11 febrero 2013

Maravillas - Brian Selznick



Edición: SM, 2012
Páginas: 640 (nota: más de 460 son ilustraciones)
ISBN: 9788467557022
Precio: 19,95 €

Me gustan los escritores valientes que se atreven a ir más allá de los parámetros preestablecidos y proponen obras novedosas tanto en la forma como en el contenido. Creo con firmeza en la innovación en la literatura, por eso en cuanto conocí la existencia de Maravillas, una novela narrada con ilustraciones y texto, no me pude resistir y me dejé llevar por una corazonada. El autor, Brian Selznick (Nueva Jersey, 1966), ya puso en práctica esta técnica en su aclamado La invención de Hugo Cabret, libro con el que ganó diversos premios y cuya adaptación al cine en 2011 también logró un gran reconocimiento. En realidad, el hecho de narrar una historia con imágenes no es nuevo: se hace en las artes pictóricas desde hace siglos, se hace en el cine y la televisión todos los días. No obstante, sí que resulta original incorporar este recurso en una obra literaria actual, porque hay que tener en cuenta que los dibujos no se limitan a ilustrar el texto, sino que narran una trama por ellos mismos, como una película en papel.

La comparación con el cine no es en vano: como ya demostró en La invención de Hugo Cabret, Brian Selznick conoce muy bien el sector y las ilustraciones están cargadas de movimiento, consigue ese efecto de acercamiento característico de la cámara para focalizar el interés del lector en los elementos importantes. Además, los rostros son muy expresivos, hace un buen uso de las sombras (en especial en el cielo, con la tormenta y las estrellas) y sus dibujos son tiernos, hermosos, adecuados para el público infantil; resulta imposible no encariñarse con los personajes que retrata. Las imágenes están hechas a lápiz, por lo que estamos ante escenas en blanco y negro que de nuevo nos recuerdan al cine antiguo y encajan perfectamente con el ambiente pasado que plasman.

Pero ¿de qué va la novela? La trama contada con palabras se centra en Ben, un niño sordo de un oído que una noche de tormenta de 1977 encuentra un extraño libro en casa de su madre en el que hay un marcapáginas que contiene los datos de su posible padre. La madre de Ben murió hace unos meses y ahora él emprende un viaje para intentar conocer a su progenitor, un camino que lo llevará al Museo de Historia Natural de Nueva York y otros rincones llenos de maravillas. De forma paralela, las ilustraciones narran la historia de Rose, una niña sorda que en 1927 escapa de su hogar para ir a ver una película protagonizada por una actriz de la que colecciona noticias. Además de su deficiencias auditivas, Ben y Rose tienen en común la necesidad de encontrar su lugar en el mundo a través de una búsqueda en la que sus tramas convergen y les descubren que, después de todo, no están tan solos como creen.

La historia me ha parecido preciosa, un relato escrito con sencillez que rebosa emociones sin caer en el sentimentalismo, como un bonito cuento que con su aparente candidez consigue conmover al lector. Las tramas personales hablan de la soledad, de la búsqueda de un lugar en el que uno se sienta cómodo, que en el caso de los niños protagonistas se complica todavía más por su discapacidad. En cualquier caso, es una novela que trata temas universales que todos podemos entender, aunque al mismo tiempo tiene un toque curioso que va un poco más allá de lo de siempre y propone contenidos interesantes que permiten instruir al lector mientras disfruta de la lectura.

Entre sus temas estrella, me ha encantado que se tratara el de la discapacidad auditiva: el autor no pretende dar lecciones de moral y ensalzar el esfuerzo que llevan a cabo las personas que la sufren (una visión demasiado habitual en ciertas novelas, me temo), sino que habla del asunto con naturalidad, plasma la incomprensión que sufren los protagonistas de una forma creíble, sin recrearse en ello y sin despertar compasión. En definitiva, los niños son mucho más que su discapacidad. Como explica en el epílogo, Selznick conoce bien esta situación porque su hermano padece el mismo problema que Ben y además se ha documentado de forma amplia para reflejar con verosimilitud las sensaciones que experimenta una persona sorda (a propósito, qué delicia de prólogo para los que nos gusta saber cosas sobre el proceso que siguió el autor).

El otro gran atractivo de Maravillas es el lugar de destino de los personajes: el Museo de Historia Natural de Nueva York, y en este punto se agradece mucho que el autor haya optado por escribir y dibujar, puesto que las ilustraciones de las exposiciones aumentan todavía más su carácter fascinante y esto, en las manos de un niño, puede despertar su curiosidad por ellos. Selznick recorre las salas principales del edificio y conecta con gran acierto las tramas personales con algunos objetos que se muestran; un planteamiento original que rinde homenaje a las maravillas que almacenan las colecciones de arte. Además, como buen cinéfilo, el autor no deja de lado las referencias al cine y, en concreto, cómo afectó la introducción del sonido en la gran pantalla; hasta este momento nunca me había parado a pensar en el hecho de que esto excluyó de algún modo al público con discapacidad auditiva. Los temas que Selznick ha elegido no son meros decorados; todo se relaciona, no hay nada gratuito.

En esta perfecta integración también se incluyen las imágenes, claro. Ilustraciones y texto están acoplados y, aunque en un principio parecen tramas totalmente independientes, en algunas escenas se complementan de forma mutua, incluso antes del momento en el que ambas convergen en una. Los dibujos narran la segunda historia y llegan donde las palabras no pueden llegar; un recurso que nos recuerda que no se deben menospreciar los recursos visuales, ni siquiera en un libro.

Brian Selznick.
La recta final de Maravillas me pareció especialmente hermosa; terminé la novela con los ojos húmedos y con una sensación muy gratificante en mi interior. Sabía que encontraría una historia original, pero en la práctica ha resultado ser mucho más, un proyecto bien planificado y ejecutado que incorpora temas tan interesantes como la museología y la discapacidad auditiva sin pretensiones adoctrinadoras y con muchas posibilidades de llegar al lector. No por incluir imágenes se pierde el encanto de la literatura de siempre; al contrario, su atractivo aumenta por todo lo que aportan las tiernas ilustraciones de Selznick. Ahora, la gran pregunta: ¿para quién lo recomiendo? Bookworm, que de literatura infantil entiende más que yo, lo aconseja para niños a partir de 10-11 años con hábito lector (más que nada para que no se asusten al ver sus dimensiones). De todos modos, Maravillas es un magnífico ejemplo de libro que puede gustar a lectores de todas las edades, así que si sois adultos sin prejuicios no lo dejéis caer en el olvido y saboread estas páginas con el mismo encanto con el que lo he hecho yo.

Si os ha llamado la atención, podéis empezar a leerlo aquí.

08 febrero 2013

El encanto de lo breve


Dice el refrán que «Lo bueno, si breve, dos veces bueno», pero parece que en el mundo literario ni las editoriales ni los lectores opinan de este modo. Si nos damos una vuelta por la lista de libros más vendidos de cualquier librería, veremos que es raro encontrar una novela de menos de trescientas páginas entre los diez primeros puestos; de hecho, lo habitual es que superen las quinientas, con lo que se les puede aplicar el calificativo de extensas sin temor a equivocarnos: E. L. James, María Dueñas, Ken Follet, Kate Morton, Sarah Lark, Luz Gabás…; y lo mismo sucede con otros éxitos de los últimos años, como Carlos Ruiz Zafón, Dan Brown o Ildefonso Falcones. 

Hace mucho tiempo hice una encuesta sobre las preferencias de los lectores en este aspecto y nada menos que el 81% de los votantes se decantó por las obras largas en detrimento de las breves, sobre todo por el hecho de poder disfrutar durante más tiempo de la lectura y no terminar con la sensación de que ha durado un suspiro. En ese momento yo también elegí esa opción, pero en los últimos años he cambiado un poco de hábitos lectores y lo cierto es que cada vez agradezco más dar con libros breves e intensos, tanto por una cuestión de tiempo como porque he descubierto muchas pequeñas joyas que dan mil vueltas a novelas que las triplican en extensión. De todas formas, estamos en lo de siempre: todo depende del género y de la habilidad del autor; creaciones de alta calidad las tanto cortas como largas. No obstante, sí que es cierto que en el universo best-seller el imperio lo tienen los «ladrillos», algo que yo asocio a su elevado contenido en aventuras, que atrae a los lectores que quieren historias con muchos giros argumentales que enganchen y les hagan vibrar página tras página. Yo cada vez tiendo más hacia otro tipo de literatura, me importa más la forma que el contenido y por eso me deleito más con un texto breve muy bien escrito que con una extensísima novela de acción con una prosa sencillita (aunque cada cosa tiene su momento). 

Supongo que el hecho de que Irène Némirovsky, una de las escritoras a las que más admiro, se caracterice precisamente por su estilo conciso ha influido en mi percepción: leerla es para mí el máximo placer, un cóctel de elegancia y emociones que dura poco pero permanece en el recuerdo. Me apena que los libros breves no tengan una mejor acogida; la calidad de una obra no debe medirse por su volumen, sino por su interior y su calado. Además, se trata de una situación un tanto irónica: mucha gente dice que no lee (o que no lee más) por falta de tiempo, pero luego elige siempre lecturas extensas. ¿No es un poco contradictorio? En cualquier caso, yo reivindico desde aquí la inmensa satisfacción que supone encontrar novelas breves, cuidadas y profundas, pequeñas muestras de talento con el sabor del mejor licor que los lectores que prestamos atención a la forma de narrar agradecemos muchísimo.

06 febrero 2013

Me desperté temprano y saqué al perro - Kate Atkinson



Edición: Lumen, 2013
Páginas: 504
ISBN: 9788426420626
Precio: 21,90 € (e-book: 13,99 €)

Detenía a chicas por prostitución y las veía volver de cabeza a la calle; había chicas extranjeras que venían a trabajar como camareras o canguros y se encontraban encerradas en habitaciones infames, ofreciendo sus servicios a un hombre tras otro durante todo el día; y estudiantes que trabajaban en «clubes de caballeros» (¡Ja!) para cubrir sus gastos. La libertad de expresión, las buenas obras de supuestos liberales, la defensa de los derechos del individuo, siempre y cuando no perjudiquen a los demás. Pura palabrería. Ahí te llevaba todo eso, a la Roma de Nerón

El mal no tenía fin, en realidad. ¿Y qué se podía hacer? Se podía empezar con una niña (pág. 140).


Después de leer Me desperté temprano y saqué al perro solo se me ocurre decir esto: qué buena es Kate Atkinson. Tan, tan buena, que me ha entusiasmado incluso con una novela que pertenece a un género que no está entre mis favoritos, pero ya se sabe que cuando un escritor tiene talento no importa tanto qué cuenta, sino cómo lo narra. Me desperté temprano y saqué al perro es la cuarta entrega (y última, por ahora) protagonizada por el detective Jackson Brodie, aunque como suele suceder en la novela negra no hace falta leerlas por orden para disfrutarlas, cada una tiene su propia trama. La serie se ha adaptado a la pequeña pantalla por la BBC con el título de la primera parte, Case Histories (Expedientes en castellano). La autora, una inglesa nacida en 1951, inició su carrera literaria en 1995 con Entre bastidores, libro que le valió el Whitbread Price, y por su calidad se la ha comparado con Patricia Highsmith. Además de su saga de intriga, también ha publicado algunas novelas de narrativa general y relatos.

La serie del detective Jackson Brodie: Expedientes, Incidentes, Esperando noticias y Me desperté temprano y saqué al perro.

Me desperté temprano y saqué al perro, con un título inspirado en un poema de Emily Dickinson, narra la historia de la ex policía cincuentona Tracy Waterhouse, una mujer grandota y solitaria, el día en el que en un impulso compra una niña a una prostituta que seguro que le daría mala vida. Desde este momento empieza una nueva etapa para ella, con su particular maternidad experimenta sentimientos nuevos y está decidida a evitar que descubran lo que ha hecho. Pero Tracy no es la única protagonista de esta novela: el detective Jackson Brodie ha llegado a Leeds con el fin de investigar un caso en el que Tracy trabajó años atrás, aunque antes de empezar también incorpora a alguien a su equipo: un perro que se convierte en su fiel acompañante. Los hilos argumentales se entrecruzan, entran en juego otros personajes y con estos ingredientes resulta inevitable obtener una novela negra mucho más compleja que otras de su género.

Cuando uno piensa en la palabra «suspense» suele imaginar un misterio por resolver inmerso en una trama llena de acción trepidante que se desarrolla en un ambiente oscuro. Me desperté temprano y saqué al perro tiene un poco de eso, pero va mucho más allá: para empezar, porque no revela desde el comienzo cuál es el secreto del pasado y el libro está narrado en una tercera persona que alterna fragmentos centrados en diversos personajes (no solo Jackson Brodie y Tracy: también un ex compañero de Tracy que estuvo implicado en el caso y una anciana senil que se vio inmersa en el asunto por casualidad), con algunos capítulos ambientados en la época en la que sucedieron los hechos. La prosa de Kate Atkinson es cruda e inteligente, plasma el lado turbio de la realidad con frases que golpean al lector y algunos toques de humor. Estamos ante una novela exigente que no sigue el orden lineal habitual y requiere un esfuerzo por parte del lector para no perder detalle.

Jason Isaacs como J. Brodie.
Además, gran parte del atractivo de la obra reside en la profunda caracterización de los personajes. Desde el principio me impresionó el magnífico retrato físico y psicológico de Tracy, una mujer que bajo su coraza de policía siempre guardó un especial cariño hacia los niños. También me cautivó Tilly, la anciana, de la que se narran fragmentos brillantes sobre sus pérdidas de memoria, y el ex compañero de trabajo de Tracy, muy afectado por un asunto personal que todavía no ha superado. En cuanto a Jackson Brodie, el detective, como buen protagonista de la serie es un hombre imperfecto encantador que colecciona varias ex mujeres (me perdí un poco con ellas; supongo que sus historias se desarrollan en los libros previos). Todos los personajes tienen matices, han pasado por alguna experiencia traumática y en este momento de sus vidas deben hacerle frente. Con Kate Atkinson no hay buenos ni malos; simplemente son humanos y evolucionan. 

Con unos personajes tan trabajados y un entramado tan complejo, resulta inevitable hablar de los conflictos morales que atraviesan. La autora no pretende escribir un tratado social, sino que invita a reflexionar con la simple exposición de los hechos. Comprar a una niña está mal, pero ¿acaso no es mucho peor que permanezca con una mujer (ni siquiera se sabe si es su madre) que lleva una mala vida y no cuida de ella? Mientras leía el empeño que pone Tracy en atender a la pequeña no podía dejar de pensar en las contradicciones de nuestra sociedad, que de inmediato reprobaría su acción aunque gracias a esa compra haya conseguido darle una existencia mejor. Los otros temas que se tratan están relacionados con la pérdida (la hermana del detective que fue asesinada tiempo atrás, una chica en estado vegetativo, la degeneración en la vejez) y Kate Atkinson sabe reflejar con una gran elegancia el estado anímico de los afectados. Me encantó esta perspectiva crítica.

Por supuesto, también hay un lugar para el buen misterio y los asuntos sombríos, en esta ocasión relacionados con el asesinato de prostitutas. Desde el inicio hasta el final de la novela solo transcurren unos días, pero dan mucho de sí por la cantidad de detalles que abarcan y por los numerosos recuerdos que nos permiten conocer a fondo a todos los protagonistas. Gracias a esa magnífica estructura, la autora consiguió atraparme de inmediato, no como un thriller danbrownesco, sino con una intriga más complicada en la que el interés también se centra en conocer más a sus personajes, no solo el secreto del pasado. La imagen crítica que proporciona de esta cara de la sociedad resulta impactante, aunque más que los hechos en sí (todos hemos escuchado muchas veces noticias horribles) lo que impresiona es la visión que Kate Atkinson nos da de ellos, sin moralinas, sin exaltar a unos ni envilecer a otros; muestra este ambiente con la mirada de alguien que sabe lo que hay y casi ha perdido la esperanza de que cambie. La cruda realidad, en definitiva.

Kate Atkinson.
En conclusión, Me desperté temprano y saqué al perro me parece una muy buena novela y tengo la firme intención de seguir leyendo a Kate Atkinson, con independencia del género al que se dedique. Me ha cautivado por su prosa, su habilidad para caracterizar a los personajes y su espléndida construcción de una historia ambiciosa que no decae en ningún momento. La recomiendo de forma encarecida a los lectores exigentes, con ganas de perderse en una obra trabajada e inteligente. El que os guste la novela negra o no es lo de menos, porque esta historia es mucho, mucho más que una simple trama de suspense.

Cuando compró a la niña hizo un pacto con el diablo. Podría tener a alguien a quien amar, pero el precio sería muy alto. Pensó en la Sirenita, cada paso una tortura, un dolor lacerante como el de espadas afiladas. Solo por ser humana, por amar.

La niña bajó la varita en dirección a Tracy. Le concedía un deseo o le echaba un hechizo, difícil saber cuál de las dos cosas. Courtney se había hecho un hueco en su alma. ¿Qué pasaría si se la arrancaban?

Aquello era amor. No salía gratis, lo pagabas con dolor. Tu propio dolor. Pero lo cierto era que nadie había dicho que el amor fuese fácil. Bueno, sí que lo decían, pero eran unos idiotas (pág. 490).

04 febrero 2013

La literatura y el sexo del autor

El mes pasado os propuse una encuesta que me ha dado algún que otro quebradero de cabeza, por eso voy a intentar escribir esta entrada con mucho tacto para evitar que se me malinterprete. La pregunta que os hacía era muy sencilla: ¿leéis más libros escritos por hombres o por mujeres? Antes de que nadie se me eche encima, quiero aclarar que no había ninguna motivación de separar las obras que se publican en función del sexo del autor ni el de los lectores (¡faltaría más!), sino tan solo una curiosidad sana provocada en parte porque algunos lectores me han hecho notar que leo muchos libros escritos por mujeres y quería saber si soy la única a la que le ocurre. Los resultados me han demostrado que no:

¿Lees más libros escritos por hombres o por mujeres?
Soy hombre y leo más a hombres........... 16 votos (2%)
Soy hombre y leo más a mujeres........... 11 votos (1%)
Soy hombre y leo a ambos por igual........ 37 votos (6%)
Soy mujer y leo más a hombres............ 44 votos (7%)
Soy mujer y leo más a mujeres............. 145 votos (26%)
Soy mujer y leo a ambos por igual.......... 154 votos (27%)
No lo sé/No me he fijado.................... 144 votos (26%)
Total de votos: 551

Tal y como esperaba, ganan las opciones del ambos por igual y el "No me he fijado", cosa que me parece totalmente lógica. No obstante, resulta llamativo que del bloque de las mujeres, que suma un total de 343 votos, cerca de la mitad hayamos reconocido que leemos más a mujeres. Yo no creo que lo hagamos con ningún afán hembrista, como me han insinuado alguna vez con muy mal gusto, sino que simplemente sentimos más interés o empatía por temas que suelen tratar más las mujeres. Ojo, con esto no quiero decir que la literatura escrita por mujeres sea "femenina" y deba considerarse un género aparte, pero hay autoras, como Almudena Grandes y Lucía Etxebarria en sus comienzos, que suelen escribir sobre temas asociados a las mujeres (recordad el libro con el que Etxebarria ganó el Planeta: Un milagro en equilibrio, sobre el embarazo), de modo que entiendo que de entrada puedan atraernos más que a los hombres, aunque son novelas "sin género" que también pueden gustarles a ellos (es decir, no estamos hablando de chick-lit, donde sí que reconozco que su público objetivo está mucho más determinado).

De todos modos, quiero aprovechar para aclarar que nunca elijo mis lecturas en función del sexo del autor (y supongo que las otras mujeres que han votado la misma opción que yo están de acuerdo conmigo); lo que ocurre es que los argumentos que me llaman más la atención suelen estar escritos por mujeres, de ahí que en el blog se vean muchos más nombres de féminas. Por otro lado, me he quedado con las ganas de que votaran más hombres para comprobar si con ellos también se cumple esta tendencia y leen más a los de su mismo sexo (cosa que entendería perfectamente por los mismos motivos), pero el hecho de que me lean más mujeres también demuestra, al menos en parte, que el tipo de libros que reseño interesa más a las lectoras.

He dicho que no quería escribir una entrada reivindicativa (entre otras cosas porque no creo que haga falta. Precisamente en la literatura, en el panorama actual, no me parece que haya demasiadas diferencias entre las oportunidades que se dan a autores y autoras), aunque sí que me apetece hacer una pequeña observación: a mí me han señalado más de una vez que leo a más mujeres que a hombres; en cambio, en espacios donde ocurre claramente lo contrario (desde blogs a recopilaciones de periódicos con los mejores del año) casi nadie dice nada. Tengo la sensación de que leer a más hombres que a mujeres, o leer a ambos por igual, se ve como algo normal; por el contrario, leer a más mujeres, no es que se vea mal, pero se nota como diferente, por eso algunos lectores se fijan en este detalle y me lo hacen notar. Es solo una impresión que tengo, puede que me equivoque.

Sea como sea, estoy segura de que todos estaremos de acuerdo en que lo que importa es la buena literatura, con independencia del sexo de la persona que la escriba y de los temas que elija tratar.

01 febrero 2013

Fomento de la lectura: ¿adoctrinamiento o seducción?

Las palabras de Enrique Redel, editor de Impedimenta, cuando le preguntan en esta entrevista por qué es necesario fomentar la lectura (las negritas son mías):
«A mí no me gustan las campañas oficiales de fomento de la lectura. Espantan al lector de verdad. Porque la lectura es de todo menos “oficial”, “estatal”, “ministerial”. La lectura es una expresión de libertad, el que lee va a la contra, porque piensa por uno mismo. Leer no te hace mejor persona, necesariamente. Puede que te haga peor persona, puede que te inspire ideas malvadas, antisociales. Por eso la lectura es tan peligrosa para el poder. Pero, a nivel personal, la lectura aplaca, conforta, fortalece. Yo creo que más bien nos las deberíamos arreglar para seducir, no para fomentar».
Cuando leí esta respuesta se me encendió la bombilla. En la red es bastante común decir que se tiene un blog para fomentar la lectura, un mensaje que queda muy bonito en el apartado de presentación de la bitácora y que invita a los visitantes a pensar «Oh, qué maravillosa labor hace esta persona». Algo parecido ocurre en las redes sociales, donde entre perfiles de lectores asiduos son frecuentes las imágenes con frases bonitas sobre cómo leer nos hace felices, sabios y mil cosas más. Alguna vez he picado y los he compartido, cierto; pero en general esta mentalidad —la promoción de la lectura como una afición que nos hace mejores personas— me provoca un poco de rechazo.

No me entendáis mal: soy consciente de los beneficios de leer, me encantaría que se leyera más y para eso resulta necesario difundir esta actividad. No obstante, no conecto con ese tufillo adoctrinador y excesivamente benévolo que muchas veces desprenden las campañas de fomento de la lectura, tanto las oficiales como las improvisadas, como esos mensajes de las redes sociales. Como dice el editor en el fragmento que he citado, la lectura nos hace pensar por nosotros mismos, por eso me parece un poco contradictorio que a veces esta práctica se defienda casi como un mantra («Lee, que es bueno»). Creo que los que leemos lo hacemos ante todo para disfrutar, de modo que es esa sensación la que deberían transmitir los proyectos: promover la lectura como deleite, no como instrucción para la mente ni con el cansino propósito de hacernos mejores personas.

En esto último también influye qué tipo de público es el destinatario de las campañas de fomento. Los blogs de libros que creen estar haciendo una gran labor para la difusión de la lectura están muy equivocados, puesto que este tipo de propagación se debería hacer entre personas no lectoras. Quienes dedicamos nuestro a tiempo libre a navegar por blogs de libros somos lectores muy asiduos y resulta evidente que nos gusta encontrar mensajes sobre lo bueno y lo maravilloso que es leer; sin embargo, para convencer a quien no lee hay que utilizar otra táctica que deje de lado el adoctrinamiento y venda la lectura de una forma que resulte atractiva para los que piensan que leer es aburrido. No sé cómo debería ser esa campaña, no soy publicista, pero tengo claro que la moralina sobre las bondades de leer no resulta eficaz.

Además, me parece que encerrarse demasiado en ese círculo puede llegar a ser contraproducente. Una de las actitudes que más detesto de lo que yo llamo «ambiente literario» (intercambios de opiniones entre autores, profesionales del mundo del libro y blogueros en las redes sociales) es el menosprecio hacia el que no lee y la exaltación de la lectura como única actividad buena para el alma y el cerebro. Ya he hablado alguna que otra vez de lo mucho que me irritan las frases como «Mientras otros ven la televisión yo prefiero leer un buen libro»; no me gusta la lectura entendida como superioridad, nunca he presumido de leer, para mí es algo tan natural como comer. Me pongo en la piel de alguien no lector que lee ese tipo de comentarios desde la distancia y comprendo a la perfección que no sienta el menor interés por entrar a formar parte de una «élite» de gente que se cree mejor que los demás por leer (tal vez no lo creen, pero eso transmiten).

Para terminar: sí, leer es maravilloso, hay estudios que demuestran sus beneficios en el desarrollo del cerebro y todo eso. Pero ¿de veras leemos para hacernos mejores? También podríamos practicar más deporte, comer más sano, sentarnos de forma más correcta y otras mil cosas que se sabe que son buenas y sin embargo se llevan a cabo menos de lo que se debería. Yo pienso que si leemos es, ante todo, porque nos gusta, porque la ficción nos aporta sentimientos fascinantes y se convierte en un maravilloso refugio siempre que queremos huir de la realidad. Cuando se trata de transmitir el amor por la lectura, ¿no sería mejor hablar de estas sensaciones en lugar de recurrir al manido (y repelente) «Leer nos hace más sabios y mejores personas»?

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