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22 abril 2018

Buenos días, guapa - Maxie Wander


Edición: Errata naturae, 2017 (pról. y trad. Ibon Zubiaur; post. Christa Wolf)
Páginas: 344
ISBN: 9788416544318
Precio: 19,90 €

Buenos días, guapa, de la escritora, reportera y fotógrafa Maxie Wander (Viena, 1933 – Potsdam, 1977), se publicó en 1977, apenas unos meses antes de la muerte prematura de su autora, y tuvo un gran éxito en las dos Alemanias, sobre todo entre las lectoras, no en vano estaba concebido como un libro de una mujer para todas las mujeres (sin connotaciones peyorativas). Un proyecto sobre ellas en la República Democrática de Alemania (RDA), que Wander desarrolló de una forma tan inteligente como refrescante: diálogos con mujeres, casi todas trabajadoras o estudiantes, en los que la entrevistada se abre en canal y expone sus inquietudes. Gracias al esfuerzo de Errata naturae por recuperar la literatura de la RDA, lo podemos disfrutar en castellano, como siempre de la mano de Ibon Zubiaur, que también tradujo y prologó a Brigitte Reimann, entre otros.
Antes de seguir, unos apuntes sobre Maxie Wander (en cuanto se la investiga un poco, resulta fascinante). De familia obrera, abandonó sus estudios a los diecisiete años para trabajar en una fábrica. En 1952 conoció al que sería su esposo, el escritor de origen judío Fred Wander (Viena, 1917-2006), un superviviente del Holocausto que más tarde alcanzaría la fama con la novela El séptimo pozo (1971). Juntos, se instalaron en la RDA y se dedicaron al fotoperiodismo y a la escritura en general, muy comprometidos con los problemas sociales. Tal como se explica en la solapa del libro, eran conscientes «del dogmatismo y la estrechez del régimen», pero su condición de extranjeros en Alemania les permitía «hacerse querer por los vecinos […] y no ser tomados muy en serio por las autoridades». Maxie murió de cáncer cuando solo tenía cuarenta y cuatro años, pero su nombre quedó grabado en la literatura de la RDA gracias a esta obra.
Diecinueve capítulos, diecinueve mujeres. Anticipando la investigación «polifónica» de Svetlana Alexiévich, Maxie Wander llevó a cabo un estudio sociológico de las mujeres en la RDA de los años setenta a través de una muestra variada: jóvenes y maduras, casadas y solteras, trabajadoras y estudiantes, con opiniones y experiencias distintas. Ni populares ni reconocidas; mujeres anónimas, identificadas con su nombre de pila y su edad. ¿Y de qué hablan? En el contexto de un país socialista, ganaban el mismo sueldo que un hombre, por ley, pero aun así tenían sus problemas. Como al charlar con una amiga, cuentan sus tensiones cotidianas, sus preocupaciones, van de lo liviano a lo trascendental con la espontaneidad que da la expresión oral. Aunque tenga forma de libro, se escucha más que se lee. El amor, el sexo, la maternidad y la profesión son algunos de los temas recurrentes. Sorprende, incluso ahora, la naturalidad con que se muestran y rompen tópicos. Esta propuesta de Maxie Wander es brillante: ceder la palabra, dejar que la conversación siga su curso y dé lugar a confesiones reveladoras.
Dada la naturaleza oral y plural del libro, hoy no voy a reseñar los principales asuntos planteados, sino que he seleccionado algunos fragmentos, a modo de aperitivo, para que juzguéis por vosotros mismos su carácter sincero, descarnado; para que escuchéis a estas mujeres y notéis el calor que aún conservan sus voces. No hay mejor forma de acercarse a este texto que el contacto directo. Pese a pertenecer a un periodo histórico muy específico, que ya quedó atrás, las percepciones de sus protagonistas sobre su intimidad no distan tanto del presente. Sus discursos siguen vivos y lúcidos.
Amor y sexo:
… me llevo de vez en cuando a un hombre a la cama o a la pradera. Es curioso que te lo confiese a ti. Curioso, porque un hombre confiesa algo así sin más, incluso realzaría su prestigio. ¿Realza esta confesión mi prestigio? No. Oculto esa parte de mi vida a otras personas, porque sé cómo juzgan a las mujeres de mi estilo y lo mal que queda mi marido en todo ello. Los guardianes de la virtud no son tanto los hombres, a los que se acusa a menudo injustamente de no acostumbrarse a nuestra emancipación. En general, las que salen a las barricadas son mujeres que tienen envidia y la esconden tras el escándalo moral. No es nada nuevo. (Rosi, 32 años, p. 22)
Para entendernos, flirtear me basta. Puede que no haya acabado con el hombre adecuado, o quizá soy de verdad así, no sé, no me gusta mucho besar ni practicar sexo. […] El sexo no me aporta nada, ¿por qué iba a buscarme a otro? Simplemente no me resulta agradable, es una carga. Hago como si me entregara por hacer feliz a Werner. Al principio pensaba que él se daba cuenta, pero se lo cree. Caricias sí, eso me gusta. (Doris, 30 años, p. 42)
Yo me siento retrasadísima, porque ni siquiera he besado. En cierto modo, no sé, me da miedo besar, que igual hago algo mal. […] Me gustaría que mi mamá tuviera tiempo para mí, que hablara conmigo de cuestiones sexuales. Ella no empieza y yo no pregunto, como si no existiera el tema.  (Gabi, 16 años, p. 135)
Maternidad:
¡Ay, el crío! Él es mi auténtico problema. Déjalo. Tiene ya cinco años y sigo sin ser una madre de verdad. Me condeno, sí, me condeno yo misma a las obligaciones más duras. Y nadie pregunta cuánto esfuerzo me cuesta. Los fines de semana no trabajo casi nunca, aunque con eso pierdo la mayor parte de las propinas. Olvido lo joven que soy, sólo por recoger a tiempo al crío de la guardería. Luego pasamos todo el tiempo juntos, y cuido de que no vengan hombres a verme. Pero al crío le gustan los hombres, porque en la guardería no tiene a más que mujeres. Está hambriento de padre. Vivo con el crío como marido y mujer. No lo trato como a un niño, porque a mí me parecía fatal cómo me mareaban. Incluso le obedezco, porque tiene tanto sentido práctico y, en fin, porque me parece bonito que alguien se preocupe por mí. (Ruth, 22 años, p. 79)
¿Qué más? Ya no ocurrió gran cosa. Nació Jörg, y un año después Liesi, y llegó Anke, y luego Moritz. Yo me hacía dar esto y aquello, preguntaba por anticonceptivos, pero no necesitábamos más que mirarnos, y ocurría. Si decía: Doctor, esto no puede ser, cada año un niño, él me decía: También con el decimoctavo diré que no. Así estaban las cosas, éramos animales, ¡no personas que pudiesen decidir sobre sí mismas! Cuando ya realmente no podía más, me quitaron uno en la ciudad. En 1966 llegó también Andreas, luego ya hubo la píldora, que fue mi salvación. (Karoline, 47 años, p. 280)
Trabajo:
Cuando las mujeres quieren representar algo en el trabajo, empiezan con medios bastante primitivos que en el hombre no juegan el mínimo papel. La ropa, la apariencia, el maquillaje, necesitamos estos medios para ser reconocidas. Si se quiere juzgar a las personas por su fondo, hace falta mucho más tiempo. A veces no tengo el sosiego para pasar tanto tiempo frente al espejo, o para ir a la peluquería. Y a veces no tengo ninguna gana. Pero sé lo que se espera de mí. A menudo es como una competición. Quiero decir, si tengo que ir a la inspección escolar del distrito, paso más tiempo frente al espejo, para lograr firmeza interior y la apariencia adecuada. Sé que en cuanto a mi aspecto no va a haber quien me sople. (Doris, 30 años, p. 49)
Cada época exige un tipo distinto de persona, vale, y hoy nuestra economía exige la mujer trabajadora. Eso lo entiendo, pero intento escaquearme. Yo quiero ser una mujer tal como yo la entiendo y como a mí me sienta bien. Mientras se siga propagando el trabajo fuera de casa como ideal para cada mujer, no se le puede andar pidiendo muchos hijos, la mujer con hijos queda en desventaja. Mira, si una mujer tiene cinco hijos y se queda en casa, eso se le respeta, eso ya es algo, pero si una dice: tengo sólo un hijo y me quedo en casa, eso ya es más difícil de hacérselo entender a la gente, no parece encajar bien en nuestra época. Me parece maravilloso que una mujer pueda desarrollar su talento si quiere.. (Steffi, 37 años, p. 202)
Forma de ser:
En el fondo soy una persona muy solitaria. Sí. Por eso me atrae tanto la gente. En mí hay un pedazo de mi padre y un pedazo de mi madre, es lo que lo hace tan difícil. A los demás les resulta difícil entender que tengo fases en las que no puedo ver a nadie, y luego fases en las que me gusta estar con gente. Soy bastante desconfiada. (Angela, 21 años, p. 125)
Todos los días tengo que estar afirmándome de nuevo, porque continuamente dudo de mí misma. No me siento segura, me arriesgo incluso a mostrar lo insegura que soy. Pero la gente pide fachadas. Sólo las personas fuertes son capaces de mostrar su inseguridad y llevarla tan tranquilos, como ropa vieja. (Lena, 43 años, pp. 242-243)
***
Por último, una breve reflexión. En la actualidad se discurre mucho sobre feminismo o sobre lo que se entiende como tal. A propósito, recupero unas palabras de Margaret Atwood, del prólogo a la edición de 2017 de El cuento de la criada:
¿... es una novela feminista? Si eso quiere decir un tratado ideológico en el que todas las mujeres son ángeles y/o están victimizadas en tal medida que han perdido la capacidad de elegir moralmente, no. Si quiere decir una novela en la que las mujeres son seres humanos ­­­­–con toda la variedad de personalidades y comportamientos que eso implica– y además son interesantes e importantes y lo que les ocurre es crucial para el asunto, la estructura y la trama del libro… Entonces sí. En ese sentido, muchos libros son «feministas».
Maxie Wander
Esto mismo se puede aplicar a Buenos días, guapa. Sus mujeres no se victimizan ni se erigen en referentes de nada. Tampoco se movilizan contra el patriarcado u otras injusticias. Son chicas conversando, a secas, sin la finalidad ni la conciencia de hacer feminismo, como tomarse un café con una amiga (y qué bien adoptó Maxie Wander ese rol, cómo supo escuchar y conducir las entrevistas sin restarles libertad para profundizar en lo que quisieran, amoldándose a cada una). Si hacen feminismo es solo de forma indirecta, que, en el fondo, resulta mucho más eficaz: el hecho de recopilar sus testimonios, de considerar sus quehaceres cotidianos lo bastante importantes como para hacer un libro. No se trata de idealizarlas, sino de mostrarlas tal como son. Aquí hay un ejemplo magnífico de ello.

13 septiembre 2016

Ciudad en llamas - Garth Risk Hallberg



Edición: Literatura Random House, 2016 (trad. Cruz Rodríguez Juiz)
Páginas: 984
ISBN: 9788439731160
Precio: 24,90 € (e-book: 12,99 €)

Era 1966: el año del Black Power, el telemaratón de Jerry Lewis y «Eight Miles High». Tras la brillante bandera azul del cielo, un hombre vagaba fuera de una cápsula espacial, amarrado solo por un ombligo de goma. Entretanto, abajo, la cuidada fachada del mundo que había dejado atrás se desmoronaba. Volutas de hierba surcaban el aire de mediodía; espirales de grafitis florecían en los buzones y en las cornisas de los edificios municipales; cerca de donde había aparcado William, dos chavales blancos, un niño y una niña, sentados en una caja aplastada en la acera, mendigaban a los corredores de Bolsa sin darle más trascendencia que si pidieran la hora. Y a William le parecía que todo ello denotaba progreso en lugar de decadencia: presagiaba el advenimiento de un modo de vida más extasiado, más perspicaz. Porque ¿cómo podría presentarse su padre, la mismísima encarnación del orden burgués, en las mismas calles que ahora pisaba el hijo? No, pensó William, pescando el poco cambio que le quedaba en el bolsillo para dárselo a la niña con cara de coyote: ahora Nueva York pertenecía al futuro. Y esta vez le protegería, seguro. Nunca más se decepcionarían.
No todos los días se termina una novela de casi mil páginas. Tampoco se empieza todos los días; la decisión de leer una obra de este calibre suele conllevar una reflexión previa. En la siempre escasa vida útil de un lector, pocas pasan la criba, de ahí que afrontar la lectura de un «ladrillo» tenga un aura de gran acontecimiento. Luego está la búsqueda del momento, de la predisposición adecuada para pasar muchas horas en su compañía. El miedo al aburrimiento, a no ser capaz de llegar al desenlace, puede ser un freno que postergue ad infinitum la aventura. Con todo, a veces, solo a veces, uno sale victorioso: no por el hecho de alcanzar la meta, sino por la sensación de que, mientras ha durado la experiencia, se ha formado parte de un rico universo narrativo; la sensación de que no se ha sido solo un lector, sino un participante que, al terminar, se lleva un pedazo de la vida comprendida entre las palabras. Y, por extensión, se lleva también ese vacío que queda después de acometer una proeza.
Todo esto he encontrado en Ciudad en llamas (2015), la primera novela de Garth Risk Hallberg (1978), escritor nacido en Luisiana, criado en Carolina del Norte y afincado en Nueva York. Esta última ciudad es la protagonista de su obra; en concreto, durante las décadas de los años sesenta y setenta, época de grandes movimientos juveniles, hasta la noche del 13 de julio de 1977, cuando se produjo el famoso apagón que dejó Nueva York a oscuras. Antes de la oscuridad, no obstante, hay novecientas páginas llenas de pirotecnia. No de claridad, porque su pistoletazo de salida es un suceso: un tiroteo en Nochevieja. Garth Risk Hallberg, como Donna Tartt en El jilguero (2013), conoce las utilidades de comenzar con un misterio que sirva de hilo para desarrollar una historia en la que hay mucho más que suspense, no en vano recibió un adelanto de dos millones de dólares. Este fenómeno es el fruto de un trabajo titánico —cinco años de planificación más otros cinco de redacción— para construir una obra coral de las que aspiran a convertirse en la gran novela americana, un concepto, el de la gran novela americana, que ya es más un género en sí mismo (y una socorrida estrategia comercial) que una posibilidad definitiva. Garth Risk Hallberg ha escrito su nombre en él.
Luces, cámara, acción
Es decir, ¿quién no sigue soñando con un mundo distinto a este? ¿Quién de nosotros —si implica liberarse de la locura, del misterio, de la belleza totalmente inútil del millón de posibles Nueva Yorks de otra época— está dispuesto, incluso ahora, a renunciar a la esperanza?
El símil con el cine no es casual: la construcción del misterio, el ritmo y la descripción, muy visual, de Ciudad en llamas tienen mucho de cinematográfico, incluidas algunas partes —la última, en particular— un tanto «peliculeras» por su juego de intriga y persecuciones cual filme de acción. Pero empecemos por el principio: la Nochevieja de 1976. Narra en ciento cincuenta páginas lo ocurrido en veinticuatro horas, acontecimientos que afectan a los personajes y que son a la vez inicio y culminación de la obra. Inicio, porque constituyen el nudo que habrá que deshacer; culminación, porque son el resultado de hechos anteriores que se recapitularán después. En este capítulo todas las fichas entran en juego: William, proyecto de artista treintañero, drogadicto, el hijo descarriado de una familia millonaria; Mercer, su pareja, un joven profesor negro de origen sureño que aspira a escribir la gran novela americana; Samantha y Charlie, adolescentes que han entrado en contacto, en diferentes grados, con el movimiento punk, en el que también estuvo involucrado William. Esa Nochevieja hay dos grandes eventos: un concierto del grupo del que William formó parte y la fiesta pomposa de la familia de William, a la que él no acudirá. Dos espacios, dos estamentos, que adelantan la dualidad sobre la que se construye la novela. La noche acabará con un tiroteo y un personaje en coma.
A medida que avanza, se van mostrando otros temas de fondo que explican los antecedentes del episodio de Nochevieja. Para empezar, la crisis familiar: William y su hermana Regan tienen problemas desde que su padre contrajo segundas nupcias y el nuevo cuñado de este se entrometió más de lo deseado en sus negocios. William huyó, Regan se quedó. William lleva una existencia caótica, impropia de alguien de su condición social, pero a Regan no le va mucho mejor: a sus problemas laborales —han acusado a su padre de blanqueo— hay que añadir el inminente divorcio, con hijos de por medio. En el otro lado, los músicos punk, antiguos colegas de William y nuevos compañeros de los adolescentes, tienen también sus rencillas mientras luchan por su singular concepto de revolución. Garth Risk Hallberg utiliza una cuidada estructura que combina narración del presente —de la Nochevieja de 1976 hasta el apagón del verano siguiente— con retrospecciones que abarcan toda la década de los sesenta, durante la juventud de William y Regan. El autor abre la novela con una anticipación, y luego hace un uso excepcional de la dilación para retroceder al pasado mientras mantiene la tensión. Adelante, atrás, adelante, atrás; todo se desvela a su debido tiempo.
Nueva York, ciudad plural
Después de dos años en Nueva York, Jenny todavía estaba aprendiendo a reducir sus expectativas al tamaño de su vida real. Era como tratar de devolver la pasta de dientes al tubo.
Palabra clave: diversidad. Aunque Garth Risk Hallberg tenga, al menos a primera vista, un perfil hegemónico (a saber: hombre blanco con estudios universitarios, del que nos informan en la biografía «que vive con su mujer y sus hijos»), ha escrito Ciudad en llamas con una gran conciencia de la diversidad como elemento distintivo de Nueva York, de la Nueva York de entonces, pero también del modo plural con el que miramos Nueva York (y el mundo en general) en el siglo XXI. Hombres y mujeres, blancos y negros (y asiáticos e hispanos), heterosexuales y homosexuales, ricos y pobres, jóvenes y adultos, nativos e inmigrantes, incorruptibles y descarriados, creyentes de religiones diversas (o creyentes de una negación). Todos caben en esta novela, todos tienen su sitio. La ciudad de Nueva York como elemento literario se caracteriza aquí por la multiplicidad de posibilidades, de caminos. De los barrios empobrecidos a la zona alta; los movimientos de los personajes pasan por toda la ciudad y se entrecruzan entre ellos. Sus experiencias son, por supuesto, plurales, y hacen de Ciudad en llamas una novela rica en microhistoria, en las historias íntimas de cada personaje, que permiten abarcar una enorme cantidad de temas (quizá incluso demasiados, pero ya se sabe que los excesos son la tara común de este tipo de obras).
Por lo tanto, además de los tintes de novela negra para identificar al autor del tiroteo y resolver la intriga familiar, están las vivencias de William, homosexual, rebelde, un intento de artista que no logra sobresalir en nada. Su historia es la de alguien que ha perdido el rumbo de su vida y trata de encontrarla de nuevo, aunque por el camino se topa con las drogas. O las vivencias de Mercer, su compañero, un chico con sus propios tormentos: el complejo de negro emigrado del sur, de aspirante a escritor que por ahora solo da clases a unas niñas —sus bloqueos creativos, a propósito, proporcionan jugosas reflexiones sobre los sueños del proyecto de escritor y los aires asociados a este ideal—, de pueblerino que busca su sitio en la gran ciudad. Mercer es lo que se llamaría un buen chico, un chico «limpio» que no sabe cómo afrontar los problemas de su pareja. Muchas historias se pueden considerar una búsqueda de identidad, sobre todo entre los más jóvenes, Samantha y Charlie. La primera tiene un rol muy interesante, puesto que es la única del grupo que cuestiona las acciones de rebelión. Es una chica curiosa, con inquietudes, que hace su propio fanzine. Samantha, además, desciende de italianos y es la hija de un pirotécnico (cuando he dicho que en la novela hay pirotecnia lo decía literalmente). Charlie, en cambio, es más ingenuo de entrada; él vive su coming-of-age con las hormonas revolucionadas y una antipatía creciente al nuevo novio de su madre.
También hay conflictos propios de los adultos, como el divorcio de Regan y Keith: la naturaleza poliédrica de la obra, que sigue alternativamente a cada personaje, permite conocer el divorcio desde ambas caras, así como su relación desde los inicios. O, mejor dicho, permite conocerla desde las tres caras, porque los niños —sobre todo el mayor, que está en la edad de tomar conciencia de lo que ocurre a su alrededor— tienen asimismo su lugar. Keith fue un joven ambicioso que hizo su mejor negocio al casarse con Regan, y ahora teme la más que posible pérdida de rango. Ella, por su parte, aporta a Ciudad en llamas una perspectiva feminista sutil: en su calidad de única hija en la empresa familiar, tras la huida de William, se ve como una mujer independiente que, en plenos años setenta, se abre camino en los negocios, un mundo eminentemente masculino en el que debe reafirmarse para ser tomada en serio. Entre las tramas secundarias, destacan la de una mujer de origen vietnamita que tampoco halla su sitio y la de un periodista que mete la nariz en la investigación del tiroteo.
Entre el capitalismo y la contracultura
Sol y los demás, los post-humanistas, su idea de cambiar el mundo se limita a decir a todo que no. Yo no creo que puedas cambiar nada si no estás dispuesto a decir sí.
—Tú y yo podemos permitirnos el lujo de pensar así, William, solo porque nuestra vida entera se alimenta del capitalismo. Somos como las setas que crecen en un tronco.
La representación de una época en una obra literaria siempre parte de la lente subjetiva del autor. Él decide qué enfatizar, qué obviar, cómo relacionarlo todo entre sí. En este caso, y siguiendo la mencionada idea de pluralidad, Garth Risk Hallberg ha apostado por una concepción dual de aquellas décadas: por un lado, la crisis del petróleo de 1973, que deja Nueva York con graves problemas financieros, encarnados en el negocio familiar que sufre las consecuencias de esta debacle; y, por el otro, el auge de la contracultura entre los jóvenes, de la que se entrevén dos fases: una primera, en los años sesenta, con un William hippie alejado de la ciudad durante una temporada y un grupo de música lleno de utopías, y una segunda fase, ya en los setenta, que coincide con la adhesión de Samantha y Charlie al grupo y el advenimiento del punk, una fase en la que perduran algunas ilusiones pero la revolución, no obstante, ha tomado un rumbo más cuestionable y se empieza a advertir su fracaso. En un lado, las multinacionales, centros de poder de la ciudad, sus argucias, sus tramas de corrupción, los matrimonios de siempre; en el otro, el punk —abundan las referencias a músicos como Patti Smith—, arte, drogas, activismo contra la sociedad capitalista y sexualidades libres.
A pesar de hablar de dualidad, el mérito de Garth Risk Hallber reside en su capacidad para trazar las convergencias y divergencias de los dos espacios sociales, cómo se retroalimentan, cómo la insatisfacción lleva de un lado a otro. William es el nexo más evidente: un chico rico que abandona la comodidad de su familia, en parte por el desgaste de las relaciones, en parte por sus propios sueños, para expresar su rebelión a través de las canciones y el arte, y para llevar una vida sin convenciones en la que pueda realizarse por completo. Sin embargo, no es el único que se mueve entre los dos espacios simbólicos: Regan, de clase alta, representa a su manera una transformación social por su rol de mujer pionera en los negocios. Por otra parte, el autor no ensalza el pasado: hay una crítica latente en ambos terrenos, la de la crisis socioeconómica, más que obvia, y la de los movimientos contraculturales, que se entrevé por la crisis interna del grupo punk, donde sobresale Samantha, la chica que duda, que cuestiona lo que ve desde dentro. Garth Risk Hallberg hace una épica del auge y la caída de los sueños de una generación, y del rastro que dejaron (porque todo, todo, no murió).
En busca de la gran novela americana
La razón por la que en América podemos decir lo que nos plazca es que sabemos que no cambia nada.
Ciudad en llamas es, no hace falta recalcarlo, una novela ambiciosa. Es probable que las inquietudes de Mercer sobre su carrera de escritor expresen, no sin autocrítica e ironía, las que el propio Garth Risk Hallberg experimentó para dar forma a su proyecto monumental, una novela de intensidad literaria que combina la tradición del siglo XIX con recursos más recientes que hacen de ella una obra plenamente contemporánea. De los decimonónicos hereda la trama poderosa, con misterio, enredos intrincados y ese trasfondo de conciencia social que busca una trascendencia más allá de los sucesos. De los posmodernos adopta la técnica del collage, que enriquece la forma (el libro no solo es «diverso» en los contenidos: también lo es en su organización formal). En concreto, abundan las referencias a la cultura popular de la época, sobre todo musical —la obra resulta muy recomendable para los amantes de todo lo que surgió por aquel entonces—, y hay unos interludios originales, en los que alguien habla en primera persona para contar su experiencia con respecto a los hechos narrados. Son originales porque los personajes emplean soportes de escritura distintos, que la maquetación imita: una carta escrita a mano, un reportaje a máquina, un fanzine con texto y fotografías pegadas, un correo electrónico del siglo XXI. El uso de cada técnica está justificado, y no deja de ser una representación más de la evolución que se ha producido en tres generaciones. El resto de la novela, la gran mayoría, está en tercera persona, si bien se utiliza a menudo el estilo indirecto libre para ahondar en cada personaje.
Garth Risk Hallberg tiene un estilo de alta sofisticación literaria, preciso, de vocabulario rico y con párrafos llenos de detalles. Es versátil, se adapta a la jerga de cada ambiente (que no son pocos) y domina tanto la narración como el diálogo. Serio a ratos, agudo en muchos momentos, conmovedor solo cuando corresponde. Exigente, sí, pero a la vez fácil de disfrutar; la novela se vuelve adictiva progresivamente. No es perfecta, porque tiene los problemas habituales de este tipo de libros: los excesos (de páginas, sobre todo en las primeras retrospecciones, y de personajes) y la escasa empatía hacia los personajes de comportamiento «diabólico», ejem, es decir, caracteriza en profundidad a los protagonistas, pero en pocas ocasiones se pone en el lugar de los menos simpáticos, que no se mueven de la categoría de secundarios y apenas se ahonda en sus conflictos (al menos, en comparación con los principales). La han comparado mucho con El jilguero, una relación que tiene sentido: ambas comienzan con un suceso que deriva en intriga (el atentado y el robo de un cuadro, en el primer caso, el tiroteo y el personaje en coma, en el segundo). Además, ambas narran un «descenso a los infiernos» de las drogas, de la vida en los márgenes. Aun así, tienen diferencias: mientras que Ciudad en llamas es un fresco de una época y una ciudad escrito con la vocación de abarcar toda su pluralidad, El jilguero es una obra de y sobre el siglo XXI, contada desde un único punto de vista, y por lo tanto sin la pretensión de hacer una foto de grupo. Y, aunque en buena parte transcurra en Nueva York, El jilguero tiene tintes más universales (o más occidentales), no está tan ligada a un solo lugar, a una sola cultura.
Garth Risk Hallberg
La pregunta del millón: ¿de verdad merece la pena Ciudad en llamas, el fenómeno tiene su razón de ser o se ha orquestado el hype desde un departamento de marketing? Mi respuesta: sí y pero. Sí es buena, muy buena. Sí, enriquece la literatura actual, por su extraordinaria evocación de Nueva York a través de una novela coral que pone de relieve la diversidad y los puntos de contacto entre sus distintos estamentos. Sí, es una novela que se disfruta, que primero se cuece a fuego lento y a partir de la mitad se lee con la avidez con la que leíamos a Charles Dickens, una novela que provoca el subidón de adrenalina de una montaña rusa. Tiene, además, el plus de comprender una vasta cultura popular, sobre todo musical. Sí, sí, sí; esta novela tiene muchos síes. Pero: pero una obra maestra, no. Es importante e incluso imprescindible que un escritor tenga ambición. Ahora bien, cuando el lector no deja de repetirse esta palabra al pensar en su novela suele ser porque la ambición se ha salido un poco de la raya. Los excesos, el querer abarcarlo todo. Por momentos se ha sacrificado «alma», entendida como fuerza narrativa, en favor de complejidad. Pero sí: en cualquier caso es buena, muy buena. Una gran novela sobre Nueva York y uno de los libros más potentes del año.
Citas en cursiva de las páginas 203, 17, 609, 259, 274 y 276.
Fotos: Nueva York en los años setenta y ochenta (fuente).

28 marzo 2016

El hermano del famoso Jack - Barbara Trapido



Edición: Libros del Asteroide, 2016 (trad. José Manuel Álvarez Flórez)
Páginas: 320
ISBN: 9788416213627
Precio: 19,95 € (e-book: 13,99 €)

¿Qué es la vida sino el tránsito de las espinillas a las arrugas en pos de la sabiduría? (p. 209)
Después de leer unos cuantos títulos anglosajones publicados por Libros del Asteroide, resulta fácil identificar sus rasgos comunes, que se han convertido en marca de la casa: protagonistas jóvenes, pero no en exceso, entre los veintimuchos y la treintena; tramas sobre sus relaciones de amor y amistad, además del viaje interior de los personajes; ambiente urbano de clase media-alta, por lo general culto y bohemio; estilo ameno, ágil, con frecuencia salpicado de un sentido del humor que hace más «llevaderas» las situaciones dramáticas. Estas características se cumplen tanto en novelas recientes, como Qué fue de Sophie Wilder (2012), de Christopher R. Beha, ¡Melisande! ¿Qué son los sueños? (2012), de Hillel Halkin, o Las crónicas de la señorita Hempel (2008), de Sarah Shun-lien Bynum, como en recuperaciones de la segunda mitad del siglo XX, como Tantos días felices (1978), de Laurie Colwin, o la que me ocupa hoy, El hermano del famoso Jack (1982), de Barbara Trapido (1941), escritora nacida en Sudáfrica y afincada en Inglaterra. Esta fue su primera obra.
El hermano del famoso Jack es una novela de aprendizaje protagonizada por Katherine Browne, una joven británica que en los años setenta comienza sus estudios de Filosofía y Letras. Ella nos habla en primera persona cuando ya ha sucedido todo lo que va a contar; adopta el punto de vista de una mujer adulta que recuerda y reflexiona sobre su pasado con una personalísima voz: Katherine no es apocada ni remilgada, sino que se expresa con desenvoltura, descaro y un poco de cinismo; una voz fresca, impúdica, preñada de referencias eruditas punzantes, capaz de desdramatizar y reírse de sí misma. No en vano su libro favorito es Emma, de Jane Austen —otra protagonista irreverente—, sobre el que sugiere una interpretación poco convencional. Es hija de una inglesa conservadora, viuda de un verdulero, pero sus compañías la alejan del círculo cerrado de su hogar. En el fondo, bajo esta apariencia de mujer moderna y segura de sí misma, se esconde cierta fragilidad, aunque (y esto es un punto a favor de Trapido) la fragilidad no se utiliza para justificar errores ni traumas; Katherine no pierde nunca su vitalidad, su brío, por muchas desgracias que le pasen.
Gracias a su singular lectura de Emma, la protagonista impresiona a Jacob Goldman, un profesor judío alemán que vive en la campiña inglesa con su familia. Katherine se relaciona con el clan Goldman, experiencia que marca su entrada en el mundo adulto. El profesor, un erudito de modales embrutecidos e inclinaciones izquierdistas, se erige como el referente masculino con el que compara a los hombres que se cruzan con ella. La relación entre ambos no es ni la del mentor bondadoso que ayuda a su alumna ni la del que se enamora de ella; es una figura nueva en el mapa de referentes de Katherine. Su esposa, Jane, no se queda atrás: una mujer de estirpe aristócrata, madre de seis hijos y aficionada a cultivar un pequeño huerto. Jane revienta los tópicos sobre la clase alta: no es refinada ni lo pretende (reconoce abiertamente que vive en una casa «muy sucia»), ni tampoco tiene la personalidad cariñosa de una madraza (baste señalar que los hijos llaman a sus padres por su nombre de pila). Al contrario: es directa y ácida. Entre ellas surge una complicidad femenina que resulta importante para ambas: para Katherine, porque Jane no se parece a su madre y le ofrece otra perspectiva de cómo ser una mujer («Quería ser romántica sin dejar de ser mordaz. Eso lo aprendí de Jane», p. 310); para Jane, porque los sucesivos embarazos la han mantenido apartada de la vida social y la irrupción de la joven le aporta aire fresco, alguien con quien conversar, alejada de su núcleo familiar.
Además del matrimonio y de esas relaciones intergeneracionales, destacan los dos hijos mayores. Katherine se enamora de Roger, un muchacho culto y responsable (y encantado de conocerse), con quien, sin embargo, en ocasiones se siente insegura, «inferior». Con él descubre los sinsabores del primer amor, que desgrana con su chispa habitual (véase el siguiente fragmento). Jonathan, el segundo hijo, es más tosco y descarado, pero no por ello menos inteligente («Jonathan estaba muy influido por la contracultura. Alternaba los cómics más atrozmente vulgares llenos de sangre y lujuria con formas de literatura intelectual de vanguardia», p. 122). Las cosas, en cualquier caso, no son blancas ni negras, y las diferencias entre ambos se van matizando con el tiempo. Hay otro personaje relevante: John Millet, un bisexual maduro, amigo de los Goldman, que insta a Katherine a adoptar una imagen más andrógina. Él también marca un antes y un después en ella. En fin: el primer amor, el descubrimiento del mundo adulto, el abandono del hogar materno… La protagonista no tarda en salir del cascarón después de frecuentar a esta peculiar familia.
Roger y yo, permitidme que lo confiese, nunca conseguimos hacerlo del todo bien en la cama, aunque disfrutáramos de la cercanía reconfortante de la piel del otro. No me parecía nunca muy diferente de las clases de educación física del colegio y me dejaba igual de sudorosa y exhausta y dirigiendo miradas furtivas al reloj para ver cuánto tiempo más podía durar aquello. Roger me sorprendió en una ocasión y, siendo como era un joven arrogante e inseguro, se ofendió. Yo no había comprendido aún que alguien tan guapo e inteligente como Roger pudiera estar tan asediado por las inseguridades como cualquier otro hombre. Por lo que a mí respecta, era bastante insegura, con una colección de dudas diferentes a las suyas. Al pensarlo ahora me doy cuenta de que había incorporado mis inseguridades a mi forma de comportarme con los demás, con la esperanza de darles así la dignidad de una presencia. (p. 109)
Un gran acierto de Trapido es el hecho de no limitarse a esta etapa, entre los dieciocho y los veinte años —como puede parecer al comenzar la lectura—, y extenderse hasta los treinta, para mostrar la evolución de la protagonista y sus amistades a lo largo de una década. En un determinado momento, Katherine se marcha de Inglaterra —un periodo de alejamiento que le sirve para curtirse— y a su regreso se reencuentra con los Goldman, que también han cambiado. En cierto modo, la joven ha perdido la ingenuidad con que los miraba antes, esa sensación de entrar en un espacio nuevo, lleno de primeras veces. Lo que antes era importante ya no lo es tanto, lo que antes resultaba desagradable ya no lo parece tanto («Ya no me preocupa demasiado el sufrimiento de los peces. Mi corazón se ha encallecido», p. 232). Es algo así como volver a ver a alguien a quien conociste cuando aún eras muy joven, alguien a quien idolatraste y ahora ya le puedes hablar de tú a tú, tomando conciencia de que no es perfecto.
Barbara Trapido
Se han escrito muchas, muchísimas novelas de formación. ¿Por qué leer El hermano del famoso Jack? Trapido construye una historia muy bien trazada, con diálogos ingeniosos y una brillante introspección psicológica, que sigue los pasos de la protagonista con oportunas elipsis. Mantiene ese difícil equilibrio entre el dolor y el humor, gracias a una familia en apariencia grotesca que no obstante se arraiga en las tribulaciones cotidianas; esto es, no se trata de una comicidad banal, sino que va anclada a la realidad, a la vida. Cada personaje nace de una particular combinación de elementos extravagantes y profundos. Su voz irónica, lasciva, de una sinceridad descarnada, se expresa sin tapujos sobre las inquietudes de una mujer joven, divertida e inteligente de su tiempo (o quizá no solo de su tiempo). De acuerdo, no es una obra maestra, pero es buena. Muy buena.

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