Edición:
Errata naturae, 2016 (trad. Mariano González Campo)
Páginas:
272
ISBN:
9788416544097
Precio:
18,50 €
Si
existiera una lista de novelas imprescindibles, de entre las editadas en 2016,
esta, sin duda, formaría parte de ella. Torborg Nedreaas (1906-1987) es una
escritora noruega, de las más importantes del siglo XX, que permanecía inédita
en castellano hasta que Errata naturae decidió recuperar, con muy buen
criterio, Nada crece a la luz de la luna
(1947), la obra que la consagró. Nedreaas, que trabajó como profesora de
música, era conocida como «la Simone de Beauvoir noruega» por el carácter
feminista de sus libros, siempre comprometidos con los derechos de las mujeres, aunque su tratamiento era puramente
literario, no filosófico. Ese no es el único motivo por el que merece
ser leída: ante todo, en Nedreaas hay una narradora de raza, de pulso vigoroso,
artífice de perfiles psicológicos potentes y atmósferas lúgubres. Apasionada, poética, despiadada, lúcida.
Todo eso es Nedreaas.
Mi
historia trata sobre la sangre. Pero no sobre la sangre en sentido poético, con
belleza incluida. No. Fea. Horrible. Sangre, mucosidad y pus. ¿Sí? Estás
frunciendo el ceño. Ya te he dicho que no va a ser algo hermoso, porque lo que
voy a contar es la verdad. Traiciones, mentiras e
hipocresía. Ésa es la verdad. He leído bastante, pero aún no he leído nada que
sea completamente verdad. A excepción de los libros de medicina, y aun así son
incompletos. ¡Oh! ¿Tienes más bebida? Ya me he puesto parlanchina. Pero tengo
que hacerlo. Y tú debes soportar mis pensamientos. Tengo que desembuchar todo
lo que he estado pensando durante tantos años.
¿Quién
no ha querido alguna vez desahogarse con un extraño, vaciar la rabia y el dolor
acumulados ante un oyente silencioso que no juzgue ni pregunte? El
planteamiento de la novela resulta muy sugerente: en una estación de tren, un
hombre encuentra a una mujer que vaga sola, sin rumbo. La lleva a su casa,
donde ella le ofrece su cuerpo o su historia. Él elige conocer su vida, y a
partir de aquí la mujer se abre en canal. Le advierte: «Ya no quiero mentir
más, ni callar más. Estoy muy acostumbrada a mentir, ¿sabes?» (p. 19). El
silencio y la represión de la sociedad han contribuido a su malestar. Ella le
habla de su intimidad, de temas «femeninos» que en otras circunstancias no
compartiría jamás con un hombre. Esta escena lleva la huella de la perversión,
porque da la vuelta al curso natural de las cosas. Una mujer que habla y un hombre que escucha. La protagonista no está
acostumbrada a que los hombres la escuchen, a que escuchen sus palabras incómodas.
Una
ciudad pequeña, ya sabes. Donde se modelan las personas, donde se dictan los
caracteres, donde se aterroriza a todos y cada uno de sus individuos… Se podría
pensar que una persona es una persona y que sigue siendo la misma donde quiera
que vaya a parar. ¿No es cierto? Ya sabes, dicen que el carácter es el destino.
Pero habría que añadir: el entorno es el carácter. El entorno en una ciudad
grande es tan variado que hay sitio para gente distinta entre sí, pero en un
lugar tan pequeño… ¡oh!
El pueblo. Un
pueblo pequeño de posguerra, con su cultura de pueblo, su mentalidad de pueblo
y su inquisición de pueblo. Nedreaas, al igual que Edna O’Brien en Las chicas de campo (1960), denuncia la represión que el entorno rural y los
valores tradicionales ejercen en los individuos que osan salir del redil. Esa
ruptura con la estrechez de miras de la localidad va unida a la experiencia del
amor sin matrimonio de por medio, un amor fascinante y arrebatador («Pero lo deseaba. Sí. Quería olvidarlo todo y, como las demás jóvenes,
jugar a que estaba enamorada y era joven y feliz una fresca y bella noche de
verano.», p. 64). Sin embargo, cuando la relación se tuerce se pone de
manifiesto la vulnerabilidad del rol social de las mujeres después de un
romance de esta naturaleza. Y, claro, no podía faltar el azote de la Iglesia, la hipocresía de la religión que la autora
critica con dureza: «Decía que fornicar era el peor de los pecados… Sin
embargo, hablaba poco sobre los pecados que las personas cometen entre sí. Las
murmuraciones, las mezquindades, las mentiras… No decía nada del veneno con el
que nos matamos unos a otros» (p. 57).
Sé
que estoy siendo brutal. A los hombres no les gusta oír estas cosas. Debéis saberlo.
Debéis saber qué se siente cuando estás tumbada en esa temida camilla de la
consulta del médico mientras él escarba en tu interior rasgando, estrujando y
arrancando todo tu útero. El útero no siente nada. Es en la espalda donde
sientes esos absorbentes dolores cuando te arrancan uno de los órganos de tu
cuerpo y te sacan una nueva vida a trocitos. Es tu alma la que se desangra ante
semejante fechoría.
Porque,
más que una confesión sobre un amor truncado (aunque en parte lo sea), Nada crece a la luz de la luna es una exploración del desamparo en el que
queda la mujer que no se comporta según la moral de su época. Dice que ha
terminado en una «cárcel», su propia cárcel, fruto de la presión social. No es
casual que no se revele su nombre: ella podría ser cualquier mujer, cualquier
mujer criada en un contexto similar podría (puede) haber vivido esta historia. Cualquier
mujer que no se resignara a ser esposa y madre, o que, sencillamente, corriera
riesgos, se dejara guiar por el instinto. En particular, resulta llamativa la
crudeza con la que habla del aborto: la rabia, el dolor, las secuelas físicas y
psicológicas. La desigualdad con respecto al hombre, ajeno a ello. El velo que
se corre para ocultarlo en sociedad, porque abortar está considerado un motivo
de vergüenza y deshonra. Probablemente es uno de los primeros libros en tratar este asunto de
una forma tan abierta, tan rotunda. Nedreaas es una autora valiente y pionera, que demostró que se puede escribir una literatura (una
excelente literatura) sobre aquello que concierne a las mujeres en lo más
íntimo y feroz.
¿Sabes
lo que me dijo un hombre una vez?… No, ya se desbocan mis pensamientos, pero
quiero contarte lo que un hombre me dijo una vez. Me dijo: «Nada crece a la luz
de la luna». Bueno, me desespero terriblemente porque no consigo expresar lo
que quiero que entiendas ahora… Tenemos demasiado miedo a que nos dé
directamente la ardiente luz del sol. Anhelamos el sol, pero nos sentimos más seguros
bajo la luz de la luna. Lo entiendes, ¿verdad? En fin, tal vez lo entiendas
cuando esta noche haya acabado.
 |
Torborg Nedreaas
|
Tenemos
miedo de ver el sol, sí, por eso a veces las personas se encierran en una
cárcel, una cárcel interior que se alimenta de miedo. Miedo a actuar de forma
coherente con uno mismo, en detrimento de la moral y la sociedad, de lo que
espera la familia. «¡No! No. Desde que era pequeña siempre he sido un
silencioso y pasivo NO.» (p. 80), dice la protagonista mientras se desahoga con
el desconocido. Este libro es un grito desgarrado, un grito de indignación y tortura. Y, aun así, un grito hermoso, un grito que, a
pesar de toda su crudeza, rebosa belleza en su lirismo, en la voz cálida como
un susurro a media luz. Porque, al final, ha roto su silencio, ha roto el «no»
para hacer valer su identidad de mujer que no encaja en los moldes. Nada crece
a la luz de la luna destila esa «verdad», esa honradez perturbadora de las
grandes obras. Si hoy se escribiera una novela como esta, no solo se aplaudiría
a la autora, sino que la crítica admiraría su «atrevimiento», su «compromiso»
con el feminismo. No hace falta: Nedreaas ya lo hizo, y muy bien, en 1947.
Citas en cursiva
de las páginas 22, 34, 144 y 69.