Edición:
Ardicia, 2015 (trad. Julia Osuna; postfacio de Henry James)
Páginas:
204
ISBN:
9788494291630
Precio:
17,50 €
En
su por ahora corta andadura editorial, Ardicia está reuniendo unas cuantas
obras de factura decimonónica, la mayoría inéditas hasta el momento en
castellano, como La casa de las persianas verdes (1901), del escocés George Douglas Brown (1869-1902); La virtud de Checchina (1884), una nouvelle de la italiana Matilde Serao
(1856-1927); o Por el bien del comandante
(1883), de la estadounidense Constance Fenimore Woolson (1840-1894). Las tres
son novelas costumbristas, tres retratos agudos de la sociedad de su época; y,
si bien no alcanzan la hondura de los clásicos de su tiempo, despiertan interés
como curiosidad. Las recuperaciones de este tipo tienen costes de edición más
bajos que las publicaciones recientes, de modo que permiten que el sello se vaya
afianzando a la vez que da a conocer a autores que nunca habían sido traducidos
o a los que no se había prestado suficiente atención. Ardicia los presenta,
además, con una tipografía cómoda para leer y unas cuidadas cubiertas con ilustraciones,
que potencian el valor del libro como objeto.
En
esta ocasión nos acerca a Woolson, una autora que seguramente les sonará a
pocos, pero que estuvo relacionada con literatos de renombre: era la sobrina
nieta de James Fenimore Cooper —el autor de El
último mohicano (1826)— y fue amiga de Henry James. Nacida en Claremont,
New Hampshire, cambió muchas veces de ciudad, y, ya adulta, vivió en diversos
países europeos hasta su muerte, en Venecia. Escribió cuentos y novelas, muchas
de ellas ambientadas en el sur de
Estados Unidos, como Por el bien del
comandante, la obra que nos ocupa. La acción se sitúa en Far Edgerly, una localidad de montaña en
la que, por supuesto, todos los vecinos se conocen y las habladurías están a la
orden del día. La última es el regreso de Sara Carroll, la joven hija del
comandante, que vuelve después de pasar unos años estudiando. La esperan su
padre, la segunda esposa de este y el hijo pequeño de ambos. Sin embargo, Sara
se lleva una sorpresa: su padre, con el que antaño estuvo muy unida, se ha
convertido en un hombre enfermizo, débil. ¿Tendrá algo que ver la nueva señora
Carroll, la mujer que sustituyó a su madre? Y ahí no termina todo: más adelante,
llegará otra persona a Far Edgerley, un músico forastero a quien el clérigo
Owen, un hombre joven que encandila a las mujeres, no verá con buenos ojos.
El
argumento —hay que decirlo— tiene más gracia de lo que aparenta a primera
vista. En principio, parece una comedia de costumbres más, con sus enredos domésticos
y su romance, pero los tiros no van exactamente por ahí, aunque tiene secretos familiares
y amor. Por un lado, están los asuntos propios del hogar, donde destaca la
relación entre Sara y la segunda señora Carroll, que podría caer en el tópico
de la madrastra perversa o en el de la rivalidad femenina —se insiste en que la
esposa es una mujer joven, que aún conserva su belleza y podría competir con la
chica— y, no obstante, se desarrolla como una peculiar complicidad entre mujeres que comparten los afectos del comandante. Dado que está enfermo, solo les queda unirse y actuar «por su bien», para no
preocuparle, no disgustarlo; aunque esto las lleve a compartir determinadas artimañas.
El personaje de la señora Carroll, por su parte, a medida que avanza el relato
se desvela como el más elaborado, con más capas: en ella se plantea el tema de la belleza-juventud y la vejez-decrepitud,
por el contraste entre ella y su anciano marido; y también el tema del amor
como sacrificio.
![]() |
| Constance F. Woolson |
El
otro ingrediente lo pone el forastero, un tal Dupont, un músico vagabundo que
viste ropas zarrapastrosas. Woolson aprovecha el tradicional motivo de la llegada del extranjero para romper
la monotonía de la aldea y desencadenar una sucesión de acontecimientos, no tanto
por él mismo —es un personaje, por lo demás, plano— como por las reacciones que
despierta en los demás. Unas reacciones, en general, de entusiasmo, salvo por
parte del reverendo Owen, que no se fía de él. Es significativo que sea
precisamente Owen, un hombre de reputación intachable, quien sospeche de Dupont,
que en una primera mirada representa los valores opuestos. Sara y la señora
Carroll tampoco serán ajenas a esta llegada, aunque, de nuevo, no en el sentido
que sugiere a priori. En definitiva, lo que comienza como una sencilla historia
simpática evoluciona hacia un relato algo más sorprendente. Woolson, una
narradora que domina a la perfección la
ternura y el sentido del humor suave, no desvela el misterio en línea
recta, como un corredor de velocidad, sino más bien como quien desenvuelve un
regalo de forma meticulosa, capa a capa, capítulo a capítulo, con gusto y
elegancia. Al final, el lector encuentra bajo el envoltorio a una asombrosa
señora Carroll, el mayor logro de Por el
bien del comandante.

