Mostrando entradas con la etiqueta Franz Hessel. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Franz Hessel. Mostrar todas las entradas

14 febrero 2017

Lecturas temáticas: historias de amor (Especial San Valentín)

Hablar de amor el (odioso) día de San Valentín: un cliché. No soy muy original, no, pero me gusta aprovechar la ocasión para sugerir libros. Esta vez recomiendo diez de las mejores novelas sobre el tema que he leído en los últimos años, las que me han conmovido, las que todavía permanecen en mí. Como siempre, se trata de una lista muy personal (de hecho, he omitido grandes clásicos a conciencia porque no quería repetir los títulos que se pueden encontrar en tropecientas listas), personal y diversa, tanto en géneros y estilos como en su concepción de la relación amorosa. En esto no soy tan cliché, creo. Espero que os guste.

  • Tan poca vida, de Hanya Yanagihara. De lejos, la novela que más me ha emocionado en los últimos meses, y la que más reflexiones me ha suscitado acerca de la naturaleza del amor, del carácter único de cada relación, de la capacidad para amar de manera incondicional aun con los defectos del otro. Es una novela intensa y llena de dolor, pero, precisamente por su intensidad, los momentos buenos son todavía más purificadores.
  • Dos amigas, de Elena Ferrante. Esta saga es mucho a la vez: una historia con perspectiva de género, un retrato de la posguerra en Italia, una amistad... y un gran amor. O, mejor dicho, unos cuantos amores, unos más importantes que otros, que en conjunto conforman la educación sentimental de las protagonistas. Del fervor inicial al desaliento, sin olvidar las meditaciones sobre aquello en que nos convertimos cuando amamos y la necesidad de ser independientes. En particular, en las novelas Las deudas del cuerpo y La niña perdida.
  • Americanah, de Chimamanda Ngozi Adichie. De nuevo, una gran novela con muchos frentes abiertos (racismo, inmigración, precariedad...); tantos y tan interesantes, que quizá el amor como tal sea el menos importante, pero ahí está. Dos adolescentes nigerianos toman caminos distintos: ella se marcha a Estados Unidos y él a Inglaterra. Sus suertes también serán distintas, aunque ambos se enamorarán de otra persona. Años después, el reencuentro.

  • La balada del café triste, de Carson McCullers. Triángulo entre personajes un tanto huraños e inadaptados: la mujer que regenta el local, fortachona y taciturna; un enano jorobado, que llega como el forastero que lo revuelve todo; y el ex marido de la mujer, recién salido de la cárcel. La autora trabaja con maestría aquello de enamorarse de la persona equivocada. El resultado es triste, tristísimo, pero a pesar de todo se vislumbra ternura entre sus páginas.
  • Hace cuarenta años, de Maria van Rysselberghe. Un texto breve pero intenso, bellísimo, que nos sumerge en un amor arrebatado, en una experiencia fugaz que sin embargo perdura toda la vida gracias a la memoria. La que nos habla es ella, Maria, que recuerda su historia (imposible) que tuvo lugar tiempo atrás, a finales del siglo XIX, en una playa del mar del Norte... Precioso.
  • La pasión, de Jeanette Winterson. En principio hay un soldado de Napoleón y una joven veneciana con pies palmeados. Pero luego también habrá una Reina de Corazones... El amor, esa fuerza transformadora, siempre está presente en la obra de la autora, como también lo están sus juegos con el género, sus deconstrucciones históricas y sus motivos maravillosos. También son altamente recomendables Escrito en el cuerpo y La niña del faro, entre otros.
  • Este es un libro sobre amor, de Paula Gicovate. La propuesta más fresca: como su título indica, no narra una historia de amor al uso, sino que medita, con un estilo muy poético y creativo, sobre las relaciones que han marcado a la narradora y el aprendizaje que le han dejado. Muy interesante para descubrir la experiencia amorosa contada desde el punto de vista de una joven escritora.
  • ¡Melisande! ¿Qué son los sueños?, de Hillel Halkin. Un hombre ya maduro escribe a su gran amor, con quien ha dejado de compartir su vida. ¿Por qué? A eso llegaremos, aunque antes reconstruirá toda su historia juntos, que arranca en la Nueva York intelectual de los sesenta. Tal vez no sea una obra maestra, pero esta novela tiene mucha verdad, es decir, tiene aquello que te atrapa, que se te mete dentro, te convence, te hace creer. Una honestidad abrumadora.
  • La muerte de la bien amada, de Marc Bernard. Esta es la obra que escribió el autor después de la muerte de su esposa. Pero no nos pongamos tristes: en todo libro de duelo hay también una gran historia de amor y, cuando está contada con esta elegancia, el resultado es extraordinario. Extraordinario en su aparente sencillez, extraordinario en la hondura de sus reflexiones, extraordinario en la hermosura de su voz, extraordinario en los sentimientos que evoca y provoca.
  • Romance en París, de Franz Hessel. En el París bohemio de principios del siglo XX, comienza una historia de amor entre un intelectual y una joven recién llegada a la ciudad. No obstante, el narrador no recordará este romance hasta tiempo después, terminada la Primera Guerra Mundial, por lo que en estas páginas se habla de guerra y se respira nostalgia, que no hace sino robustecer y embellecer esta magnífica novela. También recomiendo Berlín secreto, del mismo autor.
Y vosotros, ¿qué historias de amor recomendáis?

29 abril 2015

Paseos por Berlín - Franz Hessel



Edición: Errata naturae, 2015 (trad. Manolo Laguillo; pról. José Muñoz-Millanes)
Páginas: 288
ISBN: 9788415217886
Precio: 19,50 €
Pasear es una suerte de lectura de la calle, durante la cual los rostros de la gente, las vitrinas, los escaparates, las terrazas de los cafés, los tranvías, coches y árboles se convierten en letras, todas ellas igual de legítimas, que juntas forman palabras, frases y páginas de un libro en constante renovación. Para pasear de verdad es preciso carecer de un propósito muy determinado. («El bulevar de Berlín», pág. 150).
Decía García Márquez que «La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla». Se podría aplicar algo parecido a la forma de retratar una ciudad: no importa tanto cómo es la ciudad, sino cómo uno se relaciona con ella y cómo elige describirla cuando la comenta por escrito. Este componente personal, único y exclusivo, marca la diferencia entre unos libros y otros, y en él reside la genialidad de Paseos por Berlín (1929), una obra que recorre la metrópoli alemana en los años veinte tardíos de la mano de un cronista excepcional. La mirada del autor, su modo de elegir en qué detalles fijarse y cuáles omitir, dota el texto de una personalidad singular, tan lúcida que aún hoy, casi un siglo después de su publicación, deslumbra por su capacidad para mantener vivo en sus páginas un pedacito de la existencia berlinesa de la época.
Vista de Berlín.
El escritor alemán Franz Hessel (1880-1941) no es un narrador cualquiera. Su obra no se entiende sin su faceta de flâneur baudeleriano, que cultivó junto a su amigo, el filósofo Walter Benjamin. Su vida transcurrió entre Berlín y París, ciudades por las que vagaba durante las primeras décadas del siglo XX como un intelectual curioso, atento a cualquier particularidad que le desvelara los entresijos de la zona y de sus gentes para plasmarlo sobre el papel. Su contribución a la literatura de su país fue tan importante que se le conoce como el «constructor de Berlín». Hessel, novelista, poeta y traductor de autores como Stendhal, Balzac o Proust, dejó su huella de paseante en todos sus textos, pero sobre todo en Paseos por Berlín, recuperado ahora por Errata naturae con una nueva traducción de Manolo Laguillo. Este título se une a los tres libros del autor ya rescatados por esta editorial, que está haciendo un gran trabajo para darlo a conocer al público español: las novelas Romance en París (1920) y Berlín secreto (1927), y Marlene Dietrich (1931), un retrato de la mítica actriz en sus comienzos.
Puerta de Brandeburgo
El libro, que se divide en partes dedicadas a diversos lugares de Berlín, comienza con un capítulo titulado «El sospechoso», en el que Hessel, que habla en primera persona, explica que en ocasiones los transeúntes desconfían de él por el interés con el que contempla el bullicio de las calles («Siempre me gano miradas de desconfianza cuando intento pasear por entre los atareados transeúntes. Para mí que piensan que soy un carterista», pág. 19). Este «sospechoso», no obstante, también se puede interpretar como una actitud, la que adopta el autor al caminar: no se fija en los lugares comunes, no se dedica a describir los monumentos emblemáticos, no hace la crónica de una guía de viajes. Para Hessel, hablar de Berlín no significa realizar un reportaje al uso, sino comprender el paseo como un arte, del mismo modo que cuando escribe otro género. Como buen flâneur, se deja sorprender durante el paseo, fija su mirada en lo inesperado, en aquello que para unos ojos menos educados pasaría desapercibido.
Franz Hessel
No es extraño, por ejemplo, que preste una atención significativa al teatro, se interese por lo particular de los libreros de viejo o evoque imágenes cotidianas que le llaman la atención sobre trabajadores y niños («todo posee el encanto de las cosas que pasan desapercibidas y que, desinteresadas, hacen resaltar a las otras, a las decididas…», pág. 159). También abundan las referencias a sus recuerdos infantiles y a lo mucho que ha cambiado todo desde entonces, puesto que escribió este libro tras vivir una larga temporada en París y, al regresar, constató que Berlín se estaba modernizando. Como consecuencia, esta crónica se lee como una aproximación a una ciudad en proceso de reconstrucción, tal y como explica José Muñoz-Millanes en el prólogo. El estilo de Hessel, por otro lado, es minucioso, pródigo en detalles y poético en ocasiones, de oraciones largas y a veces un tanto «anticuadas», pero en cualquier caso hermosísimo; un tono evocador con el que nunca se había hablado de Berlín.
Y así, mientras camina por el Tiergarten, contempla los animales en el zoo, se junta con los amigos en un café o recorre la ciudad en bus turístico, Hessel capta la esencia de la zona con brillantez y, de paso, nos invita a acompañarlo, a descubrir Berlín, su Berlín, bajo otra luz.
Fotografías actuales de Berlín. Wikipedia.

22 septiembre 2014

Marlene Dietrich - Franz Hessel



Edición: Errata naturae, 2014 (trad. Eva Scheuring; epílogo Manfred Flügge)
Páginas: 80
ISBN: 9788415217732
Precio: 10,50 €

Marlene Dietrich (1901-1992), uno de los rostros emblemáticos de la época dorada del cine, es el objeto de estudio del escritor e intelectual alemán Franz Hessel (1880-1941) en este libro breve, publicado por primera vez en 1931, cuando la actriz comenzaba a hacerse un nombre en el panorama internacional, pero ya era bien conocida en su país natal tras el estreno de El ángel azul (1930). Se trata, por lo tanto, de un retrato de juventud, un retrato a través de la mirada de un contemporáneo de la artista, de un hombre que la contempla con ojos cultivados, analíticos, razonados, aunque esos ojos derrochan, al mismo tiempo, el entusiasmo del admirador apasionado. Hessel, que además de publicar novelas magníficas como Romance en París (1920) y Berlín secreto (1927) se dedicó al periodismo, ofrece una aproximación a «la Dietrich» a medio camino entre la crónica y el estilo puramente literario.
Hessel comienza con una referencia al lugar de nacimiento de la artista, Berlín, donde dio sus primeros pasos en teatros y cabarets («Una joven alemana, hija de Berlín, se ha convertido en la estrella de Hollywood y Nueva York», pág. 7). Este detalle, que en otro autor significaría una mera ordenación cronológica, es crucial en la perspectiva de Hessel, ya que toda su obra se caracteriza por la fijación por una ciudad (sea Berlín, sea París), por los paseos por las avenidas y los ambientes bohemios. Teniendo esto en cuenta, no sorprende que los orígenes de Dietrich se revelen como fundamentales para entender su talento arrollador, como el sugestivo acento berlinés con el que hacía suyas las canciones, un aspecto con el que Hessel se muestra especialmente insistente. También hace referencia, asimismo, a la educación disciplinada que recibió por ser hija de un militar, que le facilitó la aplicación posterior en su profesión, y la formación musical e interpretativa desde la infancia.
En El ángel azul (1930).
Por ser su película más exitosa en Alemania en el momento de redactar estas páginas, Hessel presta bastante atención a El ángel azul y a partir de ahí analiza el tipo de papeles que interpreta: «Ya sea en el papel de dama o en el de prostituta, en el de conquistadora o en el de víctima, Marlene Dietrich siempre da vida a un sueño universal, como la heroína de una de sus películas; es la mujer que todos desean; todos, no éste o aquél, sino cada uno, el pueblo, el mundo, el tiempo» (pág. 9). En 1931 aún faltaban etapas importantes de la vida de la actriz, como las posteriores películas con Paramount y su firme posicionamiento en contra de la Segunda Guerra Mundial, y por eso mismo resulta asombroso que Hessel fuera capaz de pronosticar con tanta precisión que se convertiría en un mito del cine, que su llegada a Hollywood daría frutos y no sería un punto álgido pasajero.
En el último capítulo, el autor recuerda una visita que le hizo en su casa («en el cuarto de juegos de su hijita, entre una casa de muñecas y una tienda de juguete», pág. 55), donde intentó vislumbrar la faceta íntima de Marlene Dietrich, la mujer detrás de las luces y las cámaras, una mujer con «una expresión de melancolía y de soledad en el rostro» (pág. 60), según Hessel. La escena está impregnada de su lado maternal, con la niña jugando en la habitación. Dietrich tenía claro qué imagen quería transmitir al público: «Si considera oportuno relatar a la gente cosas de mi vida privada, entonces, por favor, dígale que ella —señaló a su hija— es lo más importante, es la razón de mi vida» (pág. 56-59). Y, en otra demostración de sensatez a pesar haber alcanzado la gloria, concluye que «La fama no tendrá que ver mucho con la felicidad y… la nostalgia nunca desaparece» (pág. 59).
Franz Hessel
El escritor Manfred Flügge, en un epílogo de 1992, traza un curioso paralelismo entre las vidas del autor y la actriz (la vinculación de ambos con París, por ejemplo), y reivindica el valor de Hessel para defender (y halagar) a Dietrich cuando el éxito provocaba desconfianza, se sospechaba que la celebridad se debía más a la publicidad que las aptitudes (de hecho, esta postura escéptica hacia el triunfador aún está muy extendida). Por este motivo, este librito no solo permite conocer mejor a un mito del cine, sino que es un ejemplo de buen retrato, de retrato elogioso y, no obstante, lúcido y reflexivo, unas características que nunca deberían estar reñidas entre ellas. Esta edición cuenta, además, con numerosas fotografías y una excelente traducción anotada de Eva Scheuring. Para no perder detalle.

09 junio 2014

Berlín secreto - Franz Hessel



Edición: Errata naturae, 2013 (trad. Eva Scheuring)
Páginas: 152
ISBN: 9788415217602
Precio: 14,90 €

La obra del alemán Franz Hessel (1880-1941), novelista, poeta y traductor, se relaciona de forma estrecha con su concepción de la arquitectura y el urbanismo de las dos ciudades en las que vivió y paseó como un auténtico flâneur baudeleriano, Berlín y París. Romance en París (1920), reseñada hace poco en el blog, constituye una aproximación a la segunda: el nacimiento de un amor en al ambiente bohemio de la capital francesa, evocado con nostalgia después del estallido de la Primera Guerra Mundial. Berlín secreto (1927), pese a situarse en la otra metrópoli y transcurrir una década más tarde, tiene bastante en común con esa novela anterior en su recreación de las relaciones intermitentes entre artistas e intelectuales de diversos orígenes, gente joven muy dispar que llevó un estilo de vida intenso, inimaginable en cualquier lugar que no fueran las calles, los salones y los cabarets de Berlín en los años veinte.
El hilo conductor es el triángulo amoroso entre un joven diletante, Wendelin, una mujer casada, Karola, y el marido de esta, el profesor Clemens. Según explica José Miguel López-Astilleros en su reseña, el autor se inspira en una aventura de su propia esposa con un escritor, que terminó con ella regresando al hogar. El romance, además, gana intensidad por la unidad espaciotemporal, puesto que solo transcurren veinticuatro horas y los personajes permanecen en Berlín. No obstante, los protagonistas no están solos: a lo largo de las páginas aparecen muchas personas variopintas (poetas, actrices, etc.), fiel reflejo de esta etapa del periodo de entreguerras. En algunos pasajes puede parecer que hay demasiados personajes que van y vienen, sin llegar a profundizar en ellos, pero entiendo que esto es un efecto buscado a propósito para reflejar la atmósfera de los encuentros más o menos espontáneos entre conocidos que no llegan a ser íntimos. Quizá el mayor logro de Hessel sea mostrar esta cara de Berlín.
Dejando de lado estos ambientes, Hessel realiza un fino estudio de los perfiles de cada miembro del triángulo, que representan tres formas de ver el mundo concentradas en un momento y un lugar: la ingenuidad de Wendelin, «un joven cuya presenciaba agradaba a los hombres y mujeres de su círculo, sin que se interesaran realmente por su persona» (pág. 7), a punto de marcharse de la ciudad por obligaciones familiares; la insatisfecha Karola, que trata de encontrar un equilibrio entre su identidad de mujer que se divierte con superficialidades y la maternidad («Cuánto lo desconcertaba pensar que yo tenía otras posibilidades, no sólo la de… ser su madre… en realidad sólo “mamá”», pág. 14); y, por último, Clemens, el erudito que intenta encontrar respuestas en la mitología clásica («Ay, en cuántos tiempos y épocas vivimos todos nosotros a la vez, y son los mitos milenarios los que verdaderamente revelan los secretos de nuestras relaciones.», pág. 54).
Los diálogos entre Clemens y Wendelin, la experiencia de la madurez frente a la incerteza de la juventud, son uno de los puntos fuertes de esta novela: espléndidas reflexiones existenciales sobre el amor, la vida, el placer y el paso del tiempo en las que marido y amante se miran a los ojos, aunque el bagaje intelectual del profesor se impone a menudo al del muchacho. Las novelas de este escritor son eruditas, escritas con un vocabulario rico y adjetivación abundante, llenas de pensamientos lúcidos. Como apunta Walter Benjamin, amigo de Hessel y autor del epílogo de Berlín secreto, tiene mucho mérito conseguir plasmar tantas dimensiones del pasado y el presente en una obra tan breve y tan limitada, en apariencia, por esa unidad espaciotemporal. Se puede decir lo mismo de Romance en París, a pesar de las diferencias formales que presentan (se alarga más en el tiempo y, aparte de retratar la ciudad de París, también se habla de la guerra con el protagonista ya incorporado al ejército alemán).
Franz Hessel
Tanto Romance en París como Berlín secreto son dos de las recuperaciones más interesantes que he leído este año y me encantaría contagiar mi entusiasmo por Franz Hessel a los lectores que hayan llegado hasta aquí. Este autor posee una noción muy particular de las relaciones entre las personas y su ciudad, de las personas entre ellas en unos lugares concretos; un enfoque poco frecuente en la narrativa contemporánea que merece la pena descubrir. Además, aunque la extensión de sus novelas invite a pensar lo contrario, cada capítulo alcanza un nivel de profundidad encomiable, por lo general debido al inteligente análisis de los caracteres y las inquietudes de sus personajes. Para terminar, el retrato de los ambientes bohemios que Hessel conoció en primera persona ha dado lugar a multitud de ficciones posteriores, así que ¿qué mejor que acercarse a ellos a través de la mirada de uno de sus verdaderos protagonistas?

19 mayo 2014

Romance en París - Franz Hessel



Edición: Errata naturae, 2011 (trad. Olga García)
Páginas: 136
ISBN: 9788415217039
Precio: 16,90 €

¿Cómo puedo vivir y tolerar que mis semejantes derramen su sangre por ídolos que ya no tienen nombre de dioses, sino designaciones de neologismos científicos extraños? Morir por algo así es un pecado, toda esa sangre derramada clama al cielo. Son ídolos, no de oro, piedra o madera, no, son máquinas, espectros precisos de acero ensamblados de forma impecable. Toda la actividad humana se reduce a la manipulación de máquinas. Estamos encadenados a aquello que hemos forjado. Hasta ahora habíamos trabajado en aras del progreso y de la industria. Ahora que el progreso y la industria de las naciones juegan juntas a la guerra mundial hacemos girar manivelas, abrimos espitas, apretamos botones que hacen catapultar la muerte por miles de cañones y circunvoluciones. Y cada impacto alcanza, en realidad, al propio tirador. ¿Qué ha sido del coraje, qué ha sido del heroísmo? La deshumanización, la facultad de reprimir los sentimientos, de anularlos o, en el mejor de los casos, de simplemente utilizarlos. El coraje ha pasado a ser un híbrido de locura y precisión. Vuestros héroes son demonios que mantienen una resistencia titánica contra toda fuerza superior. Pero su final es siempre la nada. Perecen por la muerte, no por la vida. Pág. 34-35.

Los editores de Errata naturae explican en esta entrevista que sus libros «son reivindicativos y tienen la tarea de participar y crear debates en torno a nuestra realidad». Esta declaración de intenciones se materializa plenamente en la recuperación de Romance en París (1920), del escritor alemán Franz Hessel (1880-1941), puesto que demuestra a la perfección esta voluntad reflexiva y se trata, además, de la novela con la que inauguraron la colección El Pasaje de los Panoramas, dedicada a la narrativa, de la que también forman parte pequeños éxitos como Hace cuarenta años, de Maria van Rysselberghe, o Las chicas de campo, de Edna O’Brien. Hessel corre el peligro de pasar desapercibido para el lector español, de parecer un rescate más entre los cientos que se hacen ahora, pero basta leer las primeras páginas de esta obra para tomar conciencia de que todavía tiene muchas cosas que decir, de que aún es necesario escuchar la voz de este autor para recordar, aprender y, por supuesto, enriquecerse.
El contenido de Romance en París resulta inseparable de su creador, no solo por narrar una historia autobiográfica, sino porque su estilo de vida influye de forma decisiva en su mirada literaria, en aquello de lo que escribe y en cómo lo cuenta. Hessel, que también cultivó la poesía y la traducción, fue un intelectual importante durante las primeras décadas del siglo XX, amigo de Walter Benjamin, con quien tradujo a Marcel Proust. Vivió entre Berlín y París, recorriendo las calles como un flâneur baudeleriano, disfrutando de la explosión cultural y artística de estas ciudades. El narrador de Romance en París, su álter ego, también saboreó los placeres de la capital francesa hasta que la Primera Guerra Mundial lo obligó a ir al frente. Ahora, entre 1915 y 1916, escribe a un amigo, Claude, para contarle su visión de este conflicto y reconstruir con nostalgia los buenos tiempos en París, donde conoció a una mujer muy especial. Estos son los dos grandes temas de la novela: la guerra y el amor, contados a modo de carta.
Olvidemos por un momento ese romance al que hace referencia el título. Aunque sin duda tiene interés, sería una pena pasar por alto que esta obra constituye un lúcido testimonio de la Primera Guerra Mundial desde la perspectiva de un hombre de mundo, un literato acostumbrado a codearse con colegas de otras nacionalidades, a no dejar que la lengua u otras diferencias supongan un impedimento para la amistad. Las primeras páginas expresan su estupor por esta contienda que le impone odiar a unos países y unas gentes sin sentir ningún desprecio por ellos. «Claude, ¿qué ha sido de nuestro mundo?» (pág. 19), se pregunta el narrador, desolado por las circunstancias pero capaz de realizar un magnífico análisis de la situación a la que ha llegado la que se consideraba la civilización más avanzada de todos los tiempos.
Muchas ideas planteadas por Hessel, como las del fragmento citado al principio (crítica de la noción moderna de progreso, cuestionamiento de los avances científicos, deshumanización de la sociedad), corresponden a la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt (su amistad con Walter Benjamin implica algo más que una referencia en la biografía), aunque Hessel, al exponerlas en un registro literario, enfatiza el lado más personal con el relato de experiencias como la muerte de alguien de su círculo o la tristeza por destruir pueblos hermosos para convertirlos en materia gris («¿No se derramará quizá demasiada sangre en vano?», pág. 21). El autor desaprueba la guerra como medio para cambiar el orden; echa de menos reunirse con los demás para concebir un nuevo Occidente desde el pensamiento, no desde las armas. Sin embargo, como él mismo escribe a su destinatario, «La historia ha interrumpido nuestro diálogo y tengo que escribir en un cuaderno, para ti, mi parte» (pág. 27), un cuaderno que nos sigue hablando hoy para hacernos comprender que el debate y el conocimiento deben ser más valiosos que la fuerza bruta. Como curiosidad, Franz Hessel fue el padre de Stéphane Hessel (1917-2013), que se hizo conocido hace unos años por el libro ¡Indignaos! (2010). El espíritu combativo de los Hessel se ha transmitido de generación en generación; adaptado, eso sí, a las necesidades de cada época.
Después de ese comienzo inmerso en la guerra, el narrador de Romance en París se centra en un recuerdo que quiere compartir con Claude, su amigo francés, porque teme no volver a conocer esa vida y, al rememorar el pasado, evidencia que este supuesto progreso no ha hecho más que destruir los vínculos que tan fundamentales fueron para él. Ese recuerdo tiene nombre de mujer, Lotte, una joven alemana que llegó a París en 1912 como una señorita, pero enseguida mostró una personalidad arrolladora que la diferenció de las otras chicas. Le pidió al protagonista que le enseñara la verdadera cara de la ciudad, y así, entre paseos y conversaciones, arrancó la relación entre dos personas cautas, temerosas de dejarse llevar, hasta el punto de que la obra solo relata el inicio de la historia de amor. Unos primeros pasos que, no obstante, evocados desde la trinchera resultan inestimables.
Lotte y el narrador se mueven por el París bohemio, un ambiente de encuentros y separaciones constantes, de charlas desenfadadas, de acentos distintos, de diversión y, a la vez, de melancolía —el autor retrata de forma similar la capital alemana de los años veinte en Berlín secreto (1927), publicada por la misma editorial—. La escritura de Hessel, erudita y poética, describe con detalle la ciudad y sus concurrencias, un mundo que ya quedó atrás y quizá por eso aún es más importante redescubrirlo, saber que durante un tiempo la intelectualidad europea podía juntarse de este modo. En cuanto al romance, lo que aquí empieza como una historia de dos, continúa como triángulo en Jules y Jim (1953), una novela de Henri-Pierre Roché —el amigo bautizado como Claude— que François Truffaut adaptó con gran éxito en 1961, en una película referente de la nouvelle vague que cuenta con Jeanne Moreau en el papel principal (los fotogramas que ilustran esta reseña pertenecen a esta adaptación).
Franz Hessel
El hecho de ser el origen de un filme emblemático seguramente basta para motivar su lectura, pero, aun así, Romance en París es mucho más que un romance en París y no debe verse como un simple preludio de Jules y Jim, como tampoco se debe ver a Franz Hessel solo como el amigo de Walter Benjamin y el padre de Stéphane Hessel. Más allá de eso, Romance en París es la evocación de una forma de vida que se ha perdido, es la recreación de una ciudad ligada al ritmo de los artistas y pensadores que pasean por sus calles, es una carta (pesimista) sobre el devenir de la humanidad, es un alegato contra la violencia. Quizá, por encima de todo, es una invitación a pensar para no dejar que el poder destruya lo que más queremos. Y Franz Hessel es un gran escritor, un novelista hábil que supo conjugar la crítica inteligente con la exploración de las relaciones interpersonales, y estas, a su vez, con la metrópoli en la que se desarrollan. Literatura en mayúsculas, en definitiva.

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails