Edición: Demipage, 2013 (prólogo de Antonio
Muñoz Molina)
Páginas: 120
ISBN: 9788494108945
Precio: 16 €
Los
dieciséis relatos de La visita
conforman la carta de presentación de la escritora argentina Mariana Graciano
(Rosario, 1982), licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires y
alumna del Máster en Escritura Creativa impartido por Antonio Muñoz Molina en
la Universidad de Nueva York. Ha sido nombrada Nuevo Talento Fnac por este
debut y, a propósito de este reconocimiento, la autora explicaba en una
entrevista que su objetivo con estos cuentos era «explorar formas de desaparición» en el marco de lo cotidiano. En
efecto, todos los textos giran alrededor de las relaciones del hogar: niños,
ancianos, padres, madres, vecinos; son como fotografías que reproducen
instantes sugestivos para el lector. Quizá este sea su rasgo más distintivo: la
autora no cuenta historias de forma detallada y convencional, sino que juega
con lo impreciso, con el emborronamiento que el paso del tiempo confiere a los
recuerdos.

Tal
vez esta última apreciación se deba al hecho de que muchos relatos están
protagonizados por niños y recrean la
mirada infantil, con su habilidad innata para fijarse en aquello que la
perspectiva adulta pasa por alto, como apunta Muñoz Molina en esa invitación a
modo de prólogo: la amistad entre dos niñas que permite examinar la perversidad
infantil («Ella»), un niño que juega a ser el héroe de la casa cuando no está
papá («A tu sombra»), los primos reunidos para observar algo que parece una
estrella («La visita»). No obstante, a veces la presencia de niños sirve para
plantear temas que trascienden lo puramente infantil, como en «Los palacios ya
no», sobre cómo un descampado para jugar se convierte en una funeraria, a modo
de símbolo de lo que desaparece, pero también de los cambios de significado
impuestos por el ser humano. Por otra parte, «El primero», que retoma esa
reunión familiar de los primos, plantea el tema de la muerte y la comunicación
de la noticia a los niños.
Algunos
relatos se mueven en la frontera de la
locura, de lo que escapa a la razón, como el que abre la recopilación, «Ese
hombre», sobre un personaje que espía a su vecino y entre ambos se crea una
extraña complicidad por ser los únicos que conocen la existencia de esos
momentos. Hay cuentos que entran en el terreno de la enfermedad desde un enfoque menos revelador que el resto de textos:
la fragilidad de una anciana senil que recurre a una curandera («Encarnación»),
un niño con huesos de cristal («Resquebrajado»), un trastorno raro («Desaparece
cerro»). Personalmente, me parece más interesante que un autor me descubra con
nuevos ojos una escena cotidiana en apariencia intrascendente —como los citados
cuentos sobre la niñez y la familia— a que aproveche las (conocidas) consecuencias
de una enfermedad para centrar el relato en ellas.
Fuera
de estos ámbitos, destaco dos textos: «Reaparecida», sobre una abuela que
recuerda lo que quedó atrás en forma de una casa vacía, y «El grito», sobre una
madre y una hija que al regresar del colegio escuchan los gritos de una mujer.
Este último, más que de malos tratos, habla de lo externo a ellos, de la
indecisión a la hora de reaccionar y de lo rápido que cambia la responsabilidad
de uno mismo en torno a un hecho terrible: el apacible regreso se trunca de
inmediato, pero de inmediato se puede volver a esa calma si se opta por ignorar
los gritos y seguir caminando. «Vanesa» también es un relato notable: el amor,
las dudas, la identidad, el aprovechar el momento antes de que las
circunstancias varíen. Finalmente, «Hoy» recrea la animación del tren, el vagón
como un espacio en el que día tras día desfilan personas con sus propias
historias, unas historias que al cerrar las puertas se marchan con ellos.
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Mariana Graciano |
Los
cuentos se caracterizan por una escritura limpia y clara, que plasma el
lenguaje coloquial de los diálogos; un estilo acorde con el carácter íntimo de
las historias. La información sobre los personajes es escasa y los relatos carecen
de final cerrado, de ahí que se produzca ese efecto de incertidumbre, de ser un
lector-espectador que debe interpretar a partir de una fotografía y no de la
película completa. En general, se nota mucho el tono argentino, no solo por el habla sino por los ambientes, la
sensación de que los relatos, pese a tratar asuntos hasta cierto punto
universales, transcurren en Argentina y tienen personajes argentinos. Sé que se
me escapan lecturas por mi falta de conocimientos de la tradición literaria de
este país —estoy más habituada a las narrativas mediterráneas y anglosajonas—, pero
esto no ha impedido que disfrute de la propuesta de Mariana Graciano, de esta
visita a esos recodos de lo cotidiano que se desvelan como fuentes de
significado gracias a la mirada atenta de una buena escritora. Un debut
interesante.