08 julio 2019

La puerta de los ángeles - Penelope Fitzgerald


Edición: Impedimenta, 2015 (trad. Jon Bilbao)
Páginas: 240
ISBN: 9788415979968
Precio: 20,95 €

La puerta de los ángeles (1990), finalista del Premio Booker, tal vez sea uno de los títulos menos conocidos de Penelope Fitzgerald (Lincoln, 1916 – Londres, 2000). Corresponde a su última etapa, en la que, tras una década escribiendo biografías y libros inspirados en su propia vida –entre los que se cuentan La librería (1978) y A la deriva (1979; Premio Booker)–, cultivó una narrativa histórica eminentemente literaria, que dio lugar a sus mejores obras, El inicio de la primavera (1988) y La flor azul (1995). Su concepción del hecho literario aúna los rasgos de la comedia de costumbres británica con un ingenio que se nota, por ejemplo, en la estructura: suele empezar in medias res para luego volver atrás; explora caminos que desconciertan a menudo a los lectores, también en el desarrollo de los personajes, con una narración sutil y ocurrente (sí, ocurrente), que con pocas pinceladas da forma a universos insospechados. Ese podría ser su sello: lo inesperado en una tradición (en apariencia) conocida.
Esta novela narra cómo dos personajes (y todavía más: dos cosmovisiones) contrapuestos se cruzan después de un encuentro casual. De algún modo, rompe con esa creencia de que la vida sigue un curso determinado por las circunstancias materiales de cada uno: la casualidad, el libre albedrío, existen, y pueden transformarlo todo en el momento más insospechado (esta pequeña reflexión no es gratuita: se relaciona con el contexto del libro). En el primer capítulo, el joven Fred Fairly pedalea rumbo al college St. Angelicus, en el Cambridge de principios del siglo XX, un selecto centro donde imparte clases de física y le auguran un gran futuro como profesor. Eso sí, no podrá casarse; las mujeres tienen prohibida la entrada allí. Fred charla con el director, y este alude a un accidente que Fred tuvo con la bicicleta. Este accidente, lejos de ser anecdótico, cambió el destino del protagonista, y a continuación la acción retrocede para reconstruirlo. Entra en escena una chica, Daisy Saunders –el otro universo–, con quien coincidió durante el percance. En el prefacio, Hermione Lee explica que Penelope Fitzgerald solía decir: «Me llama la atención la gente que parece haber nacido ya derrotada, o incluso profundamente perdida» (p. 8). A su manera, tanto Fred Fairly como Daisy Saunders lo están.
Dos personajes, dos rectas perpendiculares. Por un lado, Fred Fairly (cuyo apellido se puede traducir como «justo», «limpio», «recto»): profesor en un colegio de renombre en el que los hombres están obligados al celibato. El hecho de instalarse en el college lo alejó de su familia, y por extensión de la calle, de las tribulaciones de la gente sencilla. Fred vive recluido en el entorno académico, regido por las ciencias, la teoría, la investigación. En su visita a casa de sus padres, resulta significativo que se sorprenda al descubrir que su madre y sus hermanas están inmersas en el sufragismo; él permanece ajeno al movimiento que está dando la vuelta al país. La paradoja del ambiente universitario: se considera el conocimiento más «elevado», pero al mismo tiempo el St. Angelicus constituye una isla que funciona con sus propias reglas y desconoce los problemas diarios de la sociedad. Fitzgerald plantea una crítica sutil a la rigidez del academicismo y a la idea de que mantener determinadas tradiciones es sinónimo de prestigio. Por aquel entonces algunas universidades admitían a mujeres; sin embargo, el St. Angelicus permanece anquilosado en sus viejas costumbres.
En el otro lado, Daisy Saunders, una muchacha de los suburbios de Londres que podría ser una huérfana dickensiana. Tras la muerte de su madre se queda sola y comienza a trabajar como aprendiz de enfermera en un hospital. Ella representa la otra faceta de la ciencia, opuesta al estudio en el laboratorio: menos conocimiento teórico, pero contacto directo con la enfermedad, el cuerpo, la decrepitud. Daisy, que solo posee su fuerza de trabajo, adquiere una instrucción que no se imparte en el St. Angelicus. Daisy y Fred encarnan la confrontación de la práctica y la teoría, la sordidez cotidiana y el elitismo intelectual. Esta experiencia, además, le hace perder el pudor a la joven, elimina todos los tabús con respecto al cuerpo humano, lleva a cabo las tareas más ingratas de los sanitarios. Mientras tanto, los cultivados profesores del St. Angelicus cumplen su voto de castidad desde su atalaya.
Penelope Fitzgerald
Queda claro lo que pretende Penelope Fitzgerald al poner a Daisy en el camino de Fred, y viceversa. El título alude a una puerta de acceso al college medio oculta, que no se usa, pero para los protagonistas tendrá su utilidad (y no, no para citas furtivas de dos enamorados a medianoche. Esta autora nunca es tan previsible). Aunque de entrada el protagonista parezca Fred Fairly, resulta interesante cómo el punto de vista se centra en otros, se desplaza a través del tiempo y los lugares; tiene ese matiz sorprendente, que demuestra lo bien hilada que está la obra. Hay una galería de secundarios espléndida: del profesor que escribe cuentos de fantasmas al periodista amigo de Daisy, sin olvidar a la madre y hermanas sufragistas y a la amiga del hospital, todos con su lado cómico y bien integrados en el relato. En suma, La puerta de los ángeles es una novela breve muy lograda, con la ironía fina y la hondura que caracterizan la prosa de Penelope Fitzgerald, en la que lo elevado y lo terrenal se cruzan con mucho humor y una pizca de desamparo.

05 julio 2019

Umbra - Silvia Terrón


Edición: Caballo de Troya, 2018
Páginas: 416
ISBN: 9788415451983
Precio: 16,90 € (e-book: 3,99 €)

Estamos en el tercer milenio. El planeta ha quedado dividido en dos zonas: una región de luz y otra de sombra, esta última llamada Umbra, donde se desarrolla la historia. Los humanos han perdido la capacidad de emitir sonidos; se comunican bien por lenguaje táctil, bien con la ayuda de un mineral, el ecoral, en el que han cristalizado frases pronunciadas siglos atrás. Vera, una joven, trabaja en una cadena de transmisión de mensajes: su rutina se desarrolla sin contratiempos hasta el día que recibe un recado de su abuelo, que le habla del pasado, de la época de agitación política, que no se ha contado con honradez a las nuevas generaciones. Vera querrá saber, querrá que la memoria de sus antepasados le cuente las atrocidades que se cometieron durante ese gran cambio de ciclo de la humanidad que ha marcado sus vidas. Esta necesidad de responder preguntas es la que mueve a Vera, que hasta ese momento se mantenía paralizada, a la espera, sin atreverse a tomar las riendas de su existencia.
Marcel, su novio, también siente curiosidad por el pasado. En su caso, la concreta mediante la investigación arqueológica: él y su equipo excavan con la esperanza de hallar restos de la ciudad conocida antaño como París. Mientras explora, se cruza en su camino Greta, una niña que merodea por la excavación. Greta fisgonea los objetos de los arqueólogos, hasta que se asusta al percatarse de que ha oído el ruido que provoca uno de ellos. Ella, una humana, ha podido escuchar un sonido; tal vez la esperanza de recuperar la dimensión sonora no esté perdida por completo. De forma paralela, más allá de gente corriente como Vera o Marcel, existe una familia poderosa que dirige el curso de esta zona. En este sentido, la humanidad no ha cambiado tanto: tiene delante a un jefe-patriarca, Felipe Fumagalli, un hombre que vive entre su esposa, Eva (como la primera mujer) y su amante, Bárbara (como esos pueblos que invadían un territorio). En medio está Dimas, su traductor personal, porque esta clase alta es demasiado orgullosa para aprender el lenguaje táctil. Este desconocimiento, junto con la doble vida del patrón, vuelve vulnerables a los Fumagalli cuando las cosas se les ponen en contra.
Umbra (2018), la primera novela de Silvia Terrón (Madrid, 1980), que previamente había publicado cuatro poemarios y se dedica al periodismo cultural, es un debut atípico. Los escritores suelen darse a conocer con novelas breves, más o menos autobiográficas; tanteos que rara vez se erigen como un libro representativo de su narrativa. Umbra se diferencia de la mayoría por su extensión (cuatrocientas páginas), su género (distopía literaria), su amplitud (novela coral, con la construcción de un lugar rico en detalles, diversas tramas que terminan por confluir) y, no menos importante, su ambición. En la literatura española reciente, Inercia (2014), de Ariadna G. García, también la primera novela de una poeta consumada, comparte algunos de estos rasgos, aunque el futuro proyectado por Silvia Terrón, así como sus conflictos dominantes, está menos politizado (en el sentido común del término) y bebe más de la imaginación; al fin y al cabo, el universo de Umbra se adelanta más de un milenio. La escritora Mercedes Cebrián, en su año a cargo de Caballo de Troya, fue quien apostó por ella.
En Umbra sobresalen dos aspectos. Por un lado, el interés por el lenguaje. Se da la paradoja de que ha escrito esta novela en una época de sobreinformación (pantallas, redes sociales, fake news), es decir, de ruido, no (solo) sonoro. De hecho, el creciente uso de dispositivos móviles está reemplazando la comunicación oral en algunos ámbitos. Un planeta en el que los humanos han perdido la capacidad de producir sonidos puede resultar inverosímil, pero es una metáfora excelente de lo que sucede cuando el ruido opaca los mensajes importantes: se puede estar sordo a lo esencial, aunque el oído capte el sonido. En Umbra, los personajes aprenden a comunicarse con el lenguaje táctil; se ven obligados a desarrollar el tacto. La situación se relaciona con la facultad de escuchar al otro: en una sociedad cada vez más individualista, se pierde esta atención a los demás. Los protagonistas hacen un esfuerzo para entenderse, para superar las limitaciones de su medio de comunicación. De algún modo, nos recuerda el privilegio de escuchar, de contar con tantos recursos para canalizar un mensaje. Al mismo tiempo, esta distopía reivindica a los traductores, figuras clave en Umbra, por cuanto actúan como muletas para personajes cojos. En el presente estamos asimismo cojos (no solo en idiomas extranjeros: también en la lengua de signos, por ejemplo), por lo que invita a reflexionar acerca de las responsabilidades del traductor y a tomar conciencia de los matices que se pueden dar a un mensaje. Futuro imaginario; temas actuales.
Silvia Terrón
En segundo lugar, la sociedad de Umbra se cimienta sobre unas bases reconocibles en la actualidad (y en casi cualquier periodo), por lo que aborda cuestiones atemporales como la diferencia de clases, el adulterio, el enfriamiento de una pareja, el miedo a tomar las riendas, la memoria de los ancianos, los niños como un lienzo en blanco sobre el que comenzar una nueva historia. Con personajes como Vera, Marcel, Greta y Dimas, profesionales, bienintencionados, prudentes, y a la vez inseguros, con miedo a lo desconocido. Ni héroes ni villanos; personajes sencillos en circunstancias complicadas. Umbra, en fin, es sin duda una obra muy trabajada, fusión de inteligencia e inventiva (y cuánto se agradece una imaginería poderosa entre tanta autoficción). Tiene el problema, quizá, de abarcar demasiado, construir una sociedad demasiado intrincada; con tanta información, tantos frentes abiertos, el libro se diluye. Lo mismo ocurre con el estilo, tan poético que resta fuerza a la historia; le sobran filigranas. Le habría ido bien concentrarlo en menos páginas. De todas formas, hay que aplaudir la valentía de emprender un proyecto de esta altura, más aún en una primera novela.

01 julio 2019

Balance lector de la primera mitad del año (2019)

Hemos llegado al ecuador de 2019 y en esta entrada recopilo las reseñas que he publicado en lo que va de año. Este verano no cerraré el blog por vacaciones, pero sí cambiaré un poco la dinámica: no reseñaré novedades de 2019, sino libros anteriores. En realidad, ya tengo todas las reseñas programadas; es mi forma de tomarme un descanso del blog sin detenerlo. En septiembre volveré a hablaros de títulos recientes (y de mis lecturas veraniegas: alguna os va a sorprender). Quiero que, aunque sea algo simbólico, se note un punto de inflexión entre la época de vacaciones y el resto del año; y también me gusta dedicar los meses de julio y agosto a obras que quizá pasaron desapercibidas en su momento o han caído en el olvido. Espero que os resulte interesante y nos sigamos leyendo por aquí, por Facebook y por Twitter.

Y, sin más preámbulos, los libros reseñados en 2019 hasta la fecha, por orden de publicación en el blog. Los datos (traductor, año, precio, etc.) están en cada reseña.
  1. Nina Berbérova, La acompañante (Contraseña)
  2. Giulia Alberico, La casa de 1908 (Minúscula)
  3. Emmanuel Bove, Armand (Hermida)
  4. Ron Rash, Un pie en el paraíso (Siruela)
  5. Maryam Madjidi, Marx y la muñeca (Minúscula)
  6. María Fernanda Ampuero, Pelea de gallos (Páginas de Espuma)
  7. Siegfried Kracauer, Calles de Berlín y de otras ciudades (Errata naturae)
  8. Vivian Gornick, La mujer singular y la ciudad (Sexto Piso)
  9. Francesco Pecoraro, La vida en tiempo de paz (Periférica)
  10. Rosella Postorino, La catadora (Lumen)
  11. Kaye Gibbons, Ellen Foster (Las Afueras)
  12. Marie-Hélène Lafon, Los países (Minúscula)
  13. Elizabeth Hardwick, Noches insomnes (Navona)
  14. Amor Towles, Un caballero en Moscú (Salamandra)
  15. Claire Messud, La niña en llamas (Galaxia Gutenberg)
  16. Colette, Chéri (Acantilado)
  17. Jan Nemec, Una historia de la luz (Errata naturae)
  18. Elena Stancanelli, La mujer desnuda (Anagrama)
  19. Marco Missiroli, Actos obscenos en lugar privado (Salamandra)
  20. Octavia E. Butler, Parentesco (Capitán Swing)
  21. Elizabeth Taylor, Un alma cándida (Gatopardo)
  22. Georges Simenon, Liberty Bar (Acantilado)
  23. Mary Karr, Iluminada (Periférica y Errata naturae)
  24. Mirko Sabatino, El verano muere joven (Sexto Piso)
  25. Angela Carter, La juguetería mágica (Sexto Piso)
  26. Barbara Honigmann, Un capítulo de mi vida (Errata naturae)
  27. Samanta Schweblin, Pájaros en la boca y otros cuentos (Literatura Random House)
  28. Iris Murdoch, Bajo la red (Impedimenta)
  29. Belén Rubiano, Rialto, 11 (Libros del Asteroide)
  30. Samanta Schweblin, Distancia de rescate (Literatura Random House)
  31. Natalia Ginzburg, El camino que va a la ciudad y otros relatos (Acantilado)
  32. Rosamond Lehmann, Vana respuesta (Errata naturae)
  33. Marco Missiroli, El destino del elefante (Siruela)
  34. Edurne Portela, Formas de estar lejos (Galaxia Gutenberg)
  35. Samanta Schweblin, Siete casas vacías (Páginas de Espuma)
  36. E. M. Forster, Howards End (Navona)
  37. Carolina Schutti, Una vez caminé sobre la suave hierba (Errata naturae)
  38. Luna Miguel, El funeral de Lolita (Lumen)
  39. Elisa Victoria, Vozdevieja (Blackie Books)
  40. Samanta Schweblin, Kentukis (Literatura Random House)
  41. Alba Ballesta, Distina Clara (Algaida)
  42. Fulco di Verdura, Los felices días del verano (Errata naturae)
  43. Marquesa Colombi, Un matrimonio de provincias (Contraseña)
  44. Aroa Moreno Durán, La hija del comunista (Caballo de Troya)
  45. Anna Giurickovic, La hija (Salamandra)
  46. Pier Paolo Pasolini, El sueño de una cosa (Mardulce)
  47. Alba Carballal, Tres maneras de inducir un coma (Seix Barral)
  48. Marquesa Colombi, En el arrozal (Contraseña)
  49. Lalla Romano, La penumbra que hemos atravesado (Periférica)
  50. Joseph T. Sheridan Le Fanu, Carmilla (Navona)
  51. Dorothy Scarborough, El viento (Errata naturae)
  52. Pina Rota Fo, El país de las ranas (Errata naturae)
Durante estos meses también publiqué mis recomendaciones para Sant Jordi, una selección de libros para el Orgullo LGTBI y una lista de lecturas que se desarrollan en verano. Ah, y celebré el noveno aniversario del blog. Espero que esta entrada-recopilación os resulte útil.


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