Mostrando entradas con la etiqueta existencial. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta existencial. Mostrar todas las entradas

15 junio 2016

Un soplo de vida - Clarice Lispector



Edición: Siruela, 2015 (trad. Mario Merlino)
Páginas: 152
ISBN: 9788416465125
Precio: 14,90 €

La obra definitiva de una escritora única
Esto no es una reseña. Solo es un intento de comprender. Ella misma lo dice: «Me gusta tanto lo que no entiendo: cuando leo algo que no entiendo siento un vértigo dulce y abismal» (p. 41). Entender, no entender. Dudar, leer otra vez. La creación literaria no ha de consistir por fuerza en narrar historias planas, fáciles de asimilar. El modernismo del siglo XX se encargó de romper con las narrativas tradicionales, y en esto la escritora brasileña Clarice Lispector (Tchetchelnik, Ucrania, 1920–Río de Janeiro, 1977) es un claro exponente. La podríamos definir como una autora «genial», por su inventiva, su riqueza expresiva, su brillantez y su capacidad fuera de lo común para ahondar en la mente, esto es, para construir meditaciones absolutamente espléndidas que exploran temas como el yo, la búsqueda de sentido o la muerte. En su obra destacan novelas como La pasión según G. H. (1964), Agua viva (1973) y La hora de la estrella (1977), además de los cuentos, género en el que también sobresalió. Sus textos no son sencillos, no. Leerla conlleva una cierta humildad, para aceptar que lo que leemos no tiene una interpretación única, que en ocasiones costará de entender, que habrá que darle vueltas y más vueltas. Con esto no pretendo asustar a nadie: maravillarse ante una autora exigente y original —sí, original: pocos narradores merecen tanto este calificativo como ella— es una experiencia de lo más estimulante.
Un soplo de vida (1978), su novela póstuma, se encuentra asimismo entre sus títulos mejor valorados. No pudo terminar de revisarla, por lo que su amiga y secretaria, Olga Borelli, fue la encargada de ordenar el manuscrito. En la nota introductoria, Borelli explica que Lispector la había comenzado en 1974, por lo que la escribió en el mismo periodo que La hora de la estrella, su última publicación en vida, con la que tiene rasgos en común. Como es habitual en la autora, resulta difícil explicar de qué va Un soplo de vida: de entrada parece un diálogo místico entre un escritor y su personaje, solo que, de hecho, no dialogan, sino que reflexionan, cada uno por su lado, como dos caras de la misma moneda. El título alternativo, Pulsaciones, sugiere cómo es cada fragmento: intenso, rotundo, existencial. Breve, pero con la conciencia de que cada latido, cada fragmento, es fundamental para mantener el cuerpo, la obra, con vida. Cada página está llena de genialidades (Lispector es el tipo de autora que gasta la punta del lápiz de tanto subrayar). Un soplo de vida condensa sus ideas sobre la escritura (el no-estilo, la creatividad, el aparente desorden) y está llena de referencias a la muerte. Es algo así como su obra definitiva.
Origen y muerte de la creación
Tengo miedo de escribir. Es tan peligroso. Quien lo ha intentado lo sabe. Peligro de hurgar en lo que está oculto, pues el mundo no está en la superficie, está oculto en sus raíces sumergidas en las profundidades del mar. Para escribir tengo que instalarme en el vacío. Es en este vacío donde existo intuitivamente. Pero es un vacío terriblemente peligroso: de él extraigo sangre. Soy un escritor que tiene miedo de la celada de las palabras: las palabras que digo esconden otras: ¿cuáles? Tal vez las diga. Escribir es una piedra lanzada a lo hondo del pozo. (p. 17)
Lispector cita a Nietzsche: «La creación es el goce absurdo por excelencia». Cita asimismo el Génesis; era judía, y las referencias bíblicas abundan en su obra. Un soplo de vida, por lo tanto, está ligado al origen, de la vida pero también de la creación, del arte. En alguien como Lispector, vida y literatura resultan inseparables («Escribo como si fuese a salvar la vida de alguien. Probablemente mi propia vida.», p.15). El primer episodio sirve de presentación del narrador: un escritor sin nombre, identificado como «Autor», en masculino, que reflexiona sobre la escritura y el personaje que ha creado, Ángela Pralini. Apenas se dan más detalles sobre ellos: son voces despersonalizadas, localizadas en Brasil, pero que podrían ser de cualquier lugar y cualquier época. Estas primeras páginas son una antesala de la creación misma, la justificación de la necesidad de crear. Él, como alter ego de Lispector, entiende la creación como una búsqueda, que se concretará en el resto del libro. Este comienzo se parece mucho al de La hora de la estrella, en el que el narrador también es un escritor que medita sobre la experimentación literaria mientras cuenta la historia de una mujer.
Todo el mundo que ha aprendido a leer y escribir tiene ganas de escribir. Es legítimo: todo ser tiene algo que decir. Pero hace falta algo más que ganas para escribir. Ángela dice, como miles de personas dicen (y con razón): «Mi vida es una verdadera novela; si escribiese contándola, nadie lo creería». Y es verdad. La vida de cada persona puede ser un objeto de doloroso descenso. La vida de cada persona es «increíble». ¿Qué deben hacer esas personas? Lo que Ángela hace: escribir sin ningún compromiso. A veces escribir una sola línea basta para salvar el propio corazón. (p. 99)
Ese soplo de vida va ligado a la escritura, pero también a elementos presentes en toda su obra, como la naturaleza, las flores, la música. En Agua viva ya focalizó la búsqueda del instante vivo, el «it», en los animales y la vegetación, a los que se refiere de nuevo de una forma más sucinta. La creación, sin embargo, no se entiende sin una conclusión: la muerte. En toda la novela, autor y personaje hablan de su condición de mortales («Todos estamos sujetos a la pena de muerte. Mientras escribo puedo morirme. Un día he de morir entre la diversidad de los hechos.», p. 30). Es tentador relacionar este asunto con el inminente fallecimiento de Lispector, pero lo cierto es que ella no fue consciente de su enfermedad hasta los últimos meses, y por lo tanto mucho después de haber empezado el libro. Los personajes se plantean cuestiones como la inexistencia del futuro («Cuando me pregunto si el futuro me preocupa, respondo atónita o fingiendo ignorancia: ¿el futuro? Pero ¿qué futuro? El futuro no existe.», p. 136), el paso fugaz del tiempo y la memoria («Después de vivir es cuando sé que he vivido. En el momento el vivir se me escapa. Soy un recuerdo de mí misma. Solo después de "morir" veo que he vivido.», pp. 142-143). Aunque medite sobre el final, no se recrea en el dolor, no es pesimista. Termina con una constatación que va muy acorde con toda su obra: «Ser feliz es una responsabilidad muy grande. Poca gente tiene valor. Tengo valor pero con un poco de miedo. Una persona feliz es aquella que ha aceptado la muerte.» (p. 140).
Quiero ser lo que no soy
Quiero olvidar que jamás olvidé. Quiero olvidar elogios e injurias. Quiero inaugurarme de nuevo. Y para ello tengo que abdicar de toda mi obra y comenzar humildemente, sin endiosamiento, desde un comienzo en el que no haya resabios de ningún hábito, malas costumbres o habilidades. Tengo que dejar de lado la noción de experiencia. Para ello me expongo a un nuevo tipo de ficción, que no sé siquiera cómo manejar. (p. 70)
La segunda parte, titulada «Soñar despierto es la realidad», alterna las voces del Autor y Ángela, con fragmentos cortos. Esta será la dinámica del libro hasta el final. En primer lugar, preguntémonos por qué Lispector decidió utilizar estos dos personajes, el Autor y Ángela. Nunca da puntada sin hilo: un hombre y una mujer, un autor y un personaje, un ser racional y un ser irracional, un anónimo y una con nombre celestial. En cierto modo, Lispector abarca características a priori incompatibles en ellos dos, da cabida a un todo —¿ella misma?— repartido entre dos voces. Esto tiene una justificación: el Autor ha creado a Ángela para representar en ella todo lo que él no es («Ángela es todo lo que yo querría ser y no he sido», p. 32). El lector que haya leído a Lispector reconocerá motivos de la autora en ambas voces; por lo tanto, no se trata tanto de crear un opuesto, una personalidad distinta, sino de usar la escritura para expandir una vida, malearla, potenciar sus múltiples posibilidades («No quiero ser solamente yo misma. Quiero ser también lo que no soy.», p. 51).
Como consecuencia, la conversación no es un diálogo como tal: «Ángela y yo somos mi diálogo interior: yo converso conmigo mismo. Estoy cansado de pensar las mismas cosas» (p. 60). El texto carece de una trama lógica, se suceden los fragmentos dispersos y en apariencia inconexos que expresan los pensamientos de cada uno. Unos fragmentos que, retomando la frase que he citado al principio, en ocasiones se entienden y en ocasiones desconciertan, que provocan tanta identificación como extrañamiento, que sugieren, inquietan, perturban. Lispector nunca es complaciente. Como dice aquí, «prescindo de la realidad real y me refugio en vivir imaginando» (p. 88). Es curiosa esta expresión, «realidad real»: esta sería el realismo, lo externo, lo que ocurre a su alrededor; la otra realidad, la que ella capta, va por dentro y, como no se ve, como no es tangible, no puede llamarse realista. Esta concepción de la creación literaria es habitual en su obra y en las vanguardias en general: la escritura propia del fluir de la conciencia, del estado de vigilia (de ahí la mención al hecho de «soñar despierto»). Huye de la novela decimonónica, asociada con la razón, con los grandes discursos; la voz de Lispector surge del yo interior, profundamente místico y poético. Se guía por lo instintivo, lo irracional («Yo antes era una mujer que sabía distinguir las cosas cuando las veía. Pero ahora he cometido el craso error de pensar.», p. 82).
Hoy desperté con tal nostalgia de ser feliz. En mi vida nunca he sido libre. Por dentro siempre me he perseguido. Me he vuelto intolerable para mí misma. Vivo en una dualidad desgarradora. Tengo una libertad aparente: estoy presa dentro de mí. Yo quería una libertad olímpica. Pero esa libertad solo se les concede a los seres inmateriales. Mientras lo tenga, mi cuerpo me someterá a sus exigencias. Veo la libertad como una forma de belleza y esa belleza me falta. (p. 58)
Si el Autor es el que controla, el que razona, Ángela encarna un perfil más espontáneo y vivaz, que cura su infelicidad con los placeres efímeros, como la música, la naturaleza o los actos cotidianos frívolos (a propósito, Lispector, al final de La pasión según G. H., celebra, después de una profunda meditación, el placer momentáneo: un tema central de su obra). Mientras que él, más introspectivo, se preocupa por sus fantasmas («Quiero olvidar que existen lectores y, más aún, lectores exigentes que esperan no sé qué de mí. […] Quiero imperiosamente que crean en mí. Quiero que crean en mí hasta cuando miento.», p. 85), ella, y quizá este es su rasgo más importante, no tiene miedo, no teme el rechazo o la equivocación («Qué ganas de hacer algo errado. El error es apasionante. Voy a pecar. Voy a confesar algo: a veces, solo por bromear, miento. No soy nada de lo que pensáis.», p. 64). ¿Quién es el loco y quién es el cuerdo? Se podría decir que él vive hacia dentro y ella, hacia fuera, aunque a veces se funden y no están tan distantes. Entre sus cavilaciones, planea la búsqueda de sentido: «Si no cuento cuál es el secreto de la vida es porque aún no lo he aprendido. Pero un día seré yo el secreto de la vida. Cada uno de nosotros es el secreto de la vida y uno es otro y el otro es uno» (p. 73).
Clarice Lispector
Y, al final, ¿qué poso deja Un soplo de vida? Pretender resumirlo en un par de frases no solo no le haría justicia, sino que el propio hecho de pretender exponer una idea sería un error. No se puede reseñar a Lispector. Me lo he repetido mientras leía cada uno de sus libros. El objetivo de una reseña contradice su concepción del hecho literario, contradice su libertad, su experimentación, su voluntad rupturista, su carácter inabarcable. Esto no es una reseña; solo es una aproximación, la aproximación de una lectora fascinada por el universo lispectoriano. Esta lectora admira su creatividad, su originalidad, su inteligencia. Esta lectora hace suyas sus preguntas, hace suyos los miedos y las vanidades y los placeres y las frivolidades. Esta lectora admite que la lectura ha sido un reto, que ha tenido que leer muy despacio. Y, seguro, se le habrán escapado muchos matices y habrá cuestiones que no ha entendido bien. Con todo, esta lectora sabe, porque lo ha aprendido de Lispector, que esta dificultad puede generar placer. Y, en palabras de Lispector, «el placer es la máxima veracidad de un ser. Es la única lucha contra la muerte» (p. 145).
Esta lectora no ha leído nada igual.

22 enero 2016

El corazón de las tinieblas - Joseph Conrad



Edición: Literatura Random House, 2015 (trad. Miguel Temprano García)
Páginas: 224
ISBN: 9788439730125
Precio: 22,90 €
Hay muchas más ediciones y formatos disponibles; anoto los datos de esta por ser la más reciente. Yo lo he leído en una edición antigua de Orbis, con traducción de Sergio Pitol.
***
El corazón de las tinieblas (1899), la nouvelle magistral de Joseph Conrad (1857-1924), es un clásico indiscutible de la llamada literatura sobre el mar, un relato desasosegante, intenso y filosófico sobre un viaje por el río Congo, que destaca por ser una de las obras más interesantes para descubrir el punto de vista de los europeos que conocieron en primera persona las consecuencias devastadoras del imperialismo de finales del siglo XIX. Conrad, nacido en Polonia, se trasladó a Inglaterra y adoptó el inglés como lengua literaria, aunque nunca llegó a asimilar por completo la cultura autóctona, lo que tal vez reforzó en él una actitud crítica hacia las costumbres e ideas de este país. Al igual que el protagonista de este libro, Conrad trabajó un tiempo como marinero en la colonia del Congo, empleado por una compañía británica, por lo que este texto, a pesar de estar construido en forma de ficción, tiene un trasfondo real, inspirado por la toma de contacto del autor con las acciones que el imperio estaba llevando a cabo en África.
La historia de El corazón de las tinieblas comienza y termina en la cubierta de un barco, donde Marlow, uno de los marineros, toma la palabra para contar en primera persona la aventura que vivió cuando era más joven y, con la ilusión de un ingenuo, emprendió un viaje al Congo gracias al encargo de una compañía británica dedicada al comercio de marfil. La compañía le había encomendado una misión particular: encontrar a Kurtz, un responsable de la explotación, e instarlo a regresar. Poco a poco, a través de las charlas con los trabajadores, el narrador averiguará que Kurtz no es un empleado cualquiera, sino el mejor: ha conseguido un gran éxito con la explotación, pero no quiere compartir su secreto con nadie. Se mantiene distante, alejado del resto. A medida que avanza el viaje por el río, Marlow se percata del misticismo que envuelve la figura de Kurtz: un personaje enigmático, turbio, que solo aparecerá al final y apenas si pronunciará un par de frases, aunque no necesita más para convertirse en uno de los actores secundarios más memorables de la historia de la literatura.
El personaje de Kurtz es, en efecto, uno de los logros más importantes de esta nouvelle, y no únicamente por sí mismo, por su intervención, sino por todo lo que se vertebra a su alrededor desde el principio. El narrador escucha lo que le cuentan otros empleados, de modo que el lector conoce a Kurtz, el gran Kurtz, al mismo ritmo que Marlow, es decir, a través de lo que se dice, lo que se rumorea, sin un conocimiento frente a frente con el hombre en cuestión. De este modo se crea un misterio, una intriga, que da rienda suelta al autor para jugar con la ambigüedad. Después, cuando al fin entra en escena, llegan los interrogantes: ¿será verdad lo que se cuenta?, ¿qué oculta Kurtz?, ¿por qué ahora dice lo que dice? Se intuye, se sospecha, que Kurtz ha cometido atrocidades, pero nunca se desvelan, lo que no hace más que aumentar la desconfianza, la incertidumbre en torno a él. Al final, el personaje se erige en un símbolo de la doble cara del imperialismo: la imagen triunfante, que se promovía en Europa, frente a la imagen pervertida, correspondiente a la realidad del Congo.
El corazón de las tinieblas, como se suele decir, lleva a cabo una bajada a los infiernos, un viaje iniciático marcado por una degradación progresiva, una degradación del entorno, pero sobre todo de las personas, de la mente; una metáfora del horror de las colonias. Marlow encarna a un joven inglés cualquiera, soñador e inexperto, que cree a ciegas en el proyecto imperialista y se marcha al Congo atraído por los relatos de aventuras de los marineros que han hecho fortuna. En un principio, no se muestra crítico con nada de lo que ve a su alrededor (los abusos a los esclavos, básicamente), pero, a medida que se adentra en el río, en un territorio desconocido para él, percibe que sus expectativas no se corresponden con la realidad y experimenta una transformación profunda. No se trata solo de un cambio de ideas: hay algo más, una sensación de que todo se pudre a su alrededor, incluido él mismo. Estas «tinieblas» se intuyen desde antes de abandonar su país, cuando el médico lo examina y le pregunta si en su familia hay casos de locura. La travesía está envuelta por un pesimismo creciente, una turbiedad sin estridencias, discreta pero presente, como esos espacios en los que todo está corrompido y no queda esperanza aunque nadie se atreva a decirlo en voz alta.
Más allá de esta dimensión existencial, el libro tiene a su vez una vertiente de crónica, la crónica de un viajero en un país desconocido para sus coetáneos, que se materializa en las largas descripciones del lugar y, sobre todo, en la mirada racista hacia el otro, que hay que interpretar como el pensamiento imperialista promovido en la Inglaterra de la época. Marlow describe a los nativos del Congo con términos como «salvajes», «caníbales» o «indígenas»; se asombra cuando no reaccionan con la violencia que esperaba de ellos; dice de uno que es un «espécimen mejorado» porque ha aprendido hábitos occidentales. Esta narración etnocentrista, con todo lo repulsiva que resulta para el lector de hoy, está justificada porque, además de reflejar las ideas de la época, da pie a una evolución en el narrador, que, en la recta final, después de la muerte de un esclavo al que había cogido cariño, cuestiona el discurso oficial de la superioridad del hombre blanco y la civilización occidental. Nunca abandona del todo el racismo, que pasa del desprecio evidente a la condescendencia y la lástima, pero detecta los abusos que se están cometiendo y las mentiras que se difunden en Europa. En este sentido, Conrad señala sin ambages la atrocidad del colonialismo.
Con todo, algunos autores postcoloniales le han reprochado que, aun mostrándose crítico con el imperialismo, su aportación resulta insuficiente como denuncia porque en ningún momento da voz a los principales afectados, es decir, no expresa la opinión de los africanos. Incluso cuando Marlow comienza a reconocer que no son los «salvajes» que el discurso europeo argumenta para justificar la dominación, el único punto de vista que se plantea es el suyo, el del hombre occidental que abre los ojos y hace autocrítica, pero que sigue sin escuchar al otro. Los personajes de los esclavos se construyen con estereotipos; son planos, ramplones. Ocurre algo parecido con las escasas mujeres que aparecen, como la novia de Kurtz, que en cierto modo encarnan al «otro» de la sociedad patriarcal de Occidente: se presentan como personajes ajenos a la barbarie, frágiles y delicados, a los que hay que proteger y tratar con caballerosidad, una caballerosidad que, aunque no vaya acompañada de abusos, no está tan lejos de la condescendencia hacia el esclavo.
Joseph Conrad
En cualquier caso, esta lectura en clave antropológica, si bien resulta necesaria desde la perspectiva actual, no anula en absoluto las muchas virtudes de esta magnífica novela. Por una parte, El corazón de las tinieblas es un apasionante acercamiento a uno de los episodios más crueles de la historia, que muestra el lado más sombrío, por dentro y por fuera, del ser humano; pero, aún más interesante que esto, es una fábula sobre cómo las acciones degradantes hacia los demás acaban degradando también, y por encima de todo, a quien las comete. Un relato sugerente, a ratos asfixiante y estremecedor, que absorbe al lector desde la primera página igual que las tinieblas absorben al narrador sin que él se dé apenas cuenta, y culmina en un desenlace deslumbrante que obliga a seguir pensando en él después de cerrar las tapas. Imprescindible.

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails