31 diciembre 2014

Americanah - Chimamanda Ngozi Adichie


Edición: Literatura Random House, 2014 (trad. Carlos Milla Soler)
Páginas: 608
ISBN: 9788439728122
Precio: 24,90 € (e-book: 12,99 €)

La nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie (1977) forma parte de la nueva generación de escritores de la llamada literatura multicultural, donde también se puede incluir a la hindú-americana Jhumpa Lahiri (1967) y a la británica Zadie Smith (1975). Aunque se crió en su país de origen, Adichie cursó sus estudios universitarios en Estados Unidos y conoce bien los retos a los que se enfrenta Occidente con respecto a la convivencia en sociedades multiétnicas. Las tres novelas y el libro de relatos que ha publicado hasta el momento le han valido, entre otros, el Orange Prize for Fiction 2007 por Medio sol amarillo y el National Book Critics Circle Award 2013 por Americanah. Adichie también es conocida por su faceta reivindicativa, como demuestra en el discurso «El peligro de la historia única», con más de ocho millones de visualizaciones en la red, y en su último trabajo, el ensayo We Should All Be Feminists (2014). Con esta carta de presentación, no es de extrañar que su ficción esté impregnada de un fuerte contenido de crítica social, inmersa, eso sí, en una gran historia.
Iniciación a la vida… y al amor
Lagos, Nigeria
Ifemelu y Obinze son dos adolescentes que se enamoran en el marco de la dictadura militar de Nigeria. No pasan hambre, no les faltan ropa ni libros; pero saben que tarde o temprano tendrán que emigrar en busca de oportunidades. Él, Obinze, está obsesionado con Estados Unidos, aunque las ironías del destino hacen que sea Ifemelu la primera en establecerse allí para estudiar en la universidad. Su relación había sido fantástica hasta entonces: un primer amor apasionado  que contaba con la aprobación de la madre de Obinze, una profesora liberal que provoca la admiración de Ifemelu. Con la distancia, sin embargo, el contacto se rompe y los dos siguen adelante sin saber nada del otro durante muchos años. Obinze se marcha poco después; en su caso, a Inglaterra, y en circunstancias muy diferentes a las de su compañera.
Americanah narra las vivencias de Ifemelu y Obinze, juntos y por separado, durante tres décadas. Un tiempo que permite observar su entrada en el mundo de los adultos, sus amores, sus ilusiones, con la suma de experiencias (y preocupaciones) que conlleva la adaptación a sendos países. La mayor parte de la historia se narra de forma cronológica, en tercera persona, pero en el primer capítulo, situado en el presente, se revela que Ifemelu está a punto de volver a su tierra natal después de más de diez años en Estados Unidos. Obinze ya regresó antes; ahora es un hombre adinerado, casado y con una hija. Ifemelu, por su parte, llegará sola, dispuesta a dejar atrás lo ocurrido en la gran potencia mundial. Los dos, que se han seguido la pista, se sienten inseguros ante el inminente reencuentro: ella no se comportó bien cuando se fue y él teme que su amiga haya cambiado demasiado, que se haya convertido en una Americanah que desprecia las costumbres nigerianas.
Una cuestión de raza
«Yo vengo de un país donde la raza no era motivo de conflicto; no pensaba en mí como negra, y me convertí en negra precisamente cuando llegué a Estados Unidos» (pág. 373). Esta frase la pronuncia Ifemelu, y resume un tema fundamental de la novela: la raza. O, dicho de otro modo, que la percepción de la raza solo se produce en un contexto diverso, en el que la diferencia étnica conlleva un trato desigual en muchos aspectos. Desde que pone los pies en Estados Unidos, la joven comienza a describir a la gente con categorías como «negro estadounidense», «negro no estadounidense», «blanco» o «hispano». No son calificativos gratuitos: Ifemelu toma conciencia de su color, de toda la vertiente social que implica ser negra, al abandonar África; y estas referencias aportan tanta información acerca de una persona como su edad o su profesión. Adichie realiza una radiografía de la sociedad estadounidense en clave multirracial, a través de la mirada de una extranjera como ella misma que reflexiona a partir de sus experiencias cotidianas.
Barack Obama
Entre las muchas ideas planteadas, destaca la relación entre raza y clase establecida por los blancos. El blanco, incluido el blanco pobre, siempre se percibe socialmente por encima del negro, con independencia de la formación o la situación económica del negro —por ejemplo, se relata la anécdota de un bibliotecario que fue confundido con un traficante de drogas—. Esto se refleja en todos los ámbitos, como los medios de comunicación, donde los negros solo encarnan unos roles determinados (salvo cuando se han labrado un nombre: «Si gana [Obama], dejará de ser negro, igual que Oprah ya no es negra, es Oprah», pág. 456). Por otro lado, Adichie lanza una crítica feroz a los prejuicios de la cultura estadounidense: el trato condescendiente por una solidaridad mal entendida, la exclusión social de los extranjeros no blancos, la ignorancia de la realidad de Nigeria (en el imaginario colectivo tienen cabida la tribu salvaje y los niños descalzos). La emocionante escena de la elección de Barack Obama como presidente muestra muy bien todo lo que significó.
La condición de inmigrante, en estrecha conexión con la raza, es otro hándicap en sí mismo. La autora insiste en el hecho de que los personajes no son pobres ni provienen de un país en guerra, como a menudo se cree en Occidente, sino que emigran por otros motivos («Vivimos en una economía basada en lamer culos. El mayor problema de este país no es la corrupción. El problema es que hay mucha gente cualificada que no está donde debería estar porque no le lame el culo a nadie, o no sabe qué culo lamer, o ni siquiera sabe lamer un culo», pág. 105). Tanto Ifemelu como Obinze afrontan, con suertes distintas, los problemas de dinero, la dificultad para conseguir un visado y las crisis personales que eso conlleva No entenderían por qué las personas como él, que se habían criado sin hambre ni sed pero vivían empantanadas en la insatisfacción […], estuvieran ahora decididas a afrontar peligros, a actuar ilegalmente, para marcharse, ávidas solo de elección y certidumbre», pág. 356).
Baltimore, Estados Unidos
La protagonista debe construir su identidad de mujer adulta en un entorno que la empuja a adaptarse, como han hecho tantos antes que ella; pero Ifemelu, inquieta por naturaleza, decide ser fiel a sí misma, no olvidar sus orígenes y hablar claro —y con acento nigeriano— cuando la ocasión lo requiere. Su evolución se simboliza con el pelo, el pelo afro de las negras, que se hace trenzar justo antes de abandonar Estados Unidos. El afro es difícil de peinar, no se le dedican tantos consejos de cuidado capilar en las revistas e incluso alguien recomienda a Ifemelu que se lo alise para una entrevista de trabajo, a pesar del daño que puede hacerle el tratamiento. Las variaciones de su pelo son como las de la propia Ifemelu; y llevarlo al estilo afro, algo más que una elección de peinado. Todas estas cuestiones, que en otras manos podrían caer en el victimismo fácil, en la manida aventura de superación personal, conforman un retrato inteligente gracias a la sutileza, la ironía y la claridad de Adichie, un retrato que sugiere más empatía que compasión, que inspira y tiende puentes al entendimiento.
De profesión, bloguera
La acción de Americanah comienza en los años noventa y llega hasta nuestros días, por lo que las nuevas tecnologías forman parte de la vida de los protagonistas. Ifemelu, además, es bloguera: en Estados Unidos administra un blog sobre la raza en el que desgrana, con mucha sinceridad, opiniones acerca de los asuntos que la incomodan. Algunas entradas o posts se transcriben al final de los capítulos, de modo que la novela saca partido al potencial literario del formato blog. Emplea un registro bastante serio, formal, pero se permite algunas notas de humor, se dirige a sus seguidores y en las reflexiones incluye referencias a famosos como Michelle Obama o Beyoncé, muy ilustrativas tanto para el lector de su blog como para el lector de Americanah. El blog triunfa hasta el punto de que recibe donativos sustanciosos e invitaciones para impartir conferencias; una demostración de cómo canalizar la impotencia y la frustración en un proyecto productivo.
Como consecuencia, los personajes tienen «pensamiento 2.0», es decir, han incorporado las rutinas cibernéticas a su mente, a su manera de pensar la vida; y no viven ajenos a la red ni la entienden como un pasatiempo externo a ellos, como ocurre en otras novelas ambientadas en la actualidad (con excepciones notables como La trabajadora, de Elvira Navarro, por citar otra publicación reciente). Se habla, por ejemplo, de la tendencia a espiar al otro en Facebook (y de la inseguridad o el confort que eso genera), del festín de aplausos e insultos que hay entre los comentarios de un blog, de la incerteza ante la identidad de los comentaristas anónimos o de la subida de autoestima gracias al hecho de encontrar comprensión (a veces superficial) al otro lado de la pantalla.
Chimamanda Ngozi Adichie
En definitiva, estos son solo unos pocos de los jugosísimos ingredientes de Americanah, una de las grandes novelas anglosajonas del año junto con El jilguero, de Donna Tartt, con la que comparte algo más que la vasta extensión, ya que ambas se caracterizan por plantear una crítica, más o menos directa, al tratamiento de lo diferente por parte de la sociedad estadounidense contemporánea (la raza en el libro de Adichie, la desestructuración familiar en el de Tartt, el tráfico clandestino en ambas). Apasionante en la trama y profunda en los contenidos, Americanah se lee con fruición y deja como huella una invitación a pensar en nuestra forma de entender el mundo, en aquellos condicionantes (etnia, clase, ideología, región, etc.) que marcan quiénes somos para nosotros y para los demás. Desde luego, estos ojos de blanca del sur de Europa han ampliado horizontes.

28 diciembre 2014

Los niños se aburren los domingos - Jean Stafford



Edición: Sajalín, 2014 (trad. Ana Crespo)
Páginas: 362
ISBN: 9788494236709
Precio: 22,00 €

Unos ojos que expresaban confusión y derrota, y a los que solo mantenía con vida una mínima esperanza en que sí, en que las cosas tenían que cambiar. La mano de Alfred estaba caliente y la de Emma se aferró a ella como si todo lo que necesitaban se concentrase allí, en aquellas manos entrelazadas. Y no había duda al respecto: Alfred se había enterado de su crisis y leyó en el rostro de Emma que ella también se había enterado de la suya. El reconocimiento mutuo fue instantáneo y absoluto, y los dos se dieron cuenta de que eran niños y de que, si así lo deseaban, nada les impedía pasarse el resto de aquel domingo de invierno jugando juntos en un estado de perfecta desnudez e inocencia. «Los niños se aburren los domingos», pág. 267.

Al igual que la mayoría de cuentistas de su generación, Jean Stafford (Covina, California, 1915–Nueva York, 1979) alcanzó la brillantez gracias a la publicación en revistas, unas colaboraciones que proporcionaban sustento y a la vez estimulaban el perfeccionamiento del género. Hija de un autor de westerns de segunda, Stafford también publicó tres novelas y consiguió un gran éxito popular con la primera, aunque sus cuentos se consideran su mayor logro. En 1970, la recopilación de toda su narrativa breve se hizo con el Premio Pulitzer y fue candidata al National Book Award. Joyce Carol Oates la ha definido como «la escritora de relatos más versátil de una generación con autores de la talla de Eudora Welty, John Cheever, Katherine Anne Porter y Flannery O’Connor». Stafford permanecía inédita en castellano hasta hace unos meses, cuando Sajalín seleccionó trece de sus mejores textos en Los niños se aburren los domingos, que toma el título de una de las piezas.
Los relatos tienen algo en común: están protagonizados por mujeres de diversas edades y recrean el ambiente cotidiano de la Norteamérica de clase media-alta a mediados del siglo XX. Esta recreación, no obstante, nace de una mirada angustiosa, sombría, porque las situaciones —incluso las de apariencia intrascendente, como la merienda entre vecinas de «Una conversación educada»— se perciben asfixiantes para las afectadas. El volumen se abre con «La vida no es un abismo», protagonizado por una joven que rechaza una cita con su pretendiente para visitar a una prima anciana. En el asilo, entra en contacto con una realidad decrépita que no se corresponde con la pureza de su edad. El choque no solo se produce por su familiar —una dama venida a menos que aún tiene la mente despierta—, sino por la mujer ciega con la que comparte habitación, una presencia menospreciada por su prima que impacta profundamente a la muchacha («Solo hay una persona capaz de amar —pensó—, y esa persona es Viola. Alguien que no puede dar ni recibir nada», pág. 40). Después, la protagonista se ve con su chico, aunque su visión del mundo ya ha perdido la candidez.
La iniciación a la vida adulta o pérdida de la inocencia es un tema recurrente en los relatos. En «El corazón sangrante», una chica de origen mexicano que está lejos de su hogar —y, por lo tanto, muy sola—, fantasea con un hombre con el que coincide en la biblioteca. Cuando lo conoce, sin embargo, la imaginación romántica se desvanece, porque descubre en él a alguien tan desamparado como ella, que, además, debe hacerse cargo de su madre enferma. De forma parecida a «La vida no es un abismo», la protagonista conoce a la señora consumida y se sobresalta al contemplar lo que ocurre cuando le regala una planta. En «Un día de montaña», uno de los pocos cuentos narrados en primera persona, nos habla una joven de voz ingenua y sensible, enamorada de su prometido, que deja atrás la superficialidad propia del coqueteo tras ser testigo, junto a su novio, de un suceso trágico que le hace cambiar su escala de valores.
La autora también retrata el amor de parejas jóvenes y de mediana edad y, en particular, se fija en los conflictos del matrimonio —Stafford sabía de lo que hablaba: se casó tres veces, y tras el primer divorcio, del poeta Robert Lowell, sufrió una depresión y tuvo problemas con el alcohol; solo consiguió ser feliz con su tercer marido—. «Una historia de amor en el campo», por ejemplo, relata la historia de un matrimonio que compra una casa en la que se conserva un viejo trineo. Después del traslado, surgen problemas entre ambos y ella empieza a soñar con un amante imaginario, identificado con el trineo, como una forma de mantenerse entera ante el malestar, y deja que la ensoñación se confunda con la realidad. Menos evocador, aunque igualmente sobresaliente, es «Policías y ladrones»: una conversación telefónica de una mujer que explica a su amiga que su marido se ha vengado de ella a través de su hija.
Stafford suele utilizar una estructura consistente en comenzar con una referencia a un detalle a primera vista anecdótico, para indagar de forma progresiva en aquello que atormenta a los personajes. Ocurre en «La historia de Beatrice Trueblood», sobre una mujer que se quedó sorda justo antes de casarse. Al profundizar, no obstante, se van desvelando los miedos de Beatrice, canalizados a través del cuerpo de un modo desconcertante; y, además, estos secretos salen a la luz gracias a alguien inesperado: el marido de una amiga, que aporta un punto de vista atípico en su entorno. Otro recurso muy empleado son las largas charlas distendidas, que en ocasiones ocupan el grueso del relato, como en «Una conversación educada» y «La merienda de las heroicas señoras». La gracia de estos diálogos reside, precisamente, en que para uno de los personajes (una escritora, una muchacha que escucha a escondidas) el ambiente no resulta amable, ya que se ven a sí mismas como el bicho raro.
Más allá de las jóvenes ingenuas y las casadas insatisfechas, Stafford también perfila a las mujeres solas, como las protagonistas de «En el zoo», dos hermanas de mediana edad que han llevado una existencia poco convencional desde la infancia, cuando se criaron junto a una tía que no las apreciaba. Este relato está organizado de la forma comentada antes: a partir de la observación de un oso polar «senil y ciego», la narradora recuerda a un hombre que conocieron tiempo atrás, y esta asociación de ideas le permite reconstruir todas sus vivencias. «Un juego de niños», por otro lado, presenta a una mujer norteamericana que lleva años en Europa, aunque desde que se quedó viuda siente que no encuentra su sitio, que siempre ha dependido de los demás («Abby podía brillar con luz propia, pero necesitaba que alguien prendiese la chispa», pág. 310). Ahora se reencuentra con un amigo que padece ludopatía, y el contacto con el inframundo de la adicción le hace valorar su hogar apacible, sin imprudencias.
Stafford, que se movió mucho por los círculos intelectuales de la época, no olvida este ambiente en sus cuentos, aunque su representación no está exenta de un matiz caricaturesco, como en «La invasión de los poetas», uno de los relatos más irónicos, y, al mismo tiempo, uno de los más profundos. En él, la narradora recuerda en primera persona cómo un verano algunos poetas amigos pasaron una temporada en su casa. En realidad, lo que explica es la crisis de su matrimonio, que se evidencia a medida que la narración avanza, si bien la locura de su voz le aporta un tono relajado que hace dudar de lo acontecido. En «Los niños se aburren los domingos», la protagonista es una mujer con una perspectiva peculiar del arte que visita un museo, donde se cruza con un amigo. Los dos reconocen mutuamente sus soledades, y al final se marchan juntos, como si en ese encuentro de almas en pena hubieran recuperado la esperanza.
La obra recoge otro relato, «El castillo interior», quizá el más impactante y conmovedor, puesto que está inspirado en una experiencia de la propia autora. Después de sufrir un accidente de tráfico y de haberse sometido a numerosas intervenciones, la protagonista aún debe operarse una vez más, para reconstruir su nariz. El cirujano es presentado como un hombre práctico y locuaz, ejemplo del científico eficiente, que contrasta con el silencio de la mujer y su dimensión existencial («Querida, parece que hayas salido de un cuento de Katherine Mansfield», pág. 129). Ella, a lo largo del internamiento, ha aprendido a mirarse hacia adentro, a comprender la vida desde otro ángulo, y concibe su cerebro, su interior, como un tesoro susceptible de ser destruido cuando recupere la normalidad.
La protagonista de «El castillo interior», por si fuera poco, está sola y no se sabe nada de su familia. El hecho de estar lejos de casa es un rasgo común a muchos personajes («La vida no es un abismo», «El corazón sangrante», «Un juego de niños», etc.), y Stafford explica en una nota que ella, originaria del oeste, también quiso marcharse de su tierra natal. En los cuentos, el alejamiento del origen no se describe con nostalgia, sino que se acepta como una circunstancia más, una decisión que las mujeres tomaron para construirse a sí mismas y que en ningún momento se replantean, ni siquiera cuando el desamparo parece absorberlas. Es significativo cómo la protagonista de «La invasión de poetas» recalca que, a pesar del fracaso matrimonial, todo ocurrió en su casa, en su primera vivienda en propiedad, como si la pertenencia la enderezara incluso cuando ha perdido tanto.
Jean Stafford
Y así, entre mujeres desarraigadas, mujeres que han perdido la inocencia, mujeres insatisfechas y mujeres de honda vida interior, se edifica el legado de una escritora versátil y lúcida, capaz de adoptar con la misma maestría registros serios y mordaces, sensibles y crudos. En la selección de Los niños se aburren los domingos hay textos espléndidos, como «El corazón sangrante», «El castillo interior», «La historia de Beatrice Trueblood» y «La invasión de poetas», entre otros, por lo que este libro constituye una excelente invitación para descubrir a una autora olvidada pero no oxidada, ya que sus páginas no han perdido interés por el paso del tiempo y aún tienen mucho que decir a las nuevas generaciones de lectores.

21 diciembre 2014

Características de una devoradora mujer y otras búsquedas curiosas

Como todos los blogueros sabemos, las visitas que recibe la página no siempre se deben a nuestras críticas afiladas, nuestra incansable actividad en las redes sociales o nuestras cansinas listas de lo mejor del año. En realidad, le debemos muchos clics a la torpeza particularidad de buscadores como Google, que asocian los contenidos del blog (sobre todo, los títulos de libros) con palabras de las búsquedas de los usuarios, unas palabras que no siempre tienen relación con la literatura (o sí, pero no como se espera).

Existe, para empezar, una retahíla de búsquedas que empiezan por "características". ¿De libros? No necesariamente.
Me encanta el de "características de una devoradora mujer" (Hola, guapo, aquí estoy. Por un día puedo cambiar los libros por los hombres). Ah, las búsquedas de los mejores seductores "de la hisatoria" se deben a un interesantísimo ensayo de Betsy Prioleau.

Ahí arriba también ha aparecido Carlos Ruiz Zafón con El prisionero del cielo. No es la única vez: él, junto a otros escritores de best-sellers, es el rey de las búsquedas.


Para que luego algunos se quejen si hago comparaciones en las reseñas (ya expliqué que no son tan odiosas).Y menos mal que a Paulo Coelho solo lo he nombrado para hablar mal de su obra, que si llego a reseñarlo...

Por otra parte, he observado una gran curiosidad por las páginas de ciertos libros.
Con lo fácil que es buscar el libro en cualquier librería online en lugar de escribir "cuántas páginas tiene...". Por cierto, quiero esa Blancanieves a la parrilla.

Tampoco faltan las palabras clave de aquellos que buscan..., ejem, que no buscan libros.

Qué decepción deben de tener al comprobar que esa chica de ojos verdes es la protagonista de un libro de Edna O'Brien, ¿no?

Si es que estamos de un perverso...
Claro que la primera perversa, que no perbesa, fui yo.

También están los que buscan un manual "paso a paso". He hecho algunas recomendaciones de este tipo, pero no estoy segura de que todos encuentren aquí lo que buscan.
No sé si me sorprende más la curiosidad por saber cómo duermen las princesas Disney (yo he hablado de otras princesas, que de Disney tienen poco), el que se pregunta cómo saber qué tipo de literatura le gusta (¡¿leyendo?!) o el de cómo dejar un libro sin final (si fuera cruel le respondería: muriéndote antes de terminarlo). El de qué regalar a una "señorita de 17 años" me ha parecido hasta caballeroso. Y, de nuevo, Zafón (ya dije que era el rey de las búsquedas).
Por más que lo piense, soy incapaz de saber qué entrada ha atraído la búsqueda de "cómo decorar con tachas mis zapatillas". He hablado de mundos decorados, aunque no con "tachas".

Pero pongámonos serios, porque lo próximo no es para reír.
Y esto es solo una pequeñísima muestra de una de las palabras que más se repite: "descargar", casi siempre acompañada de "gratis". También son frecuentes los "bajar gratis" o "título del libro + pdf". Me consuela saber que no encontrarán lo que buscan en mi blog.

Sin embargo, no todo es malo. Hay quien se preocupa por los que leemos mucho y por hacer regalos a las abuelas.
¿Qué nos suele pasar a los que leemos mucho? Algún día necesitaremos unas gafas del copón y quizá somos más soñadores de la cuenta. Lo de "libros que gustan a las abuelas" es como lo de "libros para mujeres" (también hay muchas búsquedas de este tipo); qué manía con pensar que a todo un colectivo le gusta lo mismo. Al de los libros románticos con chico malo le respondería: demasiados, por desgracia demasiados.

Para terminar, hablemos de la gente que lee (libros), que dice que lee, que no lee (libros) o que está muy loca (en Manhattan, tranquilos, solo en Manhattan).


¡Minipunto para el último!

14 diciembre 2014

Recomiéndame un libro

Yelena Bryksenkova
Lectores, esta vez necesito vuestra colaboración: os pido que, en los comentarios, me recomendéis un libro. No tiene que ser necesariamente vuestro favorito, porque la gracia de este juego es que me recomendéis el que creéis que me puede interesar a mí, teniendo en cuenta los libros que suelo reseñar. Mi intención no es leer todas vuestras recomendaciones (no doy abasto ni con las obras que selecciono yo), sino descubrir títulos que desconozco y, de paso, comprobar si la imagen de lectora que proyecto en el blog se corresponde a la que yo tengo. Gracias de antemano por vuestra participación en este experimento.



10 diciembre 2014

Si supieras que nunca he estado en Londres, volverías de Tokio - María Sirvent



Edición: El Aleph, 2010
Páginas: 184
ISBN: 9788476699379
Precio: 17,95 €

«Uno de los debuts más prometedores de los últimos años» bien podría considerarse una de esas frases trilladas que encontramos cada dos por tres en las solapas de la primera novela de un autor joven. Está tan, tan trillada, que a veces huele a falsa generosidad, como si lo único bueno que se le pudiera decir a un escritor novel fuera: «Chico, este libro no funciona, pero no te desanimes, que tú prometes mucho, ¿eh?». Y así seguimos, con decenas de promesas nuevas al año, promesas que lo siguen siendo después de tres o cuatro novelas publicadas, promesas que no cuajan y promesas que, un buen día, pasan a la categoría de «consolidadas». Ante tanto novelista prometedor, al menos según las campañas de marketing, una ya no sabe dónde están los verdaderos indicios de talento fresco y rejuvenecedor de «nuestra» literatura. Por suerte, he dado con unos cuantos: Pilar Adón, Jenn Díaz, Ariadna G. García, Lara Moreno… y María Sirvent.
Si supieras que nunca he estado en Londres, volverías de Tokio (2010) se promocionó a bombo y platillo en su momento porque a María Sirvent (Andújar, Jaén, 1980) la había descubierto nada menos que la Agencia Literaria Carmen Balcells, la más importante de las letras hispanas, y venía avalada por comentarios de Alfredo Bryce Echenique y Ray Loriga. Pero, como decía, estamos tan acostumbrados a leer halagos desmesurados que estos ya no provocan la reacción esperada en el lector, y muchos títulos publicitados con ahínco no tardan en caer en el olvido. Tampoco ayuda la elección de una cubierta y un resumen de la contra que, a mi parecer, no identifican bien al público potencial del libro, que lo puede asociar a una simple novelita de chick-lit (no, ya os aseguro yo que no).
Toda su fuerza reside en la esplendorosa (y no es un cumplido gratuito) voz narrativa de Sirvent, personificada en la protagonista, Ágata Ponce, una treintañera que rompió con su novio hace unos meses y aún no ha asumido la ruptura («Cuando se acabó, cuando repartimos lo de cada uno, me tocó quedarme conmigo y eso es algo que aún no he querido perdonarte, Jochi», pág. 9). Le escribe correos a su ex, que ahora vive en Tokio, desde la oficina, unos correos que nunca le manda y que se asemejan más a un monólogo interior de la propia Ágata que a una epístola convencional. Lo que sí le envía son mensajes un tanto impersonales, esos que se escriben cuando se quiere dar una imagen de bienestar porque resulta más fácil mentir, o disfrazarse, que dar explicaciones, como en el que le cuenta que lo ha pasado fenomenal en Londres, aunque, de hecho, nunca ha estado allí y su existencia es más monótona de lo que reconoce. De ahí el título: Si supieras que nunca he estado en Londres, volverías de Tokio.
En realidad, lo que le ocurre a Ágata es que necesita un cambio. Ella cree que llegará cuando la echen del trabajo, por eso no entrega los informes a tiempo y se burla (para sí misma) de su jefa. Sin embargo, no la echa, de momento, y Ágata espera algo que no sabe o no quiere concretar («Es raro cuando esperas. No hay nada más peligroso que una persona que espera. Te puedes volver adicta a ese estado de incertidumbre y cogerle miedo a lo concreto», pág. 13). El resto del tiempo lo dedica a tontear con un compañero de la oficina, un hombre casado que no le interesa en absoluto; y a convivir con una mujer, Tomasa, que podría ser su madre. Ah, y también piensa en su madre, en la ausencia que dejó al morir, un tema que se desvela poco a poco, como esa debilidad que no se desea mostrar a los demás.
De todo esto (ella misma, Jochi, el trabajo, Tomasa, su infancia) habla Ágata en un discurso que combina la inmediatez de los juicios cotidianos sobre su entorno más próximo con recuerdos nostálgicos que, eso sí, se presentan con mucho humor y sin sentimentalismo. En eso está la gracia: el estilo de Sirvent es chispeante, ingenioso, descarado, lleno de juegos de palabras que son pura genialidad. No importa lo que cuenta, no importa que esta no sea una historia de aventuras y pirotecnia, porque cuando se escribe así cualquier tema despierta interés. Incluso la superación de una ruptura por parte de una chica gris que lleva una existencia gris entre las paredes de una oficina gris («No sé si esto es una oficina o un escaparate de vidas en rebajas», pág. 42). La autora logra que todo lo «gris» de Ágata Ponce se convierta en único y deslumbrante.
El enfoque tiene una notable mirada femenina (y, por favor, que nadie interprete esto como un «Prohibido hombres»; ninguna lectora de bien se asustaría ante una mirada masculina), como en el imaginario sobre la relación entre la ropa, los colores y los estados de ánimo («Llegué a la oficina con la sonrisa de una persona que sabe que lleva una camiseta de tirantes amarilla» pág. 15). Destaca, asimismo, por la frescura de la juventud, acrecentada por ese «tú» cercano y coloquial, ya que Sirvent encarna a esa generación preparada que, durante su niñez, valoraba el exclusivo «rotulador de color carne». En esto último se distingue de algunas autoras mencionadas al principio, como Jenn Díaz, que en sus primeras novelas se mantiene más fiel a la tradición de la literatura de posguerra.
Las objeciones que se le pueden hacer a Sirvent son las habituales en un debut; nada importante. Por un lado, le falta elaborar más las tramas secundarias (aunque la sutileza con la que introduce las historias de su compañera de piso y sus colegas es fantástica); y por el otro, el desenlace del asunto laboral, que, pese a no ser más que el colofón de un recorrido mucho más fructífero, peca de cierta previsibilidad poco recomendable para una novela que sobresale precisamente por su capacidad para crear un discurso personal e inteligente que no cae en los lugares comunes. En cualquier caso, no son más que pequeñas pegas que no ensombrecen los (muchos) méritos de la obra.
María Sirvent
Si supieras que nunca he estado en Londres, volverías de Tokio me ha mantenido atenta a sus páginas, a las continuas ocurrencias de la protagonista, y me ha ilusionado (sí: i-lu-sio-na-do) porque no es habitual encontrar a una autora con el gracejo, la desenvoltura y la creatividad de Sirvent. Algunos verán en estas páginas una novela «amena, que engancha y divierte», que «habla de la ruptura» y «caricaturiza el mundo laboral». No obstante, yo veo capacidad para hilvanar un monólogo, veo recursos que parecen sencillos por lo distendido del tono pero que no son fáciles de emplear con esta naturalidad, veo un relato que aparenta ser un repaso a una relación fallida y sin embargo deviene en un reencuentro de la protagonista consigo misma. Veo talento, talento a raudales.
Y sí, lo de «Uno de los debuts más prometedores de los últimos años» era verdad.

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