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07 marzo 2019

Parentesco - Octavia E. Butler


Edición: Capitán Swing, 2018 (trad. Amelia Pérez de Villar)
Páginas: 328
ISBN: 9788494740862
Precio: 20,00 €

Mujer, y negra, y escritora. Y, por si fuera poco, de ciencia ficción. Octavia E. Butler (California, 1947 – Washington, 2006) rompió muchas barreras, y las rompió tan bien que ganó dos de los premios más prestigiosos del género, el Hugo y el Nébula. El año pasado, Capitán Swing tuvo el acierto de recuperar una de sus primeras novelas, Parentesco (1979), que permanecía inédita en castellano. Como suele ser habitual en los autores afroamericanos, la obra plantea una reflexión en torno al racismo, la esclavitud y las infamias en general que esta parte de la población ha sufrido (y sufre) en Estados Unidos. Para ello, Butler se sirve de los viajes en el tiempo, que, además de dar forma a una historia «entretenida», con una trama dinámica y personajes funcionales, le permiten contraponer la situación de los negros en dos épocas: los años setenta, por un lado, y la primera mitad del siglo XIX, antes de la Guerra de Secesión, por otro. Para los lectores poco aficionados al género, como yo, puede costar «aceptar» esos viajes; aun así, en aras del desarrollo de una novela con una rica dimensión social, merece la pena no discutirlos y dejarse llevar sin más por el torrente de la lectura.
Dana, una joven novelista, vive en California con su novio, Kevin, también escritor. Ella es negra y él, blanco; una unión incómoda para mucha gente, incluidas las familias de ambos. El hecho de que ambos se criaran en entornos humildes y hayan tenido que trabajar duro para dedicarse a su pasión no parece cambiar nada para los demás; la diferencia del color de piel se impone. Con todo, siguen adelante con su relación, conforman una pareja bien avenida, emblema de una generación más libre y desprejuiciada que sus padres. Un día, Dana sufre un mareo que la transporta a una plantación del sur, hacia 1815. Allí salva la vida de un niño pelirrojo, Rufus. Dana vuelve al presente enseguida, pero los mareos se suceden y cada vez tarda más en regresar a su época. Kevin decide acompañarla en esos viajes. En la plantación, son testigos de las condiciones de subsistencia de los negros, condenados a ser esclavos o fugitivos, y Dana descubre que aquel muchacho pelirrojo, además de ser el hijo de un rico propietario, es un antepasado suyo: en su linaje se mezcló la sangre de blancos y negros.
El quid de la novela está en la relación entre Dana y Rufus: de algún modo, ella tiene la «misión» de proteger su estirpe, de ahí que retroceda en el tiempo para salvarle la vida. Al principio, cuando Rufus es pequeño, no hay problema: una vez superada la extrañeza inicial, él acepta de buen grado la compañía de esa mujer vestida con pantalones que interviene cual ángel de la guarda en los momentos críticos. No obstante, a medida que se hace adulto, Rufus puede convertirse en un esclavista sin escrúpulos como su padre. Dana tratará de evitarlo. Pero hay más obstáculos: al instalarse en esa sociedad pretérita, Dana y Kevin se ven obligados a adoptar otra identidad. Él se mueve entre los propietarios, mientras que ella debe camuflarse entre los esclavos. No resulta fácil, porque la formación de Dana, su forma de expresarse, sus ideas, no son las propias de una negra analfabeta. Esto suscita el recelo de los blancos, que no tienen miramientos con ella. Dana corre peligro… y su relación con Kevin también. Cambian los roles, cambia el entendimiento de la pareja.
Octavia E. Butler
Parentesco se considera un referente de la ciencia ficción afroamericana. Si bien Octavia E. Butler no es la prosista más esmerada (escribe con sencillez y mucho diálogo; el estilo al servicio de la trama), denota inteligencia al elegir los temas y cuida la recreación histórica. Su retrato del sur de antaño resulta «instructivo»: desentraña los mecanismos de sostén de la esclavitud, la violencia, el desamparo, la pérdida de dignidad, los riesgos del ferrocarril subterráneo. Más allá del conflicto racial, pone de manifiesto cuestiones como los avances médicos y educativos, que influyen en la experiencia de Dana. En este sentido, la reconstrucción del pasado convence y da pie al debate. Con la estructura en dos tiempos, además, Butler muestra que, a pesar de haber logrado muchos derechos, en la segunda mitad del siglo XX aún existe discriminación en Estados Unidos. Progreso sí, pero hasta cierto punto; cada sociedad tiene sus propias luchas. Eso parece decirnos Parentesco.

06 febrero 2019

Ellen Foster - Kaye Gibbons


Edición: Las Afueras, 2018 (trad. María José Rodellar)
Páginas: 160
ISBN: 9788494733789
Precio: 15,95 € (e-book: 7,99 €)

Algunos escritores no pasan a la posteridad por el conjunto de su obra, sino por un personaje, que se convierte en su emblema. De acuerdo, hablar de posteridad tal vez resulte exagerado, pero, como mínimo, se ganan el afecto del público, sobre todo cuando el personaje en cuestión acompaña a generaciones de lectores jóvenes que crecen con él. Eso le ocurrió a Kaye Gibbons (Nash County, Carolina del Norte, 1960) con su debut, Ellen Foster (1987), escrito cuando estudiaba en la universidad (y no en un curso de escritura creativa como los de ahora, así que lo suyo fue, en cierto modo, excepcional). La novela enseguida logró una gran popularidad en Estados Unidos y el año pasado se publicó en castellano por primera vez.
 ¿Y quién es la heroína? Ellen Foster, una niña de familia disfuncional, en ese sur sórdido de Estados Unidos, que narra su periplo con una voz fresca y sin complejos. Desde el principio sabemos que lo peor ha pasado (se refiere a una «nueva mamá», por lo que se encuentra en buenas manos; el apellido, «Foster», alude a la familia de acogida), de modo que la tensión no se halla en el qué sucederá, sino en el descenso a los infiernos que ya ha vivido, a saber: el suicidio de la madre, el padre maltratador y alcohólico, los parientes que no pudieron o no quisieron ocuparse de ella cuando se quedó sola, el desamparo. En medio, una maestra bondadosa y una amiga negra que le hacen mantener la esperanza. Chiquilla indefensa, vida torturada, desenlace feliz; la fórmula para conmover a los lectores sin arriesgar demasiado.
Gibbons explora lo que supone ser una niña desarraigada en una sociedad de desigualdades y prejuicios. Si bien el argumento adolece de moralismo, la potencia de su voz «infantil» lo compensa con creces. Hace un uso singular de la gramática para adoptar un registro próximo a la oralidad, a la espontaneidad de la narradora, un parloteo vivaz que en la traducción de María José Rodellar fluye de maravilla. Esta es una de esas historias de «realidad cruel, mirada jovial», o, en otras palabras, la naturaleza risueña de la protagonista atenúa de alguna manera la devastación que sufre. Porque Ellen Foster es fuerte, curiosa e inteligente, y sale adelante, siempre cargada con su microscopio y sus libros. En su voz resuenan ecos de la Jo March de Mujercitas, el Holden Caulfield de El guardián entre el centeno y la Scout Finch de Matar a un ruiseñor: puntos de vista de niños o adolescentes con inquietudes, rebeldes, que no se amoldan a lo que se espera de ellos. Con una gran diferencia, eso sí: Ellen Foster no tiene un padre, una hermana o una familia que la arrope. Está sola.
Kaye Gibbons
Por encima de la tragedia personal, el mérito de la obra reside en el desparpajo con que desmonta el mundo de los adultos. En particular, la segregación racial, la diferencia de clase y la marginación. Dadas las circunstancias, la niña se siente más próxima a los otros marginados, los negros, que a la población blanca como ella. Se da una paradoja: Ellen Foster, que se educó en la creencia en la «superioridad» de los blancos, padece una fractura familiar, mientras que su amiga negra tiene unos padres atentos, que sin grandes recursos se desviven por ella. Este libro da una bofetada a la hipocresía de esa comunidad rancia y gazmoña, pone de relieve sus contradicciones, pues aquí los «malos», los egoístas, los despreocupados, son los familiares de la chiquilla. Ella, conforme crece, abre los ojos y toma conciencia de las barreras sociales, se convierte en una defensora de la igualdad y los valores cívicos. Aunque tenga la ingenuidad de todo debut, conocer a Ellen, empaparse de su vigor y su ternura, te reconcilia un poco con el ser humano. Y ya es bastante.

17 enero 2018

Canción dulce - Leila Slimani



Edición: Cabaret Voltaire, 2017 (trad. Malika Embarek)
Páginas: 288
ISBN: 9788494443480
Precio: 19,95 €
Leído en la edición en catalán de Bromera, 2017 (trad. Lluís-Anton Baulenas).

Canción dulce (2016), la segunda novela de la escritora franco-marroquí Leila Slimani (Rabat, 1981), fue galardonada con el Premio Goncourt, el más prestigioso de las letras francesas. Después de convertirse en un éxito de ventas en los países francófonos, el año pasado entró por la puerta grande en el mercado español, donde ya va por la séptima edición, y va camino de repetir la gesta en el ámbito anglosajón, puesto que acaba de publicarse la traducción al inglés. Este logro no es de extrañar, ya que se trata de uno de los libros premiados más accesibles (nada de experimentos ni de digresiones intelectuales) y, además, plantea temas actuales que aún no se habían explorado a fondo en la literatura contemporánea. Es, por lo tanto, una obra próxima a los conflictos cotidianos de Occidente, narrada con un estilo claro, depurado y preciso, y con un excelente control de la tensión narrativa.
La obra comienza con una escena sobrecogedora: la canguro ha matado a los dos niños que cuidaba y a continuación ha intentado suicidarse. Un punto de partida desgarrador, directo, sin medias tintas. Después, un narrador omnisciente reconstruye el suceso desde el principio, es decir, desde que la niñera, una mujer blanca de mediana edad llamada Louise, entró en las vidas de Myriam y Paul, una pareja de padres jóvenes residentes en París. Myriam renunció a su carrera como abogada cuando nacieron sus hijos, pero, en cuanto se le presenta la oportunidad de trabajar, ella y Paul deciden contratar, tras una búsqueda meticulosa, a Louise, una señora de aspecto cuidado y naturaleza jovial que se gana enseguida la confianza de los pequeños. Se alternan fragmentos sobre la madre y la canguro; una perspectiva fundamental para conocer los dos perfiles, las dos caras del enredo, cada una con sus propios problemas.
Este planteamiento explora las tensiones de la maternidad en el siglo XXI para una mujer cualificada como Myriam: las renuncias que implica, más presión que sus antepasadas por el reto de la conciliación profesional y doméstica. Muestra la degradación de la madre durante los primeros años, el modo en que se abandona a sí misma, no solo en el plano laboral, sino en el cuidado de su imagen y sus relaciones sociales (para los amigos se convierte en una sombra de lo que fue, un ama de casa que poco tiene que ver con la estudiante brillante que conocieron). La sensación de denigrarse, porque, en una sociedad que pone por encima de todo la carrera, el capital económico, quedarse en el hogar con los niños se considera un desperdicio de talento o una holgazanería. El hombre, mientras tanto, no sacrifica nada. En estas circunstancias, tomar la decisión de contratar a una cuidadora no resulta fácil; el sueldo de Myriam se va en el de esta, y aun así los remordimientos no la abandonan.
La novela relata, con un gran dominio del tempo, el modo en el que la niñera «invade» de forma progresiva el espacio privado de la pareja. Louise llega como un hada madrina (se hace esta comparación) que, no obstante, poco a poco se hace con un lugar propio en la casa ajena. Trabajadora infatigable y voluntariosa, cada vez se encarga de más tareas, limpia, cocina, juega con los niños, dedica más horas de su tiempo sin que nadie se lo pida. Los padres son conscientes de su entrega excesiva, pero le dan alas; Louise parece encantada de ponerles las cosas más sencillas. Es una empleada «ideal», nunca se queja. Y Myriam se siente tan liberada al no tener que preparar la cena al llegar… La pareja, Myriam en particular, se halla en una encrucijada: no está bien delegar tanto en una subordinada, pero aligerar sus responsabilidades domésticas los alivia tanto que no le paran los pies. Esta intromisión termina por resultar tóxica; el exceso de confianza conlleva riesgos.
¿Y quién es Louise? Leila Slimani se adentra en el ambiente de las mujeres con una baja cualificación profesional, las que cuidan de niños y ancianos, las que limpian casas ajenas. Mujeres que encarnan lo opuesto a Myriam, la chica «emancipada». Louise se reúne en el parque con muchas como ella, mujeres pobres que empujan un carrito que no es el de sus hijos, la mayoría de otra etnia, en apuros por los papeles, aunque Louise en concreto es blanca, la excepción de la norma. Cada una de ellas oculta su pozo mientras pone buena cara a los niños (a propósito, se desmitifica la primera infancia: los niños se revelan caprichosos y egoístas, agotan a la persona que los cuida; se produce un desgaste psicológico en la canguro). Louise, fuera del piso de Paul y Myriam, es una mujer que vive sola en un suburbio de París. El marido, ya fallecido, la dejó endeudada y ella tiene dificultades para pagar el alquiler. Es madre de una joven que se marchó de casa de malas formas después de una adolescencia turbulenta. Paradoja cruel: Louise ha pasado toda su existencia entregada a los hijos de los demás mientras su propia hija, celosa de los niños privilegiados, se iba alejando de ella. Louise respira pobreza, soledad, desarraigo. No pide ayuda, no sabe pedirla, ha sido educada en el silencio castrante. Y cuando una persona soporta unas condiciones extremas durante demasiado tiempo, al final estalla.
El quid del asunto está en el nexo que se establece entre los padres y la canguro. No hay un nombre para bautizar este vínculo: tienen un contrato de por medio, pero ser el jefe de alguien que cuida de tus hijos, que está en tu casa, entraña un compromiso distinto al de los trabajadores de una empresa. Por parte de la niñera, se produce una relación de afecto descompensado: Louise se vuelca con los niños y los niños con ella, pero sigue siendo una extraña en el núcleo familiar, una empleada a sueldo que no recibe una atención a la altura. El conflicto de las trabajadoras a domicilio reside en este intercambio desigual: la entrega emotiva por una compensación económica, casi siempre precaria. Hay, también, una tensión de clase latente: los padres, jóvenes, modernos, cultos, deben dar órdenes a una mujer de extracción humilde, una mujer que tiene una vida propia por mucho que se pase tantas horas en un hogar ajeno. Incluso para personas bienintencionadas como Paul y Myriam resulta imposible encontrar un equilibrio «justo» en su relación con la niñera.
La autora introduce con sutileza la cuestión racial en el contexto de un París multiétnico y estratificado que podría ser casi cualquier ciudad europea. Myriam es magrebí, aunque está «occidentalizada». No habla a los niños en árabe, ni quiere a una canguro que lleve velo porque teme la complicidad de los orígenes compartidos, el peligro de que tener en común la lengua y la religión la empuje a estrechar su relación con un perfil de mujer —la no occidentalizada— de quien se ha distanciado. Es un acierto la inversión de roles: empleadora magrebí, cuidadora blanca, al revés que la tendencia dominante (sin ir más lejos, cuando Myriam acude a una agencia, la toman a ella por niñera, una escena que se asemeja a los episodios discriminatorios narrados por Chimamanda Ngozi Adichie en Americanah). Sin ser lo principal, resulta interesante leer una voz como la de Slimani, forjada entre dos culturas, que rompe nuestro etnocentrismo y detecta las ranuras por las que se cuela el racismo en la sociedad occidental.
Leila Slimani
El título ironiza sobre los estereotipos asociados al cuidado de los niños en la cultura popular (esas estampas de padres jóvenes y sonrientes, en casas ordenadas y limpias, con madres bien peinadas, niñeras cariñosas y bebés siempre adorables). No, la realidad no es tan dulce como una nana, parece decirnos la autora. Slimani firma una muy buena novela y, además, una novela pertinente, por cuanto pone sobre la mesa una situación problemática que nuestra sociedad todavía debe afrontar. Es un libro perturbador, «incómodo», de los que obligan a mirar de frente aquello ante lo que querríamos apartar la vista, como esos grupos de mujeres que empujan carritos para subsistir a duras penas. Es, para más inri, el relato de una desgracia acontecida en el hogar de una pareja moderna, formada, acomodada hasta cierto punto; una pareja «de hoy», sensibilizada ante las injusticias, con buenos sentimientos hacia los desfavorecidos. Slimani no necesita irse a un barrio marginal para localizar en él un suceso espinoso, y esa es la verdadera tragedia: que ni siquiera ellos, ni siquiera las personas como Paul y Myriam, pueden evitar la catástrofe.

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