31 octubre 2017

Trece libros para no dormir (Especial Halloween)



Nunca he sido una amante del terror. Ni en el cine, ni en la literatura; nada. Ni siquiera cuando tenía quince años (por alguna razón, las emociones fuertes tienden a asociarse a esas edades, aunque bien sabido es que tienen un público mucho más amplio). No soy ni pretendo ser una experta en el género. Lo que sí me interesa, en cambio, son sus primos: la literatura gótica, el suspense psicológico, la intriga. Esas atmósferas desasosegantes, esa asfixia, esa perturbación. Con el objetivo de recomendar libros que me gustan, he hecho esta selección. Lo dicho: seguramente resultará «blandita» para los entendidos, pero son, en cualquier caso, obras literarias excelentes. Para no dormir, por el miedo… o porque, de tan espléndidas, uno no quiere dejar de leer.

1. Otra vuelta de tuerca (1898), de Henry James
No podía faltar: la madre de tantas novelas de fantasmas, por uno de los grandes autores de la historia. Un prodigio del punto de vista y la ambigüedad. Un ejemplo magistral de cómo servirse de la duda ante el elemento paranormal para producir intriga y, a la vez, denunciar los tabús de la sociedad. Inagotable.
2. Los papeles de Aspern (1888), de Henry James
Venecia, un viejo caserón, una anciana que guarda con celo unos papeles, su sobrina solterona y un editor entrometido que trata de sacarles información. Solo que no contaba con la astucia de las dos mujeres. Otra demostración de la maestría de Henry James, que con su ambigüedad y su fino análisis psicológico lo vuelve a bordar.
3. La bruja Lois (1861), de Elizabeth Gaskell
En ocasiones no hay peor infierno que la realidad, ni peor brujo que el ser humano. Los juicios de Salem son una (de tantas) muestras de ello, de cómo la religión se utiliza para un fin que poco tiene que ver con sus principios originales. La autora reconstruye este episodio histórico con su maestría habitual.

4. La chaise-longue victoriana (1953), de Marghanita Laski
Esta digna heredera de Henry James juega con un motivo literario asfixiante: el hecho de quedarse atrapado en una pesadilla. Una pesadilla que, además, remite a otra época. Otras costumbres más opresivas y degradantes, sobre todo cuando eres una mujer. De nuevo, el misterio se pone al servicio de la crítica social. Brillante.
5. Siempre hemos vivido en el castillo (1962), de Shirley Jackson
Qué decir de esta espléndida nouvelle. La perversidad de la mirada infantil, de una niña que es uno de los personajes más memorables del género. El narrador no confiable, que tantas alegrías (si se pueden llamar alegrías) ha dado al terror. La ironía, la socarronería. Y la agorafobia. La inteligencia está siempre en los matices.
6. Cuentos escogidos (1948-49), de Shirley Jackson
«La lotería», sobre todo «La lotería», una representación espeluznante de cómo el orden se puede romper en un instante. Pero también los demás, porque en todo lo que escribió Shirley Jackson hay esa angustia, ese miedo, esa ansiedad, ese desconcierto. Una visita al dentista puede convertirse en una agonía interminable.
7. La hija del veterinario (1959), de Barbara Comyns
No, no va de una niña feliz rodeada de animalitos. La protagonista es una chica que vive bajo el yugo de un padre dominante, en una casa decorada con pieles de animales. Esta joven tiene un don, pero no se atreve a contarlo. He aquí una novela escalofriante, salpicada de humor y con la tensión in crescendo. Soberbia.

8. La cámara sangrienta (1979), de Angela Carter
Cuentos tradicionales sin una pizca de inocencia. Con sangre, erotismo, crueldad. Las doncellas ya no son tan tiernas, y la ferocidad de las bestias tal vez resulte atrayente. Con un estilo exuberante que emula el mejor Romanticismo: lo de Angela Carter es una imaginería gótica arrolladora. Literatura de alto voltaje.
9. Tres noches (1993), de Austin Wright
Este no es gótico, no, pero quizá da más miedo que todos los demás juntos: un hombre, un tipo normal, que un día cualquiera se topa con una banda que le destroza la vida. Eso da, en manos de Austin Wright, para un thriller psicológico implacable. Una novela que llega a obsesionar, que se te mete en el cuerpo, en las entrañas.
10. El ocupante (2009), de Sarah Waters
Esta autora es quizá la mejor heredera contemporánea de la novela gótica del siglo XIX: un médico llega a una mansión venida a menos en la que suceden fenómenos extraños. Un novelón apasionante, de atmósfera envolvente, en el que la sutileza, como en Henry James, se convierte en una herramienta fundamental para el misterio.

11. Dame tu corazón (2010), de Joyce Carol Oates
Nada de elementos sobrenaturales: Joyce Carol Oates encuentra la inspiración en lo que la rodea, y lo que la rodea está lleno de violencia. Violencia física, pero también verbal, simbólica: relaciones tóxicas, abusos, obsesiones, trastornos mentales, celos. Todo tipo de relación insana se recoge aquí con un estilo electrizante.
12. Ánima (2012), de Wajdi Mouawad
La rara avis: no tiene nada que ver con la mayoría de las recomendaciones de esta lista, pero, caramba, qué lectura tan perturbadora. Un thriller por los territorios indómitos del oeste de Estados Unidos, desde la mirada «salvaje» de decenas de animales. El devenir de su protagonista es todo un descenso a los infiernos.
13. El señor de las muñecas (2016), de Joyce Carol Oates
Otra ración de esta prolífica autora. Esta vez, los cuentos ponen de relieve hasta dónde puede llegar un personaje atormentado, traumatizado por su pasado, para vengarse de ese mundo que le resulta hostil. El juego está en adivinar si la amenaza está ahí fuera o en su mente. Algunos tienen un punto realmente escabroso.
¡Y uno de regalo!
Basada en hechos reales (2015), de Delphine de Vigan
A veces el terror tiene una apariencia amable, amistosa, jovial; la apariencia de alguien con quien tienes mucho en común y quiere ser tu amigo. Te habla, te cuida, lo sabe todo de ti. Ningún problema, hasta que comienza a adueñarse de tu identidad: no hay peor pesadilla que ser anulado por otro… O tal vez solo te lo estés imaginando.
Y vosotros, ¿qué libros añadiríais?

30 octubre 2017

La cámara sangrienta - Angela Carter



Edición: Sexto Piso, 2017 (trad. Jesús Gómez Gutiérrez)
Páginas: 208
ISBN: 9788416677450
Precio: 20,00 €

Angela Carter (Eastbourne, 1940 – Londres, 1992) fue mucho más que una escritora de género, mucho más que una escritora feminista, mucho más que una estudiosa diligente. En los diez relatos magistrales que conforman La cámara sangrienta (1979) se conjuga todo eso —la fantasía de los cuentos de hadas, la perspectiva de género, el conocimiento exhaustivo del folclore europeo—, pero, además, denotan una riqueza, un genio literario y una potencia estilística de un valor incalculable; más que suficiente para no encasillar a su autora en las siempre limitadoras etiquetas. Por estas páginas desfilan sus versiones de Caperucita Roja, La Bella y la Bestia, Drácula y El gato con botas, entre otros; unas versiones posmodernas que conservan, sin embargo, esa atmósfera asfixiante y oscura de los originales, los que recopilaron los Hermanos Grimm y Charles Perrault, antes de que se dulcificaran para no corromper a los niños. Las ilustraciones de Alejandra Acosta para esta edición captan a la perfección su poderosa (y macabra) imaginería.
Es importante hacer hincapié en el hecho de que, pese a ser británica, Angela Carter se distancia de sus compatriotas al beber de fuentes más centroeuropeas, sobre todo, de la tradición francesa y del Romanticismo alemán, aunque también hay cuentos que evocan criaturas de la mitología eslava. Esta influencia va más allá de la localización de las historias: no solo recrea sus raíces, sino que incorpora su tono, su estética. En otras palabras: es una heredera extraordinaria de la literatura gótica dieciochesca, el espíritu de decadencia, los paisajes sombríos, los elementos sobrenaturales, el medievalismo, la sensibilidad romántica. Incluso se permite salpicar los cuentos con referencias de otros cuentos; hasta tal punto llega su erudición, hasta tal punto deconstruye para crear con más fuerza. Todo ello, con un estilo prodigioso, barroco, exuberante, teñido de ironía y humor negro. Inmensa. Es tan poco habitual descubrir a una escritora de la talla (intelectual y literaria) de Angela Carter que uno solo puede quitarse el sombrero.
Los relatos de La cámara sangrienta son revisiones en clave feminista, sí, pero cuidado: adoptar una perspectiva de género no significa convertir a la damisela en apuros en una joven fuerte, emancipada y de nobles principios. Puede ser eso, o no. El feminismo bien entendido no consiste en idealizar a las mujeres, sino en representarlas en su pluralidad, darles voz, con sus virtudes y sus defectos, sus aciertos y sus errores. Huir del cliché, tanto si el cliché las enaltece como si las rebaja. En la práctica, en este universo lúgubre, esta mirada feminista se concreta en protagonistas que no son necesariamente víctimas, o quizá sí, pero tienen la capacidad de reconvertirse en villanas. Hay heroínas, vírgenes, infieles, desobedientes, sádicas, seductoras, dominantes. Son, eso sí, más activas que pasivas; la diversidad de roles las engrandece. Por ejemplo, en el cuento que da título a la compilación (magnífico), un retelling de Barba Azul, la joven esposa se siente pérfida al ponerse su nueva gargantilla («Y por primera vez en mi inocente y limitada vida, sentí en mí tal potencial para la corrupción que me quedé sin aire», p. 15) y no tarda en pervertirse tras desobedecer a su marido. Un desenlace insólito reivindica la fortaleza de las madres y su compenetración con las hijas frente al lazo (peligroso, desconocido, inquietante) del matrimonio.
El enfoque feminista tampoco significa que este libro solo interese por esto, por mucho que en la actualidad el término «feminismo» se utilice a menudo como reclamo. No, de ninguna manera: Angela Carter es literatura de alto voltaje, puro dominio del lenguaje, de la composición breve; una artesana de las letras. Estos cuentos merecen la pena por sí mismos; su dimensión sociológica es un valor añadido, no lo único ni lo principal. Hay tantas, tantas cualidades en estos textos, que hablar de revisión feminista se queda corto. Su imaginario (brutal, erótico, cruel) es una obra de arte: la sangre, el cuerpo, el sexo, el fetiche, la mutilación. Está llena de imágenes perturbadoras y de elementos simbólicos (como la mencionada gargantilla) en los que se da una vuelta de tuerca a su significado, es decir, lo que en apariencia resulta inocente adquiere otra significación más perversa. Con esta atmósfera de horror, melancolía y sensualidad, el final feliz (porque hay final feliz) es de todo menos cándido; produce una sensación de extrañeza, de provocación. Angela Carter pone sus reglas… y la compasión y la ternura no le van.
Angela Carter
Quien más, quien menos, conoce los cuentos en los que se basan estas revisiones; no hace falta recordarlos, no hace falta desvelar más de la cuenta (de alguno, por cierto, se incluyen dos versiones, como La Bella y la Bestia). Sí conviene, no obstante, advertir que la experiencia no se parece a nada que se haya leído antes, porque esta autora es de las que marcan un antes y un después en la vida del lector, una voz personalísima y espléndida, que trasciende cualquier catalogación de género (por favor, que nadie deje de leerla «porque es de fantasía…»). Ante semejante excelencia, solo cabe preguntarse cómo es posible que no sea más reconocida por estas latitudes, cómo es posible que no tenga más público, cómo es posible que sus novelas (publicadas por Minotauro en los años noventa) estén descatalogadas. Al menos queda la esperanza de que Sexto Piso está trabajando para recuperarla en condiciones: además de La cámara sangrienta, acaba de publicar Quemar las naves, sus relatos completos. Ojalá no sea lo último.

29 octubre 2017

El señor de las muñecas - Joyce Carol Oates



Edición: Alba, 2017 (trad. Laura Vidal)
Páginas: 296
ISBN: 9788490653050
Precio: 19,90 € (e-book: 9,99 €)

Dentro de la vasta (y variada) producción de Joyce Carol Oates (Lockport, Nueva York, 1938), destaca su tratamiento de la violencia en la sociedad contemporánea occidental, a menudo en forma de tramas de suspense. El planteamiento del tema va acompañado de un fino análisis de las relaciones humanas y tiene un importante trasfondo de crítica social; la autora ha expresado en numerosas ocasiones su preocupación por la deriva de nuestra época y no se limita a crear intrigas por simple entretenimiento. Ha abordado el asunto tanto en novelas como en relatos, y de esto último este año se han traducido al castellano dos compilaciones: Dame tu corazón (2011; Gatopardo, 2017), muy recomendable, y El señor de las muñecas y otros cuentos de terror (2016; Alba, 2017), que, en comparación con la anterior, resulta más plana en la construcción de las historias y menos rica en cuanto al abanico de miradas.
Para empezar, el título es engañoso: más que horror o terror, estos relatos se encuadran en el suspense psicológico. El conflicto es ante todo mental, juega con el narrador no confiable y el punto fuerte de las narraciones no es tanto el misterio en sí (un giro bastante mecánico y previsible en todos) como el desmenuzamiento de las relaciones en torno a él. En estas se repite un patrón: los traumas, pérdidas y carencias afectivas que derivan en desarraigo y, a veces, trastornos mentales y violencia (los padres separados en «El señor de las muñecas» y «Mamaíta», el distanciamiento de la familia en «Ecuatorial», la pobreza y falta de expectativas en «Accidente por arma de fuego», el acoso escolar en «Soldado», el complejo de inferioridad y la sensación de que el mundo le debe algo en «Misterios S. A.»). Invita a pensar en hasta qué punto el resentimiento por el dolor padecido puede provocar una reacción destructiva hacia uno mismo o los demás. Llama la atención que los protagonistas sean con frecuencia jóvenes o adolescentes: muchachos a medio hacer, maleables, impulsivos. Es asimismo reseñable el uso reiterado de finales abiertos: la autora lleva a los personajes hasta el borde de un precipicio, pero no los empuja al vacío. Deja que el lector lo haga con su imaginación.
De los seis relatos que componen el libro, los dos primeros, algo más breves, son los menos originales, tienen una estructura sencilla y predecible, y la hondura psicológica no llega a ser tan perspicaz como en otros: «El señor de las muñecas» se centra en un niño que, después de la muerte temprana de su prima, se obsesiona con su muñeca y, dado que no le dejan conservarla, empieza a robar muñecas a escondidas… solo que su colección es un tanto particular. «Soldado», por su parte, consiste en una declaración de un acusado de matar a un adolescente negro. El narrador alega que lo hizo en defensa propia, y se van desgranando las múltiples caras del proceso judicial («Porque esa es la injusticia: solo si te matan “eres inocente”. Si peleas por tu vida, “eres culpable”», p. 52), aunque nada está claro y también salen a la luz sus muchas inseguridades. En ambos, Oates se apoya en los traumas del pasado para explicar o, al menos, insinuar, la patología del personaje. Demasiado básico.
En los más extensos la envergadura literaria se robustece, no por la intriga como tal, sino por su estudio más pormenorizado y agudo de las relaciones. «Accidente por arma de fuego», un muy buen cuento, recoge el testimonio de una adolescente que se ha visto involucrada en un crimen. El relato comienza con la acción ya concluida, y va reconstruyendo la historia en bloques. La protagonista, una alumna responsable, pero con esa ansiedad, esa desazón de su edad («Las buenas notas siempre me producían cierta vergüenza, me parecían la consecuencia del trabajo duro, y el trabajo duro, consecuencia de la desesperación», p. 91), se encarga de vigilar la casa de su profesora mientras esta se encuentra en el hospital. Es interesante, por un lado, cómo enfoca la fascinación de la chica por su maestra (una mujer moderna, simpática, guay), en contraste con la percepción que tiene de su madre, y el giro posterior tras conocerla fuera de la escuela (en la intimidad ya es más corriente). Sobresale igualmente la figura de un primo drogadicto, un joven criado en el campo, en un entorno embrutecido (otro motivo habitual en Oates); unas circunstancias que sugieren la pregunta de si este chico podría haber tenido otro camino o estaba sentenciado por el determinismo social («Todos parecían ser pobres, y ser pobres les había endurecido el corazón», p. 110).
«Mamaíta» sigue a otra adolescente (utiliza cursivas enfáticas para recalcar su léxico, sus expresiones insignia), una chica bajita y rellenita que se acaba de mudar con su madre. Esta se pasa el día trabajando y no tienen una relación fluida. En este contexto, la protagonista se adentra en el microcosmos familiar de una compañera de clase, un grupo numeroso de costumbres relajadas. Como en Hansel y Gretel, esta familia la «ceba» con zalamerías que conducen a un desenlace espantoso; quizá el relato más monstruoso de la compilación. Hay tintes salvajes también en «Ecuatorial»: en este caso, el núcleo es un matrimonio de mediana edad que viaja a un país exótico. La esposa cree que su marido quiere asesinarla, y a partir de aquí surge la incógnita de si en efecto es así o se trata de una perturbación de ella. Oates analiza las fisuras del matrimonio, amenazado por la sospecha de una amante y por los intereses económicos; y traza un paralelismo entre los animales de la isla y la ferocidad del ser humano: en este espacio, lejos de la protección legal de Estados Unidos, la mujer se convierte en una presa fácil, como las especies asediadas por los depredadores (en Dame tu corazón la autora ya demostró su inclinación por las metáforas con bestias).
Joyce Carol Oates
Por último, «Misterios S. A.» rompe la tendencia dominante: un librero apesadumbrado por su falta de éxito decide acabar con su rival más rico y exitoso. Este misterio «libresco» hace un guiño a la novela policíaca de la tradición británica de entreguerras, de autores como Anthony Berkeley o Dorothy L. Sayers, es decir, mucha perversidad, pero sin ensuciarse las manos. Y mucho humor, elegancia, finura. Toda la fuerza está en la voz de los personajes, en su capacidad de persuasión… y manipulación; un soplo de aire fresco entre historias de líneas similares. En conjunto, El señor de las muñecas no es una mala propuesta: tiene el oficio y la penetración psicológica característicos de Oates, que escribe con su estilo ágil y directo, vigoroso, nada árido. Aun así, se le notan demasiado los trucos y abusa de determinados recursos; parece que lo hubiera escrito con el piloto automático. Para terminar, esta edición podría haber tenido una corrección más esmerada; la editorial Alba sabe (y debe) hacerlo mucho mejor.


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