Edición: Alba, 2010 (trad. e
intr. Víctor
Gallego Ballestero)
Páginas: 1006
ISBN: 9788484284925
Precio: 44 € (e-book: 14,99
€)
Esta traducción también está disponible en bolsillo (Alba Minus, 14,90
€).
Los
grandes clásicos merecen este calificativo por muchos más motivos que los que
se recuerdan en la cultura popular. Anna
Karénina (1873-1878), como Madame Bovary (1856-1857) y La Regenta
(1884-1885), se conoce por el tema de la mujer
adúltera —la trama más potenciada en las adaptaciones al cine—, pero basta
leer unas pocas páginas para advertir que en esta novela hay más, mucho más, no
en vano es, junto con Guerra y paz
(1865-1869), la obra maestra de Lev. N. Tolstói (1828-1910) y una de las
mayores contribuciones a la literatura universal de todos los tiempos. El
autor, de familia aristócrata, frecuentaba los ambientes opulentos de la alta
sociedad y combatió en la guerra de Crimea, experiencia que lo dejó
profundamente marcado. Publicó Anna
Karénina cuando ya era un escritor reconocido y en su interior se
vislumbran algunos rasgos de la crisis espiritual en la que terminó sumido.
«Todas
las familias felices se parecen; las desdichadas lo son cada una a su modo». La
célebre frase con la que comienza la novela bien puede considerarse un resumen
de lo que acontece a continuación, porque el eje de Anna Karénina son tres
familias, cada una centrada en una pareja con sus propios problemas: Anna y
Karenin, la hermosa mujer rodeada de un halo de tristeza y su marido
«magnánimo», perfecto a ojos de los demás; Levin y Kitty, el inteligente hombre
de campo y la ingenua señorita que madura a base de decepciones; y Oblonski y Dolly,
el seductor despreocupado y la madre abnegada. Forman parte de la alta sociedad
y disfrutan de grandes bailes, de almuerzos en el jardín y otros ambientes de
lujo; no obstante, sus protagonistas no consiguen encontrar la felicidad, como si
el autor quisiera expresar que la desgracia también ocurre en las mejores
casas.
Se
suele decir que el gran logro de Tolstói reside en dominar a la perfección la
psicología femenina en la caracterización de Anna, pero esta percepción es
incompleta, puesto que controla la
psicología del ser humano en general, hombres y mujeres, principales y
secundarios. Anna no es la única que brilla; todos resultan interesantes, complejos,
con matices, aunque los dos papeles fundamentales recaen en ella y Levin, que en
cierto modo actúa como su polo opuesto. En efecto, el libro está construido en
torno al paralelismo entre ambos (de hecho, en un principio se tituló Dos familias), dos personajes que
experimentan problemas sentimentales que derivan en una crisis existencial
profunda. Ella, por debatirse entre marcharse con Vronski o estar con su hijo
—esta es una de las diferencias entre Anna Karénina y Emma Bovary: la primera
tiene una mayor conciencia de su
maternidad—; él, por ser rechazado por su amada y, más tarde, por
enfrentarse a la enfermedad de su hermano.
Cada minuto que pasa se alejan más de la
ruta verdadera, se muestran incapaces de detener la embarcación, conscientes de
que asumir el error equivaldría a reconocer que están perdidos (Pág. 242).
Anna
sufre «bovarismo», esa insatisfacción vital en la que sus ilusiones (la
búsqueda de la felicidad, como señala Víctor Gallego Ballestero en el prólogo)
se ven truncadas por la realidad: la incompatibilidad de ser compañera de
Vronski y madre de Seriozha a la vez. Sin embargo, ni siquiera su amante es una
forma de felicidad, porque, al igual que le ocurre a Emma Bovary, al final ese
deseo se trunca y la lleva a un estado de desespero mucho peor que el
estancamiento del que partía antes de conocerlo. Levin, por su parte, sufre una
crisis espiritual —como la del
propio Tolstói— por su obsesión con la muerte (la muerte, a propósito, parece
estar presente sobre los personajes, como una amenaza del destino trágico e
inevitable). Aun así, Levin, a diferencia de Anna, intenta combatir la tristeza
con trabajo duro del campo; de alguna forma, el autor nos transmite que las
penas se superan con actividad, con ritmo, con cansancio («Y así pasamos la
vida, distrayéndonos con la caza y con el trabajo, para no pensar en la muerte»,
pág. 471).
Esto último también se puede aplicar a Dolly, que se mantiene ocupada con los
niños. Anna, en cambio, viaja y se divierte, pero en el fondo se aburre, se
ahoga en su existencia. Esto explica por qué la trayectoria de ambos, pese a
partir de situaciones de crisis, termina divergiendo.
—¿Desdichada yo? —exclamó Anna, acercándose
y mirándole con una sonrisa llena de amor y adoración—. Soy como una persona
hambrienta a la que han dado de comer. Puede que tenga frío y se sienta
avergonzada de sus andrajos, pero no es desdichada. ¿Desdichada yo? No, aquí
está mi felicidad… (Pàg. 248).
Quizá
lo que tienen en común Anna y Levin es que son sinceros consigo mismos: han apostado por una forma de vida, asumiendo
todas las consecuencias que conlleva. Ella se atreve a salir de un matrimonio
que no la satisfacía; él expone sus ideas sobre el hogar rural sin dejarse
convencer por sus colegas. El autor parece defender este valor, esta
transparencia (también lo explicita en Kitty, cuando esta se encuentra en el
balneario y decide cambiar: «[Fingía] Para parecer mejor ante los demás, ante mí
misma y ante Dios. Para engañar a todos. No, esto no volverá a ocurrir.
Prefiero ser mala, antes que mentir y engañar», pág. 300), aunque al
mismo tiempo sabe que la sinceridad no asegura la felicidad, porque
probablemente ambos serían más felices si se mostraran despreocupados como
Oblonski. Por cierto, qué significativo es que Anna y Levin tarden tanto en
conocerse mientras que sus allegados interactúan constantemente; su encuentro
funciona como punto de inflexión: ¿qué habría pasado si se hubieran visto
antes?
Al
leer Anna Karénina, uno tiene la
sensación de que todos los temas del universo humano, y en particular de las relaciones amorosas, quedan reflejados
en sus páginas: la inseguridad, el enamoramiento apasionado, el desgaste del
matrimonio, los celos, la responsabilidad de tener hijos, la falta de atracción
(Flaubert dijo de Tolstói: «¡Qué artista y qué psicólogo!»). Se produce un
contraste entre el orgullo de los hombres (en Karenin al descubrir la
infidelidad, en Levin tras ser rechazado, en Vronski y Oblonski casi como una
parte inherente de su personalidad) y el sacrificio de las mujeres (Anna
destrozada por ser infiel —a diferencia de su hermano, a quien apenas le
afecta—, la resignación de Dolly, la fuerza de la transformada Kitty al cuidar
del enfermo).
Más
allá de las relaciones sentimentales, el libro destaca por su vertiente intelectual,
que no solo se detecta en el extraordinario despliegue del lenguaje y las
interesantes observaciones, sino en las conversaciones sobre temas tan variados
como la política económica de la Rusia
de la época, el contraste entre el
campo y la ciudad, la religión e
incluso la educación de las mujeres. En estas escenas suele estar presente
Levin, el personaje con el que más se identifica el autor, un hombre de grandes
convicciones que le sirve para plantear una crítica social a los valores de la
aristocracia. En parte, es como si Levin demostrara que todo aquello que se
considera importante (es joven, cuenta con una buena posición, trabaja en lo
que quiere) no tiene por qué llenar espiritualmente; aunque, a la vez, esa vida
interior tan importante para él no resulta necesaria para los de su alrededor (en
especial, Kitty). Por otro lado, merecen una mención las reflexiones sobre arte
y música (Tolstói también es autor del ensayo ¿Qué es el arte?).
—Ya lo ves —dijo Stepán Arkádevich—. Eres un
hombre de una pieza. Y esa es tu mayor cualidad y tu mayor defecto. Debido a la
integridad de tu carácter, querrías que la vida se basara en los mismos
principios, pero no sucede así. Desprecias la labor del Estado, porque te
gustaría que cualquier actividad humana tuviera un fin determinado, y eso no
suele suceder. También querrías que todos nuestros actos tuvieran siempre un
fin, que el amor y la vida conyugal fueran una misma cosa. Y están lejos de
serlo. Tanto el encanto, como la variedad y la belleza de la vida residen en
ese juego de luces y sombras. (Pág. 72).
La
novela, como apunta Gallego Ballestero, está llena de poesía sin ser poética. El
simbolismo es un buen ejemplo de
ello: la muerte (el capítulo titulado así, que comprende un fallecimiento y una
concepción); la estación de tren (comienzo y final de esta etapa de Anna; curioso
que Tolstói muriera en una); la llegada de Anna a casa de su hermano, cuando
pide a su cuñada que le perdone la infidelidad, sin imaginar que más tarde la
cometería ella misma; la confrontación entre el campo (lo puro, donde Levin se
siente bien) y la ciudad (artificial, ni Anna ni Levin son felices allí); la
caída del caballo de Vronski, etc. El autor realiza un vastísimo análisis de
las relaciones humanas, pero las enfoca con una gran precisión, cada detalle
tiene su significado. La escritura comprende de todo: diálogos amenos y descripciones
detalladas, ritmo dinámico y fragmentos de cavilaciones.
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Lev. N. Tolstói |
En
suma, Anna Karénina es una obra maestra que todo lector debería leer
en algún momento de su vida. Representa la cúspide del realismo decimonónico,
una novela tan completa que cada capítulo equivale a una master class de literatura. Todos los personajes, desde los protagonistas
hasta los secundarios (que no son pocos), están trazados con tanto esmero que
sus caracteres resultan únicos, aunque su papel como parte del conjunto siempre
tiene un significado extrapolable a la vida en general. Entre sus páginas
desfilan innumerables temas vitales que recogen todo aquello que afecta al ser
humano. Pocas veces se puede leer un libro de este nivel, muy pocas veces.
Las fotografías pertenecen a la adaptación de 1935,
dirigida por Clarence Brown y protagonizada por Greta Garbo. También muy
recomendable.