentros con los soldados británicos y estadounidenses que vigilan la zona. Más adelante, Eveline vuelve a su país; lo descubre tan destrozado por la guerra que supone un fuerte impacto para ella.
He leído muchas novelas de iniciación o aprendizaje (es uno de mis géneros favoritos) con trasfondo autobiográfico en las que la protagonista es una joven más bien tranquila y estudiosa (como la Lenù de Elena Ferrante, la Kate de Edna O’Brien, la Olivia de Rosamond Lehmann, la Andrea de Carmen Laforet… y tantas otras), que a menudo se contrapone a una amiga que la complementa. Eveline, sin embargo, no es así. Ella es la chica seductora, descarada, frívola, egoísta, y a la vez insegura con aquello que le da miedo (las enfermedades, el dolor de los demás). Bajo ese barniz de superficialidad hay muchos matices, la propia Eveline se muestra crítica consigo misma. Se trata de un punto de vista de gran valor, estos perfiles femeninos rara vez se han narrado en primera persona, no con tanta naturalidad, sin esconder sus picardías, sin fingir lo que no son. No hay que ignorar tampoco cómo las condiciones sociopolíticas forjaron su persona: desde pequeña se acostumbró a huir, a desconfiar, a ocultarse. La frivolidad no deja de ser una capa protectora. Algunos lectores de Tú no eres como otras madres comentaron que la protagonista les había «caído mal». No soy partidaria de valorar un libro en esos términos, pero con Eveline les puede ocurrir lo mismo, ya que dista mucho de ser un personaje «amable». No obstante, la frescura de su voz atrapa, uno quiere seguir leyendo sus romances, empaparse de ella. Es maravillosa. Además, madura con la experiencia: los últimos capítulos resultan muy conmovedores.
Los personajes masculinos no desmerecen: un repertorio brillante de hombres distintos que dan lugar a relaciones distintas, desde el primer amor al marido buenazo, sin olvidar la figura del padre. Hay asimismo un hombre «tóxico», vago, manipulador, que la hiere especialmente. Todos están muy bien caracterizados. La novela se puede leer como un estudio del aprendizaje de una mujer en sus relaciones, de su crecimiento conforme madura y sus prioridades cambian. No elude la parte incómoda: el final del amor, las infidelidades, la ruptura. Lo aborda con suma franqueza, sin tabús ni dramas. Es una mujer racional, orgullosa y práctica, poco proclive a caer en la desesperación por la pérdida del amado; no se permite el lujo de ser la damisela en apuros. Estos aspectos se relacionan, sin duda, con su educación: una madre libre, con tres hijos de tres hombres distintos, en un hogar bohemio y sin prejuicios. En comparación con sus coetáneas criadas en ambientes más cerrados, Eveline crece independiente y tenaz.
La trayectoria de Eveline, hilada a partir de los hombres, nos adentra a su vez en una época, los años cuarenta y cincuenta; como en su otra novela, la historia individual sirve de pretexto para entrever la macrohistoria. En primer lugar, el exilio en Bulgaria, con un episodio espléndido sobre una boda tradicional en el pueblo de Bujovo (esta localidad también aparece en Tú no eres como otras madres: un romance adolescente que la marcó). Plasma la forma en que las muchachas trataban de salir adelante, su incertidumbre con respecto al futuro en una Europa en guerra, sus acercamientos a los oficiales en busca de una oportunidad. Eveline trabaja como mecanógrafa y entra en contacto con el ejército y las fiestas de los altos cargos. Más adelante, con el regreso a Alemania, vive los estragos de la posguerra. Pese a su apariencia despreocupada, se siente incómoda por llevar un buen nivel de vida cuando a su alrededor hay tanta gente pasando penurias; estos contrastes de su mirada resultan iluminadores. Frecuentará el mundillo del cine, en otros momentos pasará por dificultades… En este sentido, es un libro «atractivo» porque narra una existencia trepidante, mucho menos monótona que la de la mayoría (se nota que enriqueció a Eveline con vivencias de varias chicas).
Angelika Schrobsdorff
Angelika Schrobsdorff no escribe literatura «difícil»; tiene un estilo ameno, fresco, con una gran presencia del diálogo. No hace florituras, sino que busca la vida, y la vida, cuando está tan bien contada, no necesita adornos. En ocasiones la prosa sencilla puede tomarse por «ligera». En absoluto: el libro se engrandece capítulo tras capítulo, es uno de esos casos en los que la calidad no está reñida con ese pulso vital que nos mete en su historia, que nos embriaga como cuando éramos adolescentes y leíamos más con las entrañas que con el cerebro. Tiene esa verdad literaria que permanece en el lector. Es una suerte que existan novelas como esta, tan fácil de disfrutar, tan apasionante (perdón por abusar de palabras más emotivas que analíticas en esta reseña), porque puede interesar a muchos y muy diversos lectores. La autora ha sido generosa al escribir Hombres: ha desnudado a su protagonista, ha retratado a muchos personajes con una perspicacia psicológica al alcance de muy pocos y, en fin, nos ha brindado la radiografía de una era y una forma de estar en el mundo. Angelika Schrobsdorff no se termina en Tú no eres como otras madres: aquí hay otra muestra de su prodigiosa capacidad literaria. 
No me cansaré de recomendarla.

01 abril 2018

Lunario del paraíso - Gianni Celati


Edición: Periférica, 2018 (trad. Francisco de Julio Carrobles)
Páginas: 352
ISBN: 9788416291618
Precio: 20,50 €

Periférica ha comenzado el año con una propuesta singular: Lunario del paraíso (1978), de Gianni Celati (1937), un pequeño clásico italiano de la segunda mitad del siglo XX, tan divertido como insólito (esto último por su estilo, por aquel entonces tendencia, pero desde luego no canónico, y poco frecuente en la actualidad), que permanecía inédito en castellano. Nos habla Giovanni, un joven que en los años sesenta pone rumbo a Alemania después de enamorarse de Antje, una chica a la que conoció en verano. En un principio, se instala en casa de la familia de esta: toda una galería de personajes estrafalarios, como su padre, a quien llama el «nazi», o la madre, que le da clases y parece insinuársele. No obstante, la relación del protagonista con Antje no fluye como querría, por lo que le esperan muchas idas y venidas por tierras germanas. Este libro es una especie de cuaderno de sus vivencias en el extranjero; lo escribe para compartir su experiencia con los amigos que dejó en Italia, y ya se sabe cómo se expresa un chico con sus colegas: con la frescura, la espontaneidad y el descaro de un pícaro.
El autor emplea un estilo poco convencional: abundan los coloquialismos, los cambios de tiempo verbal y otros giros del lenguaje peculiares; una escritura «viva», hablada, y además muy fluida y ágil, aunque no por ello exenta de reflexiones sobre el día a día. Aunque de entrada esta voz pueda desconcertar, en cuanto uno se acostumbra se disfruta mucho. La rebeldía estilística va acorde (por supuesto) con el contenido: si el protagonista escapa de su entorno, donde se siente cómodo, para adentrarse en un país desconocido, la narración hace lo propio al explorar nuevas formas de expresión que encarnen la naturalidad de un chico que se abre al mundo. Para ello, el sentido del humor (jocoso, disparatado, brillante) resulta fundamental, tanto en los personajes que aparecen (esperpénticos, caricaturizados, no por ellos mismos sino por la mirada del narrador) como en el tono «alocado», la intensidad de la juventud desde la que habla el protagonista. Hilarante, cómica, absurda, apasionada; así es Lunario del paraíso.
Gianni Celati
Gianni Celati escribe con mucha chispa sobre ese limbo que son los veinte años, cuando aún no se tienen obligaciones y uno puede ir y venir, hacer lo que le plazca sin temor a las consecuencias. Los enamoramientos, fugaces y exaltados; el aprendizaje, constante pero inadvertido; las decepciones, inocuas y pasajeras. Las aventuras de Giovanni lo llevan a relacionarse con personajes variopintos de diversas nacionalidades: unas gemelas que lo alojan y lo absorben, un turco que se acerca a su querida Antje, otra chica, Gisela… Él, en su rol de forastero de paso que nunca se integra por completo (ni lo pretende), se permite la ligereza de quien lo prueba todo sin comprometerse con nada. Hay, también, un desencanto latente, porque sus planes hacen aguas, el amor no triunfa y, ay, ciertas compañías se hacen pesadas, pero siempre con mucho humor, mucha jovialidad. Un muy buen libro, en definitiva, fiel al espíritu de una época y de una edad, la juventud, cuando todo parece posible y los errores todavía no pesan demasiado.

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