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25 enero 2017

La balada del café triste - Carson McCullers



Edición: Seix Barral, 2017 (trad. María Campuzano; pról. Paulina Flores)
Páginas: 168
ISBN: 9788432229855
Precio: 16,00 €
Leído en la edición en catalán de L’Altra, 2016 (trad. Yannick Garcia).

Esta reseña forma parte del proyecto #AdoptaUnaAutora, que tiene como objetivo dar a conocer la vida y la obra de escritoras de cualquier época, nacionalidad y género. Este blog participa en la iniciativa con la «adopción» de Carson McCullers, por lo que a lo largo del año se publicarán diversas entradas sobre sus libros y su biografía.
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Hablar de Carson McCullers (Georgia, 1917 – Nueva York, 1967) significa aproximarse a una voz fundamental del siglo XX, uno de los exponentes de la literatura sureña de los Estados Unidos junto con autores como William Faulkner, Eudora Welty, Katherine Anne Porter, Tennessee Williams, Flannery O’Connor y Truman Capote. Escritora precoz, en 1936 publicó en la revista Story su primer cuento, «Wunderkind», escrito a los diecisiete años y recogido más tarde en el volumen La balada del café triste (1943). En 1940, a los veintitrés años, vio la luz su aclamada primera novela, El corazón es un cazador solitario. Su obra, que también comprende las novelas Reflejos en un ojo dorado (1941), Frankie y la boda (1943) y Reloj sin manecillas (1961), sus memorias Iluminación y fulgor nocturno (1999) y otros relatos, se caracteriza por su fina exploración de los personajes inadaptados o marginados por la sociedad. Ella misma tuvo una vida poco convencional, marcada desde muy joven por la enfermedad, que tras diversos ataques la dejó paralítica de un costado cuando contaba poco más de treinta años. Además, tras divorciarse de su marido, Reeves McCullers, de quien adoptó el apellido, se relacionó con mujeres, entre ellas la autora Annemarie Schwarzenbach; la homosexualidad es otro tema de su producción en el que Carson McCullers fue pionera.
En 2017 se conmemoran el centenario de su nacimiento y los cincuenta años de su muerte. Sus libros se están reeditando con nuevas cubiertas, ilustradas por Sara Morante, y prólogos de autores jóvenes. En la prensa, comienzan a proliferar los artículos y reportajes sobre esta personalidad literaria única. Se trata de una gran ocasión para leerla o releerla (aun a riesgo de hartazgo por la saturación mediática), aunque lo cierto es que Carson McCullers nunca ha dejado de estar presente en las librerías españolas, y esto da buena cuenta, no solo de su calidad, sino de la frescura de sus textos, su pervivencia. Por ejemplo, La balada del café triste, una pequeña obra maestra que comprende la novela corta de título homónimo y seis cuentos. Siete piezas que atestiguan la pericia narrativa de la autora, su ojo clínico para retratar la fragilidad del ser humano con una sutileza extraordinaria. Todos los personajes que desfilan por estas páginas atraviesan su particular punto de inflexión en el que están a punto de romperse; Carson McCullers capta el instante en el que se produce esa ruptura, sin dejarse llevar nunca por el sentimentalismo por mucho que el camino parezca inducirla a ello.
La balada del café triste
Esta magnífica nouvelle se sitúa en un «inhóspito» (sic) pueblo del sur donde no hay siquiera un local para que los lugareños se diviertan. Tiempo atrás, sin embargo, hubo un café, un café que estuvo ligado a un peculiar triángulo amoroso… y esa es la historia. El primer vértice lo conforma la señorita Amelia, una mujer con recursos pero sin familia, alta, tosca, fuerte, profundamente solitaria y taciturna; una mujer que no tiene reparos en plantar cara a quien intenta jugársela. Amelia se casó con Marvin Macy: el matrimonio duró diez días, y nadie sabe con exactitud qué ocurrió. Desde la separación, ella ha seguido regentando una tienda, la que más adelante se convertirá en café. Un día, llega de improviso el llamado primo Lymon, un enano jorobado que se instala en su casa. Nadie sabe con seguridad de dónde viene, ni si en efecto es pariente suyo, pero este forastero rompe la monotonía de la localidad. Lymon, más locuaz que Amelia, da un giro a su vida y, por extensión, a la de los vecinos, que disfrutarán del café. El triángulo se completará con el ex de Amelia, que regresa de la cárcel.

En primer lugar, el amor es una experiencia común a dos personas. Pero el hecho de ser una experiencia común no quiere decir que sea una experiencia similar para las dos partes afectadas. Hay el amante y hay el amado, y cada uno de ellos proviene de regiones distintas. Con mucha frecuencia, el amado no es más que un estímulo para el amor acumulado durante años en el corazón del amante. No hay amante que no se dé cuenta de esto, con mayor o menor claridad; en el fondo, sabe que su amor es un amor solitario. Conoce entonces una soledad nueva y extraña, y este conocimiento le hace sufrir. No le queda más que una salida, alojar su amor en su corazón del mejor modo posible, tiene que crearse un nuevo mundo interior, un mundo inmenso, extraño y suficiente.

Carson McCullers firma este célebre pasaje sobre los roles del amante y el amado. En efecto, La balada del café triste indaga en los matices de la experiencia amorosa para cada involucrado: Amelia, Lymon y Marvin Macy, tres personajes marginados, patéticos a su manera. Lo narra con un estilo elusivo, delicado, insinuante. No hace una introspección de Amelia ni explicita sus sentimientos, sino que los deja entrever a través de los cambios que se observan desde fuera. Es decir: no cae en el tópico de contar que alguien «se ha enamorado» o «sufre por amor»; en lugar de eso, habla de las miradas, de las nuevas costumbres, del buen humor, de la generosidad para con los demás, del hecho de ponerse el vestido rojo en un determinado momento. Es muy interesante, por otro lado, la caracterización de Amelia: pese a tratarse del personaje femenino, y además «víctima» en cierto modo de las circunstancias, la autora no la endulza ni la retrata como una damisela en apuros. Sigue siendo una mujer fortachona, vestida con su mono de trabajo, terca. El hecho de que tenga una personalidad dura, impenetrable, le da más mérito aún a McCullers por ahondar en un personaje poco expresivo y mostrar su fragilidad (he recordado a la protagonista de Olive Kitteridge, de Elizabeth Strout, aunque la comparación debería ser al revés por la fecha de cada obra).
Pero los tres personajes no están solos: el pueblo sureño, los vecinos, tiene un papel relevante como personaje colectivo. La evolución de la localidad está correlacionada con la de Amelia: en primer lugar, la aridez, la soledad, con los hombres comprando la bebida para marcharse luego a casa; en segundo lugar, tras la llegada del primo Lymon, el periodo bueno, el nacimiento del café que promueve la unión de todos, el lugar donde compartir; y, por último, la desolación, las puertas que se cierran. Los pueblos, en literatura, suelen estar asociados a recreaciones costumbristas simpáticas, donde todos los vecinos se conocen, charlan y se ayudan. Carson McCullers les da otro enfoque: el pueblo como un lugar aislado y perverso, donde la gente mira, husmea, pero no se atreve a intervenir cuando el otro necesita auxilio. Algunos tienen buenas intenciones, pero la falta de fluidez en su relación con los implicados los frena. En suma, La balada del café triste es también un excelente retrato de un ambiente embrutecido, yermo, frío. Más allá del triángulo, invita a reflexionar sobre la capacidad del ser humano para solucionar problemas en equipo, frente al desarraigo al que lo condenan el desapego, la desconfianza y el miedo a abandonar la zona de confort.
En general, la novela examina de forma espléndida ese estado de soledad, desolación, vulnerabilidad. Es oscura, despiadada, muestra la fragilidad sin usar la palabra frágil, dejándola entrever con la observación atenta y perspicaz de cada gesto. Analizar el punto de vista resulta fundamental para entender este logro: un narrador externo, un contador de historias que introduce el relato a la vieja usanza, con recursos de la narración oral (adelantamientos, dilaciones, interrupciones, llamadas de atención al lector). Revela desde el principio que el triángulo terminó mal, tanto en lo colectivo (pueblo) como en lo individual (Amelia), y a medida que destrenza la anécdota hace pausas para indicar que aún no toca contar determinado suceso, o para recordar que pronto llegará ese desenlace fatal. Carson McCullers hace que el narrador externo acreciente la emoción por el curso de los acontecimientos, y con ello aumenta la potencia narrativa del libro. La nouvelle termina con una especie de fábula, a modo de moraleja; otro rasgo propio de los cuentos tradicionales.
Seis cuentos, seis desamparos
La balada del café triste justifica por sí sola la grandeza de este libro, pero, por si fuera poco, está acompañada de seis cuentos brillantes, en los que se vuelve a poner de manifiesto su extraordinaria sutileza y su capacidad para capturar esos instantes entre la vulnerabilidad y la transformación. El primero, «Wunderkind», escrito a los diecisiete años y de naturaleza autobiográfica —Carson McCullers estudió piano y suele usar referencias musicales—, se centra en una muchacha, antaño un prodigio del piano, que de pronto se da cuenta, como una revelación que le abre los ojos y la deprime a la vez, de que nunca será una gran pianista. Se plasma la forma de asumir que aquello que siempre había funcionado, aquello en lo que había puesto tantas esperanzas, finalmente no se dará, y no por causas ajenas, sino por ella misma, por no ser lo bastante buena. También deja entrever la relación de la chica con el profesor, cómo este intenta ayudarla para disimular sus carencias; ese complicado rol del maestro, entre el afecto por su alumna y la toma de conciencia de que algo no va bien. Un tema doloroso, abordado con una madurez sorprendente dada la juventud de la autora.
El segundo personaje herido protagoniza «El jockey», que guarda algunas similitudes con «Wunderkind»: un jinete venido a menos después de un desafortunado accidente. En esta ocasión, Carson McCullers encauza el asunto del fracaso a través de cómo lo ven otros hombres, ligados a su profesión, que lo conocían antes y lo conocen ahora. Hablan de él, se lamentan, tratan de digerir que nunca volverá a ser el mismo. Y, mientras tanto, el jinete, ajeno a las chácharas, se tortura con su obsesión por lo que pasó. A diferencia de la joven de «Wunderkind», que en un determinado momento tiene las agallas suficientes para asumir su falta y renunciar a su sueño, el protagonista de «El jockey» está trastornado porque el accidente afectó a una tercera persona. No se ha venido abajo por una pérdida de talento espontánea, sino por un suceso que le dejó profundas secuelas psicológicas. Carson McCullers muestra el carácter efímero de la estabilidad emocional, que puede romperse en un instante.
En «Madame Zilensky y el rey de Finlandia» vuelve a aparecer la música, esta vez de la mano de una profesora de música extranjera que llega para dar clases. El narrador la ha contratado para su centro, atraído por su prestigio. Sin embargo, al conocer a la mujer, detecta ciertas incoherencias en la historia que cuenta. Sigue siendo una excelente maestra, pero qué extraño resulta que una persona competente mienta más que habla… Esta pieza constituye otro ejemplo excelente de la importancia de elegir bien el punto de vista: el hecho de que el narrador sea el hombre, que desconoce a la profesora, permite que ella siga siendo un misterio para el lector. El nudo está puesto en las elucubraciones de él, las conclusiones que saca. Tampoco es baladí el hecho de que nunca se resuelva el secreto, es decir, las verdaderas circunstancias de ella. No importa: el interés está puesto en la sensación de desamparo, en la fragilidad que lleva a alguien a inventarse la vida.
Los tres últimos textos giran alrededor de las relaciones sentimentales y sus grietas. En «El transeúnte», un hombre regresa al pueblo tras el fallecimiento de su padre. De repente, la conciencia de la muerte lo empuja a recordar el pasado, del que forma parte su ex esposa. Ambos han rehecho su vida, y ahora el protagonista cena con ella, conoce a su nueva familia. El amor, el paso del tiempo, la muerte, la incógnita de lo que podría haber sido; muchas reflexiones se condensan en apenas quince páginas de aparente charla tranquila. «Un dilema doméstico», por otro lado, retrata a un matrimonio con dos hijos pequeños; ella bebe desde que tuvieron un percance. El relato, vertebrado en torno al marido a su regreso a casa un día cualquiera, retrata la tensión de convivir con alguien que padece un problema, pero a quien se sigue queriendo. El hecho de aceptar que el trastorno forma parte de la cotidianeidad, la resignación, las demostraciones de afecto a pesar de todo. Por último, «Un árbol, una roca, una nube» narra la conversación entre el cliente de un bar, un hombre maduro, y un joven recadero. El primero le cuenta la historia de su matrimonio fallido, y de las peculiares conclusiones sobre el amor a las que ha llegado, ante el desconcierto del muchacho.
Carson McCullers
Es imposible no quitarse el sombrero ante la maestría de Carson McCullers. La crítica y el análisis literario se caracterizan a menudo por un exceso de alabanzas, pero en este caso todos los halagos le hacen justicia. Qué finura, qué delicadeza para narrar la crueldad, el dolor, la angustia, el miedo. Qué capacidad de observación, qué precisión para captar solo los gestos esenciales. Qué arte para construir un relato, para elegir el punto de vista idóneo, para contar una historia que va calando poco a poco. La balada del café triste, la novela breve, es una obra excepcional, con personajes memorables de verdad (y qué pocas veces se puede decir esto…), con una reflexión de lo más lúcida sobre las categorías del amante y el amado, y una sutileza estilística fuera de lo común. Los cuentos que la acompañan no desmerecen el conjunto, y son ejemplos perfectos para estudiar en una clase de escritura creativa. Una autora, en fin, maravillosa.
Imágenes del filme basado en la novela, dirigido por Simon Callow (1991) y protagonizado por Vanessa Redgrave.

13 septiembre 2016

Ciudad en llamas - Garth Risk Hallberg



Edición: Literatura Random House, 2016 (trad. Cruz Rodríguez Juiz)
Páginas: 984
ISBN: 9788439731160
Precio: 24,90 € (e-book: 12,99 €)

Era 1966: el año del Black Power, el telemaratón de Jerry Lewis y «Eight Miles High». Tras la brillante bandera azul del cielo, un hombre vagaba fuera de una cápsula espacial, amarrado solo por un ombligo de goma. Entretanto, abajo, la cuidada fachada del mundo que había dejado atrás se desmoronaba. Volutas de hierba surcaban el aire de mediodía; espirales de grafitis florecían en los buzones y en las cornisas de los edificios municipales; cerca de donde había aparcado William, dos chavales blancos, un niño y una niña, sentados en una caja aplastada en la acera, mendigaban a los corredores de Bolsa sin darle más trascendencia que si pidieran la hora. Y a William le parecía que todo ello denotaba progreso en lugar de decadencia: presagiaba el advenimiento de un modo de vida más extasiado, más perspicaz. Porque ¿cómo podría presentarse su padre, la mismísima encarnación del orden burgués, en las mismas calles que ahora pisaba el hijo? No, pensó William, pescando el poco cambio que le quedaba en el bolsillo para dárselo a la niña con cara de coyote: ahora Nueva York pertenecía al futuro. Y esta vez le protegería, seguro. Nunca más se decepcionarían.
No todos los días se termina una novela de casi mil páginas. Tampoco se empieza todos los días; la decisión de leer una obra de este calibre suele conllevar una reflexión previa. En la siempre escasa vida útil de un lector, pocas pasan la criba, de ahí que afrontar la lectura de un «ladrillo» tenga un aura de gran acontecimiento. Luego está la búsqueda del momento, de la predisposición adecuada para pasar muchas horas en su compañía. El miedo al aburrimiento, a no ser capaz de llegar al desenlace, puede ser un freno que postergue ad infinitum la aventura. Con todo, a veces, solo a veces, uno sale victorioso: no por el hecho de alcanzar la meta, sino por la sensación de que, mientras ha durado la experiencia, se ha formado parte de un rico universo narrativo; la sensación de que no se ha sido solo un lector, sino un participante que, al terminar, se lleva un pedazo de la vida comprendida entre las palabras. Y, por extensión, se lleva también ese vacío que queda después de acometer una proeza.
Todo esto he encontrado en Ciudad en llamas (2015), la primera novela de Garth Risk Hallberg (1978), escritor nacido en Luisiana, criado en Carolina del Norte y afincado en Nueva York. Esta última ciudad es la protagonista de su obra; en concreto, durante las décadas de los años sesenta y setenta, época de grandes movimientos juveniles, hasta la noche del 13 de julio de 1977, cuando se produjo el famoso apagón que dejó Nueva York a oscuras. Antes de la oscuridad, no obstante, hay novecientas páginas llenas de pirotecnia. No de claridad, porque su pistoletazo de salida es un suceso: un tiroteo en Nochevieja. Garth Risk Hallberg, como Donna Tartt en El jilguero (2013), conoce las utilidades de comenzar con un misterio que sirva de hilo para desarrollar una historia en la que hay mucho más que suspense, no en vano recibió un adelanto de dos millones de dólares. Este fenómeno es el fruto de un trabajo titánico —cinco años de planificación más otros cinco de redacción— para construir una obra coral de las que aspiran a convertirse en la gran novela americana, un concepto, el de la gran novela americana, que ya es más un género en sí mismo (y una socorrida estrategia comercial) que una posibilidad definitiva. Garth Risk Hallberg ha escrito su nombre en él.
Luces, cámara, acción
Es decir, ¿quién no sigue soñando con un mundo distinto a este? ¿Quién de nosotros —si implica liberarse de la locura, del misterio, de la belleza totalmente inútil del millón de posibles Nueva Yorks de otra época— está dispuesto, incluso ahora, a renunciar a la esperanza?
El símil con el cine no es casual: la construcción del misterio, el ritmo y la descripción, muy visual, de Ciudad en llamas tienen mucho de cinematográfico, incluidas algunas partes —la última, en particular— un tanto «peliculeras» por su juego de intriga y persecuciones cual filme de acción. Pero empecemos por el principio: la Nochevieja de 1976. Narra en ciento cincuenta páginas lo ocurrido en veinticuatro horas, acontecimientos que afectan a los personajes y que son a la vez inicio y culminación de la obra. Inicio, porque constituyen el nudo que habrá que deshacer; culminación, porque son el resultado de hechos anteriores que se recapitularán después. En este capítulo todas las fichas entran en juego: William, proyecto de artista treintañero, drogadicto, el hijo descarriado de una familia millonaria; Mercer, su pareja, un joven profesor negro de origen sureño que aspira a escribir la gran novela americana; Samantha y Charlie, adolescentes que han entrado en contacto, en diferentes grados, con el movimiento punk, en el que también estuvo involucrado William. Esa Nochevieja hay dos grandes eventos: un concierto del grupo del que William formó parte y la fiesta pomposa de la familia de William, a la que él no acudirá. Dos espacios, dos estamentos, que adelantan la dualidad sobre la que se construye la novela. La noche acabará con un tiroteo y un personaje en coma.
A medida que avanza, se van mostrando otros temas de fondo que explican los antecedentes del episodio de Nochevieja. Para empezar, la crisis familiar: William y su hermana Regan tienen problemas desde que su padre contrajo segundas nupcias y el nuevo cuñado de este se entrometió más de lo deseado en sus negocios. William huyó, Regan se quedó. William lleva una existencia caótica, impropia de alguien de su condición social, pero a Regan no le va mucho mejor: a sus problemas laborales —han acusado a su padre de blanqueo— hay que añadir el inminente divorcio, con hijos de por medio. En el otro lado, los músicos punk, antiguos colegas de William y nuevos compañeros de los adolescentes, tienen también sus rencillas mientras luchan por su singular concepto de revolución. Garth Risk Hallberg utiliza una cuidada estructura que combina narración del presente —de la Nochevieja de 1976 hasta el apagón del verano siguiente— con retrospecciones que abarcan toda la década de los sesenta, durante la juventud de William y Regan. El autor abre la novela con una anticipación, y luego hace un uso excepcional de la dilación para retroceder al pasado mientras mantiene la tensión. Adelante, atrás, adelante, atrás; todo se desvela a su debido tiempo.
Nueva York, ciudad plural
Después de dos años en Nueva York, Jenny todavía estaba aprendiendo a reducir sus expectativas al tamaño de su vida real. Era como tratar de devolver la pasta de dientes al tubo.
Palabra clave: diversidad. Aunque Garth Risk Hallberg tenga, al menos a primera vista, un perfil hegemónico (a saber: hombre blanco con estudios universitarios, del que nos informan en la biografía «que vive con su mujer y sus hijos»), ha escrito Ciudad en llamas con una gran conciencia de la diversidad como elemento distintivo de Nueva York, de la Nueva York de entonces, pero también del modo plural con el que miramos Nueva York (y el mundo en general) en el siglo XXI. Hombres y mujeres, blancos y negros (y asiáticos e hispanos), heterosexuales y homosexuales, ricos y pobres, jóvenes y adultos, nativos e inmigrantes, incorruptibles y descarriados, creyentes de religiones diversas (o creyentes de una negación). Todos caben en esta novela, todos tienen su sitio. La ciudad de Nueva York como elemento literario se caracteriza aquí por la multiplicidad de posibilidades, de caminos. De los barrios empobrecidos a la zona alta; los movimientos de los personajes pasan por toda la ciudad y se entrecruzan entre ellos. Sus experiencias son, por supuesto, plurales, y hacen de Ciudad en llamas una novela rica en microhistoria, en las historias íntimas de cada personaje, que permiten abarcar una enorme cantidad de temas (quizá incluso demasiados, pero ya se sabe que los excesos son la tara común de este tipo de obras).
Por lo tanto, además de los tintes de novela negra para identificar al autor del tiroteo y resolver la intriga familiar, están las vivencias de William, homosexual, rebelde, un intento de artista que no logra sobresalir en nada. Su historia es la de alguien que ha perdido el rumbo de su vida y trata de encontrarla de nuevo, aunque por el camino se topa con las drogas. O las vivencias de Mercer, su compañero, un chico con sus propios tormentos: el complejo de negro emigrado del sur, de aspirante a escritor que por ahora solo da clases a unas niñas —sus bloqueos creativos, a propósito, proporcionan jugosas reflexiones sobre los sueños del proyecto de escritor y los aires asociados a este ideal—, de pueblerino que busca su sitio en la gran ciudad. Mercer es lo que se llamaría un buen chico, un chico «limpio» que no sabe cómo afrontar los problemas de su pareja. Muchas historias se pueden considerar una búsqueda de identidad, sobre todo entre los más jóvenes, Samantha y Charlie. La primera tiene un rol muy interesante, puesto que es la única del grupo que cuestiona las acciones de rebelión. Es una chica curiosa, con inquietudes, que hace su propio fanzine. Samantha, además, desciende de italianos y es la hija de un pirotécnico (cuando he dicho que en la novela hay pirotecnia lo decía literalmente). Charlie, en cambio, es más ingenuo de entrada; él vive su coming-of-age con las hormonas revolucionadas y una antipatía creciente al nuevo novio de su madre.
También hay conflictos propios de los adultos, como el divorcio de Regan y Keith: la naturaleza poliédrica de la obra, que sigue alternativamente a cada personaje, permite conocer el divorcio desde ambas caras, así como su relación desde los inicios. O, mejor dicho, permite conocerla desde las tres caras, porque los niños —sobre todo el mayor, que está en la edad de tomar conciencia de lo que ocurre a su alrededor— tienen asimismo su lugar. Keith fue un joven ambicioso que hizo su mejor negocio al casarse con Regan, y ahora teme la más que posible pérdida de rango. Ella, por su parte, aporta a Ciudad en llamas una perspectiva feminista sutil: en su calidad de única hija en la empresa familiar, tras la huida de William, se ve como una mujer independiente que, en plenos años setenta, se abre camino en los negocios, un mundo eminentemente masculino en el que debe reafirmarse para ser tomada en serio. Entre las tramas secundarias, destacan la de una mujer de origen vietnamita que tampoco halla su sitio y la de un periodista que mete la nariz en la investigación del tiroteo.
Entre el capitalismo y la contracultura
Sol y los demás, los post-humanistas, su idea de cambiar el mundo se limita a decir a todo que no. Yo no creo que puedas cambiar nada si no estás dispuesto a decir sí.
—Tú y yo podemos permitirnos el lujo de pensar así, William, solo porque nuestra vida entera se alimenta del capitalismo. Somos como las setas que crecen en un tronco.
La representación de una época en una obra literaria siempre parte de la lente subjetiva del autor. Él decide qué enfatizar, qué obviar, cómo relacionarlo todo entre sí. En este caso, y siguiendo la mencionada idea de pluralidad, Garth Risk Hallberg ha apostado por una concepción dual de aquellas décadas: por un lado, la crisis del petróleo de 1973, que deja Nueva York con graves problemas financieros, encarnados en el negocio familiar que sufre las consecuencias de esta debacle; y, por el otro, el auge de la contracultura entre los jóvenes, de la que se entrevén dos fases: una primera, en los años sesenta, con un William hippie alejado de la ciudad durante una temporada y un grupo de música lleno de utopías, y una segunda fase, ya en los setenta, que coincide con la adhesión de Samantha y Charlie al grupo y el advenimiento del punk, una fase en la que perduran algunas ilusiones pero la revolución, no obstante, ha tomado un rumbo más cuestionable y se empieza a advertir su fracaso. En un lado, las multinacionales, centros de poder de la ciudad, sus argucias, sus tramas de corrupción, los matrimonios de siempre; en el otro, el punk —abundan las referencias a músicos como Patti Smith—, arte, drogas, activismo contra la sociedad capitalista y sexualidades libres.
A pesar de hablar de dualidad, el mérito de Garth Risk Hallber reside en su capacidad para trazar las convergencias y divergencias de los dos espacios sociales, cómo se retroalimentan, cómo la insatisfacción lleva de un lado a otro. William es el nexo más evidente: un chico rico que abandona la comodidad de su familia, en parte por el desgaste de las relaciones, en parte por sus propios sueños, para expresar su rebelión a través de las canciones y el arte, y para llevar una vida sin convenciones en la que pueda realizarse por completo. Sin embargo, no es el único que se mueve entre los dos espacios simbólicos: Regan, de clase alta, representa a su manera una transformación social por su rol de mujer pionera en los negocios. Por otra parte, el autor no ensalza el pasado: hay una crítica latente en ambos terrenos, la de la crisis socioeconómica, más que obvia, y la de los movimientos contraculturales, que se entrevé por la crisis interna del grupo punk, donde sobresale Samantha, la chica que duda, que cuestiona lo que ve desde dentro. Garth Risk Hallberg hace una épica del auge y la caída de los sueños de una generación, y del rastro que dejaron (porque todo, todo, no murió).
En busca de la gran novela americana
La razón por la que en América podemos decir lo que nos plazca es que sabemos que no cambia nada.
Ciudad en llamas es, no hace falta recalcarlo, una novela ambiciosa. Es probable que las inquietudes de Mercer sobre su carrera de escritor expresen, no sin autocrítica e ironía, las que el propio Garth Risk Hallberg experimentó para dar forma a su proyecto monumental, una novela de intensidad literaria que combina la tradición del siglo XIX con recursos más recientes que hacen de ella una obra plenamente contemporánea. De los decimonónicos hereda la trama poderosa, con misterio, enredos intrincados y ese trasfondo de conciencia social que busca una trascendencia más allá de los sucesos. De los posmodernos adopta la técnica del collage, que enriquece la forma (el libro no solo es «diverso» en los contenidos: también lo es en su organización formal). En concreto, abundan las referencias a la cultura popular de la época, sobre todo musical —la obra resulta muy recomendable para los amantes de todo lo que surgió por aquel entonces—, y hay unos interludios originales, en los que alguien habla en primera persona para contar su experiencia con respecto a los hechos narrados. Son originales porque los personajes emplean soportes de escritura distintos, que la maquetación imita: una carta escrita a mano, un reportaje a máquina, un fanzine con texto y fotografías pegadas, un correo electrónico del siglo XXI. El uso de cada técnica está justificado, y no deja de ser una representación más de la evolución que se ha producido en tres generaciones. El resto de la novela, la gran mayoría, está en tercera persona, si bien se utiliza a menudo el estilo indirecto libre para ahondar en cada personaje.
Garth Risk Hallberg tiene un estilo de alta sofisticación literaria, preciso, de vocabulario rico y con párrafos llenos de detalles. Es versátil, se adapta a la jerga de cada ambiente (que no son pocos) y domina tanto la narración como el diálogo. Serio a ratos, agudo en muchos momentos, conmovedor solo cuando corresponde. Exigente, sí, pero a la vez fácil de disfrutar; la novela se vuelve adictiva progresivamente. No es perfecta, porque tiene los problemas habituales de este tipo de libros: los excesos (de páginas, sobre todo en las primeras retrospecciones, y de personajes) y la escasa empatía hacia los personajes de comportamiento «diabólico», ejem, es decir, caracteriza en profundidad a los protagonistas, pero en pocas ocasiones se pone en el lugar de los menos simpáticos, que no se mueven de la categoría de secundarios y apenas se ahonda en sus conflictos (al menos, en comparación con los principales). La han comparado mucho con El jilguero, una relación que tiene sentido: ambas comienzan con un suceso que deriva en intriga (el atentado y el robo de un cuadro, en el primer caso, el tiroteo y el personaje en coma, en el segundo). Además, ambas narran un «descenso a los infiernos» de las drogas, de la vida en los márgenes. Aun así, tienen diferencias: mientras que Ciudad en llamas es un fresco de una época y una ciudad escrito con la vocación de abarcar toda su pluralidad, El jilguero es una obra de y sobre el siglo XXI, contada desde un único punto de vista, y por lo tanto sin la pretensión de hacer una foto de grupo. Y, aunque en buena parte transcurra en Nueva York, El jilguero tiene tintes más universales (o más occidentales), no está tan ligada a un solo lugar, a una sola cultura.
Garth Risk Hallberg
La pregunta del millón: ¿de verdad merece la pena Ciudad en llamas, el fenómeno tiene su razón de ser o se ha orquestado el hype desde un departamento de marketing? Mi respuesta: sí y pero. Sí es buena, muy buena. Sí, enriquece la literatura actual, por su extraordinaria evocación de Nueva York a través de una novela coral que pone de relieve la diversidad y los puntos de contacto entre sus distintos estamentos. Sí, es una novela que se disfruta, que primero se cuece a fuego lento y a partir de la mitad se lee con la avidez con la que leíamos a Charles Dickens, una novela que provoca el subidón de adrenalina de una montaña rusa. Tiene, además, el plus de comprender una vasta cultura popular, sobre todo musical. Sí, sí, sí; esta novela tiene muchos síes. Pero: pero una obra maestra, no. Es importante e incluso imprescindible que un escritor tenga ambición. Ahora bien, cuando el lector no deja de repetirse esta palabra al pensar en su novela suele ser porque la ambición se ha salido un poco de la raya. Los excesos, el querer abarcarlo todo. Por momentos se ha sacrificado «alma», entendida como fuerza narrativa, en favor de complejidad. Pero sí: en cualquier caso es buena, muy buena. Una gran novela sobre Nueva York y uno de los libros más potentes del año.
Citas en cursiva de las páginas 203, 17, 609, 259, 274 y 276.
Fotos: Nueva York en los años setenta y ochenta (fuente).

26 noviembre 2014

Canciones de amor a quemarropa - Nickolas Butler



Edición: Libros del Asteroide, 2014 (trad. Marta Alcaraz) 
Páginas: 344 
ISBN: 9788415625995 
Precio: 21,95 € (e-book: 12,99 €)
Nunca es tarde para que la vida nos sorprenda. Henry, Lee, Ronny y Kip, cuatro amigos que crecieron juntos en Little Wing, Wisconsin, lo saben bien. A raíz de la boda de Kip, se reencuentran y constatan que, pese a compartir orígenes, sus caminos han tomado rumbos muy diferentes. Tras muchos intentos frustrados, Lee se ha convertido en una estrella del rock, aunque no deja que la fama lo ciegue y no ha perdido el contacto con sus colegas. Kip, por su parte, ha tenido éxito como corredor de bolsa en Chicago y ahora regresa al pueblo para invertir en una vieja fábrica. Henry optó por la vía tradicional: se casó con su primera novia y se encarga de la granja familiar. Ronny es el que, a priori, ha tenido peor suerte, puesto que llegó a ser un vaquero de rodeo, pero una mala caída le dejó secuelas psíquicas que le hacen depender de los demás. Sin embargo, los cuatro aún tienen mucho recorrido por delante.
Nickolas Butler (1979), oriundo de Eau Claire, Wisconsin, recrea en su debut la amistad de unos hombres unidos por el pueblo que les vio crecer y que, en los albores de la treintena, se reúnen de nuevo en ese momento vital en el que parece que cada uno debe hallar su sitio. Llegan las bodas, los grandes planes. Y también las decepciones, los fracasos cotidianos, acompañados a veces de una segunda oportunidad. Aunque los protagonistas sean ellos, no faltan las mujeres que entrelazan sus historias y las dotan de calado sentimental, porque, como en cualquier historia de amigos, los secretos y las rivalidades por conseguir a la misma chica están ahí, tensando la cuerda hasta romperla. Canciones de amor a quemarropa, en suma, pone a prueba la fuerza de una amistad que parecía imperecedera, una amistad que, con los años, ha resultado no ser tan noble y transparente como pensaban.
En el fondo de la trama, hay un personaje más: el paisaje de Little Wing, el ambiente de pueblo pequeño que ha marcado la forma de ser de los chicos. Además de las relaciones entre ellos, la relación de cada uno con el entorno, y cómo ello influye en su forma de ver la vida, es otro de los temas fundamentales del libro: el «regreso» (o no) al hogar. Kip, al volver enriquecido y junto a una esposa sofisticada, no encaja en el grupo. Lee, el cantante, constituye el ejemplo de persona romántica que ha conocido mundo y sin embargo siente nostalgia de su tierra, de sus raíces, del lugar que le inspiró el álbum que lo catapultó a lo más alto. Henry, por su lado, no conoce otra existencia fuera de Little Wing; para él, lo extraordinario es viajar a la gran ciudad, a las calles ruidosas llenas de gente desconocida.
La novela, narrada a cinco voces (las de los cuatro protagonistas y la de una mujer), está escrita con un estilo ameno y visual, casi cinematográfico —y sí, ya se han vendido los derechos para una posible adaptación a la gran pantalla. En ocasiones peca de cierta torpeza, con observaciones demasiado explícitas de los personajes sobre ellos mismos («Sé que soy deseable e inteligente y fuerte y sexy», pág. 85, «Creo que no soy buena persona. No le hago bien a la gente, lo sé», pág. 215) —sería mejor insinuar esos rasgos de la personalidad que expresarlos de forma tan directa— y comentarios de un lirismo paisajístico bastante tópico («La noche era clara, la iluminaban las estrellas y el faro de una luna casi embarazada», pág. 112, «El día estaba blanco como el cielo», pág. 195). De todas formas, hay que destacar el mérito de Butler en la estructura equilibrada, nada fácil de lograr en una obra coral, y en la consecución de un ritmo ágil que hace disfrutar de la lectura desde el principio.
Con Canciones de amor a quemarropa, Libros del Asteroide completa un trío de libros publicados en 2014 que evocan, desde diferentes miradas, esta etapa de la juventud y sus amores. Todos ellos, además, están firmados por escritores estadounidenses debutantes y transcurren en diversas zonas del país. El primero, ¡Melisande! ¿Qué son los sueños?, de Hillel Halkin, el autor más veterano, se centra en una conmovedora historia de amor que comienza en el escenario de revolución cultural de finales de los años sesenta. El segundo, Qué fue de Sophie Wilder, de Christopher R. Beha, otro novelista joven, se adentra en el círculo literario contemporáneo y sigue los pasos de dos jóvenes que soñaban con ser escritores, aunque la chica, Sophie, ha cambiado y ya no comparte esas aspiraciones.
Nickolas Butler
Canciones de amor a quemarropa, con respecto a las novelas mencionadas, aporta una visión más amplia de la amistad masculina en un contexto rural. También es, en cierto modo, la menos original de las tres, la menos profunda, ya que suena a historia mil veces contada, tanto en la literatura como en el cine; y sus personajes, con Lee a la cabeza, a clichés mil veces explorados que aquí no encuentran esa esperada vuelta de tuerca. La han comparado con Jonathan Franzen, pero, en mi opinión —y sin ser una entusiasta de Franzen—, la comparación le queda muy, muy grande. Con todo, hay que reconocerle a Butler el saber reutilizar estas ideas con muy bien tino, repartiendo el protagonismo entre los cuatro amigos y sin que la tensión decaiga. Al fin y al cabo, no hay ningún problema en retomar viejos temas, porque, si están planteados con acierto, el lector nunca se cansa de leerlos, como tampoco se cansa (y perdón por el tópico) de escuchar canciones de amor.
Fotografías de Eau Claire, Wisconsin. Wikipedia.

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