Edición:
Pre-Textos, 2008 (trad. Fernando Sánchez Alonso)
Páginas:
204
ISBN:
9788481914375
Precio:
17,00 €
La
luna y las hogueras (1950), novela póstuma de Cesare Pavese
(Santo Stefano Belbo, 1908 – Turín, 1950), culmina de forma magistral la
trayectoria de un escritor ineludible de la primera mitad del siglo XX. Utilizo
el verbo «culminar» en sus dos significados: el de poner fin y el de alcanzar
la cima, pues no en vano hay quien la considera su obra maestra. Se trata, en cualquier caso, de un libro empapado del
universo pavesiano, que retoma motivos que le interesaron desde sus comienzos —como la
búsqueda de identidad, la tensión de clase, la concepción mítica del espacio,
entre otros— y los enriquece con los matices que aporta la experiencia, tanto en la
textura del estilo como en la madurez de las meditaciones (esto se aprecia sobre
todo al compararla con obras tempranas de argumento similar, como De tu tierra, publicada en 1941). Las
novelas de Pavese no tienen tramas especialmente complejas o desarrolladas; más
bien concentran un conflicto existencial en pocas páginas. La potencia de la narración reside
en su voz poética y clara, de imágenes evocadoras.
Así que durante mucho tiempo he creído que este pueblo, en el que no he nacido, era todo el mundo. Ahora que de verdad he visto el mundo y he descubierto que está hecho de muchos pequeños pueblos, no sé si andaba muy errado de niño. Uno viaja por tierra y por mar como los jóvenes de mis tiempos iban a las fiestas de los pueblos vecinos y bailaban, bebían, se pegaban, llegaban a casa con la bandera y los puños rotos, y vuelve y comprueba que se sigue vendimiando y vendiéndose la uva en Canelli, que se siguen recogiendo las trufas y llevándose a Alba. Ahí continúa Nuto, mi amigo del Salto, que provee de cuétanos y de prensas a todo el valle hasta Camo. ¿Qué quiere decir esto? Que uno necesita un pueblo aunque no sea más que por la satisfacción de poder marcharse de él. Un pueblo supone no sentirse solo, saber que en la gente, en los árboles, en la tierra hay algo de ti que, incluso cuando no estás, se queda esperándote. Sin embargo, las cosas no son tan fáciles. Desde hace un año dejo Génova siempre que puedo y vengo, pero sigue escapándoseme. Estas cosas se entienden con el tiempo y la experiencia. Pero ¿es posible que con cuarenta años y con todo el mundo que he visto no sepa todavía qué es mi pueblo?
Un
hombre, del que no se revela el nombre, relata en primera persona el
regreso a su pueblo, en las colinas del Piamonte, veinte años después de
abandonarlo. El hecho de no indicar su nombre no es una elección baladí: este
personaje, como sabremos después, es huérfano, de niño fue acogido en una casa,
luego contratado en otra como empleado. En la localidad lo conocían por un
apodo: el Anguila, el muchacho escurridizo. Este apodo lo definía tan bien que
el joven, en cuanto pudo, se «escurrió», para recalar primero en Génova y
después en América. No se ha casado ni ha tenido hijos, aunque ha conocido a
mujeres. En su carrera profesional le ha ido bien, se puede decir que ha tenido
éxito. Y, sin embargo, el conflicto existencial permanece en él, que vuelve al
origen para tratar de encontrarse. La búsqueda
de identidad es aquí un tema fundamental, que empezó a gestarse en su
infancia (un niño sin raíces familiares, más conocido por un símil con un
animal que por su nombre propio, un niño pobre, marginado, marcado por la
condición imborrable de huérfano) y reaparece en la edad adulta, cuando se encuentra en un punto de inflexión: no ha conseguido establecer vínculos afectivos sólidos,
el trabajo no lo llena y retorna al pueblo que nunca fue un hogar, sin saber
con exactitud lo que busca («Vivir en muchos lugares significa vivir en ninguna
parte», p. 66).
Si me ponía a pensar en estas cosas, no terminaba nunca, porque me venían a la mente muchos sucesos, muchos afanes, muchas humillaciones pasadas, todas aquellas veces que creí haberme construido un refugio, tener amigos y una casa, poder hacerme incluso un nombre y cultivar un jardín. Sí, lo había creído y hasta me había dicho: «Si gano cuatro duros, me caso con una mujer y la mando con el niño al pueblo. Quiero que crezcan allí abajo, como yo». En cambio, no tenía hijos, y menos aún mujer. ¿Qué puede decirle este valle a una familia que viene del mar, que no ha oído hablar jamás de la luna ni de las hogueras? Hay que haberlo vivido, llevarlo en la sangre como el vino y la polenta. Sólo así puedes conocerlo sin necesidad de crearlo con palabras, sólo así lo que durante años has llevado dentro de ti sin saberlo puede despertar con el ruido del trinquete de un carro, con el coletazo de un buey, con el sabor de la sopa, con una voz que se oye en la plaza por la noche.
En
el pueblo piamontés (tierra natal del autor, donde sitúa muchas de
sus historias, o a la que alude en sus novelas de ciudad para contraponer el
campo al espacio urbano), el protagonista se reencuentra con Nuto, un viejo
amigo que, a diferencia de él, no se ha movido del monte. Tuvo sueños,
quería ser músico, pero, como tantos antes que él, se resignó a lo que le
ofrecía su entorno. Uno se marchó, el otro se quedó; ahora, ninguno de los dos
se siente satisfecho. En este regreso a su
localidad, Nuto ejerce de guía para el recién llegado: como buen conocedor
de los entresijos de los vecinos, lo pone al día para que descubra qué ha
cambiado y qué no. Esos paseos suscitan muchas (y suculentas) reflexiones en el
narrador, que dan forma a los mejores pasajes (intensos, lúcidos,
hermosos). El personaje se percata de que se han transformado muchas cosas
(ha habido una guerra en medio, se han modificado las costumbres); aun así,
tiene la sensación de que, en lo esencial, todo sigue igual. No lo celebra ni
lo lamenta, aunque su voz está teñida de nostalgia,
una nostalgia que añora más el tiempo en el que las ilusiones eran posibles que
el pasado en sí, nunca feliz, nunca pleno.
Había regresado, había aparecido de improviso, había reunido una fortuna […], pero los rostros, las voces y las manos que debían tocarme y reconocerme ya no estaban. Hacía mucho tiempo que ya no estaban. Lo que quedaba era como una plaza a la mañana siguiente después de la fiesta, como un viñedo tras la vendimia, como ir solo al restaurante cuando alguien te ha dado plantón. Nuto, el único que vivía aún, había cambiado; era un hombre como yo. Por decirlo todo de una vez, yo también era un hombre, era otro. Y en el caso de que hubiera encontrado la Mora tal como la había conocido el primer invierno y después en verano y luego de nuevo en el otro verano e invierno, en los sucesivos días y noches de todos aquellos años, quizá no habría sabido qué hacer. Venía de demasiado lejos —y aquella ya no era mi casa, ya no era como Cinto, el mundo me había cambiado.
La luna y las hogueras
(1950) es el título que sigue a Entre mujeres solas (1949) —novela que se publicó como parte de El bello verano, Premio Strega—, y
no son pocas las similitudes entre ambas: aunque Entre mujeres solas está protagonizada por una mujer que regresa a
su Turín natal (y no al campo), tanto ella como el protagonista de La luna y las hogueras se enfrentan a
una tensión parecida, esto es, una alienación social que los conduce a regresar al mundo de la
infancia y sus símbolos. Los dos, de origen humilde y sin parientes vivos, han prosperado en
una ciudad alejada de su tierra, se han mantenido solteros y carecen de
descendencia. Esto les supone un conflicto identitario: no han encontrando su
pertenencia fuera de su lugar de nacimiento, pero vuelven a este como unos
extranjeros, percibidos como extraños por los que se quedaron, y sintiéndose
ellos mismos extraños, porque la realidad observada se funde con la que
recuerdan. Los dos son personajes incomprendidos, solitarios, inmersos en la
melancolía. Es reseñable que ni Turín para ella ni el campo para él ofrecen una cura para sus males: por mucho que Pavese guste de contraponer
el espacio rural y el espacio urbano, no idealiza a uno por encima del otro en
este sentido. No está de más, por otra parte, recordar que estas obras fueron
escritas poco antes de su suicidio, cuando el autor había sufrido una decepción
amorosa con la actriz norteamericana Constance Dowling, a quien dedica por
cierto La luna y las hogueras; es posible
detectar una correlación entre la etapa vital que atraviesan los personajes y
la que afectaba al propio Pavese.
Entonces yo no entendía qué podía significar eso de crecer; pensaba que crecer sólo consistía en hacer cosas difíciles, como comprar una yunta de bueyes, tasar la uva, manejar la trilladora. No sabía que crecer quiere decir marcharse, envejecer, ver morir, encontrar la Mora cambiada.
El
presente «oscuro» del protagonista no es el único eje de la novela. Los
recuerdos se le despiertan al regresar al pueblo: todo lo que forma parte de
él, incluso lo que no recordaba de forma consciente, emerge de nuevo. El
pueblo rural conforma un minúsculo microcosmos sucio, embrutecido, sórdido, como
el que ya mostró en De tu tierra o en
Camino de sangre. Con estas novelas
guarda otro paralelismo: la representación de la violencia contra las mujeres
en el contexto campestre estrecho de miras. Un recuerdo vívido del narrador atañe a un suceso acontecido
en casa de una familia con recursos, donde él trabajó de jovencito. Allí vivían
el señor, su segunda mujer, las dos hijas mayores, Silvia e Irene, y la menor, Santina.
Con las hijas jóvenes se produjo el
despertar del erotismo del protagonista, otra cuestión relevante en la obra
de Pavese (véase El bello verano): observándolas, escuchándolas a escondidas, se dejó fascinar por su
belleza y su frescura, pero también descubrió su amargura, la amargura de chicas
guapas y ricas, un hallazgo inesperado para él, porque a su lado parecían
tenerlo todo. La infelicidad, descubre el narrador, no depende tanto de lo que
se tenga, ni de la clase social acomodada, como de ese malestar del que no escapa nadie. Hay
un paralelismo entre las chicas del caserón de su pueblo y una mujer
norteamericana a la que conoció: esta última aspiraba a ser actriz, pero al
final se resignó.
De todo aquello, de la Mora, de la vida que llevábamos, ¿qué es lo que queda? Durante muchos años me ha bastado con aspirar el olor de los tilos que venía con una ráfaga de viento en la noche para sentirme otro, para sentirme realmente yo, aunque no sabría explicar por qué. Algo en lo que no dejo de pensar es en la cantidad de gente que debe de vivir en este valle y en el mundo a la que precisamente ahora le está sucediendo lo mismo que a nosotros entonces y no se da cuenta, no piensa en ello. A lo mejor hay una casa, una terraza, unas chicas, unos viejos, una niña —y un Nuto, un Canelli, una estación, uno como yo que quiere marcharse y salir adelante— y en verano trillan el trigo, vendimian, van en invierno de caza y viven igual que nosotros. Y así debe ser por fuerza. Los chicos, las mujeres, el mundo no han cambiado en absoluto. Ya nadie usa sombrillas, el domingo se va al cine en vez de a la fiesta, se lleva el trigo al pósito, las chicas fuman y, sin embargo, la vida es la misma y no saben que un día ellos mirarán a su alrededor y comprobarán que todo lo que fue suyo también ha desaparecido.
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Cesare Pavese |
Todos,
los vivos y los muertos, los de ayer, los de hoy y los de mañana, comparten sus
vidas truncadas, por la pasión, por la guerra, por la necesidad de libertad…
Por la vida misma, podría decirse. He escrito la palabra «mañana»: el narrador,
a su regreso, conoce a un niño con una pierna en mal estado. El protagonista enseguida
se ve reflejado en él, en este niño «inadaptado», trata de
ayudarlo, de inculcarle aspiraciones, una esperanza en el futuro. El desencanto
del narrador contrasta con su fe en el muchacho: de algún modo, la trama del
niño marca la unión del pasado con el futuro, plantea que el ciclo vital sigue
adelante, que la realidad de ayer se repite en esta nueva realidad no tan
cambiada, que sigue habiendo niños que algún día lograrán grandes cosas y luego
quizá volverán a buscar sus raíces. «Uno no debería hacerse mayor ni conocer el
mundo» (p. 76), escribe Pavese. Esta frase resume el desaliento de la madurez del protagonista, un hombre que no
encuentra el ánimo más que en la relación con el niño. En lo pequeño de la
localidad, en lo pequeño de la peripecia individual, cabe un desánimo, una
nostalgia que trasciende estas páginas y atañe a todo aquel que haya
retrocedido para tratar de encontrarse y, sin embargo, se encontró solo con sus
recuerdos de lo que ya no existe.
No
quiero terminar esta reseña sin una mención al traductor, Fernando Sánchez
Alonso, que, además de verter la prosa limpia y sutil de Pavese,
que en esta obra es especialmente rica en reflexiones, acompaña el texto de unas
notas aclaratorias que sin duda enriquecen la lectura.
Citas
en cursiva de las páginas 13, 59, 83-84, 84 y 155.